PARA CUANDO NOS FALLE LA MEMORIA I

¿Te acuerdas de cuando me rompías por dentro? ¿De cuando me faltaba el aire al escuchar tu nombre, al sentirte cerca, al oírte respirar sobre mí? ¿Te acuerdas de cuando me prometías el Cielo y el Infierno; la luna, el sol, las estrellas; los peces de las profundidades; las cuevas en las montañas más altas, mientras me acariciabas el vientre, que ya te echaba de menos aunque hacía solo un segundo que vivías dentro de él?

¿Te acuerdas de cuántas veces me arrastraste a tus abismos, de cada uno de los lugares que hicimos impíos? ¿Te acuerdas de mis miedos, de tu dulzura, de las bestias desvalidas en que nos convertíamos tras la batalla; de tus ojos ocultando los latidos, de tu pavor a enamorarnos, a mi indiferencia; de tus “solo es un juego”, de mis “no temas por mí”?

¿Te acuerdas del dolor del primer “hasta luego”, del verme entre sus brazos, el saber que con él estaba mejor?

Nunca te conté mis “¿por qué dejas que te abandone?”, ni cómo él sabía que siempre habría un pequeño lugar para ti.

Él nunca te habló de su temor a tu “ven de nuevo”, ni siquiera cuando lo pronunciaste y yo volví. Y volvieron los volcanes, los terremotos, los huracanes que arrasaban con las sábanas, la ropa, los pudores…

Siempre fuimos llamas voraces, hasta que nos faltó el oxígeno.

¿Te acuerdas de mis lágrimas, de las suyas, de las tuyas, cuando supimos que no habría vuelta atrás?

Me dejaste en su abrazo, ese que siempre temiste que me robaría; ese que creías que me estabas robando.

Sus pies en la tierra, mi buscar sus guaridas; sus sueños entramados con los míos, algo que tú y yo nunca pudimos tener.

¡Qué triste cuando sabes que la mejor opción es la derrota!

¿Te acuerdas de nuestro pedirte permiso para amarnos, para ser sinceros, para dejar de escondernos de lenguas que pudieran llegar sibilinas hasta ti para contarte que yo sonreía, que él me besaba por los rincones, que soñábamos juntos, que mi almohada estaba olvidando tus rasguños para llenarse de él?

¿Te acuerdas de tu sonrisa al bendecirnos, de su alivio, de mi perdón, de nuestro caminar juntos de nuevo (el de los tres) como si el tiempo no hubiera abierto grietas irreparables?

¿Sus “para siempre”, tus “nunca más”, mis “os quiero?

MERCURIO TRASNOCHADO

¿Cómo te atreves a aparecer en mis noches sin ser llamado? ¿A obligarme a que me rompa los huesos buscando tu abrazo en un aire vacío que solo devuelve el recuerdo de tus ojos, de un beso que nunca existió?

¿Cómo te atreves a tenerme una semana bramando tu nombre a todos los vientos conocidos, sin respuesta?

¿En qué momento te erigieron mis dioses en mensajero de buenas nuevas que deja tras de sí un rastro de lágrimas, de deseo, de ausencia. Un huracán que arrastra un castillo de naipes. Un jodido golpe de mar?

Y, a pesar del tiempo, de los años (de la distancia en todos los sentidos), me miras enfadado, como si no te reconociera, con esos ojos imposibles que me taladran y me llevan a lugares que nunca visité, salvo en sueños y a tu lado.

Tú, duende malvado que sabes cómo romper todos los círculos de piedra de mis muchos mundos, con todos los derechos adquiridos sobre mi alma, vienes a recordarme que, a pesar de todo lo que yo sea cuando despierto, nunca podré aspirar a más que a ser yegua desbocada que galopa hacia ti.

