POR LOS PELOS

Cuando Fausto IV el Ensimismado aún era Fausto a secas, soñaba con crecer lo suficiente para tener barba. Esta obsesión, de la que sus hermanos se burlaban y que a sus padres les parecía adorable, nació con los cuentos de aguerridos piratas, intrépidos faquires y feroces vikingos que su ama le contaba, y cuyos protagonistas lucían el vello facial, no solo como seña de identidad, sino también como fuente, o eso le parecía a él, de su valor y apostura.

Los retratos de antepasados que adornaban el pasillo principal del palacio también influyeron; desde Eliseo I el Magnánimo, hasta su padre Fausto III el Pródigo, pasando por Enrique X el Loado, todos los reyes lucían luengas barbas y bigotes que impresionaban más a su mente infantil que los galones y las espadas. Hasta su abuela Catalina III la Victoriosa, había tenido algún que otro pelo en la barbilla según recordaba Fausto, que era el único de sus hermanos que nunca se quejó de cómo pinchaba la señora cuando iba a darles un beso de buenas noches. Así que, cuando la pubertad hizo de las suyas y, aparte de cambiarle la voz, apareció la pelusilla propia de esa edad, Fausto comenzó a imaginar cómo sería su barba y se metía con sus hermanos mayores por afeitarse a diario.

Antes de los dieciocho años, lucía una perilla cuidadosamente recortada que era objeto de halagos en las recepciones. Sostendría toda su vida que aquel adorno le ayudó a conseguir esposa y, desde luego, a suceder a su padre en el trono.

Ni sus obligaciones como rey, ni como marido, lograron alejarle de su peluda obsesión, e invirtió gran parte del tesoro público en ungüentos para mantenerla fuerte y en contratar a los mejores barberos que la recortaran, trenzaran y arreglaran. Prescindió de comer carnes que pudieran mancharla y se alimentaba solo de sopas transparentes a base de reducción de verduras decoloradas.

La reina, cansada de que gastara más en tan insignificante atributo que en la educación de sus hijos, de disculparle ante embajadores y presidentes por los retrasos, y de ser, en definitiva, ignorada por su marido, pidió el divorcio y se fue al Tibet, donde los monjes estaban debidamente afeitados y no gastaban ni pelos en la cabeza.

De este modo quedó Fausto IV en su palacio mientras su barba crecía y consumía, no solo el erario, sino también la paciencia de todos los que le rodeaban.

Con el tiempo, sus súbditos abandonaron la ciudad, emigrando a lugares lejanos donde los impuestos revirtieran en beneficio de todos y no en la vanidad de un rey loco. Después se fueron los músicos y los consejeros; por último, huyeron sus hijos, unos casados, otros en busca de aventuras, sin mirar atrás ni acordarse de un padre que, por otro lado, tampoco les había hecho demasiado caso.

Al principio no echó de menos ni los cantos, ni los halagos, ni las visitas, ni los besos de su vástagos. Le bastaba con ver cómo crecía su orgullosa barba. Hasta que, una noche de verano, los relámpagos de una tormenta sacaron a Fausto de su ensimismamiento y comenzó a lamentarse de cuán solo estaba.

Contempló los tapices que colgaban de las paredes y que, como en cualquier salón del trono que se precie, relataban las hazañas del rey de turno, o sea: él, y lo que vio le resultó insoportable. No había nada de poses regias a caballo liderando un ejército en victoriosa batalla, ni escena de su coronación, ni orgulloso retrato familiar, ni reflejo de un día de fiesta con juglares y reyes de otras tierras. Le invadió la pena y, esta vez, ni su barba pudo consolarlo. Se dio cuenta de que había sido, con diferencia, el peor rey jamás conocido, el peor padre y el peor esposo; pronto no tuvo fuerzas para levantarse del trono y, allí sentado, le sorprendió la riada.

Las aguas desordenadas invadieron el salón y rozaron la punta misma de su barba que, por entonces, ya alcanzaba el centro de la sala. Con la corriente, llegó también un pececillo que quedó atrapado entre los cabos de pelo.

¿Quién osa mesar mi gloriosa barba?— preguntó Fausto colérico.

El pececillo se asustó un poco, luego lo pensó mejor y decidió que, para bien o para mal, necesitaba la ayuda de aquel hombre.

