NOTICIAS FRESCAS

Las rutinas tienen sus cosas buenas y sus cosas malas; entre las buenas: que uno sabe exactamente a qué hora va a pasar el camión de la basura, qué cadena de radio pondrá el vecino a todo meter y que las facturas se pagan del uno al cinco de cada mes. Entre las malas: que uno sabe a qué hora pasa el camión de la basura, qué emisora pondrá el vecino a todo trapo y que las facturas las cobran del uno al cinco de cada mes.

Debatiéndose entre si mirar medio lleno o medio vacío el vaso de las rutinas estaba doña Práxedes cuando empezaron a pitar todos los aparatos eléctricos de la casa, la radio del vecino cambió de dial y alguien llamó a la puerta sin ser la hora en que venía el cartero.

Abrumada por los acontecimientos decidió empezar por lo más básico, es decir, averiguar quién esperaba en el rellano.

Normalmente no habría abierto la puerta a un desconocido pero de vez en cuando, como jarabe contra el tedio, la señora Práxedes dejaba entrar a los vendedores de aspiradores y cosméticos a domicilio, a los del Círculo de Lectores y, si llevaba mucho sin compañía, a los testigos de Jehová; pero ese día, miren ustedes por dónde, sobre el felpudo había un ente a todas luces llegado de otro planeta.

—Buenos días, doña Práxedes— saludó el mutante con naturalidad—. Mi nombre es Gurb y vengo en misión especial desde Ganímedes para salvar la raza humana. ¿Me permite unos minutos de su tiempo?

Y la señora Práxedes, que había sido cupletista de joven y que, después de dos guerras y de recorrer medio mundo ya estaba de vuelta de todo, lo invitó a pasar y se alegró de haber preparado, precisamente esa mañana, chocolate a la taza y un par de docenas de churros.

EL BATIR DE LAS ALAS

Para cuando Olivia Argento sacó las manos de sus bolsillos, ya era demasiado tarde. Tarde para recuperar las noches de verano, cazar mariposas, encontrar marido y, desde luego, para evitar el mayor desastre jamás conocido en los contornos.

Amaneció aquel día con la pesadumbre hecha nubes grises que se aproximaban desde el mar; una caballería furiosa instigada por los vientos del norte, declarados en rebeldía contra el dominio tirano de la cordillera que alzaba sus barreras sin posibilidad de peaje.

La niña del lechero lo advirtió en cuanto salió a ordeñar las vacas. Los pastos temblaban bajo el peso del rocío y las moras se habían vuelto negras antes de tiempo.

—Males barrunto— dijo nada más llegar a la casa con los cántaros de leche fresca.

—Eres demasiado joven para ser tan agorera, Mencía— replicó Olivia, aunque ella ya lo había notado en los huesos, que le dolían en los tuétanos, como cuando murió su padre, como cuando la dejaron plantada ante el altar.

Pero Mencía se limitó a sonreír y seguir con su ruta de puerta en puerta.

Entonces Olivia se quedó sola con sus nostalgias y frustraciones que, ahora sí, le invadían la garganta, le zapateaban en el pecho, convertidas en malsanos aprendices de claqué.

Colocó los bollos en una bandeja y se puso a colar la nata antes de hervir la leche. Si su madre la hubiera visto afanada en tales menesteres la habría reprendido por no tener servicio, pero hacía mucho tiempo que la abandonó al cargo de aquel caserón lleno de almas y falto de corazón. Casi tanto tiempo como llevaba sin sentir a las hormigas abriéndose camino por las sienes para alojar en su cabeza los huevos de la desesperación.

En medio del dolor por los ausentes y de la ruina de sus tierras, aceptó de buena gana recibir la reunión mensual de las viudas del pueblo. Y aunque ella nunca fue viuda, pues para eso hace falta primero un marido, ninguna puso reparos ni comentó jamás su condición de solterona. De modo que los jueves de su vida pasaban de casa de doña Paquita, viuda del jefe de estación, a la de Irene, joven viuda de borracho, y doña Manuela, abuela de Mencía y viuda de lechero por culpa de unos cuernos en mal sitio.

Sin embargo, ese jueves, se le iba la mente en recuerdos dolorosos que hacía años no le rondaban; y al final se le quemó la leche.

Salió en busca de Mencía por si aún no había vendido todo lo ordeñado y la encontró junto al lavadero, charlando con el párroco, que la ayudaba a llenar una de las tinajas. Nunca le gustó aquel hombre gris y presto a la acusación barata, y mucho menos desde que, el día de su boda, o su no boda, insinuara que las mujeres como ella no merecían otra cosa que ser despreciadas por los buenos hombres como su Jacinto, pregonando desde el púlpito que agradecía a los cielos no tener que casar a una hechicera.

Olivia Argento nunca más pisó la iglesia del pueblo, pero don Miguel no parecía del todo contento. Hubiera deseado, si su fe y su profesión se lo hubieran permitido, que el pueblo entero volviese la espalda a las Argento de por vida, cosa que no sucedió, pues los vecinos eran buenos cristianos, sí, pero aún mejores personas, y no iban a dejar que una muchacha tragara sola la desgracia de ser rechazada ante el mismísimo Dios.

