PIES DE HOBBIT

De cuando en cuando nace una persona como yo: con pies de hobbit. Un problema la mar de serio pues, mientras esas extremidades de envergadura resultan muy útiles si eres pato u oso polar, para un ser humano proporcionan por igual ventajas e inconvenientes.

Sirva de ejemplo que unos pies anchos se traducen en una base más amplia con la que, por fuerte que sople el viento, resulta difícil tumbarme; en estas situaciones, sin embargo, es de lo más molesto el llamado “efecto tentetieso” por el que el cuerpo se balanceaba sin despegarse del suelo.

En cambio, esta, llamémosla ventaja evolutiva, complica y mucho cumplir con algo tan nimio y tan humano como calzarse, pues si el zapato no aprieta de un lado, aprieta del otro y por eso, digo yo, Tolkien hizo que todos los hobbits fueran descalzos. Claro que ellos no iban a pisar cristales rotos ni se les iban a pegar chicles, cosa que, añadiremos, a todos nos sucede alguna que otra vez.

Mis pies de hobbit son al tiempo una bendición y una broma del destino; si voy, por ejemplo, a un concierto o a cualquier evento que congregue a una multitud, tengan por seguro que saldré de allí con las uñas moradas de los pisotones, si no con un huesecillo roto. Y aquí llega otra cuestión importante: los huesecillos; entiéndase que con unos pies de hobbit solo caben dos opciones: o los huesecillos no son tan “illos” o en esos pies hay más de los habituales.

Pero entre las bendiciones de esta anomalía pedestre, si tal término es aceptable para el tema que nos ocupa, está la de poder dormir de pie.

Claro que todo esto carece de importancia y lo que venía a decir es que mis pies de hobbit, con todo lo ya descrito, son la mayor cortapisa para cumplir mi sueño de ser funambulista.

EN ADOPCIÓN

El sonido del timbre apenas se hizo notar entre el estruendo de la tormenta. Mónica se calzó las zapatillas y acudió a la puerta. ¿Quién podía ser a esas horas? ¿Quién en medio de la lluvia helada?

La mirilla no reveló a nadie al otro lado; abrió, algo le decía que tenía que abrir, y entonces lo vio, una sombra corría calle abajo sin mirar atrás y, sobre el felpudo, una caja de cartón que se oscurecía allí donde caía una gota.

El viento silbó fuerte y ella levantó con temor la manta que cubría lo alto de la entrega.

«Ay, pobres.» Exclamó, recogió la caja y la metió en casa. Su marido, desvelado, la esperaba en las escaleras.

—¿Qué es eso que traes?

—Los han abandonado en la puerta. ¿Qué querías que hiciera? Enciende la estufa, anda, que nos hará falta calor.

Colocó la caja sobre la mesa y quitó de nuevo la manta.

¿Quién podía hacer algo así? Se les veía tan indefensos. La humedad empezaba a hacerles mella.

Se trasladaron al salón donde ya se notaba el calor de la chimenea. Extendieron una alfombra delante del fuego y sacaron a los huérfanos uno por uno, con sumo cuidado.

El matrimonio se sentó en el suelo junto a ellos y empezó a acariciarlos.

—¿Qué vamos a hacer?

—De momento los cuidaremos y luego ya se verá. No podíamos dejarlos ahí fuera. Llueve a mares y está helando.

Su marido asintió. Recolocó al primero más cerca del fuego para que le diera el calor.

—Dime la verdad, estás pensando en quedártelos— le dijo ella entre asustada y conmovida.

—Bueno, son tan pequeños y se ve que han sufrido tanto.

Y así se pasó la noche, con el matrimonio sentado frente al fuego y una caja llena de libros abandonados.

EL SÍNDROME DE JULIA

Julia es de esas amigas que te amueblan la cabeza; me arregla las mechas y evita que, de la nuca, me salgan nubes de tormenta en verano.

Mi amiga Julia tiene un perro de agua, dos hijas, un marido entrenador de baloncesto en sus ratos libres y un porche en el que se sienta a leer; pero está enferma y a mí, lógicamente, me preocupa.

