DE ÁRBOL EN ÁRBOL

Cuando era pequeña quería ser ardilla, con mi cola anaranjada, mis orejas rematadas con escobillas de pelo y los carrillos llenos de piñones. No quería ser una ardilla cualquiera. Quería ser esa ardilla de la que me hablaban en el colegio y que saltaba de árbol en árbol de norte a sur, desde Cádiz a Gijón. Me daba igual si por el camino me tenía que esconder de las águilas reales o de los zorros; estaba convencida de que ser esa ardilla tenía que ser lo mejor del mundo porque podría ver correr a los ciervos entre los pinos, a los jabalíes buscar con sus hocicos bajo la tierra, el espectáculo de las bandadas de ánsares cruzando el cielo en sus migraciones anuales, ver crecer los musgos y las amapolas.

El invierno me daba un poco de miedo, para qué negarlo; si me pillaba cruzando la Sierra de Gredos, iba a pelar mucho frío; siempre me dio la sensación de que las ardillas eran bichos de verano. Los osos y los lobos de la Cordillera Cantábrica no me asustaban para nada, jamás vi un documental en que comieran ardillas. Sí me daban un poco de grima las mantis religiosas y las víboras; también me daban repelús los sapos, pero adoraba a las ranas y a los tritones, aunque no estoy muy segura de que, siendo ardilla, pudiera tener mucho contacto con ellos.

Soñaba con llegar a Doñana y ver de cerca un lince, entiéndase cerca como unos metros, los suficientes para no convertirme en su cena. Y ver flamencos en la marisma, muchos, con las cigüeñas y los caballos.

Las montañas más altas, gobernadas por cabras montesas y buitres, me daban respeto. No sabía cómo podía apañárselas una ardilla entre los riscos pero, si mis profes decían que se podía ir de punta a punta, alguna forma habría. Tampoco me convencía lo de cruzar los ríos. No los regajos o los arroyos como el del pueblo o al que íbamos a bañarnos algunas veces en verano. Me refiero a los ríos gordos: al Duero, al Tajo, al Guadalquivir; se veía desde lejos que, para cruzarlos, se necesitaba más que un salto.

¿Habría tiburones? Me informé y parecía ser que no, aunque algunos pasaban por las costas, pero eran inofensivos, como las ballenas y los delfines. Claro que esos lares, a una ardilla, no le preocupan demasiado. No hay árboles en el mar. Bueno, sí, pero no son árboles-árboles, son plantas de otro tipo, y las ardillas no sabemos nadar. Como mucho, podía conformarme con asomar la cabeza por un acantilado en Galicia, que también tenía que ser bonito.

Sentía especial simpatía por los conejos y las liebres, pobrecitos. Sus enemigos eran los mismos que los míos, pero ellos no podían trepar a los pinos para esconderse. Creo que ahí empecé a entender lo que era la empatía. Lo mismo me pasaba con las lagartijas y las abubillas, aunque esas seguro que serían mis vecinas y nos íbamos a llevar bien.

Cuando conté en casa que quería ser ardilla, mis padres me dijeron que primero tendría que cambiar los dientes, porque una ardilla con dientes de leche no puede comer muchas nueces, y decidí tener un poco de paciencia. Mientras tanto, me conformaba con ir a por piñotes para la caldera con mi abuelo, a recoger nícalos o de paseo por el valle cuando íbamos al pueblo.

Lo que más me gustaba era coger la bici y pedalear por los pinares; ahí me di cuenta definitivamente de que mi propósito de ser ardilla que cruzara España de cabo a rabo iba a ser difícil, no por las montañas y los ríos, sino por la falta de árboles. Te metías en un pinar y se acababa enseguida. Quizá por eso, cuando en el colegio nos llevaron de excursión a reforestar, me puse muy contenta y, a pesar de lo cansado que es, intenté plantar todos los árboles que pude; los necesitaba todos para mi propósito de ser ardilla, para poder viajar sin bajarme de las copas y disfrutar de los atardeceres, de las nieblas y de la berrea de los ciervos, que salía en la tele y me parecía algo digno de ver.

