DENTRO DE MI BOLSO

Me ha dicho mi fisioterapeuta que tengo que cambiar de bolsos, que los que llevo habitualmente me están fastidiando la espalda. Como si fuera tan fácil.

Hace tiempo que me había dado cuenta de que no podía ser bueno llevar colgando de un hombro un complemento en el que me cabe un cordero. Sí, esa era la medida estándar de mis bolsos hasta ahora; cuando iba a comprarme uno y me preguntaban por el tamaño yo siempre respondía: «Que me quepa un cordero.»

No sé si os ha pasado alguna vez, ir caminando, encontraros un cordero y no tener dónde meterlo hasta que se lo devolvéis al pastor; bueno, pues a mí no me ha pasado nunca, pero soy mujer muy precavida y siempre he comprado los bolsos tamaño zurrón cabrero, por si las moscas.

Y lo malo es que, a falta del cordero, me he liado a meter cosas en ellos: una libreta, un par de bolígrafos, el libro que me esté leyendo, la cartera, el móvil, las llaves (las de casa y las del coche), un paquete de pañuelos, el neceser, caramelos, un cuaderno y algunos textos para corregir. Lo que viene siendo el kit de supervivencia básico contra el hastío, que soy de aburrimiento fácil. Casi me pesaba menos el cordero.

Me pasé a las mochilas, que serán menos chic, pero reparten mejor la tara de equipaje. No terminaron de convencerme, al menos para todos los días.

Por recomendación de un amigo me compré una tableta y así concentraría los bolis, el cuaderno, la libreta, los textos y el libro en un solo bulto; mano de santo, la medida de mis bolsos pasó del cordero a lo que abulte la tableta, pero nada, a la que me descuidaba llevaba lo de siempre y, además, la tableta.

Dudo que uno de mis bolsos cumpla con los límites de equipaje de mano para volar.

Volví a la estética más glamurosa de alumna de instituto: bolso pequeño y carpeta abrazada (o portadocumentos, que es más adulto). Ni por esas, necesitaría el maletín de un portátil para meter todos los trastos.

Como, tras años de costumbre, no sé de qué prescindir, he decidido comprarme una burra y ponerle dos serones, que ahí sí me cabe todo y, de paso, me queda hueco por si al final sucede lo impensable y me encuentro el cordero.

DE DO DO DO, DE DA DA DA

Me siento a escribir viendo un documental sobre Alaska y sus osos. Alguien comparte conmigo en Facebook, cosas de la vida, que esta mañana pescaron al Campanu y mi mente divaga.

¡Desdichado salmón!

El cursor parpadea en la página de texto del portátil, en blanco, como mi mente; como el ámbar de un semáforo que nunca va a pasar a rojo.

Apago el televisor. Imposible concentrarse con esos pobres peces siendo devorados. Pongo música.

Mi gusto por las letras es casi tan viejo como el que siento por los documentales.

Me enamoré de la naturaleza recogiendo piñotes con mis abuelos, montando a caballo con mi padre, por el ecologismo de mi tía, las manualidades con reciclaje de mi madre, el visionado de Capitán Planeta con mi hermana.

La primera canción hace más por la nostalgia.

No sé si es Sting, el Campanu, o los osos, pero recuerdo los viajes a Asturias con Police como banda sonora.

“De do do do”

Las cinco de la madrugada entrando dormida en el coche.

Los “¿falta mucho?”.

Celorio, su playa.

Llanes y el espigón sin cubos de Ibarrola.

Buscar caracoles.

No hablar francés.

Ser niña langosta.

Y el olor a lluvia que mi hermana y yo bautizamos para siempre como “huele a Asturias”.

“De da da da”

Mis dedos corren por el teclado.

Corren veloces, sin dar tiempo a parpadear a esa maldita raya vertical.

“Is all I want to say to you”

Y cuentan Asturias.

Los pinares.

Los zorros huidizos.

Los libros en verano.

El olor a castañas asadas en la caldera.

El hámster que se me murió.

“De do do do”

El respirar del caballo bajo mis piernas.

Librerías repletas en casa de los abuelos.

Y una vez que vi una raya en manos de un buzo con escafandra.

O lo mismo no.

“De da da da”

Montar en bici con mi hermana.

Mi primera vez con “El señor de los Anillos” o “Cien años de soledad”.

Los patines de hierro heredados.

Cómo escocía la piel quemada por el sol.

Hacerme grande y no olvidarme de bailar.

“They’re meaningless and all that’s true”

Yo de mayor quiero ser…

—Mamá, hoy en el cole hemos dado Laponia y yo de mayor quiero ser sami.

— ¿Y eso, hija?

