BAJO JURAMENTO

—Su testigo, letrado.

—Bien, señora Hupskin, díganos qué sucedió la noche de autos.

—Era una noche templada, inusual para finales de marzo. Ninguna nube empañaba el brillo de las estrellas que iluminaba mi camino. Yo me disponía, como es mi costumbre, a recogerme tras la tertulia que, jueves sí, jueves también, congrega a varios escritores en el bar de Tolo. Un gato negro se cruzó justo en la entrada del jardín de la urbanización, me miró con sus ojos amarillos y se esfumó entre los setos.

—No edulcore su relato y cíñase a los hechos, por favor. ¿Encontró o no encontró usted el cadáver de la señorita Jones?

—Que me ciña a los hechos, dice; que no edulcore mi relato. Oiga usted, letrado, yo soy escritora. No edulcoro los acontecimientos, los planteo de la mejor forma posible,y, que digan los señores del jurado si no les ha gustado más mi manera de contar lo ocurrido que un simple: “Volvía yo a mi casa la noche del jueves y me encontré a la señorita Jones despatarrada en el descansillo con un cuchillo clavado en el pecho”.

Me estoy quitando

Consulté al médico de cabecera, al cardiólogo, a la almohada, a los tíos que tomaban cañas en el bar, a un vejete que pasaba y al horóscopo; consternado por un mundo que se desmoronaba a mi alrededor sin que yo pudiera recoger un solo pedazo entre los dedos rotos de escarbar en el optimismo.

Lo primero que hice fue quitarme del Telediario, lleno de miserias y tormentos, de injusticias, hambre, esperanzas rotas y ladrones de verbo elocuente. Conseguí dormir mejor, al menos durante una semana.

Lo siguiente que dejé fue Facebook y, después, Twitter. Constaté que quitarme del Telediario servía de poco si me bombardeaban con gifs y memes de políticos, refugiados y osos polares nadando sin rumbo en un océano cada vez más cálido. ¿Adónde habían ido a parar las fotos de adorables gatitos?

Dejé los cómics de Mafalda, aún más demoledores que cualquier periódico, con su existencialismo sin respuesta y su negatividad lacerante.

Me aparté de las tertulias cafeteras porque odiaba el fútbol, los toros y los debates sobre el estado de la nación; ya no digamos los exabruptos sobre lo prieto de las nalgas de la camarera.

Abandoné la novela histórica por sus inevitables vaticinios. No nos engañemos, la historia de la humanidad es circular y no quería pensar en los errores que se pondrían de moda la siguiente temporada.

Por último la dejé a ella, al amor de mi vida, porque me dolía saber que no podría salvarla de la incertidumbre.

Cogí todas mis nadas, las metí en una mochila y me eché al monte sin smartphone ni GPS, convertido en trotamundos, en Forrest Gump, en asceta. Ajeno a la voracidad del hombre sobre el hombre y lo que le rodea. Envuelto en el cálido abrazo de la madre naturaleza.

Vi a un aguilucho cernerse sobre un ratón sin escapatoria, a una mantis devorar a su macho tras una cópula decepcionante, y a una araña esperar paciente a que alguna mosca lo bastante gilipollas se posara en su trampa de seda.

Dejé de mirar a los animales.

Contemplé los estragos de la polución en las hojas altas de los árboles, a los eucaliptos comerse el terreno de robles y castaños. A los gusanos y termitas horadar los troncos débiles y resquebrajados.

Empecé a evitar las plantas.

Consulté con las estrellas, con los guijarros del río, con las tripas de una cabra despeñada.

Y me quité de la vida.

 

(Relato inspirado en la canción «De respirar» de El bicho)

 

Fuera de línea

Nada, ni una triste rayita. Un smartphone de seiscientos pavos y, a la mínima, se queda sin cobertura.

Debió hacer caso a la presión en el pecho al cruzar el puente de piedra sobre el regajo: eso de ir a echar el día al campo no iba con él, por mucha ilusión que le hiciera a sus amigos. Hasta la oveja que pastaba junto al camino lo sabía, moviendo la mandíbula inferior en círculos, dejando ver las briznas de hierba recién segada. ¡Qué asco, por Dios!

Desistió de seguir quejándose a sus compañeros; había agotado todas las excusas del mundo antes de perder el coche de vista.

«Te hará bien», le decían.

«Esa dependencia del móvil no puede ser sana», le riñeron.