Con los años, mi sueño de ser ardilla quedó cada vez más lejos; los dientes sí me cambiaron, pero no me crecieron ni la cola ni las orejas y, conforme me hacía mayor, también me hacía más alta y lo de trepar a los árboles se complicaba: no es lo mismo pesar medio kilo que cincuenta. Estorban a la hora de saltar.

En lo de ver ciervos, jabalíes, lobos, buitres, águilas y osos no me di por vencida. Hasta me atreví con las ballenas y los delfines porque, ahora que no soy ardilla, sí puedo nadar y montar en barco. Lo de los flamencos ya lo he tachado de la lista. Fue el otoño pasado y fue aún más bonito de lo que imaginaba; me falta el lince y me lo están poniendo difícil, pero yo soy muy cabezona. Un día de estos lo consigo.

EL MUERTO MÁS FEO A AMBOS LADOS DEL MISSISSIPPI

Lo de lavar la ropa en el río no daba para mucho; salvo que alguna hubiera estado enferma, las noticias se repetían día tras día hasta convertirse en muletillas a las que no prestaban atención, pero eso no era suficiente para que callaran; un rato que tenían para ellas, no iban a desperdiciarlo en silencio. Hay quien gusta de rutinas y las mujeres de este lado del Mississippi no eran una excepción.

Tampoco lo eran las de la otra orilla, aunque no supieran mucho las unas de las otras, y eso que todas lavaban a la misma hora. Aquel río era tan ancho que cabían dos barco de vapor, y poco se habían interesado por si había vida más allá de las aguas turbias o si se parecía en mucho o nada a la suya.

Todo esto cambió la mañana en que, junto con la sábana de su noche de bodas, Mary Kate Harrison sacó un cadáver del río.

Mira que lavar la ropa de cama con el marido todavía dentro— bromeó la más vieja, que estaba curada de espanto porque durante la guerra había visto de todo.

Las demás se acercaron a las sábanas de la recién casada.

¡Qué cosa más fea, por Dios bendito!

Solo es un muerto.

Pero uno muy feo.

Y tuvieron que darle la razón; no es que el hombre tuviera aquel aspecto de nariz afilada, ojos saltones y mandíbula demasiado prominente por su condición de muerto o por haber vagado por la corriente durante el tiempo que fuera, se veía que era feo y punto, probablemente desde que nació.

Pasada la primera impresión, llegó la hora de identificarlo, pero por más que hacían memoria, no echaban a nadie del pueblo en falta, y menos tan poco agraciado.

Esto se les ha perdido a los de la otra orilla— sentenció el reverendo cuando se lo llevaron para darle cristiana sepultura—. Yo no puedo enterrarlo aquí, hay que cruzar el río y devolvérselo a su familia para que lo llore como es debido.

Con todo el respeto, pero llorarle, le habrán llorado desde niño, con lo feo que es— se burló la vieja.

Y las demás rieron la gracia haciendo caso omiso a las miradas de reproche.

La noticia de la fealdad del cadáver se extendió como la pólvora y, aunque se apresuraron en preparar una barca, todo el pueblo estaba congregado cuando iban a partir, más por comprobar si era tan feo como se comentaba que por despedirlo.

El reverendo aprovechó la ocasión para soltar un sermón sobre la brevedad de la vida, la compasión y, de paso, puso a todos a rezar por el alma del feo mientras se alejaban río adentro.

Paul Smith fue el primero en divisar la barca y corrió a avisar al alcalde de su orilla por si había que dar bienvenida oficial, ya que lo que se acercaba no era un barco de pesca, y llevaban a un hombre de Dios con ellos.

Cuando atracaron en el embarcadero, los recibió el pueblo al completo, salvo la banda de música, que todavía estaba recogiendo los instrumentos. Presidía el comité de bienvenida el mandamás con el reverendo de esta orilla a su lado.

¿Cómo va a ser nuestro ese adefesio? ¿Le ha visto usted la cara?— se indignó el primero así le presentaron al difunto.

Pues nuestro tampoco es—respondió el reverendo de la primera orilla, incómodo con la idea de tener que llevárselo de vuelta.

