El viejo molino

El viejo molino ya no tenía piedra con la que moler; tantos años de giros infinitos habían terminado por quebrarla, y el abandono puso fin a su voluntad de convertir el grano en pasta, pero el agua seguía discurriendo entre sus palas de madera, resistentes al paso del tiempo.
Era sorprendente que su corazón todavía tuviera pulso después de que los hombres que lo construyeron hubieran dejado de lado su utilidad por modernas máquinas que lo hacían todo más rápido y más cerca de las casas.

El viejo molino era feliz en su guarida de roca, viendo el riachuelo mezclar sus aguas con las olas del mar pocos metros más allá.
Nunca le faltaron días en los que aquellas mismas olas llegaran a lamerle los pies; especialmente cuando el mar se enfurecía, tirando espumarajos por encima del borde más alto del más alto acantilado y, con eso, el viejo molino tenía suficiente.

5 pensamientos en “El viejo molino

  1. El molino ya no debía cumplir horarios, objetivos ni plazos. Simplemente disfrutar de su fluir. Es la definición de su felicidad. Muy buen micro, Aurora

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