De bonitos y salmones.

Debatían, mientras aguardaban su turno, sobre la belleza de los peces que se exponían entre pedacitos de hielo y manojos de perejil.
-Te digo que el bonito ¿por qué si no le iban a poner ese nombre?
-No, el salmón; fíjate en esa boca y el tono irisado de sus escamas.
-A mi me gustan los ojos grandes del bonito, y la piel, es muy curiosa.
-Pues cuando los salmones están a punto de desovar, les sale una joroba y se ponen de un color rojo intenso y partes verde musgo; los bonitos son de ese gris todo el tiempo.
Cualquiera habría dicho que se trataba de dos niñas discutiendo, pero lo cierto es que ambas habían superado el cuarto de siglo; algunas de las mujeres que las rodeaban contemplaban la escena con cierta ternura: eran cosas de hermanas, cosas que no cambian por muchos años que se cumplan.
-El 28- la llamada de la pescadera acompañó el chirrido de una bocina anunciando el cambio de número.
-¡Nosotras!- exclamó la pequeña.
-Ponnos una merluza y nos la haces filetes- pidió la mayor, ignorando la perplejidad reflejada en las bocas y ojos bien abiertos de los aspirantes al trono de pez más hermoso del mundo.

A mi hermana y sus mil y una recetas para hacer el bonito, bueno, y a la de merluza en salsa verde también.

2 pensamientos en “De bonitos y salmones.

  1. Una escena muy bien narrada, Aurora. Cuando el lector es capaz de meterse en el relato y observar, oler, sentir y ver la escena, es que el texto se ha resuelto con éxito. Muy bueno

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