Un simple pez, majestad. Porque sois rey, como supongo por vuestra corona.

Y tanto que lo soy.

Pero tenéis las ropas raídas y no hay trovadores ni consejeros a vuestro alrededor.

Pura envidia me tenían, porque ninguno de ellos tuvo jamás cuatro pelos en la cara.

Sin embargo, vos lucís la barba más hermosa que he visto nunca, y he visto muchas barbas.

De poco me ha servido. Nadie viene a contemplarla, y ya no me parece tan bonita como al principio. Empiezo a sospechar que es la causa de mi desgracia.

Entonces, si tanta tristeza os causa, ¿por qué no os deshacéis de ella?

Porque no me quedaría nada.

Os quedaría un amigo si, en vuestra infinita clemencia, me liberáis para que pueda volver al río.

Conmovido por primera vez en mucho tiempo, se levantó Fausto de su silla e intentó desenmarañar sin fortuna la red que barba y río habían tejido.

Pasada una hora, el pececillo empezaba a boquear buscando oxígeno y los movimientos del rey se volvieron más desesperados. Hacía tanto que no pensaba en algo o en alguien que no fuera su barba, que había olvidado esa sensación cálida cuando se ayuda sin esperar nada a cambio.

Un rayo de sol irrumpió en el salón y, entre las aguas, hizo brillar unas tijeras que alguno de sus barberos olvidó al marcharse. Para el rey fue muy duro decidirse, pero se dio cuenta de cuánto mal había provocado por los pelos y que aquella era la única solución.

Tomó las tijeras con mano temblorosa, cortó su barba y, con ello, liberó al pequeño pez y su propio corazón.

En cualquier lugar excepto Nantucket

Sale el sol y las olas brillan con temor; no hay vestigio de la luna que las plateaba anoche.

Al fondo, confundiéndose con el horizonte, las siluetas difusas de los barcos que van o que vienen, nadie lo sabe. Y el miedo atenaza los corazones de las mujeres que aguardan el regreso de los marineros, pero temen la llegada de los corsarios.

—¡Son ellos!— desfallece el grito entre el murmullo hambriento de las gaviotas.

Van seis meses desde que sus hombres salieron en busca de fortuna más allá de las rocas y, desde entonces, el romper de las olas ha sido su única compañía.

Las velas amanecen contra la línea azul que confunde cielo y mar, y algunos niños se atreven a contarlas. Toda una flota de velámenes que devoran el camino que los separa de la orilla a ritmo lento pero decidido.

Las mujeres, incluidas las ancianas, las que llevan a sus hijos anclados a los pechos rebosantes de leche, las que suspiran por sus amores y las que aún no conocen esa sensación se agolpan en la playa; sus vestidos como espejos de las telas que ondean al viento dentro del mar.

Los marineros no esperan a fondear para echar los pies a las arenas que ocultan las aguas. Traen las bodegas llenas y los corazones vacíos.

Hay abrazos, besos, bienvenidas, presentaciones y lágrimas por los que no vuelven, por los que no pudieron marchar.

—Fueron duros y valientes. No sirvió de nada— explica el capitán del primer barco.

—Nos taparon las olas y rezamos a los dioses antiguos, porque los nuevos no entienden del mar— relata el grumete del segundo.

—Desesperamos por ver tierra y solo encontramos peñascos— dice un pescador anciano que habría preferido morir en el viaje que regresar a tierra y a su mecedora donde la artrosis se hará fuerte.

—Nunca vi animales tan grandes— se emociona el más joven.

Las noches para ellas no han sido mejores.

—Vimos barcos oscuros acechar en la costa— dice una muchacha.

—Parí a nuestro hijo sola en lo alto de un acantilado mientras esperaba tu regreso— le cuenta una primeriza a su esposo.

—Olvidé mi nombre y el de los míos cuando tu padre murió— se abraza una anciana al vasto pecho de su hijo.

El hambre pasa a ser un cuento de viejas mientras descargan los pedazos salados de ballena.

La oscuridad se desvanece con cada tinaja de grasa que servirá para encender candiles, y los vientres flácidos tras el parto se alegran con la ilusión de vestidos nuevos que caen como un guante gracias a los filamentos que adornaban las bocas de las capturas.

Llego tarde, profesor Hawking

Puerta delantera del edificio. Un hombre en silla de ruedas me da los buenos días.

