TODAY II

TODAY II

Dos mil años después me preguntas si recuerdo el olor del primer ramo de flores que me regalaste (de margaritas y azulejos), de la corona que me hizo reina en un campo de cardos con vestido de zarza de moras y pétalos de amapola por zapatos. A lomos de un caballo de sauce entramos en el salón y todo el mundo buscaba respuesta a la pantomima, unos creyéndonos actores, otros hadas venidas de muy lejos. No les culpo, mirarte a los ojos sobraba para creer en mundos lejanos y peligrosos, pero no miraban el tiempo suficiente para ver mi cuerpo flotando en el fondo de ese lago verde. Nos creció la melena que ondeaba con el viento que soplaban nuestras nucas; nadie sospechaba entonces de dónde nacía el brillo que envolvía nuestros cuerpos (ni siquiera nosotros), hasta que una noche faltaste a la promesa de los mil besos, y se nos acortaron los vestidos, se nos enredó el pelo. Fueron novecientos noventa y nueve, pero bastó con eso.

SIBERIA

SIBERIA

Sabía que un ramo de flores no iba a arreglar nada, con ella un ramo de flores era casi un sacrilegio. Con otras era más fácil: una joya, unas rosas, una canción… pero con ella no, con ella todo era siempre más complicado, aunque también más excitante. Y, quizá por eso, había optado por lo más ordinario, porque era lo menos esperable entre ellos: algo corriente.

Le sudaban las manos, el papel de seda con el que habían envuelto el ramo se deshacía con la humedad de los tallos y por momentos temió que sus palmas se hubieran teñido de color morado. Volvió a mirar las flores. Llamó al timbre y agachó la cabeza.

¿Cuál era el protocolo a seguir para la entrega de semejante pipa de la paz?

En cualquier caso, a ella no podría engañarla, no en eso, al menos. Le conocía demasiado bien; tan bien como para saber que él ya estaba pensando en otra antes que él mismo se replanteara sus sentimientos. Y, sin embargo, por muy lejos que se sintieran desde hacía tiempo, no debió dejarla marchar sin una explicación, sin una disculpa, sin un “te quiero, pero ya sabes…”

Creyó escuchar su respiración al otro lado de la puerta y le empezaron a temblar las rodillas. Ella abriría con naturalidad y él se sentiría desarmado porque ella nunca mereció nada más que respeto y él, precisamente él, le había faltado a tal.

El picaporte tardó una eternidad en girar, la puerta se demoró un siglo en separarse del marco y la oscuridad le atrapó el aliento.

Ella frente a él con los ojos hinchados de llorar, el pelo enmarañado en una coleta que se había rehecho varias veces sin ser peinada, los surcos de las lágrimas descendiendo por sus mejillas.

A él se le cayeron al suelo las flores y el alma al mismo tiempo y estuvo tentado de ponerse de rodillas para pedir perdón mil veces, de ofrecer su vida en sacrificio por un dolor que había subestimado. Ella, la dueña de su destino, impertérrita en lo alto de su montaña, calma después de la tormenta, huracán justificado, río desbordado, era ahora poco más que los despojos de un gigante, el junco que se quiebra con el viento, la última hoja que se desprende al comenzar el invierno.

Ella recuperando su dignidad, barriendo sus pedazos bajo la alfombra, le invitó a entrar.

—Dime al menos que las flores son para mí— le dijo, y dibujó una sonrisa que no combinaba con la desolación de su rostro.

—Tenía miedo de que no las quisieras.

Y le parecían pequeño pago para una diosa derribada de su altar a golpes.

—Son preciosas.

Ella y su condescendencia, su no querer herirle. Él deseando sacrificar un toro blanco para honrarla, encender todos los altares del mundo en su memoria, ofrecerse a lo más profundo de un volcán; tentado de poner en sus manos un cuchillo y dejar que le arrancara el corazón y que lo pusiera en la repisa, aún palpitante, junto al ramo de flores, el papel de seda desteñido, la última foto juntos, la primera carta de amor.

—Lo siento— masculló él.

