AUGE Y DESGRACIA DE GIRASOL I

Los dueños de las sombras se estremecen, su hora toca el final. Minúsculas gotas invaden las corolas cerradas y se precipitan al vacío, suicidas en un mundo sin versos ni poetas. A sus pies se escurren los habitantes de la noche mientras el azul-morado se resiste a morir ante la lanza naranja del primer rayo de sol.

La humedad se hace dueña del campo de batalla ocultando los cadáveres con su manto blanco. Atrás quedan los zorros y los búhos saciados, mientras la claridad apunta un día más en la vida de ratones y lagartijas, que trepan a lo alto de las piedras buscando un calor que se hace de rogar.

Pronto la niebla se disipa. Las amapolas se abren a un amor perecedero y una nube de vencejos rompe el cielo, imbuídos de un apetito insaciable.

Lo que un día habían sido prados verdes, se marchita bajo el beso de un sol que se crece en su gobierno y somete a todo y a todos, salvo al rey de los girasoles que se yergue orgulloso con la cabeza coronada por pétalos dorados. Él no tiene miedo del tirano; lo adora sin claudicar, sin rezos ni penitencias.

— ¡Levantad la cabeza! —urge a sus súbditos—. Saludad a mi padre allí en lo alto. Miradlo tan igual a mí, tan poderoso e imbatible.

Un tallo cercano se eleva por encima de él, gallardo, con la soberbia que da la juventud, haciéndole sombra con sus pétalos todavía intactos. Y el resto torna sus caras ennegrecidas hacia el aura que envuelve al astro mayor.

Ignorante de la rebelión gestada, perdido en su belleza, el viejo girasol no percibe el cosquilleo que provocan los dientes del topo en sus raíces.

El sol inicia su descenso a los abismos, un viento de Levante mece los trigos que parecen soldados al borde de la sublevación; hordas en movimiento sometidas a los mandatos que silba un capitán invisible.

Las libélulas danzan creando sombras que se pierden entre rojos, blancos, amarillos y verdes. Los vencejos regresan cubriendo el mundo con su caos, sin brújula ni destino.

El rey de los girasoles, herido de muerte bajo la tierra que lo sostiene, cae entre sus súbditos, que jalean en silencio al heredero bastardo. Y los ratones se apresuran a devorar el cadáver. Mañana no quedarán evidencias del crimen ni de su reinado.

Los mosquitos surgen por millares a la sombra de una nube teñida de sangre y el nuevo soberano agacha la cabeza con humildad ante su padre.

Un esbozo de luna emerge débil entre las lomas, pálida, impaciente.

Los dueños de la luz se estremecen, su hora toca el final.

A los pies de los girasoles asoman los habitantes de la noche mientras el azul-morado va ganando la batalla contra la débil daga naranja del último rayo de sol.

 

Basado en el Preludio de la Suite nº 1 para Cello de Bach interpretada por Carlos Núñez para el disco Cinema do Mar.

Trashumantes

Amaneció con niebla, lo normal por estas fechas, y nadie se atreve a cruzar esta cortina blanca y helada que se pega a las pestañas así que, aquí sigo, solo con mi nostalgia; pero, esperad, me parece que… no, no puede ser, hace años que no escuchaba este sonido.

Empieza como un rumor lejano y lo único que notas es un ligero cosquilleo en la arena muy ligero; nada que ver con la firmeza de las primeras mañanas de septiembre, cuando conducen los novillos hacia el pueblo; tampoco se parece al temblor de la arena bajo las ruedas del tractor, ni al rasgar alegre de las bicicletas infantiles que invaden esta zona en verano. No, no es igual.

Este es una caricia leve, pausada, que se hace esperar, algo que me parece imposible hoy.

Sin embargo, aquí está, como antaño, trayendo un olor rancio y vetusto casi como la costumbre de la que procede.

Me niego a creer lo que oigo, lo que huelo, lo que siento, pero pronto, entre la humedad visible, aparecen sombras blancas y, por si no estuviera claro ya, un balido.

Por fin he dejado de estar solo, por fin, por la cañada, llegan los rebaños.

LINDES

Relato incluido en la Antología de prosa poética de Ojos Verdes Ediciones.


 

Con cuatro lunas a sus espaldas decidió seguir vagando por abruptos senderos que no llevaban a ningún lugar hasta que un viento del norte, triste y desabrido, rompió la niebla para traer una estrella luminosa, incierta, que titilaba en las sombras de una noche sin final.
Al vuelo de las cornejas se adelantaron los estorninos; los contempló, curiosa, mientras arremolinaban los deseos de los ausentes en nubes negras como tormentas.
Hundieron aquellas vistas sus pies en el fango infecto, donde las lombrices apenas llegaban a rozar el suelo. Notaba el frío en las puntas de los dedos, como brotes tiernos sucumbiendo a fiera helada y, por primera vez en su existencia, sintió el miedo escondido tras los musgos y el vaho de sus pulmones escapando de ella, alejando la vida y los sueños de un cuerpo de niña que, sin embargo, empezaba a estremecerse al amor del planear de búhos y el bramar de ciervos.
Atravesó una ciénaga, una playa y un robledal, acompañada por el lúgubre rocío que descansaba sobre los tréboles amarillos. Jamás creyó que un ocaso fuera tan hermoso, mientras las cuatro lunas, agazapadas bajo su pelo, aguardaban.
Fue el sigilo de un zorro el que las despertó, con sus uñas lacerantes sobre la tierra mojada; esas lunas envidiosas: llena, creciente y las dos menguadas, desbarataron su cabello y la hirieron en el alma.
«Somos dueñas» le decían «de tu futuro».
Y ella lloraba, viendo escapar la estrella y el viento entre el fulgor plateado de cuatro esferas blancas.