DE TI I

Aquel lugar extraño, que solo conozco en sueños, que solo visito contigo, qué angustioso se tornó anoche, con los cuervos portando los cadáveres de sus compañeros, un niño pintando con los dedos y los últimos rayos de sol. Tu abrazo que no era tu abrazo, y esa nostalgia que se colaba por la ventana con una niebla asfixiante. Una cabra blanca y negra, el olor a castañas, un perro ladrando a una nube de forma incierta. En medio del caos, tu voz como una brújula; tus labios, estrellas polares; tus ojos, bálsamo capaz de resucitar a los muertos.

Y, aunque no lo creas, a pesar de todo ello, cuando desperté me sentí un poquito feliz y un poquito desamparada, como siempre que huyes entre las campanadas de los sueños y el sonido impertinente del despertador.

INSTRUCCIONES PARA SALIR DE UN BOSQUE ENCANTADO

Seguir la linde de los Alisos, saltar el Brezo,

rodear tres veces el Castaño en el sentido de las agujas del reloj,

pasar junto al Diente de león sin que se muevan sus semillas,

recoger una vara del centro del Espino,

cantar al Fresno una canción de amor;

de ninguna forma subirse al Guindo,

presentar los respetos al Haya, cuidarse de encender fuego cerca del Incienso,

hacer un ramillete de Jacintos atado con hierba de San Juan,

guardar cinco hojas de Laurel en un zurrón imaginario,

ofrecer a las hadas el fruto del Manzano antes de que caiga,

raspar con tu nombre la corteza del Nogal,

escarbar entre las raíces del Olmo en busca de setas,

untarse las manos con la resina del Pino,

soñar toda una noche junto al Quejigo,

escalar el Roble sin quebrar una rama,

escuchar las penas del Sauce hasta que deje de llorar;

atravesar el tronco del Tejo sin tocarlo,

comer cuatro uvas de la Vid mirando hacia los puntos cardinales

y, por último, reptar bajo la Zarza.

LA OTRA ORILLA DESDE MOHER

Sentarme a tu lado, en el abismo del fin del mundo, donde todas las flores son blancas, donde los ríos son murmullos que confunden el latir de los corazones.

Sentarme contigo a esperar el ocaso y ver cómo el camino del sol sobre el mar nos promete un mundo nuevo, un techo bajo las colinas, un caballo de algas, un castillo bajo las olas, un pasado presente, un rayo de luna entre las raíces de los espinos.

Sentarme a tu lado y que me susurres un nombre antiguo, y que me mires, y que me quemen tus dedos en la espalda y que arda el mundo mientras nos veneramos; que pierdan el norte todas las aves y vaguen sin rumbo sobre nuestras cabezas; que las nubes oculten todos los arcoíris del mundo.

Tumbarme a tu lado sobre un lecho de hierba, que las hormigas nos hagan cosquillas en la piel y las campánulas se enreden en mi pelo, en el tuyo; que las orugas trencen mis mechones con los tuyos.

Tumbarme a tu lado y esquivar la espada que clavaron entre nosotros en forma de océano; hacernos grandes, pequeños, invisibles, gotas de lluvia, corriente de mar.

Elevarme a tu lado en un remolino y confundirnos con las hojas, con las ramas de los sauces, con el bramido de los ciervos, con el reclamo de los cisnes y con el último rayo de sol.

Rizo natural

Qué curiosa es la naturaleza de un pelo. Los lisos se mueven con el aire, vaporosos, como vientos indecisos que lo mismo escogen como camino la cara que la nuca, siempre bailando, volando con las hojas, con el polen, con los sueños. Los rizados, en cambio, gozan del amor que se profesan unos a otros, siempre unidos en una continua espiral que desciende o asciende, que se enreda con el aletear de las mariposas y atrapa los trinos de los pájaros, que se aferra a la sal del mar con su pasado de sirena.

Y, hagas lo que hagas, no puedes luchar contra la naturaleza de un pelo; así, si el liso lo rizas, se encrespa y tiende al infinito, enfadado con el resto de sus compañeros, pero, si alisas el rizo, forma comuna en cascada, pesada soga que te golpea la espalda como venganza por su falta de unas ondas donde los salmones podrían navegar.