PAREJAS DE ASES Y OCHOS

Su falta de supersticiones llamaba la atención en los círculos de jugadores, él nunca había cedido a la presión del hado; si tenía una mala noche no se le ocurría culpar a sus calcetines o a la ausencia del colgante que le dio aquella muchacha tan adorable antes de subirse al tren para nunca regresar.

Si tenía una buena noche no lo achacaba al pie con el que entró en el salón o a la chaqueta que vestía. Aunque, a decir verdad, solía ser el más elegante de sus compañeros de mesa: la barba bien recortada, el traje impoluto y los puños de la camisa blancos y tiesos.

No era para atraer a la suerte, si no las miradas. Alrededor de la mesa solían rondar mujeres hermosas que, si bien no buscaban al amor de sus vidas, podían proporcionarle una noche divertida y, algunas veces, conversación interesante aderezada con un buen whisky.

La invitación había llegado tarde y tuvo que parar un taxi para llegar a tiempo. Acostumbrado a los antros cochambrosos, a los santo y seña, al humo de puro y a los rivales malolientes, le sorprendió encontrarse en un club de caballeros distinguidos, la flor y nata de la sociedad; y eso le puso nervioso.

Dejó su gabardina en el ropero y disfrutó de las obras de arte que colgaban de las paredes. Hasta el murmullo de las conversaciones resultaba gratificante, lejos de los gritos y la chabacanería de sus habituales salones de juego.

Una joven vestida con recato le invitó a acompañarle y recogió su copa vacía. Sin duda todo el glamur quedaba al otro lado de la puerta, un trampantojo que vestía de dignidad la falta de honor de aquellos que salían de la partida más pobres, cuando no arruinados.

El mismo ganado de siempre, con otros nombres, pero iguales en lo esencial: hombres de negocios, ricos herederos y, ¿cómo no?, el nuevo millonario que se hacía notar con un atuendo llamativo y al que los demás sonreían por educación y despellejaban en la intimidad. Desconocía quién de aquellos prohombres había enviado su invitación, pero estaba claro que no se hallaba en la sala.

Después de tres manos catastróficas, algunos de los jugadores comenzaban a relajar sus faroles. Pidió el segundo whisky y estudió a sus compañeros, ahora en serio.

El error de principiante más común era juzgar nada más sentarse a la mesa, un esfuerzo inútil, su abuelo se lo había enseñado de pequeño: “Todo empieza como un baile de máscaras, hay que esperar un par de copas para que la gente deje de acordarse de que lleva un disfraz.”

Y el método no le había fallado hasta ahora.

El que parecía llevar la voz cantante, a buen seguro socio fundador del club, llevaba un rato haciendo girar de forma compulsiva una de las fichas. Luego estaba el iniciado, un púber que acudió a la partida presionado por el peso de las generaciones anteriores de su familia y que no mostraba el más mínimo interés por lo que sucedía sobre el tapete, los ojos se le iban detrás del culo de la camarera. Cerraba el elenco un escritor de novela negra con fama de palmar cada moneda que se jugaba; con él había que tener cuidado. Suele pasar que el más desgraciado te hunde la vida en una noche de suerte única en su existencia.

Decidió hacerse el pardillo sin pasarse, seguía ignorando de dónde había venido su invitación y hasta qué punto se le conocía en la mesa.

«Aguarda» se dijo «esto, como pescar. Tú tira el cebo, que ya picarán.»

En la quinta mano empezó a echar en falta su ambiente habitual. Las bromas, los insultos bienintencionados y las risas de las chicas no tenían cabida en ese salón, y llevaba un rato con la sensación de estar viviendo una obra de teatro muy bien orquestada en la que él era el único actor que no se había leído el guion. Por poco acostumbrado, mejor dicho nada, que estuviera a las partidas entre “señores”, le resultaba sospechosa la entereza con que perdían; ni una mueca de disgusto, ni un suspiro, ni un temblor de manos, ni dudas a la hora de apostar cinco de los grandes.

La camarera se paseaba cerca de él con demasiada frecuencia, pero estaba claro que no chivaba sus cartas o él no iría ganando. En cualquier otro lugar, su presencia le habría resultado hasta agradable, puede que incluso hubiera bromeado con ella, pero había algo cuando abría la puerta que le erizaba el vello de la nuca, aunque también podía ser que la corriente le diera de lleno.

Intentó aplacar sus nervios y concentrarse en lo que sucedía sobre la mesa.

Repartieron la última mano y, antes de levantar las cartas, un escalofrío le recorrió la columna. Dobló ligeramente los naipes para ver las esquinas como si no fueran con él, pero esta vez iban, vaya que si iban.

Miró con miedo al resto de jugadores y entonces el estallido le atravesó el corazón, su cuerpo cayó de la silla todavía con las cartas entre los dedos, parejas de ases y ochos: la mano del hombre muerto.


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