Necesito café. No llego al bus de las 8. Tendré que llamar a la oficina.

Parada de tren. Se abren las puertas del vagón. Entro.

Puerta delantera del edificio. Un hombre en silla de ruedas y voz robótica me da los buenos días.

Dejá vu. Necesito un café. No llego al bus de las 8.

Parada de tren. Todo me da vueltas.

Puerta delantera del edificio. El hombre de la silla de ruedas me da los buenos días, noto cierta ironía en su voz robótica. Necesito más café. Llamo a la oficina.

Parada de tren. Se abren las puertas del vagón. Está vacío.

Puerta delantera del edificio.

—Buenos días, profesor Hawking.

No entiendo nada. Necesito más café. Me llaman de la oficina. No he llegado al bus de las 8.

Parada de tren. Entro en el vagón vacío.

Puerta delantera del edificio.

—¿Le parece gracioso, profesor Hawking?

—Ja, ja, ja.

—Llego tarde.

Parada de tren.

PERDONE QUE LE MOLESTE…

Dos sujetos, D y H, conversan en la cafetería de una estación de tren. Es un día de lluvia, de esos en que el refugio supone algo más que matar el tiempo. La puerta se abre y el viento gélido que entra tras el nuevo cliente obliga a los contertulios a mirar.

El individuo se sacude unas gotas de la gabardina y se sienta en una mesa, observando el menú.

¿Ese no es Z?— pregunta D sin quitarle la vista de encima al recién llegado.

Su amigo se vuelve sin disimulo y se queda mirando unos segundos.

No. El que tú dices es más bajito y más fuerte. Pero me suena su cara.

Tienes razón. Me ha despistado la gabardina, como salía con una igual en la película aquella…

Si te fijas en la cara, este acaba de salir del colegio. Creo que le he visto en la misma película, ahora que lo dices.

El sujeto pide un desayuno continental ajeno al interés que suscita.

Sí, sí. Es ese. Le ha puesto la misma cara a la camarera que en la otra película, la de los tiros.

No, esa no era de tiros, era de gánsteres irlandeses. Se pasó toda la cinta peleando a cuerpo descubierto. Claro, que es difícil de reconocer sin la nariz rota y la sangre chorreando.

Y el ojo morado. No te olvides del ojo morado.

Parece menos, así, de cerca.

Pues sí. Estoy empezando a pensar que lo mismo no es.

¿No?

No. Bueno, no sé. De perfil no se parecen en nada.

Pues yo creo que sí. Y solo hay una forma de averiguarlo.

No se te ocurrirá.

¿Prefieres quedarte con la duda?

No, claro que no. ¿Quién va?

Tú. Eres más educado y la gente se fía de ti.

A ver, ni que fuera a pedirle dinero.

Hombre, de la que vas, si eso…

Los dos ríen la broma y dejan pasar unos minutos hasta que el motivo de su disputa termina la tostada.

D se acerca y se para frente al hombre.

Disculpe ¿No es usted Z?

No— responde con una sonrisa.

¿Está seguro? Mi amigo y yo juraríamos…

No. Seguro que no soy yo.

Pues se parece una barbaridad.

Me lo dicen mucho, pero sigo sin ser él.

Una pena. Me habría encantado estrecharle la mano a un actor tan bueno.

Sí, una pena. Aunque nunca se sabe. A lo mejor un día se lo encuentra.

Sí, a lo mejor. Disculpe la molestia. Que tenga un buen día.

D regresa junto a H mientras el sujeto paga y se va.

No era él.

Vaya. Qué chasco. Habría sido maravilloso poder contarle a todo el mundo que habíamos desayunado con Z.

La camarera se acerca con la cuenta.

¿Le conocía usted?— pregunta tímida.

No, lo confundí con otra persona.

No puede ser. Es imposible confundir a Z.

Es que no era Z.

Sí, lo era. Un tipo encantador, nada que ver con los personajes de sus películas.

Retira el platillo con el dinero y se vuelve a la barra.

Te dije que era él.

Pero me dijo que no.

Esos famosos son unos estirados. Hacen cualquier cosa con tal de no firmar un autógrafo.

La soledad del guerrero

De cada cien, una, y ella era esa una aferrándose terca a una rama que ya no podía más. El peso de sus hermanas había marchitado la juventud y las ansias de vida de aquel arbolito solitario en un ecosistema de alquitrán.

