FLUÍDO CEREBRAL I (ESCRITURA AUTOMÁTICA)

Caballos que no saben lo que hacen, que miran a la hora sin remilgo. Que no piensan , solo cabalgan hacia estrellas que no caen del cielo.

A mí las lunas no me gustan. Siempre esconden la caja de los trapos y las cosas que no dije.

Gaitas que no paran de sonar en las cabeza de los duendes quietos y, movidas por las olas de las runas, destruyen el silencio.

Nunca rompas los platos de sorber la sopa. Ni tires los lingotes de oro que se caen por los riscos del acantilado y cierran los poemas.

A todas hora me repito no lo hagas y lo hago, porque no quiero perderme entre los pliegues de las sábanas cuando duermo. Que entonces me añoran las margaritas.

Se puede ser más alta, pero no menos tonta.

Recias son las cadenas que atan a los leones dentro de la sabana.

Limosnas rotas en un mundo ciego y desesperado por no saber caminos, ni senderos, ni rutas o lindes. Cada día como otro con soles que amanecen distintos a los de las madrugadas posteriores; licántropos fugaces que no lloran cuando tienen hambre.

Lastres, pueblos pequeños tirados junto al mar que los lleva dentro.

Y hadas, hadas inquietas que no cantan, ríen o bailan; que se tiran a la bartola con pocas ganas y se sientan a esperar.

Paquidermos desviviendo por la falta de mareas y lobos heridos de orgullo.

Asociaciones ilícitas de gaviotas, tropiezos con piedras sin camino.

Avutardas que no vuelan, pingüinos que sí.

Láudano que no droga ni calma, solo colecciona pieles de oso polar.

Salmones y libros libres de ausencias.

Esculturas sin maestro, martillo ni cincel.

Alborotos pasajeros y triángulos isósceles en cuadrados. Física teórica de pajaritas de papel; Origami infructuoso. Sobres que vuelan sin carta escrita y poemas rotos por el amor que no reflejan. Gotas de lluvia que se marchitan. Agostos que rezan para que no llueva sobre novias radiantes que esperan.

DE NÉMESIS

Vivía en almohadas de plumas; gustaba de acunar niños y devolver la ilusión a los adultos; pero era tan frágil, que cualquier ruido lograba inquietarlo hasta dejarlo inerme sobre las sábanas.

Como cualquier héroe, Sueño tenía archienemigos llamados Despertador y Baño de Realidad.

Trashumantes

Amaneció con niebla, lo normal por estas fechas, y nadie se atreve a cruzar esta cortina blanca y helada que se pega a las pestañas así que, aquí sigo, solo con mi nostalgia; pero, esperad, me parece que… no, no puede ser, hace años que no escuchaba este sonido.

Empieza como un rumor lejano y lo único que notas es un ligero cosquilleo en la arena muy ligero; nada que ver con la firmeza de las primeras mañanas de septiembre, cuando conducen los novillos hacia el pueblo; tampoco se parece al temblor de la arena bajo las ruedas del tractor, ni al rasgar alegre de las bicicletas infantiles que invaden esta zona en verano. No, no es igual.

Este es una caricia leve, pausada, que se hace esperar, algo que me parece imposible hoy.

Sin embargo, aquí está, como antaño, trayendo un olor rancio y vetusto casi como la costumbre de la que procede.

Me niego a creer lo que oigo, lo que huelo, lo que siento, pero pronto, entre la humedad visible, aparecen sombras blancas y, por si no estuviera claro ya, un balido.

Por fin he dejado de estar solo, por fin, por la cañada, llegan los rebaños.

Lectora en serio

Entre los estantes de madera vencidos por los años y el peso de los libros, una mujer pasea su mano por los lomos. No lee los títulos, solo roza las letras que los identifican.

Se mimetiza con el entorno gracias a la chaqueta de lana, la falda de tweed por debajo de las rodillas y los zapatos de tacón bajo, pero le tiemblan los dedos y cambia de pasillo cuando otro lector se cruza en su camino.

Observa entre los huecos vacíos de las estanterías cómo se mueven los compradores y el dueño de la vieja librería.

Se sube las gafas redondas de pasta que resbalan por su nariz a intervalos de dos minutos exactos.

En la sección de narrativa extranjera pasa de largo los libros más vendidos, a García Márquez, Faulkner y Coelho.

En novela negra, ignora los nombres de Larsson, Conan Doyle y Christie.

Da un respingo al coincidir, en la esquina de literatura infantil, con un mocoso que le muestra con orgullo un ejemplar de páginas de cartón con un hipopótamo azul en la portada.

Le sonríe, revuelve el pelo del niño con gesto mecánico y huye a la derecha, directa hacia la poesía.

El dueño del local se acerca.

—¿La puedo ayudar? Tenemos lo último de Elvira Sastre.