Y tenían razón, pero ¿qué leches? Si quería ver campo, anda que no había fotos en Instagram. Ahora ni siquiera podía subirlas él porque, si no había cobertura, la conexión de datos habría volado. Casi podía verla como una abeja buscando otras flores en qué posarse.

Pasada media hora, ya empezaba a notar el encanto del paisaje, incluso a disfrutar del olor del campo recién florido.

Almorzaron bajo una encina y bromearon sobre quedarse allí a vivir, en contacto con una naturaleza que había acogido al hombre desde los albores del tiempo.

Poco antes de recoger las cosas para regresar, una avispa de las que habitaban entre las ramas de la encina, se le posó en el hombro y le picó.

Aquello tomó mal cariz en cuestión de segundos.

«Llamad a un médico»

«Que venga una ambulancia»

Y su glotis se cerraba mientras el teléfono, incapaz de salvarle la vida, seguía en su bolsillo, sin una sola rayita.

Trashumantes

Amaneció con niebla, lo normal por estas fechas, y nadie se atreve a cruzar esta cortina blanca y helada que se pega a las pestañas así que, aquí sigo, solo con mi nostalgia; pero, esperad, me parece que… no, no puede ser, hace años que no escuchaba este sonido.

Empieza como un rumor lejano y lo único que notas es un ligero cosquilleo en la arena muy ligero; nada que ver con la firmeza de las primeras mañanas de septiembre, cuando conducen los novillos hacia el pueblo; tampoco se parece al temblor de la arena bajo las ruedas del tractor, ni al rasgar alegre de las bicicletas infantiles que invaden esta zona en verano. No, no es igual.

Este es una caricia leve, pausada, que se hace esperar, algo que me parece imposible hoy.

Sin embargo, aquí está, como antaño, trayendo un olor rancio y vetusto casi como la costumbre de la que procede.

Me niego a creer lo que oigo, lo que huelo, lo que siento, pero pronto, entre la humedad visible, aparecen sombras blancas y, por si no estuviera claro ya, un balido.

Por fin he dejado de estar solo, por fin, por la cañada, llegan los rebaños.

LINDES

Relato incluido en la Antología de prosa poética de Ojos Verdes Ediciones.


 

Con cuatro lunas a sus espaldas decidió seguir vagando por abruptos senderos que no llevaban a ningún lugar hasta que un viento del norte, triste y desabrido, rompió la niebla para traer una estrella luminosa, incierta, que titilaba en las sombras de una noche sin final.
Al vuelo de las cornejas se adelantaron los estorninos; los contempló, curiosa, mientras arremolinaban los deseos de los ausentes en nubes negras como tormentas.
Hundieron aquellas vistas sus pies en el fango infecto, donde las lombrices apenas llegaban a rozar el suelo. Notaba el frío en las puntas de los dedos, como brotes tiernos sucumbiendo a fiera helada y, por primera vez en su existencia, sintió el miedo escondido tras los musgos y el vaho de sus pulmones escapando de ella, alejando la vida y los sueños de un cuerpo de niña que, sin embargo, empezaba a estremecerse al amor del planear de búhos y el bramar de ciervos.
Atravesó una ciénaga, una playa y un robledal, acompañada por el lúgubre rocío que descansaba sobre los tréboles amarillos. Jamás creyó que un ocaso fuera tan hermoso, mientras las cuatro lunas, agazapadas bajo su pelo, aguardaban.
Fue el sigilo de un zorro el que las despertó, con sus uñas lacerantes sobre la tierra mojada; esas lunas envidiosas: llena, creciente y las dos menguadas, desbarataron su cabello y la hirieron en el alma.
«Somos dueñas» le decían «de tu futuro».
Y ella lloraba, viendo escapar la estrella y el viento entre el fulgor plateado de cuatro esferas blancas.

Un golpe de suerte

 

Si había un lugar en el mundo para sentirse ridículo con un neopreno, gafas de buzo y el esnórquel, aparte de tu propia boda, era ese; rodeado de hombres con pantalones a cuadros y polos impolutos, se sentía como un astronauta en una convención de extraterrestres.

—Vamos, tío— le urgió su amigo—. Y ten cuidado con los caimanes. — Rio..

En los últimos meses había pasado por una infinidad de trabajos y sus correspondientes novatadas, pero aquella era, quizá, la más ridícula de todas. Caimanes a él, que se había pasado la infancia corriendo por el green entre los hoyos 15 y 18, justo al lado del lago, contemplando la mutación de los renacuajos a ranas cada verano.

Levantó el pulgar, aceptando la broma, y se sumergió con la red colgada a la espalda.

