Sendero I




Cierro los ojos y su voz me susurra: ven, acércate. Y me toma la mano. Y yo me dejo. Hace tiempo que aprendí a no decirle que no, hace tiempo que aprendí a no tenerle miedo.
Su interior me ilumina, traspasa mis párpados cerrados y luego me aleja, en una tortura cíclica hasta que vuelva a entrar en la cocina y sucumba a la llamada del frigorífico cogiendo otra onza de chocolate.

El viejo barco reaparecía con cada bajamar y nunca faltaba alguien que, al pasar cerca, se preguntara qué tesoros habría portado o si, simplemente, sirvió para pescar.
Aquellas raspas de madera estaban ansiosas por contarlo a quien quisiera escuchar, pero nadie escuchaba.

Después de un día en los que uno preferiría no haber salido de la cama, llenó la bañera y se sumergió en ella.
Al ver cómo el agua que desalojaba su cuerpo era directamente proporcional al nivel de frustración que la sacudía, no pudo más que empezar a sentir admiración por la Física, aunque ella siempre hubiera sido de letras.
Me siento a escribir viendo un documental sobre Alaska y sus osos. Alguien comparte conmigo en Facebook, cosas de la vida, que esta mañana pescaron al Campanu y mi mente divaga.
¡Desdichado salmón!
El cursor parpadea en la página de texto del portátil, en blanco, como mi mente; como el ámbar de un semáforo que nunca va a pasar a rojo.
Apago el televisor. Imposible concentrarse con esos pobres peces siendo devorados. Pongo música.
Mi gusto por las letras es casi tan viejo como el que siento por los documentales.
Me enamoré de la naturaleza recogiendo piñotes con mis abuelos, montando a caballo con mi padre, por el ecologismo de mi tía, las manualidades con reciclaje de mi madre, el visionado de Capitán Planeta con mi hermana.
La primera canción hace más por la nostalgia.
No sé si es Sting, el Campanu, o los osos, pero recuerdo los viajes a Asturias con Police como banda sonora.
“De do do do”
Las cinco de la madrugada entrando dormida en el coche.
Los “¿falta mucho?”.
Celorio, su playa.
Llanes y el espigón sin cubos de Ibarrola.
Buscar caracoles.
No hablar francés.
Ser niña langosta.
Y el olor a lluvia que mi hermana y yo bautizamos para siempre como “huele a Asturias”.
“De da da da”
Mis dedos corren por el teclado.
Corren veloces, sin dar tiempo a parpadear a esa maldita raya vertical.
“Is all I want to say to you”
Y cuentan Asturias.
Los pinares.
Los zorros huidizos.
Los libros en verano.
El olor a castañas asadas en la caldera.
El hámster que se me murió.
“De do do do”
El respirar del caballo bajo mis piernas.
Librerías repletas en casa de los abuelos.
Y una vez que vi una raya en manos de un buzo con escafandra.
O lo mismo no.
“De da da da”
Montar en bici con mi hermana.
Mi primera vez con “El señor de los Anillos” o “Cien años de soledad”.
Los patines de hierro heredados.
Cómo escocía la piel quemada por el sol.
Hacerme grande y no olvidarme de bailar.
“They’re meaningless and all that’s true”
¿No sabes
que esa no es tu sombra?
—Me dijo —
¿No ves cómo dibuja peces rubicundos
en vez de melancolías rotas?
¿Cómo destila olor a hierba recién segada?
Lo sé.
—Le dije con un nudo en la garganta. —
Que la mía solo es gris;
nada del azul de los reflejos,
nada de plata.
Solo una triste sombra
de una mujer que no es nada.