Rechaza el ofrecimiento con un gesto de la mano y una mirada al escaparate, que filtra la luz de la tarde envuelta en partículas de polvo en suspensión.

Regresa al punto de partida.

Mira hacia derecha e izquierda.

Una joven de pantalones estratégicamente rotos le pregunta por la sección de erótica.

Los ojos de la mujer se dilatan y la boca se le tuerce en mueca de disgusto, ofendida. Sin embargo, señala hacia el frente y se aleja con pasos cortos y rápidos.

Rodea cada pasillo, ahora mirando en los estantes que le caen a la altura de los ojos.

Se cierra la chaqueta al pasar junto a un hombre trajeado de mediana edad que hojea un libro sobre teoría económica.

Casi choca con una anciana que rebusca entre los libros de cocina, se aparta y musita una disculpa que la anciana intenta oír ajustando el volumen de su sonotone.

Evita el fondo de la tienda, reservado a la literatura romántica y a los libros de autoayuda.

Se para delante de un voluminoso ejemplar de Derecho Penal y lo aparta para recoger un libro que se esconde detrás.

Mira a ambos lados, no hay nadie más.

Camina deprisa hacia el mostrador de la entrada donde la anciana está pagando el libro de Simone Ortega mientras le cuenta al dueño que se lo va a regalar a su nieta, que se va a vivir sola y no sabe hacer un huevo frito.

La mujer gira el libro de forma que solo queda visible el canto de las páginas.

La anciana se marcha.

Ella vuelve a mirar a su alrededor y deja el libro junto a la caja.

Sus mejillas adquieren un color rojo y su respiración se acelera levemente.

—Lo he leído— dice una voz detrás de ella, el hombre de mediana edad—. No es nada bueno.

Ella saca la cartera del bolso con torpeza.

Se sonroja aún más.

Suelta los billetes sobre el mostrador.

—Su Anna y el highlander, señorita— el librero le acerca la bolsa.

—Es para regalárselo a una amiga— se justifica ella al recogerlo.

Se sube las gafas, se cierra la chaqueta y huye por la puerta sin mirar atrás.

De puntales y licencias

Su mundo se desmoronaba; lo difícil de apuntalar mundos es que casi todos son redondos, y cuesta encontrar un punto de apoyo.

Aún así se puso a la tarea, decidida a no dejar que su mundo se derrumbara del todo. Entonces llegó la licencia del Ayuntamiento; tenía permiso para hacer la obra, pero debía conservar la fachada.

Tierra y aire

Todo se concentraba en su andar cansado; de ese cansado de noches sin sueño y días sin esperanza; tal era el cansancio de su caminar, que los dedos de sus pies parecían enterrarse en el suelo.

Así fue como tomaron forma de raíces buscando tierra de la que extraer humedad.

Hasta que un día, quién sabe si por acción de un rayo de luna, de su espalda brotaron alas, y pudo por fin volar.

Deseos

Arrancó con cuidado tirando del tallo, cualquier golpecillo de viento terminaría con la magia. Protegió su tesoro en la concavidad de su mano y tomó aire mientras en su mente se formulaba un deseo.

Sopló con fuerza para ver cómo treinta promesas volaban, buscando dónde posar sus sueños.

Sopa de letras

Caminaba sobre los adoquines mojados, cuidando de no resbalar, improvisando pasos de baile que pegaran disimuladamente con la música que sonaba en sus auriculares.

Ignoraba el golpeteo de la lluvia sobre la tela del paraguas, como también ignoraba las palabras que se iban formando con las salpicaduras que dejaban atrás sus pies: un sendero de letras que no recogería en el camino de vuelta.

La empresa de Desdichado Salmón

Desdichado Salmón terminó su remonte en la poza que le vio nacer; miró a su alrededor y, a pesar de los recuerdos, a pesar de la morriña que había sentido durante dos años en el ancho mar, empezó a creer que aquel destino no era para él.

Desovó, pues no tenía más remedio, y se notó cansado; así que replegó las aletas y se dejó llevar corriente abajo, haciendo caso omiso de los congéneres con que se cruzaba y que le insistían entre burbujeos: “Por ahí no es.“

En una cascada (la primera según miras hacia la costa, la última si vienes del mar) vio el enorme y peludo trasero de un oso pardo que esperaba con las fauces abiertas la llegada de otros peces, desconocedor de la rebeldía de Desdichado Salmón que, de hambre que tenía, se comió al plantígrado de un bocado y siguió río abajo, ahora con la panza llena y con menos ganas aún de morirse.

Deshecho casi todo el camino, al llegar a esa frontera en la que el agua no está tan dulce como para hacer café ni tan salada como para guisar lentejas, Desdichado Salmón montó un chiringuito en el que atender a los salmones que bajaban de alevines y remontaban de adultos.

Y así es como logró sobrevivir a su naturaleza: trabajando dos temporadas al año y dándose la vida padre.