Digo yo, que siendo tan feo—aventuró una mujer— en algún pueblo habrán de conocerlo.

Otra cosa es que le reconozcan como suyo— dijo otra—. Mira que es fea la criatura.

Feo o no— cortó el segundo pastor—, tendrá familia y un nombre.

Pues a mí se me pierde un feo como este y no lo iba a echar de menos.

Por amor de Jesús, hablamos de un cristiano bueno.

No sé yo. Para mí que tan bueno no podía ser si el Señor permitió semejante fealdad. A ver si va a ser un forajido.

Lo mismo da. Hay que enterrarlo y que Dios, nuestro señor, lo juzgue con misericordia por sus pecados.

Por lo menos por lujuria no habrá de juzgarlo. ¿Quién se le iba a arrimar?

Sea pues— dijo el alcalde—, nuestro pastor se va con vosotros en representación de esta orilla y lo enterráis.

¿Cómo? ¿Qué quiere que me lo lleve de vuelta? De eso ni hablar.

Hombre, aquí no pinta nada. Vosotros lo habéis encontrado, vosotros lo acogéis.

Pero es que no es nuestro.

Ni nuestro tampoco.

Digo yo— se adelantó una joven frotando las manos sobre el mandil con gesto nervioso—, que dará igual dónde se le dé sepultura. La cuestión es hacerlo pronto. Con estos calores, además de feo, empieza a oler y cada vez va a ser más difícil soportar su presencia.

Ambos reverendos asintieron y el de esta orilla, que en realidad era la otra al principio del relato, tomó su biblia y su alzacuellos y, como hiciera su homónimo, puso a todos a rezar por el alma del difunto mientras la barca emprendía el camino de vuelta a través del Mississippi.

Pero sucedió que, llegando al medio mismo del gran río, justo en el punto en que todavía se oía el rumor de las plegarias de una orilla y empezaban a llegar los ecos de los rezos de la otra, la barca zozobró y un enorme siluro asomó la cabeza por la quilla.

Este muerto es mío— dijo.

Y atrapó un pie del cadáver con su millar de diminutos dientes y lo arrastró con él hacia las profundidades, dejando perplejos a los habitantes de ambos lados del Mississippi.

LOS DÍAS QUE DEBIÓ SALTARSE EL CALENDARIO

Hay días que es mejor no levantarse y hay días que, literalmente, debería saltarse el calendario porque la sucesión de infortunios comienza, de manera inexorable, en cuanto la campana anuncia la medianoche. Eso debió pensar Balbino Toledo aquel veintiuno de abril varias veces.

Para empezar, la noche no se vio aderezada con sueños plácidos, ni siquiera por sueños, ni siquiera por pesadillas. En un complot malévolo, el vecino de al lado se dedicó a pegar voces (y eso que vivía solo) hasta las dos de la madrugada, momento en que le tomaron el relevo los perros del barrio en un frenesí de ladridos y aullidos que comenzó con el yorkshire de cuatro casas más abajo y, en cuestión de media hora, ya tenía de coro a los veinticinco perros censados entre su calle y la de enfrente, a saber: dos mastines, un podenco, tres perros de agua, un bóxer, toda una camada de westies con sus progenitores, la rehala de bretones que llevaba sin cazar dos temporadas y un cachorro de chihuahua que, a pesar de ser el más canijo de todos, daba por culo como los otros veinticuatro juntos.

Esta serenata se extendió, con sus escasos momentos de respiro, hasta las cuatro de la mañana, cuando Balbino Toledo ya miraba los cuchillos de la cocina con otros ojos.

Con la misma espontaneidad que empezó, la rebelión canina cesó definitivamente sus conversaciones a eso de las cuatro y cuarto y, por fin se hizo el silencio. Para entonces, el señor Toledo estaba tan desvelado que requirió de una hora escuchando la radio hasta que Morfeo le acogió en sus brazos.

La rutina no entiende de noches en vela y el despertador, como era su costumbre, rompió en alarma a las seis y veinte.

