Lectora en serio

Entre los estantes de madera vencidos por los años y el peso de los libros, una mujer pasea su mano por los lomos. No lee los títulos, solo roza las letras que los identifican.

Se mimetiza con el entorno gracias a la chaqueta de lana, la falda de tweed por debajo de las rodillas y los zapatos de tacón bajo, pero le tiemblan los dedos y cambia de pasillo cuando otro lector se cruza en su camino.

Observa entre los huecos vacíos de las estanterías cómo se mueven los compradores y el dueño de la vieja librería.

Se sube las gafas redondas de pasta que resbalan por su nariz a intervalos de dos minutos exactos.

En la sección de narrativa extranjera pasa de largo los libros más vendidos, a García Márquez, Faulkner y Coelho.

En novela negra, ignora los nombres de Larsson, Conan Doyle y Christie.

Da un respingo al coincidir, en la esquina de literatura infantil, con un mocoso que le muestra con orgullo un ejemplar de páginas de cartón con un hipopótamo azul en la portada.

Le sonríe, revuelve el pelo del niño con gesto mecánico y huye a la derecha, directa hacia la poesía.

El dueño del local se acerca.

—¿La puedo ayudar? Tenemos lo último de Elvira Sastre.

Rechaza el ofrecimiento con un gesto de la mano y una mirada al escaparate, que filtra la luz de la tarde envuelta en partículas de polvo en suspensión.

Regresa al punto de partida.

Mira hacia derecha e izquierda.

Una joven de pantalones estratégicamente rotos le pregunta por la sección de erótica.

Los ojos de la mujer se dilatan y la boca se le tuerce en mueca de disgusto, ofendida. Sin embargo, señala hacia el frente y se aleja con pasos cortos y rápidos.

Rodea cada pasillo, ahora mirando en los estantes que le caen a la altura de los ojos.

Se cierra la chaqueta al pasar junto a un hombre trajeado de mediana edad que hojea un libro sobre teoría económica.

Casi choca con una anciana que rebusca entre los libros de cocina, se aparta y musita una disculpa que la anciana intenta oír ajustando el volumen de su sonotone.

Evita el fondo de la tienda, reservado a la literatura romántica y a los libros de autoayuda.

Se para delante de un voluminoso ejemplar de Derecho Penal y lo aparta para recoger un libro que se esconde detrás.

Mira a ambos lados, no hay nadie más.

Camina deprisa hacia el mostrador de la entrada donde la anciana está pagando el libro de Simone Ortega mientras le cuenta al dueño que se lo va a regalar a su nieta, que se va a vivir sola y no sabe hacer un huevo frito.

La mujer gira el libro de forma que solo queda visible el canto de las páginas.

La anciana se marcha.

Ella vuelve a mirar a su alrededor y deja el libro junto a la caja.

Sus mejillas adquieren un color rojo y su respiración se acelera levemente.

—Lo he leído— dice una voz detrás de ella, el hombre de mediana edad—. No es nada bueno.

Ella saca la cartera del bolso con torpeza.

Se sonroja aún más.

Suelta los billetes sobre el mostrador.

—Su Anna y el highlander, señorita— el librero le acerca la bolsa.

—Es para regalárselo a una amiga— se justifica ella al recogerlo.

Se sube las gafas, se cierra la chaqueta y huye por la puerta sin mirar atrás.

Cazapalabras

Tejía redes con las que atrapar palabras para llenar su nuevo libro, pero era complejo; las letras acababan colándose por los agujeros, separando las sílabas que formaban nuevas palabras en su vuelo hacia la libertad.

Escritor busca piso

El escritor buscaba un nuevo hogar sin éxito. Todo lo que le enseñaba el agente inmobiliario eran espacios abiertos y habitaciones comunicadas.

Él necesitaba una casa con puertas, con todas las que pudieran ponerse en una casa, tantas como fuera necesario. Puertas que separaran la cocina del comedor, el comedor del salón, el salón del pasillo, el pasillo de la habitación, la habitación del cuarto de baño, el cuarto de baño del pasillo; hasta alguna que mediara entre el primer tramo de pasillo y el segundo.

Vivía con el miedo constante a que, si se dejaba una puerta abierta, los protagonistas de sus libros se escaparían por ella para nunca regresar.

Bibliófilo

Aquel salmón buscaba con empeño la sabiduría en los libros, pero su afición pronto le planteó un serio problema: viviendo en un río, todo lo que leía se convirtió en papel mojado.

 

LECTORA

No conciliaba el sueño sin haber leído antes; igual daba que fueran dos líneas que sabía que tendría que releer a la noche siguiente.
Leía para dormirse, y a veces el libro se cerraba mientras ella seguía la historia a su manera, en un duermevela extraño que le impedía después encontrar aquel segmento soñado entre las palabras del texto real.
En el fondo, aquel ratito antes de dejar que el subconsciente fuera dueño y señor de su vida por unas horas, necesitaba sentir el abrazo de una buena historia; un reflejo indeleble de los días en que le contaban un cuento antes de dormir.