Los médicos no dan con el remedio y, aunque este mal lo padecen otras personas en el mundo, como en ella alcanza límites jamás vistos, le han puesto su nombre a la enfermedad.

No es cosa muy grave, le da una crisis de lo suyo al año, pero ¡qué crisis!

Una crisis de manual.

Todo empieza con el inocente ojeo de una revista o con una película; acto seguido se va a una agencia de viajes; luego busca, planea, se informa y acaba con su marido recorriendo la Toscana en un FIAT alquilado.

Últimamente le ha dado por recorrer Italia de norte a sur. Yo le digo que es que ella es muy romana y ella se ríe de mí, por nórdica, eso sí, desde el cariño.

Cuando llegan a su destino, empiezan a pasear calles, cafés, terrazas, campos, museos…

Se extasia, se embelesa, se fascina y, a la hora de volver, le dura la nostalgia cosa mala.

Se pasa semanas en las nubes, incapaz de recordar nada de lo que ha visto, solo instantes de calma, escenas inconexas que logra poner juntas a través de las fotos del móvil.

Después de dos o tres meses se le pasa el síndrome hasta el año siguiente.

A mí me da mucha pena porque, aunque del Síndrome de Julia no se muere nadie, tampoco es justo que solo lo padezca una vez al año.

Estoy pensando en hablar con expertos de Houston o de la Universidad de Navarra y ver si pueden recetarle algo, no sé: unas pastillas, unas grajeas, unos sobres con sabor a naranja sintética… que dejen que le dé su crisis al menos dos veces o tres por temporada, y que le toque el Euromillón, para que pueda disfrutarlas. Que no se imaginan lo que sufro viendo a una amiga con semejante enfermedad sin poder hacer nada para remediarlo.

LA OTRA ORILLA DESDE MOHER

Sentarme a tu lado, en el abismo del fin del mundo, donde todas las flores son blancas, donde los ríos son murmullos que confunden el latir de los corazones.

Sentarme contigo a esperar el ocaso y ver cómo el camino del sol sobre el mar nos promete un mundo nuevo, un techo bajo las colinas, un caballo de algas, un castillo bajo las olas, un pasado presente, un rayo de luna entre las raíces de los espinos.

Sentarme a tu lado y que me susurres un nombre antiguo, y que me mires, y que me quemen tus dedos en la espalda y que arda el mundo mientras nos veneramos; que pierdan el norte todas las aves y vaguen sin rumbo sobre nuestras cabezas; que las nubes oculten todos los arcoíris del mundo.

Tumbarme a tu lado sobre un lecho de hierba, que las hormigas nos hagan cosquillas en la piel y las campánulas se enreden en mi pelo, en el tuyo; que las orugas trencen mis mechones con los tuyos.

Tumbarme a tu lado y esquivar la espada que clavaron entre nosotros en forma de océano; hacernos grandes, pequeños, invisibles, gotas de lluvia, corriente de mar.

Elevarme a tu lado en un remolino y confundirnos con las hojas, con las ramas de los sauces, con el bramido de los ciervos, con el reclamo de los cisnes y con el último rayo de sol.

VID Y LAS ESTRELLAS

Esta leyenda es mi colaboración para la revista de la Fiesta de la Vendimia de La Palma del Condado 2019


Cuenta la leyenda que, una vez los dioses terminaron de crear el Universo, se reunieron para celebrarlo, todos excepto una diosa que estaba obsesionada con el lugar de las estrellas en el mundo. Tal era su amor por las constelaciones que le parecía injusto que solo existieran en el cielo y, tras muchos días de pensar, decidió buscarles también su reflejo en la tierra.

Probó en la superficie de los ríos, pero la corriente ondeaba y escondía el pálido fulgor de los astros. Lo intentó luego con los copos de nieve, pero eran tan vanidosos que no quisieron hacerle sitio. Pensó en los ojos de los enamorados, pero apenas había lugar en sus pupilas para algo más que la persona amada. Entonces, cuando comenzaba a darse por vencida, encontró ante ella el brote de un pequeño árbol que retorcía sus ramas como en mil abrazos.

Conmovida por la imagen, bajó la primera constelación y la enredó entre las ramas; satisfecha con el resultado, repitió el proceso hasta que el arbolito quedó sembrado de estrellas.