Decir que Balbino era un autómata es mucho suponer, pues estos artefactos llevan, al menos, alguna programación en su disco duro o se mueven por mecanismos activados cuando les das cuerda. Él acertó a llegar al cuarto de baño y lavarse la cara; las potentes luces led del espejo hicieron más evidente el cerco renegrido que enmarcaba sus ojos bajo en párpado inferior.

Echó la comida de los gatos a los peces y la de los peces a los gatos. Desayunó. Gracias a los maullidos de Botones y Canela, se dio cuenta de su error y repartió la comida, esta vez correctamente, no sin antes encomendarse a todos los demonios por tener que vaciar y rellenar la pecera, que parecía una sopa con tropezones en la que costaba distinguir la carne del pescado.

Apuró un café solo y salió de casa.

La dosis de cafeína obró el milagro y, cuando cogió el coche, ya estaba despierto del todo y se consolaba con que, al menos, era viernes.

Esquivó tres coches aparcados en doble fila; aguardó, cual vaquero del Viejo Oeste, a que terminara de pasar la manada de adolescentes que invadían la calzada de camino a alguna excursión y dobló la última esquina antes de llegar a su destino.

Entonces los faros iluminaron a un gato blanco y negro, dedicado a su aseo diario en medio de la carretera. Balbino miró con perplejidad al gato, el gato miró a Balbino sin interés y siguió con sus lametones en la cara interior de la pata trasera izquierda, hasta que el coche emitió un pitido atrayendo su atención. Lo observó molesto y se apartó con calma.

Si el señor Toledo creía que, con este momento, ya tenía cubierto el cupo de contratiempos, pronto la vida le daría una nueva vuelta de tuerca.

Eso que dicen de que la vida es puñetera se queda corto a veces. A veces, esa vida rompe las rutinas de forma persistente y reconcentrada, un recordatorio de que no hay que confiarse en demasía, porque cuando las cosas se tuercen no hay regla que las enderece.

Unos lo achacan al pie con el que se levantan, otros a la fecha, los más obsesivos a una sucesión de rituales diarios que hay que cumplir a rajatabla y, a eso de las doce del 21 de abril, Balbino Toledo empezaba a pensar que le habían echado mal de ojo, o más concretamente, de dedo. Del dedo corazón para ser exactos, que es el que ahora le latía como si tuviera cien corazones dentro después de pillárselo con el cajón del escritorio a la altura de la primera falange contando desde la punta.

Por si los latidos que, a su juicio, se estaban oyendo en todas las plantas del edificio, fueran poco, su dedo, antes delgado y ágil, se estaba tornando en lo más parecido al As de bastos, color verdoso incluido.

Hemos de decir de Balbino que, aunque su trabajo de oficinista podría inclinarle poco a la burrería y el aguante estoico, era más terco que una mula y no había pisado el médico desde la mili, cuando contrajo unas fiebres tifoideas, y de aquello haría ya más de veinte años.

Después de media hora, y tras la insistencia de sus compañeros para que fuera a Urgencias antes de que se le cayera el dedo, cedió y se acercó al Centro de Salud sosteniendo la mano en alto y jurando en arameo cada vez que la más mínima vibración recorría el espacio entre la planta de los pies y el porrón amoratado que le colgaba de la mano derecha.

El maleficio se rompió por fin cuando traspasó la puerta de la consulta; le atendieron rápido, le hicieron radiografías, le dijeron que no había nada roto, le entablillaron el dedo y le recetaron unos calmantes para dormir caballos. Pasó por la oficina para dejar el parte y volvió a casa.

Se cambió de ropa, se tomó las pastillas y se quedó dormido hasta casi perder el conocimiento mientras, fuera, los veinticinco perros ladraban, la vecina de enfrente cantaba a grito pelado por la Piquer y todos los coches del pueblo pitaban en el atasco monumental que había formado un gato atusándose impávido en medio de la carretera.

PIES DE HOBBIT

De cuando en cuando nace una persona como yo: con pies de hobbit. Un problema la mar de serio pues, mientras esas extremidades de envergadura resultan muy útiles si eres pato u oso polar, para un ser humano proporcionan por igual ventajas e inconvenientes.

