¿CÓMO DE LEJOS QUEDA EL OLVIDO?



Me llamo Alicia, he tenido que teñirme el pelo por mandato de una reina llena de complejos que no aguanta que le lleven la contraria.
No sé qué edad tengo, el paso del tiempo ha sido confuso desde que caí por un agujero persiguiendo a un conejo.
Ahora, que por fin vuelvo a casa, estoy inventando una excusa creíble para mi ausencia, porque me da que mi madre no se va tragar la verdad si se la cuento y voy a estar castigada para los restos.

El que nace lechón…
¡Qué maravilla estrenar corazón! Se siente como nunca, ha subido las escaleras del metro de un tirón.
«¿Qué es eso? Um, un charco, se ve tan bonito. Qué barro más llamativo.»
—¿Decías cariño?
—Oink.— “Me duele la rabadilla.” —No tires las mondas de la patata, que me hago una ensalada. Oink
«Qué charco tan majo, voy a meter los pies. Oink, oink.»
—Mire a ver, doctor, que mi marido hace cosas raras.
—Los trasplantes es lo que tienen, pero no hay rechazo. ¿Cómo se encuentra, señor López?
—Bioink
—Lo que yo digo, hay que esperar.
—¿No le nota más chato?
—Yo diría que no.
El señor López hoza los informes médicos.
—Cariño, vámonos a vivir al campo, con el barro, con los charcos.
—¿Pero usted le oye, doctor? Que se quiere ir al campo.
—El aire limpio le hará bien.
—Oink.

Escuchó el murmullo del agua y siguió el sonido como si fuera un niño tras el carro de los helados. Finalmente llegó a una playa.
No era rumor de río, sino de olas, y él seguía sin encontrar su camino.

Se abstraía leyendo de tal forma que perdía la noción del tiempo y el espacio. Podía abrir un libro en medio de un concierto de heavy metal y no perdía ni una línea del texto.
Se metía tanto en las historias que se presentaban ante sus ojos, que llegaba tarde al trabajo, al médico, a la compra, a las cervezas de los jueves, a los aviones; su abstracción llegaba a tal extremo que llegó tarde a su propio funeral.
Salió un tiempo con el Joker; resultó ser un narcisista. Con Lex Luthor tuvo más de lo mismo.
Como los chicos malos no le daban resultado, probó con los buenos.
Superman fue una decepción.
Acabó hasta el moño del compromiso con el trabajo de Batman. Había perdido la cuenta de las veces que esperó envuelta en una toalla a que él entrara por la puerta del baño para abandonarse en sus brazos, pero siempre aparecía la dichosa batseñal.
Al final se casó con el fontanero que le arreglaba los grifos al Increíble Hulk; quizá no era tan importante, ni estaba tan bueno, pero al menos pisaba por casa.