En su natación hacia el centro de la laguna artificial se cruzó con un par de carpas y pensó en la crueldad de meter peces en un estanque cuyo único propósito era servir de perdedero para las pelotas de los golfistas menos expertos. ¿Cuántas de ellas no habrían muerto golpeadas por una de aquellas bolas picadas de viruela? Pobres bichos.

Llegó a la zona más profunda y, entre algas y limo, vislumbró una montaña blanca. Dejó salir el cabo del tubo a la superficie, cogió aire y se sumergió impulsado por las aletas. Había por lo menos cincuenta pelotas allí, una fortuna para su primer día de trabajo si las recuperaba todas, y casi sin esforzarse. Recogió tantas como pudo y subió a respirar de nuevo.

En la segunda inmersión, perdió el filón de vista, las aguas se habían enturbiado a buen seguro por culpa de sus aletas, que habían removido el lecho fangoso. Cuando la visibilidad mejoró, el montón de pelotas se había desperdigado y descubrió una amarillo brillante que se ocultaba entre algunas hojas y lo que parecían rocas pequeñas. Acercó la mano justo al tiempo que la pelota parpadeaba y, con el agua limpia a su alrededor, vio que a la esfera le seguía una fila de dientes cónicos dispuestos en una sonrisa malévola.

No tuvo tiempo de apartarse, o se demoró demasiado verificando que, tras la pelota amarilla y la cordillera blanca, se escondía un caimán de algo más de metro y medio. Para cuando creyó haberse alejado lo suficiente, el agua se enturbió de nuevo y un tirón seco le impidió llegar a la superficie.

No quería mirar hacia abajo, no podía asegurarse de si su pie izquierdo era presa de las potentes mandíbulas del saurio y su cerebro trabajaba deprisa, repasando todos y cada uno de los documentales, realities y noticias que, a lo largo de su vida, habían tenido como protagonista a aquel depredador eficaz. Por desgracia, su mente solo recordaba el giro de la muerte, las historias con final fatalista sobre ataques de cocodrilos de mar en Australia y a los pobres ñus atrapados mientras bebían en su migración anual por las llanuras del Serengeti.

No había nada que hacer. Si había un lugar en el mundo para sentirse ridículo con un neopreno, gafas de buzo y el esnórquel, además de un campo de golf, era tu propio funeral. Comenzó a rendirse, a darse por muerto. De pronto, algo irrumpió en el agua a toda velocidad, algo pequeño y redondo, algo blanco. ¿La luz al final del túnel? No, la pelota de un nefasto golfista que acertó de lleno en el único punto débil de su captor.

Notó la liberación de su tobillo y nadó hacia arriba en una carrera desesperada y, a su modo de ver, eterna.

—Venga, tío ¿solo veinte bolas?— le dijo su amigo mostrando su red llena.

Un chapoteo desvió su atención hacia la superficie del lago desde donde el caimán les miraba con sus ojos amarillos y brillantes.

—Sí, tío, solo veinte bolas. Y la que acaba de caer, la recoges tú.

Lectora en serio

Entre los estantes de madera vencidos por los años y el peso de los libros, una mujer pasea su mano por los lomos. No lee los títulos, solo roza las letras que los identifican.

Se mimetiza con el entorno gracias a la chaqueta de lana, la falda de tweed por debajo de las rodillas y los zapatos de tacón bajo, pero le tiemblan los dedos y cambia de pasillo cuando otro lector se cruza en su camino.

Observa entre los huecos vacíos de las estanterías cómo se mueven los compradores y el dueño de la vieja librería.

Se sube las gafas redondas de pasta que resbalan por su nariz a intervalos de dos minutos exactos.

En la sección de narrativa extranjera pasa de largo los libros más vendidos, a García Márquez, Faulkner y Coelho.

En novela negra, ignora los nombres de Larsson, Conan Doyle y Christie.

Da un respingo al coincidir, en la esquina de literatura infantil, con un mocoso que le muestra con orgullo un ejemplar de páginas de cartón con un hipopótamo azul en la portada.

Le sonríe, revuelve el pelo del niño con gesto mecánico y huye a la derecha, directa hacia la poesía.

El dueño del local se acerca.

—¿La puedo ayudar? Tenemos lo último de Elvira Sastre.

Rechaza el ofrecimiento con un gesto de la mano y una mirada al escaparate, que filtra la luz de la tarde envuelta en partículas de polvo en suspensión.

Regresa al punto de partida.

Mira hacia derecha e izquierda.

Una joven de pantalones estratégicamente rotos le pregunta por la sección de erótica.

