6 AM

Hay un limbo que se pierde en el primer rayo de sol precedido por el croar de las ranas y el cantar del gallo, antes de que las persianas y los coches despierten, antes incluso de que se intuyan la niebla y el frío que trae el amanecer. Hay un limbo templado de sombras y falsas herencias, de hojas que caen sin hacer ruido y gotas que se posan invisibles sobre todo lo que encuentran, incluso mi pelo, que se encoge y se esponja y parece huir de mí pero se queda flotando alrededor. Un limbo de salamanquesas ocultándose en grietas y grillos que se olvidaron de que ya no es verano, y en el borde de ese limbo, amable y mágico, mi perro y yo paseamos.

No cualquier mes acaba en Samhain

Hay momentos, hay lugares, hay personas…

Hay cuerdas que ahogan y cuerdas que liberan porque amarran con cariño.

Hay redes que atrapan salmones y redes que los dejan navegar…

Hay sonidos tan antiguos que te devuelven al presente, que te enraízan con la tierra que pisas y dejan tu mente volar; hay piedras pesadas y ligeras, como las que tocas en el bolsillo, las que regala un amigo, siempre tesoros que guardar.

Hay días en que es mejor no levantarse y días para dejarse llevar.

Hay tintas que llenan páginas, pieles, pentagramas…

Hay rincones, remotos e inesperados, donde uno encuentra a quienes los dioses disponen.

PARA CUANDO NOS FALLE LA MEMORIA I

¿Te acuerdas de cuando me rompías por dentro? ¿De cuando me faltaba el aire al escuchar tu nombre, al sentirte cerca, al oírte respirar sobre mí? ¿Te acuerdas de cuando me prometías el Cielo y el Infierno; la luna, el sol, las estrellas; los peces de las profundidades; las cuevas en las montañas más altas, mientras me acariciabas el vientre, que ya te echaba de menos aunque hacía solo un segundo que vivías dentro de él?

¿Te acuerdas de cuántas veces me arrastraste a tus abismos, de cada uno de los lugares que hicimos impíos? ¿Te acuerdas de mis miedos, de tu dulzura, de las bestias desvalidas en que nos convertíamos tras la batalla; de tus ojos ocultando los latidos, de tu pavor a enamorarnos, a mi indiferencia; de tus “solo es un juego”, de mis “no temas por mí”?

¿Te acuerdas del dolor del primer “hasta luego”, del verme entre sus brazos, el saber que con él estaba mejor?

Nunca te conté mis “¿por qué dejas que te abandone?”, ni cómo él sabía que siempre habría un pequeño lugar para ti.

Él nunca te habló de su temor a tu “ven de nuevo”, ni siquiera cuando lo pronunciaste y yo volví. Y volvieron los volcanes, los terremotos, los huracanes que arrasaban con las sábanas, la ropa, los pudores…

Siempre fuimos llamas voraces, hasta que nos faltó el oxígeno.

¿Te acuerdas de mis lágrimas, de las suyas, de las tuyas, cuando supimos que no habría vuelta atrás?

Me dejaste en su abrazo, ese que siempre temiste que me robaría; ese que creías que me estabas robando.

Sus pies en la tierra, mi buscar sus guaridas; sus sueños entramados con los míos, algo que tú y yo nunca pudimos tener.

¡Qué triste cuando sabes que la mejor opción es la derrota!

¿Te acuerdas de nuestro pedirte permiso para amarnos, para ser sinceros, para dejar de escondernos de lenguas que pudieran llegar sibilinas hasta ti para contarte que yo sonreía, que él me besaba por los rincones, que soñábamos juntos, que mi almohada estaba olvidando tus rasguños para llenarse de él?

¿Te acuerdas de tu sonrisa al bendecirnos, de su alivio, de mi perdón, de nuestro caminar juntos de nuevo (el de los tres) como si el tiempo no hubiera abierto grietas irreparables?

¿Sus “para siempre”, tus “nunca más”, mis “os quiero?

MERCURIO TRASNOCHADO

¿Cómo te atreves a aparecer en mis noches sin ser llamado? ¿A obligarme a que me rompa los huesos buscando tu abrazo en un aire vacío que solo devuelve el recuerdo de tus ojos, de un beso que nunca existió?

¿Cómo te atreves a tenerme una semana bramando tu nombre a todos los vientos conocidos, sin respuesta?

¿En qué momento te erigieron mis dioses en mensajero de buenas nuevas que deja tras de sí un rastro de lágrimas, de deseo, de ausencia. Un huracán que arrastra un castillo de naipes. Un jodido golpe de mar?

Y, a pesar del tiempo, de los años (de la distancia en todos los sentidos), me miras enfadado, como si no te reconociera, con esos ojos imposibles que me taladran y me llevan a lugares que nunca visité, salvo en sueños y a tu lado.

Tú, duende malvado que sabes cómo romper todos los círculos de piedra de mis muchos mundos, con todos los derechos adquiridos sobre mi alma, vienes a recordarme que, a pesar de todo lo que yo sea cuando despierto, nunca podré aspirar a más que a ser yegua desbocada que galopa hacia ti.

DE TI I

Aquel lugar extraño, que solo conozco en sueños, que solo visito contigo, qué angustioso se tornó anoche, con los cuervos portando los cadáveres de sus compañeros, un niño pintando con los dedos y los últimos rayos de sol. Tu abrazo que no era tu abrazo, y esa nostalgia que se colaba por la ventana con una niebla asfixiante. Una cabra blanca y negra, el olor a castañas, un perro ladrando a una nube de forma incierta. En medio del caos, tu voz como una brújula; tus labios, estrellas polares; tus ojos, bálsamo capaz de resucitar a los muertos.

Y, aunque no lo creas, a pesar de todo ello, cuando desperté me sentí un poquito feliz y un poquito desamparada, como siempre que huyes entre las campanadas de los sueños y el sonido impertinente del despertador.

INSTRUCCIONES PARA SALIR DE UN BOSQUE ENCANTADO

Seguir la linde de los Alisos, saltar el Brezo,

rodear tres veces el Castaño en el sentido de las agujas del reloj,

pasar junto al Diente de león sin que se muevan sus semillas,

recoger una vara del centro del Espino,

cantar al Fresno una canción de amor;

de ninguna forma subirse al Guindo,

presentar los respetos al Haya, cuidarse de encender fuego cerca del Incienso,

hacer un ramillete de Jacintos atado con hierba de San Juan,

guardar cinco hojas de Laurel en un zurrón imaginario,

ofrecer a las hadas el fruto del Manzano antes de que caiga,

raspar con tu nombre la corteza del Nogal,

escarbar entre las raíces del Olmo en busca de setas,

untarse las manos con la resina del Pino,

soñar toda una noche junto al Quejigo,

escalar el Roble sin quebrar una rama,

escuchar las penas del Sauce hasta que deje de llorar;

atravesar el tronco del Tejo sin tocarlo,

comer cuatro uvas de la Vid mirando hacia los puntos cardinales

y, por último, reptar bajo la Zarza.