—¿El qué?

—Todo.

—¿Todo?

¿El primer beso, la última caricia, los “te amo”, las batallas bajo las sábanas, los versos dedicados, los regalos, los minutos, las ausencias, las excusas?

—Todo.

Ella rio con una risa falta de desespero, de locura, más serena que nunca; rio a carcajadas y desapareció por la puerta de la habitación seguida por el eco de su risa. Regresó en un momento con el pelo recogido en una trenza, con la cara lavada, los ojos brillantes, revestida de misericordia; ave fénix resurgida de unas brasas que él no era capaz de apagar; primer brote entre la nieve, rayo de luz entre las nubes, ángel redentor, jinete del Apocalipsis, lobo desatado, enorme serpiente capaz de engullir el sol.

—Todo es demasiado para lamentarse.

Y él se sintió minúsculo, grillo en medio de una noche eterna que canta a una estrella perdida en el infinito. Sintió la tentación de acariciarla, de iniciar un águila de sangre por la traición perpetrada, de pasar por doce pruebas, de coger el barco hacia Ítaca por ella; cualquier cosa menos la culpa, cualquier palabra menos su perdón.

Le tomó de la mano y le dijo: «Vámonos».

Y se dejó arrastrar como tantas otras veces, dispuesto a seguirla hasta el último confín del mundo conocido, más allá de las constelaciones, al Hades mismo si con ello regresaban su mirada tierna y su pecho abierto; si podía hacer de su sonrisa algo perpetuo.

Comenzó a verse héroe redimido que vuelve con todos los tesoros para alcanzar la honra de su mano, de sus labios, de su amor inquebrantable, pero ella, Medusa desairada, Maeve traicionada, Freya imperturbable, lo condujo al lugar donde se conocieron y allí lo abandonó a su suerte rodeado de todas las ánimas condenadas, de licántropos, vampiros y habitantes de la laguna Estigia para que dispusieran de su alma.

DAR (K) NIGHT

Entre tanta luz, la oscuridad de aquel joven era magnética, a pesar de la muchedumbre que les rodeaba parecía que el mundo había encontrado su eje en la escultura que formaban él y su víctima, si es que se podía calificar como tal, y cualquier cosa que giraba alrededor se veía influida por su campo gravitacional, acelerando conforme uno se alejaba de ellos.

«Es un último paso» murmuraba el joven indolente a la vez que acercaba su hermoso rostro al del otro.

Una paz inundaba a los testigos más directos mientras el resto continuaba en una fiesta que daba a la escena un aspecto aún más grotesco.

Los ecos de una orgía invadían el espacio sacralizado por el ritual, como sacados de un infierno de Dante en el que no había penitencia sino regocijo.

Ella los contemplaba entre asombrada y consciente, sin poder explicar a ciencia cierta si comprendía o no lo que estaba presenciando. Su mente vagaba entre los conocimientos adquiridos durante años de estudio, buscando la identidad de aquel demonio. Sus poderes eran tan universales, había tantos candidatos que encajaban con su esencia.. Sin embargo, la quietud, la paz que desprendía, que justificaba sus actos, la tenían desconcertada. No era maldad lo que le empujaba a aquello, era su oficio, su fin último, su destino inexorable, y todos los que allí había eran conscientes de ello, no por irremediable sino por necesario.

Una luz oscura se apoderó del rostro del joven, una luz que iba avanzando desde sus labios hacia sus mejillas y sus sienes hasta invadir sus ojos que se tornaron negros y brillantes como dos perfectas esferas de carbón, fue entonces cuando la víctima abrió los suyos, convertidos en dos bolas blancas ausentes de iris o pupilas pero llenas de vida, ansiosas por el momento final, por el clímax de aquel rito al que se sabía predestinado.

Los ecos orgiásticos cesaron, el mundo entero se paró en el suspiro último, vibrando en torno a la gótica pareja como una energía contenida incapaz de escapar y, de repente, la nada más absoluta, sin aire, sonido o luz. Una nada respirable, embaucadora, con un aroma sin perfume; una nada que llenaba cada rincón, no de la estancia, sino de cada uno de los testigos, para que nunca pudieran olvidar.