Los ojos de la mujer se dilatan y la boca se le tuerce en mueca de disgusto, ofendida. Sin embargo, señala hacia el frente y se aleja con pasos cortos y rápidos.

Rodea cada pasillo, ahora mirando en los estantes que le caen a la altura de los ojos.

Se cierra la chaqueta al pasar junto a un hombre trajeado de mediana edad que hojea un libro sobre teoría económica.

Casi choca con una anciana que rebusca entre los libros de cocina, se aparta y musita una disculpa que la anciana intenta oír ajustando el volumen de su sonotone.

Evita el fondo de la tienda, reservado a la literatura romántica y a los libros de autoayuda.

Se para delante de un voluminoso ejemplar de Derecho Penal y lo aparta para recoger un libro que se esconde detrás.

Mira a ambos lados, no hay nadie más.

Camina deprisa hacia el mostrador de la entrada donde la anciana está pagando el libro de Simone Ortega mientras le cuenta al dueño que se lo va a regalar a su nieta, que se va a vivir sola y no sabe hacer un huevo frito.

La mujer gira el libro de forma que solo queda visible el canto de las páginas.

La anciana se marcha.

Ella vuelve a mirar a su alrededor y deja el libro junto a la caja.

Sus mejillas adquieren un color rojo y su respiración se acelera levemente.

—Lo he leído— dice una voz detrás de ella, el hombre de mediana edad—. No es nada bueno.

Ella saca la cartera del bolso con torpeza.

Se sonroja aún más.

Suelta los billetes sobre el mostrador.

—Su Anna y el highlander, señorita— el librero le acerca la bolsa.

—Es para regalárselo a una amiga— se justifica ella al recogerlo.

Se sube las gafas, se cierra la chaqueta y huye por la puerta sin mirar atrás.

The Pirate’s Bride

Este relato se recoge en el recopilatorio del curso de Literautas 2014-2015.

El título, así, en inglés, se debe a una canción de Sting, recomendable al 100%


Esperaba que los paisanos se mostraran reticentes a tener contacto con él, así que no digamos a mantener una conversación; ya se lo habían advertido en la ciudad, pero de ahí a que le ignoraran cuando entró en la única taberna del pueblo mediaba un abismo.

Se sentó al fondo de la barra y pidió una jarra de cerveza que el tabernero le sirvió con calma y una sonrisa enigmática en los labios.

—Si preguntas, viajero, por esa mujer que vaga por la playa, no dirán una palabra. Está maldita y aquí nadie la menciona. Es lo que pasa cuando se toman malas decisiones y se sigue al corazón; yo se lo tengo dicho a mis hijas, que me hagan caso y no se fíen de los amores que llegan en primavera como el olor de las margaritas, porque más pronto que tarde se han de marchitar.

— ¿Entonces está allí por recoger margaritas?— preguntó el forastero sin terminar de comprender el acento cerrado de la zona.

—No, hombre— rió de buena gana—, por recogerlas no, más bien por deshojarlas— el extranjero siguió sin comprender—. Verá usted, ¿ha estado alguna vez enamorado? Pero enamorado de verdad, de esas veces en que falta el aliento y el sol no brilla tanto como la luna que nos arrulla mientras soñamos con aquella a la que amamos — el hombre negó con la cabeza—. Entonces quizá no entienda por qué la María vaga por la playa; ella sí conoció esa clase de amor y, como la buena hoguera que tanto calienta, le prendió hasta el alma. Aquel fuego tenía nombre y apellido: Martín Escribano; un zagal bien parecido, hijo de un cabrero, que dejó a su padre colgado en el monte para enrolarse como pirata.

El forastero se acomodó en el taburete, dispuesto a escuchar una historia apasionante.

—No me malinterprete, no seré yo quien juzgue al muchacho. Aquí muchos buscaron riquezas, o al menos pan para llevarse a la boca, en barcos de esa calaña. Mi propio abuelo probó suerte en esos menesteres y no salió muy mal parado. Esta taberna— señaló a su alrededor— es fruto de aquellas aventuras y, ya ve, tres generaciones regentándola. Mi padre era harina de otro costal; según mi abuela, la madre de mi madre, un cagado. Pero supo mantener el negocio a flote, aunque flotar, lo que se dice flotar, mi padre flotaba poco, ni a las rocas se asomaba, le fuera a salpicar la espuma de una ola.

