Sirena

No le gustaba el verano; en realidad no recordaba haberle tenido especial cariño en su vida, ni de niña.
Para ella era una época anodina en la que todo se mueve más despacio y las únicas conversaciones se limitan a preguntar por cuándo se cogen las vacaciones.
Tampoco le gustaban los días de playa, atestados de gente dorándose cual sardinas en parrilla, por el mero placer de presumir de moreno cuando regresaran a la rutina.

Ella prefería el otoño o el invierno. Y ahí sí, ahí se deleitaba contemplando un mar que entonces era mar y no charco de pis; una fuerza de la naturaleza que reflejaba el mismo color de sus ojos verdes y que se rebelaba contra la arena con un millar de caballos desbocados en cada ola.
Pero a veces, en verano, sentía la llamada; algo ancestral, atávico; y no le quedaba más remedio que sumergirse en el agua un nada, un entrar y salir, para dejar que la sal se incrustara en su pelo cuasirizado y creara aquellas rastas indisolubles si no se enjuagaban rápido.

Disfrutaba más aquel contacto frugal que mil horas en su orilla bajo el sol. Y entonces anhelaba sentarse en una roca y mirarlo embravecido, salvaje e indomable; capaz de engullir el mundo si esa era su voluntad, mientras las nubes grises amenazaban en un horizonte difícil de distinguir; cuando los desconsiderados veraneantes no se atreverían a ir a ensuciar su arena, y todo volvería a ser más o menos como antes, como hacía milenios: el mar, la arena y ella sobre una pequeña roca simulando ser sirena que no echaba de menos su cola de pez.

El viejo molino

El viejo molino ya no tenía piedra con la que moler; tantos años de giros infinitos habían terminado por quebrarla, y el abandono puso fin a su voluntad de convertir el grano en pasta, pero el agua seguía discurriendo entre sus palas de madera, resistentes al paso del tiempo.
Era sorprendente que su corazón todavía tuviera pulso después de que los hombres que lo construyeron hubieran dejado de lado su utilidad por modernas máquinas que lo hacían todo más rápido y más cerca de las casas.

El viejo molino era feliz en su guarida de roca, viendo el riachuelo mezclar sus aguas con las olas del mar pocos metros más allá.
Nunca le faltaron días en los que aquellas mismas olas llegaran a lamerle los pies; especialmente cuando el mar se enfurecía, tirando espumarajos por encima del borde más alto del más alto acantilado y, con eso, el viejo molino tenía suficiente.

Grimsvötn

 

Tres días después todavía retumbaban los ecos de las explosiones cercanas, el aire ahogaba denso de cenizas y sulfuro, y el olor era insoportable, como a huevos podridos.

De la montaña de su infancia emergía una columna gris y espesa que formaba figuras caprichosas y todavía destellaban algunos ríos anaranjados en su incesante camino ladera abajo.

Era la primera vez en dos semanas que se había despejado lo suficiente para distinguir la mole y, de no haber sido por el humo y el hedor, la estampa no distaba mucho de las fotografías que se apilaban en los expositores giratorios de las tiendas para turistas, al menos de aquellas en blanco y negro.

Björn se sentía atraído por el volcán, por aquella fuerza dormida que, sin motivo aparente, había estallado desde las mismas entrañas de la tierra.

La sombra del gigante formaba parte de sus más viejos recuerdos, era difícil ignorarlo cuando era la única superficie vertical en la llanura donde vivían. Ni el paso de las estaciones lograba eclipsar la imponente presencia de aquella roca, testigo virginal de cómo la isla había emergido del agua.

En inverno, el blanco sembraba el infinito creando una imagen de falsa calma, sólo rota por las partículas de hielo arrastradas a velocidad vertiginosa por las ventiscas.

Los caballos autóctonos habían desarrollado un pelaje denso y cuerpos robustos que desafiaban a los vientos gélidos del Ártico. Eran el orgullo de granjeros y de todo el país, hasta el punto que ningún semental entero podía salir de la isla. Ahora los cadáveres de algunos de ellos permanecían sepultados bajo una capa de cenizas grises mientras sus congéneres intentaban lograr una brizna de pasto entre los sedimentos yermos de la erupción.

Obligado por el panorama desolador que se presentaba ante él, Björn guardó su última posesión en la maleta, un trocito de roca que le dio su abuelo siendo niño, mientras le contaba la última vez que la montaña escupió muerte de aquella forma.

“Es un ciclo impredecible y peligroso” le dijo tomando un puñado de la tierra en que cultivaban sus rábanos, “pero tiempo después nos permite criar todo esto” y su brazo había abarcado toda la llanura.

Björn sabía que el tiempo al que se refería su abuelo era mucho, demasiado para esperar en su granja y volver a empezar.

Con pesar cargó la maleta y la piedra en el coche y se despidió de su hogar, de su llanura, de la montaña de su infancia para intentar una nueva vida en otro lugar, lejos de ella.