Estoica, aguantaba los envites de un viento cada vez más frío y violento, y los roces como perdigones de una lluvia que cada día era más fuerte.

Los cadáveres de sus compañeras hacía mucho que habían sido esparcidas por un mundo que no tenía tiempo para prestarles atención o un sepelio decente. Ella no quería engrosar la estadística, no debía ser tal su destino, el de ser arrastrada por la suela de un zapato, el de servir de improvisado envoltorio para un chicle que perdió el sabor.

Recordaba con pesar los días en que todo el mundo loaba su sombra, agradecidos entre las sofocantes vaharadas de humo y los gritos de los niños en cerril estado de vacaciones; entre la intempestiva presencia de las moscas y el llanto de los gatos en celo. Un momento de gloria de cuyo milagro solo los pájaros eran testigos desde el inicio.

¿Dónde estarían ahora aquellos diminutos gorriones que empezaron como ella, siendo simples proyectos abultados que emergían de la nada?

Volaron, como todo lo demás, porque un único árbol en medio de una avenida no era aliciente para un plan de vida.

Y ahora todo estaba muerto a su alrededor, mientras ella seguía empecinada en permanecer tanto como pudiera. Era su cometido, ser vestigio de una vida que seguía al margen del verde, enclaustrada en la cárcel de hormigón y asfalto que sus propios prisioneros habían levantado a su alrededor; una cárcel que siempre vivía en invierno y en la que ella, hoja seca, era la única prueba de que un día fue primavera.

AUGE Y DESGRACIA DE GIRASOL I

Los dueños de las sombras se estremecen, su hora toca el final. Minúsculas gotas invaden las corolas cerradas y se precipitan al vacío, suicidas en un mundo sin versos ni poetas. A sus pies se escurren los habitantes de la noche mientras el azul-morado se resiste a morir ante la lanza naranja del primer rayo de sol.

La humedad se hace dueña del campo de batalla ocultando los cadáveres con su manto blanco. Atrás quedan los zorros y los búhos saciados, mientras la claridad apunta un día más en la vida de ratones y lagartijas, que trepan a lo alto de las piedras buscando un calor que se hace de rogar.

Pronto la niebla se disipa. Las amapolas se abren a un amor perecedero y una nube de vencejos rompe el cielo, imbuídos de un apetito insaciable.

Lo que un día habían sido prados verdes, se marchita bajo el beso de un sol que se crece en su gobierno y somete a todo y a todos, salvo al rey de los girasoles que se yergue orgulloso con la cabeza coronada por pétalos dorados. Él no tiene miedo del tirano; lo adora sin claudicar, sin rezos ni penitencias.

— ¡Levantad la cabeza! —urge a sus súbditos—. Saludad a mi padre allí en lo alto. Miradlo tan igual a mí, tan poderoso e imbatible.

Un tallo cercano se eleva por encima de él, gallardo, con la soberbia que da la juventud, haciéndole sombra con sus pétalos todavía intactos. Y el resto torna sus caras ennegrecidas hacia el aura que envuelve al astro mayor.

Ignorante de la rebelión gestada, perdido en su belleza, el viejo girasol no percibe el cosquilleo que provocan los dientes del topo en sus raíces.

El sol inicia su descenso a los abismos, un viento de Levante mece los trigos que parecen soldados al borde de la sublevación; hordas en movimiento sometidas a los mandatos que silba un capitán invisible.

Las libélulas danzan creando sombras que se pierden entre rojos, blancos, amarillos y verdes. Los vencejos regresan cubriendo el mundo con su caos, sin brújula ni destino.

El rey de los girasoles, herido de muerte bajo la tierra que lo sostiene, cae entre sus súbditos, que jalean en silencio al heredero bastardo. Y los ratones se apresuran a devorar el cadáver. Mañana no quedarán evidencias del crimen ni de su reinado.

Los mosquitos surgen por millares a la sombra de una nube teñida de sangre y el nuevo soberano agacha la cabeza con humildad ante su padre.

Un esbozo de luna emerge débil entre las lomas, pálida, impaciente.

Los dueños de la luz se estremecen, su hora toca el final.

A los pies de los girasoles asoman los habitantes de la noche mientras el azul-morado va ganando la batalla contra la débil daga naranja del último rayo de sol.

