HOLOCAUSTO



¿Y si te dijera que ya no quiero verte?
¿Qué harías?
A veces siento que mi corazón y mi alma
son de mundos diferentes
y tengo ganas de romperlos
a ambos, los dos.
¿Y si hoy dijeras que ya no quieres verme?
¿Qué haría?
Seguramente, romperlos
a ambos, los dos,
e intentaría ser feliz con otros comprados,
vendiendo los míos
al mejor postor.
Abrazó la oxidada caja de galletas, última morada de todos los botones huérfanos que un día sirvieron en la casa. Quizá dentro se escondiera un corazón, pues el suyo se perdió entre los bordados de su traje de novia.
No tuvo valor para dejar plantado ante el altar al prometido que sus padres escogieron y marcharse con el mozo de caballos, más cariñoso y apuesto.
Despertó un domingo y parecía que había viajado a un millón de años luz con la resaca de bourbon barato ladrando en su cerebro. No bebía desde 2007, cuando su mejor amigo todavía era su mejor amigo, mucho antes de que dejaran de serlo; mucho antes de los reproches con un lacónico “sueles dejarme solo los sábados por la noche”, mucho antes de Natalia y su sonrisa; bueno, quizá no mucho antes de esto, pero antes.
Encendió la radio, todo lo que necesitaba era café cargado y música ligera para acallar a los perros de su corazón. Natalia llegaría enseguida del turno de noche, quería recibirla, prepararle el desayuno, contarle que había salido, que había…
¿Qué había hecho anoche?
Se metió en la bañera para descubrir las marcas de arañazos peligrosamente cerca de su entrepierna y las huellas de pintalabios derramándose por su cuello como vestigios de un festín vampírico.
El tintineo de las llaves en el cuenco de la entrada le despertó; se había quedado dormido en cuanto el cuarto de baño dejó de dar vueltas.
—Cariño, ya estoy en casa ¿qué tal anoch…?
En el salón, Natalia había descubierto a un joven semidesnudo marcado por doquier con rasgones de pintalabios rojo, los restos de una pelea entre caníbales. En la cocina, una joven preparaba té para tres sin inmutarse.
— ¡Voy!— gritó desde el baño, ajeno a la presencia de los cuerpos, a las tribulaciones de Natalia, al sonido de las tazas.
—No hay prisa— dijo ella con una peligrosa complacencia temblando en su voz.
Él se limpió las marcas del cuello con frenesí enfermizo, aterrado por la idea de haberla traicionado, de no poder explicarlo, de no recordar nunca lo que había sucedido.
No tendría tiempo de hacer nada de eso. Con el pitido de la tetera taladrando cada rincón de sus sesos, Natalia se largó ocultando el sol tras el atardecer de su melena cobriza, desapareciendo para siempre por la puerta.
Reinventaré los caminos
que hace siglos escribí
por las sendas de tu cuerpo.
Borraré todas las huellas
que otras amantes dejaron
a lo largo de este tiempo.
Pisaré aún más fuerte
para llegar hasta los huesos,
tatuarte mis caricias
y hechizarlas con mis besos.
Y si algún día llega otra,
los taparé con las ramas
de las llamas del infierno.
Así llevarás escrito
en la piel y hasta los tuétanos
que no hubo mujer terrena
que te hiciera sentir esto.
Levantarme
de las hostias contra el asfalto
de los altos y los bajos.
Alzar la vista
soltar las manos;
romper el silencio
con canciones del verano
y gritar,
gritar muy alto
porque duele,
porque sí,
porque me lo he ganado;
por mis rodillas raspadas
y los chinarros clavados en mis manos.
Porque decirte “adiós”
no fue tan duro
si no fuera por ese fantasma
que dejó tu abrazo.
Quizá quieras,
quizá puedas;
quizá no debieras.
Si no quieres
pero puedes,
no debiste.
Y, aunque debieras,
si pudieras,
no querrías.
Se miraban como dos rocas a punto de ser arrastradas por la marea, como el viento de poniente mira al sol cuando amanece.
Se miraban sabiendo que no podía ser y, por primera vez juntos, decidieron no seguir siendo.
Ya te estoy echando de menos
y aún no te has ido;
sólo noto el frío de tu ausencia,
un hueco en blanco en el escenario,
el vacío de tu voz en el aire,
el nihilismo de tu mirada en un retrato,
la falta de tu nombre en el papel.
Y, de todo, lo que más me duele,
es tu no ser parte de mi vida,
esa huida a lo cobarde
de la última oportunidad, la mía,
para dar lo que te debo:
media vida, una sonrisa,
y un alma eterna que te espera,
otra vez.