De bonitos y salmones.

Debatían, mientras aguardaban su turno, sobre la belleza de los peces que se exponían entre pedacitos de hielo y manojos de perejil.
-Te digo que el bonito ¿por qué si no le iban a poner ese nombre?
-No, el salmón; fíjate en esa boca y el tono irisado de sus escamas.
-A mi me gustan los ojos grandes del bonito, y la piel, es muy curiosa.
-Pues cuando los salmones están a punto de desovar, les sale una joroba y se ponen de un color rojo intenso y partes verde musgo; los bonitos son de ese gris todo el tiempo.
Cualquiera habría dicho que se trataba de dos niñas discutiendo, pero lo cierto es que ambas habían superado el cuarto de siglo; algunas de las mujeres que las rodeaban contemplaban la escena con cierta ternura: eran cosas de hermanas, cosas que no cambian por muchos años que se cumplan.
-El 28- la llamada de la pescadera acompañó el chirrido de una bocina anunciando el cambio de número.
-¡Nosotras!- exclamó la pequeña.
-Ponnos una merluza y nos la haces filetes- pidió la mayor, ignorando la perplejidad reflejada en las bocas y ojos bien abiertos de los aspirantes al trono de pez más hermoso del mundo.

A mi hermana y sus mil y una recetas para hacer el bonito, bueno, y a la de merluza en salsa verde también.

Generaciones

Este ejercicio consistía en expandir la frase: “Tres mujeres tejen unas mantas que llevarán a la orilla del río.”


Tres mujeres de la misma familia, tres generaciones que parecen no tener nada en común.
La abuela se acerca a su trabajo para comprobar que la trama no se ha perdido en algún punto; al lado su hija, ya entrada en años, se mantiene erguida con las agujas sobre el regazo; la nieta sentada en el suelo, ordenando aún los colores, intentando decidirse por el aspecto que quiere darle a su labor.
Tejen unas mantas preparándose para la boda de la nieta; se irá lejos, al norte, donde el frío es implacable y la humedad se mete en los huesos incluso en verano.
Hasta hace dos días han estado cosiendo los vestidos que llevarán el día señalado; no hablan, sólo tejen y suspiran de cuando en cuando, cada una de ellas con una cosa en la cabeza: la abuela un recuerdo, la madre un anhelo, la nieta una ilusión. Esperando encontrarlos a la orilla del río donde lavarán las mantas cuando estén terminadas.

 

Sabañones

—Abuelo, ¿por qué te falta un trocito en esta oreja?— preguntó la niña, tocando con sus pequeños dedos aquella ausencia parecida a un mordisco.
—Los sabañones, hija.
En la mente de la nieta, aquella nueva palabra tomó la forma de un ratoncito rojizo y minúsculo, que aprovechaba cualquier descuido para mordisquear las orejas de la gente.

Olor a castañas asadas

Este texto pertenece al taller de Literautas, las premisas eran: un banco de un parque urbano y un periódico atrasado.

 

Después de años, meses, días cruzando aquel parque en modo autómata, con los ojos siempre fijos en la pantalla de su smartphone que la conectaba con el trabajo incluso antes de llegar a él, todo cambió.

El paseo central del Campo Grande servía, cual ruta hacia el hormiguero, a todos aquellos que por allí acortaban el camino a sus quehaceres cotidianos.
Siempre las mismas caras ajenas a las otras caras, incapaces de darse cuenta de que se cruzaron ayer y se cruzarían mañana.
Pero algo la sacó de aquel sopor; como una llamada sutil y a un tiempo firme, el olor a castañas asadas logró penetrar en su cerebro.
Se paró en seco y quedó mirando al ave que se cruzaba en el camino, un pavo de aquellos que esquivaba hábilmente en su rutina como si fueran simples borrones cercanos, y que hoy tenía color y esencia propios; sus ojos redondos se clavaron en ella y un recuerdo lejano la absorbió del todo trasladándola a su infancia, a los días de colegio cuando el humo de las primeras calderas encendidas formaba pinceladas blancas elevándose hacia el cielo azul, visible entre las ramas peladas de los árboles.
Sonrió, la imagen de su abuelo tirando de la mochila que ella había abandonado al entrar en otro parque, en otra ciudad no muy lejana, de vuelta a casa le recordó un tiempo en que su mayor obligación consistía en hacer los deberes del día siguiente y, para su sorpresa, se descubrió ante la castañera que le tendía aquel cucurucho caliente a cambio de unos euros que ella depositó gustosa en la mano enguantada de la anciana.

El banco que se atisbaba en uno de los senderos laterales la llamó entre susurros, al tiempo que su móvil delataba un nuevo mensaje.
Por un segundo se debatió entre seguir su primer impulso o responder a la demanda de su jefa. Optó por ignorar el pitido artificial y sentarse en el banco mientras desenvolvía el papel de periódico viejo y ahumado para, pelando la primera castaña, volver a respirar.
El sabor del fruto la envolvió como un abrazo de los que su abuelo le daba al despedirse, y todo lo que la rodeaba se tornó diferente.
Las últimas hojas pendían, amarillentas y marrones, de las ramas quebradizas y la llamada estridente de los pavos resonaba por todo el jardín.
Tantos años, meses, días cruzando aquel parque en modo autómata, y no se había dado cuenta del paso de las estaciones; de cómo, en primavera, las yemas incipientes asomaban verdosas donde ahora sólo se intuían nudos leñosos y yermos.

—Corre, abuelo, se ha ido por aquí— la niña urgía a un hombre de unos sesenta años, que arrastraba la mochila infantil con una palabra de precaución en la boca y un brillo de felicidad en la mirada.
Ante el reflejo de su propia historia, decidió que bien valía aprovechar aquel tramo de su trayecto diario para sentarse a contemplar una vida que su trabajo le arrebataba sin escrúpulos.

Miró el reloj mientras pelaba la última castaña, llegaría un poco más tarde de lo acostumbrado a la reunión.
Con las risas de la niña todavía a su alrededor, leyó el titular que había dado cobijo a su paquete de recuerdos; la frase que introducía la entrevista al ganador de algún premio la semana anterior: “Nunca deberíamos dejar de ser niños”.
“Tomo nota” pensó, antes de arrugar la hoja para tirarla a la papelera. Y se alejó canturreando algo que hacía años se había escondido en lo más profundo de su memoria.

Imagen

 

A mi abuelo Mario, que vuelve a mí cada otoño con el olor de las chimeneas de leña y las castañas asadas.