… las malas a todas partes
—Las niñas buenas van al cielo, hija.
La reprendió con dulzura la monja cuando la pilló escabulléndose por la puerta trasera del patio escolar.
—Puede, pero es que yo solo quiero ir a por chuches al kiosko de la esquina.
—Las niñas buenas van al cielo, hija.
La reprendió con dulzura la monja cuando la pilló escabulléndose por la puerta trasera del patio escolar.
—Puede, pero es que yo solo quiero ir a por chuches al kiosko de la esquina.
Se sentía como una niña entre los “knit-knit” de las agujas de punto y los “sew-sew” de la máquina de coser; hasta el “croch-croch” del ganchillo sonaba diferente cuando practicaba inglés.
Llegaron de la Biblioteca Municipal haciendo una encuesta.
—Buenos días, ¿hay algún lector en este domicilio?
—En esta casa lee hasta el perro, bajo pena de muerte.
Miraban con desconfianza hacia la luz que se colaba por la rendija de la puerta de la cabaña frente al redil. Al final salió uno de los hombres, enganchó al cordero de la más vieja y se lo llevó a la parte de atrás.
Un chillido rompió la noche y luego el silencio.
Pasadas unas horas, el alboroto de los congregados dentro de la choza llenó la oscuridad mientras fuera, en el corral, sus compañeras consolaban a la oveja.
El lobo Fenrir rompió sus cadenas invisibles e intentó tragarse el sol; la niña vikinga lamentó durante mucho tiempo que el fin del mundo hubiera comenzado mientras ella iba a casa de su abuelita para llevarle sopa en una cestita.
La versión más corta de este relato recibió mención como uno de los ganadores del reto #HBreves Trilogía Música: Tema Apocalíptico.
Pues aquí está mi propuesta para el reto 5 líneas de Adella Brac. Las palabras para mayo eran: pintura, poemas y temor.
Después de recibir cumplido informe sobre la situación económica de la institución, e instigados por el temor a la bancarrota, los dirigentes del museo consintieron en que la sala “Dick Van Dyke”, consagrada hasta entonces a la pintura flamenca del siglo XVI, fuera transformada en una exposición permanente de poemas japoneses escritos en rollos de papel higiénico y rebautizada como “Haikus Ketekagas”.
Le dijeron que estaba a punto de perder la cabeza, que buscara ayuda profesional, y decidió hacerles caso.
Pidió cita en la peluquería y se cortó el pelo.
Los añicos se repartían por el camino que tantas veces había recorrido de casa a la fuente y de la fuente a casa; aunque el cántaro lo rompieron el día que, por fin, llegó al pueblo el agua corriente.
Amantes en un mundo sin tiempo, se dejaban consumir por la pasión en una celebración infinita de desearse mutuamente.
Él dibujaba sobre su piel con los dedos, como si su espalda fuera el mapa de Irlanda y cada lunar una hoguera en honor a las viejas fiestas de Beltane.