 

Basado en el Preludio de la Suite nº 1 para Cello de Bach interpretada por Carlos Núñez para el disco Cinema do Mar.

Del tic-tac y las llaves

 

—¡Me voy!

—Pues muy bien.

—¿Qué te pasa?

—Nada. Estoy leyendo, Carlos. Vete.

—Está bien. Pórtate como es debido y no molestes a mamá, que está trabajando en el despacho. Yo vuelvo pronto.

—Que sí, pesado. — Bárbara sonríe.

—¡Mamá!— grita Carlos desde el recibidor— ¿Dónde están las llaves de mi moto?

—En el cuenco. ¿Dónde van a estar?

Se oye ruido abajo, pero Bárbara no se distrae, sigue leyendo, subrayando con el dedo cada palabra.

—Babe, ¿has cogido tú las llaves? — Su hermano asoma la cabeza.

—¿Yo? No.

—¿Seguro?

—A lo mejor. Mira, aquí el cocodrilo se come el brazo del Capitán Garfio, por eso la barriga le hace tic-tac y sabes cuándo viene.

—Las llaves, Bárbara. ¿Dónde las has metido?

—Podrías ponerles un tic-tac. Así no las perderías.

—Tengo prisa. Dámelas. No puedes hacer esto siempre que salgo con Mónica.

—Para Reyes voy a pedir un cocodrilo.

—Babe…

—¡No me llames así! Te he oído llamar baby a tu novia. No me gusta. Tú ya no puedes llamarme así. Mamá, papá y los abuelos, sí. Pero tú, no.

—¡Bárbara, que me des las llaves!

—Vete andando. Mira. Aquí Wendy lleva un lazo azul. ¿Me vas a comprar un lazo azul?

—Te compraré lo que quieras si te portas bien y me das las llaves.

—¿Para qué las necesitas?

—Cosas de mayores.

—Yo nunca voy a ser mayor.

—¿Ah, no?

—No. Y tú tampoco. Como Peter Pan. Todo lo pone aquí. ¿Me lo lees?

—Barbie, me estás cansando. Vas a ir a mamá.

—Me da igual.

—Pues te va a castigar.

—No me va a castigar. Pero, si me pegas para que te de las llaves, me chivo y te castigará a ti sin salir.

—No voy a pegarte. Dame las llaves, porfi.

—Te las doy si me lees el resto del cuento.

—Tengo prisa, no puedo. ¡Dame las llaves de una vez!

—Campanilla es muy bonita. Voy a pedir un hada para los Reyes. Un hada y un cocodrilo.

—¡¡Mamá!!

A LOS GATOS LES GUSTA EL JAZZ

Mi nombre es Arístides y soy gato pardo por las noches y adorable siamés durante el día. Nací junto a una chimenea, acompañado de los ronroneos de mi madre y otros cinco hermanos que fueron saliendo de la casa, uno por uno, hasta que solo quedamos mi descuidada progenitora y yo.

Contaba con un mes de existencia cuando, persiguiendo el sonido de un abejorro, caí por la ventana. Ahí perdí mi primera vida.

Lo bueno de ser gato es que eso de morirse, al menos las primeras seis veces, no es gran cosa. Me levanté, me sacudí el polvo y volví a casa para descubrir que el abejorro no era tal, sino una perversa obra de Rimski-Kórsakov que mi dueño, el melómano, había puesto en el tocadiscos. Desde ese día odio la música clásica.

Un par de semanas después, harto de la tortura de unas gaitas que retumbaban por todo el salón, me escondí en la despensa. Cuando la cocinera me encontró, me arreó con una lata de conserva en la sesera y así se fue mi segunda vida, tan rápido como vino. Desde entonces no soporto la música folk y las sardinas en escabeche me producen migrañas.

Un día de primavera me vi poseído por un ritmo caribeño, perdí pie en un giro y rodé librería abajo, con tan mala pata, que un ejemplar de los más gordos hizo el descenso tras de mí, sospecho que por solidaridad, y cayó, cuan largo y pesado era, sobre mi lomo. Ahora me cuido mucho de bailar bachata y aborrezco la literatura.

Los acordes de una guitarra dieron al traste con mi cuarta vida. No diré cómo por lo embarazoso de la situación; pero por mí, el rock y su rey, pueden estar muertos y bien muertos.