Después, los hombres poblaron la tierra y quedaron fascinados con los frutos de aquel pequeño árbol. En honor a la diosa, le dieron el nombre de Vid, y decidieron que, a partir de entonces, no habría celebración completa sin el jugo fermentado de aquellas estrellas bajadas al suelo.

MI PADRE, BREVE SEMBLANZA

Mi padre era, por encima de todo, un hombre llano. Cada mañana se levantaba, se lavaba la cara, desayunaba y se llevaba a pastar a las ovejas. Guardaba en el zurrón un trozo de queso, pan duro y un libro, de poemas de Miguel Hernández en verano o de Lorca en invierno. Volvía para comer. Se echaba la siesta. Leía a Dostoievski o a Wilde (cuando estaba nostálgico, a Pérez Galdós) y regresaba a recoger el rebaño antes de que anocheciera. Tenía dos mastines: Cervantes y Saavedra, y una mula: Ana Karenina. No le gustaba la bebida y ayudaba en casa cuanto podía. Decía que se enamoró de mi madre porque le recordaba a las muchachas de los libros de Jane Austen, tan refinada pero contestataria, aun siendo hija de lechero.

De este idilio (mi padre siempre se negó a llamarlo matrimonio, aunque lo fuera) nacimos mis hermanos y yo. Para no discutir por el “ponle el nombre del abuelo, ponle el del tío” nos bautizó con la lista de los reyes godos. Así, cuando en casa pasaban revista, había que colocarse por orden: Recaredo, Gundemaro, Sisebuto, Quintila, Chindasvinto, Recesvinto y, por último, mi hermana Urraca.

En realidad, el nacimiento de mi hermana fue una decepción, no por ser mujer, sino porque cortó en seco la ilusión de mi padre por llamar a uno de sus vástagos Rodrigo. Y lo intentó, créanme que lo intentó, pero mi madre, muy cauta ella, le amenazó con aderezar la sopa si se le ocurría marcar de por vida a la niña con la cruz de Rodriga.

Su otra pasión eran las plantas, cosa que, siendo hombre de campo, resulta de esperar. Guardaba con celo un cuaderno de muestras y podía enumerar el nombre de todas las flores que crecían por los alrededores en cristiano y en latín. Cantaba ópera cuando ordeñaba las ovejas y zarzuelas cuando esquilaba.

Tenía empeño en que estudiáramos mucho, y en que, cuando fuéramos mayores, marcháramos a la ciudad. No quería que nos quedáramos atrapados en el pueblo, ni que fuéramos hombres llanos y rurales, como él; porque el futuro, decía, era para los cultos. A mí me dio mucha pena dejarle allí, con sus ovejas y mi madre, mientras yo me divertía en el fútbol y los bailes.

Una vez les invité a venir, para que vieran todo lo que me habían dado sin saberlo. Se negó. Le daba vergüenza que mis amigos descubrieran que mis padres eran una pareja llana de un pueblo perdido en medio de Castilla.

LAS RUINAS DE NUESTROS SUEÑOS

Las ruinas de nuestros sueños esparcidos por el suelo, constantes vestigios de las batallas campales que adornaron nuestros cuerpos; las cuerdas rotas de las guitarras, las esquirlas de madera y las clavijas que hirieron nuestras retinas tan hondo que apenas nos reconocimos al mirarnos.

Las botellas amontonadas, el despertador hecho añicos a los pies de la cama.

Los vasos, las tazas, los platos, clavados en las plantas de nuestros pies.

Todo hecho desgarro y pasión, tan cegados por el deseo de tenernos que no pasamos las hojas del calendario.

Una vorágine de partituras y relatos esparcidos por los muebles.

Todo lo que me inspirabas.

Todo lo que te hacía sentir.

Perdimos la noción del mundo más allá de la puerta de entrada; más allá de las ventanas.

Los amaneceres transformados en gemidos, los ocasos en marcas de uñas sobre la piel.

Cualquier pradera nos servía para hacer la guerra.

Olvidaste tu nombre, olvidé mis obligaciones.

Y, al final, nos olvidamos de los dos.