ASÍ

Sin pensarlo mucho, apenas nada, dejo que el eco de la música se meta no tan sutil por los oídos y lo embargue todo, arrastre soles y lunas moribundos impulsados por una marea que nunca baja; así, como el viento de levante llegó esta mañana atesorado por la alineación de Venus y Marte, tan confusos ante la crecida de los regajos como yo.

Así, como el extraviado vuelo de una golondrina y el trepar silencioso de la enredadera que nunca florece, o el sonido del aire entre los juncos que segaron unos meses atrás, y el brote de las espinas de las zarzamoras que se esconden entre los tréboles, las huellas confusas de caballo, perro y humano, una nube que atraviesa con pereza por delante del sol mientras la luna es una leve sonrisa pálida al otro lado del firmamento.

Así, zumbido de mosquito de verano que no llega y que se confunde de trayecto con la primera pluma que cae de un nido abandonado.

Así, resonancia en caja hueca que reverbera sin compás ni ritmo, así.

TÚ Y YO

A veces se me olvida que tienes la capacidad de cambiar de forma en mis sueños, que tus ojos unas noches son verdes y otras se agazapan en la oscuridad de las avellanas maduras; que mutas tu tamaño, tu aspecto; que puedes ser travieso e intrincado, valiente guerrero, sabio de mil años, pero nunca cambias tu manera de mirarme, de decirme, de llamarme a tu lado.

Y a veces, la mayoría, se me olvida lo que quieres decir y no reacciono, porque yo también sé cambiar de papel, y de ojos, y de forma; puedo ser nube bravía y ola serena, aguerrida heroína de un cuento por terminar, o hechicera.

Mira que me gusta cuando me sueño hechicera y tú vienes y me preguntas, y yo, a pesar de toda mi magia, no tengo respuestas; la bruja más ingenua, que puede convocar tormentas y hacer alzarse los mares y abrir en dos la tierra; y, sin embargo, no logro ver tus ojos, y tus palabras, y tu decir mi nombre, dulce pensamiento que se te escapa de los labios. Y toco tu hombro, acerco mi boca para oír con el aliento; tú insistes, sueltas tus armas, y el ruido me sobresalta.

Nada prepara a una hechicera para el sonido de una espada contra el suelo.

Me dices, creo que lo oigo en el fondo de mi garganta, que tienes miedo de las hadas, aunque yo nunca me sueño con alas de mariposa.

Entonces te descubres el pecho y es en ese instante, de ojos oscuros como avellanas maduras, que me noto fluir salmón en tu mirada, ora yegua, ora loba herida, ora jabalí blanco, cisne que escapa de un mal viento. Me susurras y yo me pierdo, porque sigo sin entender que las malvas no siempre cubren a los muertos; a veces, las más de las veces, son solo malvas.

6 AM

Hay un limbo que se pierde en el primer rayo de sol precedido por el croar de las ranas y el cantar del gallo, antes de que las persianas y los coches despierten, antes incluso de que se intuyan la niebla y el frío que trae el amanecer. Hay un limbo templado de sombras y falsas herencias, de hojas que caen sin hacer ruido y gotas que se posan invisibles sobre todo lo que encuentran, incluso mi pelo, que se encoge y se esponja y parece huir de mí pero se queda flotando alrededor. Un limbo de salamanquesas ocultándose en grietas y grillos que se olvidaron de que ya no es verano, y en el borde de ese limbo, amable y mágico, mi perro y yo paseamos.

No cualquier mes acaba en Samhain

Hay momentos, hay lugares, hay personas…

Hay cuerdas que ahogan y cuerdas que liberan porque amarran con cariño.

Hay redes que atrapan salmones y redes que los dejan navegar…

Hay sonidos tan antiguos que te devuelven al presente, que te enraízan con la tierra que pisas y dejan tu mente volar; hay piedras pesadas y ligeras, como las que tocas en el bolsillo, las que regala un amigo, siempre tesoros que guardar.