Sirva de ejemplo que unos pies anchos se traducen en una base más amplia con la que, por fuerte que sople el viento, resulta difícil tumbarme; en estas situaciones, sin embargo, es de lo más molesto el llamado “efecto tentetieso” por el que el cuerpo se balanceaba sin despegarse del suelo.

En cambio, esta, llamémosla ventaja evolutiva, complica y mucho cumplir con algo tan nimio y tan humano como calzarse, pues si el zapato no aprieta de un lado, aprieta del otro y por eso, digo yo, Tolkien hizo que todos los hobbits fueran descalzos. Claro que ellos no iban a pisar cristales rotos ni se les iban a pegar chicles, cosa que, añadiremos, a todos nos sucede alguna que otra vez.

Mis pies de hobbit son al tiempo una bendición y una broma del destino; si voy, por ejemplo, a un concierto o a cualquier evento que congregue a una multitud, tengan por seguro que saldré de allí con las uñas moradas de los pisotones, si no con un huesecillo roto. Y aquí llega otra cuestión importante: los huesecillos; entiéndase que con unos pies de hobbit solo caben dos opciones: o los huesecillos no son tan “illos” o en esos pies hay más de los habituales.

Pero entre las bendiciones de esta anomalía pedestre, si tal término es aceptable para el tema que nos ocupa, está la de poder dormir de pie.

Claro que todo esto carece de importancia y lo que venía a decir es que mis pies de hobbit, con todo lo ya descrito, son la mayor cortapisa para cumplir mi sueño de ser funambulista.

EN ADOPCIÓN

El sonido del timbre apenas se hizo notar entre el estruendo de la tormenta. Mónica se calzó las zapatillas y acudió a la puerta. ¿Quién podía ser a esas horas? ¿Quién en medio de la lluvia helada?

La mirilla no reveló a nadie al otro lado; abrió, algo le decía que tenía que abrir, y entonces lo vio, una sombra corría calle abajo sin mirar atrás y, sobre el felpudo, una caja de cartón que se oscurecía allí donde caía una gota.

El viento silbó fuerte y ella levantó con temor la manta que cubría lo alto de la entrega.

«Ay, pobres.» Exclamó, recogió la caja y la metió en casa. Su marido, desvelado, la esperaba en las escaleras.

—¿Qué es eso que traes?

—Los han abandonado en la puerta. ¿Qué querías que hiciera? Enciende la estufa, anda, que nos hará falta calor.

Colocó la caja sobre la mesa y quitó de nuevo la manta.

¿Quién podía hacer algo así? Se les veía tan indefensos. La humedad empezaba a hacerles mella.

Se trasladaron al salón donde ya se notaba el calor de la chimenea. Extendieron una alfombra delante del fuego y sacaron a los huérfanos uno por uno, con sumo cuidado.

El matrimonio se sentó en el suelo junto a ellos y empezó a acariciarlos.

—¿Qué vamos a hacer?

—De momento los cuidaremos y luego ya se verá. No podíamos dejarlos ahí fuera. Llueve a mares y está helando.

Su marido asintió. Recolocó al primero más cerca del fuego para que le diera el calor.

—Dime la verdad, estás pensando en quedártelos— le dijo ella entre asustada y conmovida.

—Bueno, son tan pequeños y se ve que han sufrido tanto.

Y así se pasó la noche, con el matrimonio sentado frente al fuego y una caja llena de libros abandonados.

EL SÍNDROME DE JULIA

Julia es de esas amigas que te amueblan la cabeza; me arregla las mechas y evita que, de la nuca, me salgan nubes de tormenta en verano.

Mi amiga Julia tiene un perro de agua, dos hijas, un marido entrenador de baloncesto en sus ratos libres y un porche en el que se sienta a leer; pero está enferma y a mí, lógicamente, me preocupa.

Los médicos no dan con el remedio y, aunque este mal lo padecen otras personas en el mundo, como en ella alcanza límites jamás vistos, le han puesto su nombre a la enfermedad.