Esperó a que el chiste calara en la audiencia y, al ver que el extranjero seguía esperando a que continuara, suspiró y relató durante un buen rato la vida, obra y milagros de sus ascendientes hasta la cuarta generación sin que el hombre que tenía sentado enfrente hiciera un solo gesto de impaciencia o comprensión, impertérrito ante las desventuras familiares.

—Le decía, amigo, que yo no le conocí, yo era niño cuando todo esto pasó, pero mi madre me contó que la María y ella eran amigas de la infancia. Una muchacha hermosa como pocas en el pueblo. Hubiera podido casarse con cualquiera, hasta con mi padre. Pero en un baile de mayo sus ojos se encontraron con los del tal Martín y nada se pudo hacer— el oyente sonrió imaginando la escena—. Incluso se prometieron, fíjese. Justo antes de la boda, él se embarcó. Ella calló sus temores y le esperó paciente durante cinco largos años. Muchas cosas cambiaron por entonces, empezando por la llegada de unos enviados del rey que se unieron a la espera sin que la pobre María se percatara siquiera de su presencia. Ella juraba que daría el oro de tres navíos ingleses por volverle a ver; de su boca no salía una palabra y su mirada no se posaba en otra cosa que no fuera el mar, ya lloviera o hubiese temporal.

—Cinco años son mucho tiempo— se atrevió a interrumpir, dispuesto a hacer notar lo atento que estaba ahora al relato—. No creo que mi mujer fuera capaz de esperarme tanto.

—Ni la mía. Pero le decía: el día que el barco de su amado regresó, los soldados apresaron a la tripulación y enseguida les condenaron a ser colgados del cuello hasta morir. Ella nunca vio ejecutada la sentencia.

— ¿El Martín escapó?— cortó el forastero con la esperanza prendida en la interrogación.

—Qué va; en el momento en que su adorado Martín pendía de la soga, la María estaba en la playa mirando al horizonte, como cada día de aquellos cinco años, y dispuesta a esperar otros cien si era necesario, marchitando definitivamente su juventud como si no fuera su prometido el que se escondía bajo el saco que les ponen a los condenados a la horca.

Estaba conmovido, pues la mujer que él había visto fácilmente había superado los setenta años.

—Dicen los que les conocieron que la María perdió la cabeza del todo en el mismo momento en que los tambores comenzaron a sonar.

Fairy Tales

Dejó el pequeño cuenco con agua cerca de la ventana; le gustaban los días de primavera en que todo brotaba en verde, morado, blanco y azul.

Su madre la había enseñado bien; había que tener a los seres mágicos contentos, sobre todo si uno quería que le ayudaran a encontrar cosas perdidas o, mejor dicho, que no le perdieran las cosas.

Decidió dar un paso más e incluyó en su ofrenda un pastelito de chocolate recién horneado, sus favoritos.

Estaba segura de que a las hadas les encantaría, con su crujiente primer mordisco; pero se cuidó mucho de desmenuzarlo para que ellas pudieran transportarlo.

A veces las imaginaba como pequeñas hormiguitas, recogiendo cada pedacito para llevarlo a su escondite y regresando luego a por más hasta que de su regalo no quedara ni una migaja.

Desde bien pequeña había creído en ellas, ¿cómo no iba a hacerlo si por la noche veía sus rápidos destellos a través del ventanuco de su habitación?

Eran unas hadas de campo encantadoras, aunque ella sabía que también existían en los bosques y los arroyos; hasta en las bibliotecas, donde ayudaban a los lectores a escoger su próxima aventura con un sutil brillo sobre el lomo encuadernado.

Y luego estaba el hada de los dientes, aquella debía ser una más grande de lo normal; un diente pesaba mucho, ya no digamos una muela, y ella sola tenía que acarrearlo hasta su casa sin ser vista ni hacer ruido.

El único tipo de hada en el que no creía era en las madrinas. Estaba totalmente en contra de la idea de que uno de aquellos seres fuera, de un modo u otro, esclavo de un humano por muchas princesas que salvaran, y por eso se negaba a leer cuentos en los que participaban, así como hacía ya mucho tiempo había dejado de leer cuentos en los que el lobo solo aparecía para comerse a los protagonistas y terminar muerto.

Se erigió en activista en contra de su extinción. Como los señores que salían en los informativos defendiendo a las ballenas y los osos polares, ella pensaba hacer todo lo posible por que ningún hada muriera por falta de imaginación.

Seguramente fue eso lo que la impulsó a llevar cada día el pequeño cuenco fuera de la casa; un cuenco que aparecía vacío al día siguiente, salvo por la pequeña flor de margarita que sus protegidas habían depositado en señal de agradecimiento.