Hay días en que es mejor no levantarse y días para dejarse llevar.

Hay tintas que llenan páginas, pieles, pentagramas…

Hay rincones, remotos e inesperados, donde uno encuentra a quienes los dioses disponen.

PARA CUANDO NOS FALLE LA MEMORIA I

¿Te acuerdas de cuando me rompías por dentro? ¿De cuando me faltaba el aire al escuchar tu nombre, al sentirte cerca, al oírte respirar sobre mí? ¿Te acuerdas de cuando me prometías el Cielo y el Infierno; la luna, el sol, las estrellas; los peces de las profundidades; las cuevas en las montañas más altas, mientras me acariciabas el vientre, que ya te echaba de menos aunque hacía solo un segundo que vivías dentro de él?

¿Te acuerdas de cuántas veces me arrastraste a tus abismos, de cada uno de los lugares que hicimos impíos? ¿Te acuerdas de mis miedos, de tu dulzura, de las bestias desvalidas en que nos convertíamos tras la batalla; de tus ojos ocultando los latidos, de tu pavor a enamorarnos, a mi indiferencia; de tus “solo es un juego”, de mis “no temas por mí”?

¿Te acuerdas del dolor del primer “hasta luego”, del verme entre sus brazos, el saber que con él estaba mejor?

Nunca te conté mis “¿por qué dejas que te abandone?”, ni cómo él sabía que siempre habría un pequeño lugar para ti.

Él nunca te habló de su temor a tu “ven de nuevo”, ni siquiera cuando lo pronunciaste y yo volví. Y volvieron los volcanes, los terremotos, los huracanes que arrasaban con las sábanas, la ropa, los pudores…

Siempre fuimos llamas voraces, hasta que nos faltó el oxígeno.

¿Te acuerdas de mis lágrimas, de las suyas, de las tuyas, cuando supimos que no habría vuelta atrás?

Me dejaste en su abrazo, ese que siempre temiste que me robaría; ese que creías que me estabas robando.

Sus pies en la tierra, mi buscar sus guaridas; sus sueños entramados con los míos, algo que tú y yo nunca pudimos tener.

¡Qué triste cuando sabes que la mejor opción es la derrota!

¿Te acuerdas de nuestro pedirte permiso para amarnos, para ser sinceros, para dejar de escondernos de lenguas que pudieran llegar sibilinas hasta ti para contarte que yo sonreía, que él me besaba por los rincones, que soñábamos juntos, que mi almohada estaba olvidando tus rasguños para llenarse de él?

¿Te acuerdas de tu sonrisa al bendecirnos, de su alivio, de mi perdón, de nuestro caminar juntos de nuevo (el de los tres) como si el tiempo no hubiera abierto grietas irreparables?

¿Sus “para siempre”, tus “nunca más”, mis “os quiero?

MERCURIO TRASNOCHADO

¿Cómo te atreves a aparecer en mis noches sin ser llamado? ¿A obligarme a que me rompa los huesos buscando tu abrazo en un aire vacío que solo devuelve el recuerdo de tus ojos, de un beso que nunca existió?

¿Cómo te atreves a tenerme una semana bramando tu nombre a todos los vientos conocidos, sin respuesta?

¿En qué momento te erigieron mis dioses en mensajero de buenas nuevas que deja tras de sí un rastro de lágrimas, de deseo, de ausencia. Un huracán que arrastra un castillo de naipes. Un jodido golpe de mar?

Y, a pesar del tiempo, de los años (de la distancia en todos los sentidos), me miras enfadado, como si no te reconociera, con esos ojos imposibles que me taladran y me llevan a lugares que nunca visité, salvo en sueños y a tu lado.

Tú, duende malvado que sabes cómo romper todos los círculos de piedra de mis muchos mundos, con todos los derechos adquiridos sobre mi alma, vienes a recordarme que, a pesar de todo lo que yo sea cuando despierto, nunca podré aspirar a más que a ser yegua desbocada que galopa hacia ti.