No es cosa muy grave, le da una crisis de lo suyo al año, pero ¡qué crisis!

Una crisis de manual.

Todo empieza con el inocente ojeo de una revista o con una película; acto seguido se va a una agencia de viajes; luego busca, planea, se informa y acaba con su marido recorriendo la Toscana en un FIAT alquilado.

Últimamente le ha dado por recorrer Italia de norte a sur. Yo le digo que es que ella es muy romana y ella se ríe de mí, por nórdica, eso sí, desde el cariño.

Cuando llegan a su destino, empiezan a pasear calles, cafés, terrazas, campos, museos…

Se extasia, se embelesa, se fascina y, a la hora de volver, le dura la nostalgia cosa mala.

Se pasa semanas en las nubes, incapaz de recordar nada de lo que ha visto, solo instantes de calma, escenas inconexas que logra poner juntas a través de las fotos del móvil.

Después de dos o tres meses se le pasa el síndrome hasta el año siguiente.

A mí me da mucha pena porque, aunque del Síndrome de Julia no se muere nadie, tampoco es justo que solo lo padezca una vez al año.

Estoy pensando en hablar con expertos de Houston o de la Universidad de Navarra y ver si pueden recetarle algo, no sé: unas pastillas, unas grajeas, unos sobres con sabor a naranja sintética… que dejen que le dé su crisis al menos dos veces o tres por temporada, y que le toque el Euromillón, para que pueda disfrutarlas. Que no se imaginan lo que sufro viendo a una amiga con semejante enfermedad sin poder hacer nada para remediarlo.

LA OTRA ORILLA DESDE MOHER

Sentarme a tu lado, en el abismo del fin del mundo, donde todas las flores son blancas, donde los ríos son murmullos que confunden el latir de los corazones.

Sentarme contigo a esperar el ocaso y ver cómo el camino del sol sobre el mar nos promete un mundo nuevo, un techo bajo las colinas, un caballo de algas, un castillo bajo las olas, un pasado presente, un rayo de luna entre las raíces de los espinos.

Sentarme a tu lado y que me susurres un nombre antiguo, y que me mires, y que me quemen tus dedos en la espalda y que arda el mundo mientras nos veneramos; que pierdan el norte todas las aves y vaguen sin rumbo sobre nuestras cabezas; que las nubes oculten todos los arcoíris del mundo.

Tumbarme a tu lado sobre un lecho de hierba, que las hormigas nos hagan cosquillas en la piel y las campánulas se enreden en mi pelo, en el tuyo; que las orugas trencen mis mechones con los tuyos.

Tumbarme a tu lado y esquivar la espada que clavaron entre nosotros en forma de océano; hacernos grandes, pequeños, invisibles, gotas de lluvia, corriente de mar.

Elevarme a tu lado en un remolino y confundirnos con las hojas, con las ramas de los sauces, con el bramido de los ciervos, con el reclamo de los cisnes y con el último rayo de sol.

VID Y LAS ESTRELLAS

Esta leyenda es mi colaboración para la revista de la Fiesta de la Vendimia de La Palma del Condado 2019


Cuenta la leyenda que, una vez los dioses terminaron de crear el Universo, se reunieron para celebrarlo, todos excepto una diosa que estaba obsesionada con el lugar de las estrellas en el mundo. Tal era su amor por las constelaciones que le parecía injusto que solo existieran en el cielo y, tras muchos días de pensar, decidió buscarles también su reflejo en la tierra.

Probó en la superficie de los ríos, pero la corriente ondeaba y escondía el pálido fulgor de los astros. Lo intentó luego con los copos de nieve, pero eran tan vanidosos que no quisieron hacerle sitio. Pensó en los ojos de los enamorados, pero apenas había lugar en sus pupilas para algo más que la persona amada. Entonces, cuando comenzaba a darse por vencida, encontró ante ella el brote de un pequeño árbol que retorcía sus ramas como en mil abrazos.

Conmovida por la imagen, bajó la primera constelación y la enredó entre las ramas; satisfecha con el resultado, repitió el proceso hasta que el arbolito quedó sembrado de estrellas.