—Porque las niñas sami hablan cuatro idiomas.

—Eso está muy bien, aunque no hace falta ser sami para hablar tantos idiomas.

—Lo sé. Pero es que, además, saben cazar renos.

 

 

Soluciones inocentes

La niña corrió por toda la casa, buscando a su madre, desesperada.
— ¡Mamá! ¡Mamá! Me deshago, mamá. Tienes que coserme.
— ¿Cómo coserte?
— Sí, mamá, como hiciste con mi conejito de peluche. Mira.— Se levantó la camiseta para enseñarle una pelusilla que tenía en el ombligo.— A mí también se me está saliendo el rellenito.

Miracoli

Este relato pertenece a la escena del taller de Literautas que tenía que comenzar con la frase: “Hoy, en esta isla, ha ocurrido un milagro.”


Hoy, en esta isla, ha ocurrido un milagro.

Para empezar, los caracoles no se habían comido las lechugas del huerto y la tía Nicoletta estaba tan contenta que, por primera vez desde que tengo uso de razón, me ha calentado la leche del desayuno y me ha untado la tostada con mantequilla.

Pero esto no saldrá en los periódicos, como tampoco contarán que las cabras han dejado en paz la ropa que la prima Sofía había tendido al salir el sol; eso no les importa a los señores de la “cittá”.

Al abuelo Paolo le han pagado a tiempo la pensión y la abuela ha conseguido hacerse con ella antes de que el viejo huyera al bar con los amigotes para gastar la mitad jugando a las cartas.

Hasta a papá le han pagado el doble por el pescado que trajo ayer en su barca.

Se podría decir que todo esto son milagros, y en mi casa eso es lo que parece; pero lo gordo, lo gordo de verdad, es que anoche el volcán entró en erupción y su lava se ha llevado la escuela, solo la escuela; dejando el resto del pueblo intacto.

Así que hoy: ¡No hay cole!

HER

Se acercó con cuidado, como le habían dicho, a aquel bulto berreón, que mostraba su carita amoratada por el llanto entre la manta que la cubría.
A ella, a pesar de su nula experiencia y corta edad, le pareció el bebé más bonito del mundo; después de todo, se trataba de su hermana.

Para la hermana más bonita del mundo en el día de su cumpleaños.

Derrota

Resultaba de lo más frustrante; lo había intentado todo: con las manos, dándole golpes, hasta con un cuchillo; y nada, sin resultado.
Miró con odio a su antagonista y se dio por vencida.
-¡Mamá! ¿Me abres el bote de aceitunas?

Caperucita

Al principio se asustó, los colmillos eran terribles y brillaban como sables a la luz del poco sol que entraba por los frondosos árboles, pero aquel animal la miraba con los mismos ojos que el mastín que guardaba su casa cuando quería que le echara las sobras.
Sin miedo alguno, sacó de la cesta parte del contenido y lo dejó en el suelo antes de seguir su camino.
Pronto llegó a la vieja choza en el claro del bosque y entró, pergeñando todavía una historia que le evitara la regañina.
—Abuelita, ¿sabes qué?
La anciana la miró expectante.
—Encontré un lobo en el camino.
—¡Ay, hija! ¿Estás bien?
—Sí, pero le tuve que dar tu pollo para que no me comiera.

De bonitos y salmones.

Debatían, mientras aguardaban su turno, sobre la belleza de los peces que se exponían entre pedacitos de hielo y manojos de perejil.
-Te digo que el bonito ¿por qué si no le iban a poner ese nombre?
-No, el salmón; fíjate en esa boca y el tono irisado de sus escamas.
-A mi me gustan los ojos grandes del bonito, y la piel, es muy curiosa.
-Pues cuando los salmones están a punto de desovar, les sale una joroba y se ponen de un color rojo intenso y partes verde musgo; los bonitos son de ese gris todo el tiempo.
Cualquiera habría dicho que se trataba de dos niñas discutiendo, pero lo cierto es que ambas habían superado el cuarto de siglo; algunas de las mujeres que las rodeaban contemplaban la escena con cierta ternura: eran cosas de hermanas, cosas que no cambian por muchos años que se cumplan.
-El 28- la llamada de la pescadera acompañó el chirrido de una bocina anunciando el cambio de número.
-¡Nosotras!- exclamó la pequeña.
-Ponnos una merluza y nos la haces filetes- pidió la mayor, ignorando la perplejidad reflejada en las bocas y ojos bien abiertos de los aspirantes al trono de pez más hermoso del mundo.

A mi hermana y sus mil y una recetas para hacer el bonito, bueno, y a la de merluza en salsa verde también.