LAS NUBES DE SU PELO

Odiaba los días de verano en que tenía que lavarse el pelo; la humedad se le acumulaba en la nuca haciendo más sofocante la sensación de calor.

Y un buen día, al levantar su melena, una tormenta de verano salió de debajo, inundando el campo con olor a tierra mojada.

RELOJ DE SOL

No usaba calendario, le bastaba con los brotes en las macetas y el pedacito creciente de patio que el sol robaba a las sombras en su camino inevitable hacia el verano.

Sirena

No le gustaba el verano; en realidad no recordaba haberle tenido especial cariño en su vida, ni de niña.
Para ella era una época anodina en la que todo se mueve más despacio y las únicas conversaciones se limitan a preguntar por cuándo se cogen las vacaciones.
Tampoco le gustaban los días de playa, atestados de gente dorándose cual sardinas en parrilla, por el mero placer de presumir de moreno cuando regresaran a la rutina.

Ella prefería el otoño o el invierno. Y ahí sí, ahí se deleitaba contemplando un mar que entonces era mar y no charco de pis; una fuerza de la naturaleza que reflejaba el mismo color de sus ojos verdes y que se rebelaba contra la arena con un millar de caballos desbocados en cada ola.
Pero a veces, en verano, sentía la llamada; algo ancestral, atávico; y no le quedaba más remedio que sumergirse en el agua un nada, un entrar y salir, para dejar que la sal se incrustara en su pelo cuasirizado y creara aquellas rastas indisolubles si no se enjuagaban rápido.

Disfrutaba más aquel contacto frugal que mil horas en su orilla bajo el sol. Y entonces anhelaba sentarse en una roca y mirarlo embravecido, salvaje e indomable; capaz de engullir el mundo si esa era su voluntad, mientras las nubes grises amenazaban en un horizonte difícil de distinguir; cuando los desconsiderados veraneantes no se atreverían a ir a ensuciar su arena, y todo volvería a ser más o menos como antes, como hacía milenios: el mar, la arena y ella sobre una pequeña roca simulando ser sirena que no echaba de menos su cola de pez.