Después, los hombres poblaron la tierra y quedaron fascinados con los frutos de aquel pequeño árbol. En honor a la diosa, le dieron el nombre de Vid, y decidieron que, a partir de entonces, no habría celebración completa sin el jugo fermentado de aquellas estrellas bajadas al suelo.

MI PADRE, BREVE SEMBLANZA

Mi padre era, por encima de todo, un hombre llano. Cada mañana se levantaba, se lavaba la cara, desayunaba y se llevaba a pastar a las ovejas. Guardaba en el zurrón un trozo de queso, pan duro y un libro, de poemas de Miguel Hernández en verano o de Lorca en invierno. Volvía para comer. Se echaba la siesta. Leía a Dostoievski o a Wilde (cuando estaba nostálgico, a Pérez Galdós) y regresaba a recoger el rebaño antes de que anocheciera. Tenía dos mastines: Cervantes y Saavedra, y una mula: Ana Karenina. No le gustaba la bebida y ayudaba en casa cuanto podía. Decía que se enamoró de mi madre porque le recordaba a las muchachas de los libros de Jane Austen, tan refinada pero contestataria, aun siendo hija de lechero.

De este idilio (mi padre siempre se negó a llamarlo matrimonio, aunque lo fuera) nacimos mis hermanos y yo. Para no discutir por el “ponle el nombre del abuelo, ponle el del tío” nos bautizó con la lista de los reyes godos. Así, cuando en casa pasaban revista, había que colocarse por orden: Recaredo, Gundemaro, Sisebuto, Quintila, Chindasvinto, Recesvinto y, por último, mi hermana Urraca.

En realidad, el nacimiento de mi hermana fue una decepción, no por ser mujer, sino porque cortó en seco la ilusión de mi padre por llamar a uno de sus vástagos Rodrigo. Y lo intentó, créanme que lo intentó, pero mi madre, muy cauta ella, le amenazó con aderezar la sopa si se le ocurría marcar de por vida a la niña con la cruz de Rodriga.

Su otra pasión eran las plantas, cosa que, siendo hombre de campo, resulta de esperar. Guardaba con celo un cuaderno de muestras y podía enumerar el nombre de todas las flores que crecían por los alrededores en cristiano y en latín. Cantaba ópera cuando ordeñaba las ovejas y zarzuelas cuando esquilaba.

Tenía empeño en que estudiáramos mucho, y en que, cuando fuéramos mayores, marcháramos a la ciudad. No quería que nos quedáramos atrapados en el pueblo, ni que fuéramos hombres llanos y rurales, como él; porque el futuro, decía, era para los cultos. A mí me dio mucha pena dejarle allí, con sus ovejas y mi madre, mientras yo me divertía en el fútbol y los bailes.

Una vez les invité a venir, para que vieran todo lo que me habían dado sin saberlo. Se negó. Le daba vergüenza que mis amigos descubrieran que mis padres eran una pareja llana de un pueblo perdido en medio de Castilla.

LAS RUINAS DE NUESTROS SUEÑOS

Las ruinas de nuestros sueños esparcidos por el suelo, constantes vestigios de las batallas campales que adornaron nuestros cuerpos; las cuerdas rotas de las guitarras, las esquirlas de madera y las clavijas que hirieron nuestras retinas tan hondo que apenas nos reconocimos al mirarnos.

Las botellas amontonadas, el despertador hecho añicos a los pies de la cama.

Los vasos, las tazas, los platos, clavados en las plantas de nuestros pies.

Todo hecho desgarro y pasión, tan cegados por el deseo de tenernos que no pasamos las hojas del calendario.

Una vorágine de partituras y relatos esparcidos por los muebles.

Todo lo que me inspirabas.

Todo lo que te hacía sentir.

Perdimos la noción del mundo más allá de la puerta de entrada; más allá de las ventanas.

Los amaneceres transformados en gemidos, los ocasos en marcas de uñas sobre la piel.

Cualquier pradera nos servía para hacer la guerra.

Olvidaste tu nombre, olvidé mis obligaciones.

Y, al final, nos olvidamos de los dos.