El fin de mi quinta vida se lo debo a John Lennon. Me dio por emularle sin salir de la cama y me relajé hasta tal punto que el corazón dejó de latir. Tanto mejor, porque estaba a un paso de convertirme en gato de angora con la excusa de dejarme crecer el pelo.

Viví sin preocupaciones los siguientes dos años gracias a que me mantuve alejado de música, sardinas en lata y libros por igual. Coincidieron con el ascenso de mi dueño en el trabajo, lo que le dejaba poco tiempo para poner el dichoso tocadiscos. Sin embargo, se mudó un vecino al piso de al lado que se deleitaba pregonando sus gustos musicales y así fue que, estaba yo tan cómodo al sol en el alfeizar de la ventana, cuando una cosa llamada reaggetón me despertó de un brinco. Intenté clavar mis uñas en el hormigón de la fachada pero resbalé hasta la calle, donde el autobús que hacía la línea trece me pasó por encima, dejándome el rabo hecho un cuatro y finiquitando mi penúltima vida.

Pasé una semana entera deambulando por los tejados y comiendo de la basura hasta que, una noche, un sonido mezcla del piano de la música clásica, la base rítmica del folk, la guitarra del rock antiguo, el bajo del pop y ese toque étnico de la música latina llamó mi atención; aquellos estilos que, por separado, casi habían terminado con mi existencia, me guiaron hasta una plaza donde cuatro músicos hacían de las suyas sobre el escenario. Al final del concierto, el trompetista decidió adoptarme como mascota. Me pusieron de apellido Coltraine, porque mi rabo les recodaba a la forma de un saxofón, y me contaron que lo que tocaban se llamaba jazz.

Desde entonces vago con ellos de garito en garito. Y, a cambio de la comida, yo les he dado una imagen para su grupo e inspiración para más de un tema.

Cuando eres el protagonista, esto de la música no está tan mal.

ARCHIVOS SECRETOS

Le había costado un triunfo y parte de su plan de pensiones conseguir aquel pendrive. Tras meses de averiguaciones en un submundo en el que nunca pensó sumergirse, dio con un hacker que podía hacer el trabajo, y ahora obraba en su poder la copia del disco duro de su exsocio y archienemigo.

Por fin conseguiría justicia. Su nombre quedaría limpio y solo era cuestión de tiempo que le ofrecieran de nuevo la presidencia de la compañía.

La carga de los archivos le llevó más de media hora.

97%…

98%…

99%…

CARGA COMPLETADA

Colocó el puntero sobre la carpeta “TOP SECRET” y pulsó el botón izquierdo del ratón. Echó de menos un gato blanco de angora, que su silla fuera giratoria y poder exclamar un “muahahaha” malicioso y triunfal. Sin embargo, de sus labios escapó un «¡¿Qué diantres?!» cuando descubrió que los archivos que tanto sudor y sinsabores le había costado conseguir solo contenían las fotos de unas vacaciones en Saint-Tropéz y el vídeo de la boda de una hermana.

NUBERU

La noche se vio envuelta en un repentino estallido, un crujido seco que logró sacar del más profundo sueño a cualquiera en kilómetros a la redonda.

Después del golpe, un silencio tenso, roto por un chasquido si cabía más fuerte que el anterior.

Un viento salido de la nada agitaba las persianas, colándose bajo ellas y empujando hacia fuera como si quisiera arrancarlas; después llegó el agua, acariciando los cristales de galerías y terrazas, pero no era lluvia, no, era la espuma del mar; pequeñas partículas de hidrógeno y oxígeno mezcladas con sal que se veían arrastradas por la violencia de la galerna.

Quien se despertó, incapaz de seguir en la cama mientras el mundo rugía fuera, y se aventuró a salir a la calle, pudo verlo con claridad: el mar levantaba su furia blanca sobre playas y paseos, engullendo todo a su paso, al menos al principio, para dejar emerger de entre la espuma peñascos y faros que permanecían en su lugar como si no hubiera pasado nada.

Y hubo quien juraba, a pesar de que pareciera una locura, que vio entre las olas, los remolinos y la espuma, a un viejo tocado con un raído sombrero y que, con sus manos, ordenaba mecer al agua y soplar al viento.

No mentían, detrás de aquella tormenta, habían conocido al Nuberu.