Grimsvötn

 

Tres días después todavía retumbaban los ecos de las explosiones cercanas, el aire ahogaba denso de cenizas y sulfuro, y el olor era insoportable, como a huevos podridos.

De la montaña de su infancia emergía una columna gris y espesa que formaba figuras caprichosas y todavía destellaban algunos ríos anaranjados en su incesante camino ladera abajo.

Era la primera vez en dos semanas que se había despejado lo suficiente para distinguir la mole y, de no haber sido por el humo y el hedor, la estampa no distaba mucho de las fotografías que se apilaban en los expositores giratorios de las tiendas para turistas, al menos de aquellas en blanco y negro.

Björn se sentía atraído por el volcán, por aquella fuerza dormida que, sin motivo aparente, había estallado desde las mismas entrañas de la tierra.

La sombra del gigante formaba parte de sus más viejos recuerdos, era difícil ignorarlo cuando era la única superficie vertical en la llanura donde vivían. Ni el paso de las estaciones lograba eclipsar la imponente presencia de aquella roca, testigo virginal de cómo la isla había emergido del agua.

En inverno, el blanco sembraba el infinito creando una imagen de falsa calma, sólo rota por las partículas de hielo arrastradas a velocidad vertiginosa por las ventiscas.

Los caballos autóctonos habían desarrollado un pelaje denso y cuerpos robustos que desafiaban a los vientos gélidos del Ártico. Eran el orgullo de granjeros y de todo el país, hasta el punto que ningún semental entero podía salir de la isla. Ahora los cadáveres de algunos de ellos permanecían sepultados bajo una capa de cenizas grises mientras sus congéneres intentaban lograr una brizna de pasto entre los sedimentos yermos de la erupción.

Obligado por el panorama desolador que se presentaba ante él, Björn guardó su última posesión en la maleta, un trocito de roca que le dio su abuelo siendo niño, mientras le contaba la última vez que la montaña escupió muerte de aquella forma.

“Es un ciclo impredecible y peligroso” le dijo tomando un puñado de la tierra en que cultivaban sus rábanos, “pero tiempo después nos permite criar todo esto” y su brazo había abarcado toda la llanura.

Björn sabía que el tiempo al que se refería su abuelo era mucho, demasiado para esperar en su granja y volver a empezar.

Con pesar cargó la maleta y la piedra en el coche y se despidió de su hogar, de su llanura, de la montaña de su infancia para intentar una nueva vida en otro lugar, lejos de ella.

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