De un modo u otro, don Miguel se las tenía juradas y no había domingo que no hiciera algún comentario sobre la mujer, ni un solo domingo de respiro en veinte años, fracasando semana sí, semana también. Volcó entonces sus esfuerzos en separar de su influencia a las más jóvenes del pueblo y Olivia pensó, no sin motivos, que en esto andaba con Mencía cuando ella apareció.

—Buenos días, otra vez. —Sonrió la niña.

—Buenos días ¿No te quedará algo de leche por vender? Se me quemó la que trajiste esta mañana.

—Veré si puedo ordeñar a la cabra, aunque tiene mala disposición para esas cosas. Pero sería muy triste que no tuvierais hoy con qué rebajar el café.

En la mente del párroco se dibujó la imagen de un aquelarre con las cuatro mujeres bailando alrededor de la cabra sin ordeñar, la joven lechera desnuda junto a ella, con la piel tersa reluciendo bajo el brillo del fuego. Musitó una disculpa desganada y se dirigió a la iglesia.

Olivia rebuscó en sus bolsillos dinero con qué pagar a Mencía, que tarareaba divertida una canción de viejas. Justo en ese instante un cuervo chocó contra la campana mayor desprendiendo el badajo, que descendió a toda velocidad paralelo al muro norte del campanario. En los pocos segundos que duró su trayecto, la niña siguió cantando y mirando fijamente la silueta negra de don Miguel, esa silueta que tanto odiaba ella también porque no le gustaba que le observara los pechos nacientes, ni el olor a orujo de su aliento demasiado cerca de su cara, ni como hablaba de Olivia, de Irene, de doña Paquita y de su abuela.

Para cuando Olivia Argento reconoció que la canción no era una canción, sino un encantamiento, el badajo había terminado su camino, acertando de lleno en la calva cabeza del párroco, que yacía en el suelo convertido en trapo sangrante.

— ¿Qué has hecho, niña?

—Lo que todas vosotras queríais y ninguna se atrevía.

TRIBULACIONES DE UN FANTASMA DE RANCIO ABOLENGO.

Mi nombre no viene al caso, ni mi origen, ni cualquier otra eventualidad que afecte a mi vida antes de mi existencia o, mejor dicho, mi no existencia, ya que las aventuras que vengo a contarles comenzaron en el preciso instante de mi fallecimiento, y es que no hay nada como hacerse pasar por el fantasma del primer Marqués de Talloviejo para sentirse vivo.

El hijo y segundo Marqués, se tomó mi presencia con filosofía; decía que el espectro de su padre era, con mucho, mejor persona que en efigie y se conformó, aunque diré en su favor que pasaba poco tiempo en casa y los únicos que padecían mis travesuras eran los miembros del servicio. Cuatro doncellas y dos mayordomos eché de la casona sin apenas esfuerzo por mi parte.

El tercer Marqués de Talloviejo (y Conde de Cuelloprieto por parte madre), recibió bautismo con el nombre de Francisco de Borja en la capilla familiar y, pasada la adolescencia (que entre estas gentes se dilata más allá que entre el común de los mortales), estaba tan colgado con el opio que, según sospecho, los fantasmas de la droga le resultaban bastante más aterradores que yo, así que a la que le hice la vida imposible fue a su mujer, una aristócrata venida a menos que se casó con Borjita por mantener el dinero de la familia. Ella siempre creyó que yo era de verdad el fantasma del abuelo y que, además, sabía a ciencia cierta que el niño que tenían no era de mi “nieto”, sino de un poeta, al que nunca vi escribir un verso, que compartió techo con ellos un verano. Siete meses después nació el que estaba destinado a ser el cuarto Marqués de Talloviejo.

Anda que no disfruté con la cara de la gachí cuando, el día siguiente al parto, me planté sobre la cuna y empecé a negar con mi espectral cabeza.

Al niño, todo hay que decirlo, me daba apuro atormentarlo al principio; era tan pequeño, parecía un querubín, pero se me acabaron las reticencias cuando mudó los paletos de leche por otros enormes, que le daban aspecto de castor al jodío, y empezó a disparar con el tirachinas a todo el que se aventuraba por los pasillos. Todavía oigo sus gritos cuando abrí de par en par las puertas del armario y le dejé ver los entresijos del purgatorio como regalo por su Primera Comunión.

Al día siguiente, su madre cogió los trastos que no había heredado de la familia del Marqués y se llevó al niño y al marido. Me pregunto si Borjita se daría cuenta en algún momento de la mudanza o si, tras años de obnubilación voluntaria, todas las paredes le parecían iguales.

La casa permaneció en venta más o menos diez años y, al final, la compró un matrimonio alemán que la usaba de invierneo porque, en su ciudad natal, se llenaban de reumas. Me alegró mucho volver a tener compañía, aunque solo fuera por unos meses al año. Lo malo era que, como no hablaban ni papa de castellano, me las vi y me las deseé para seguir con mi labor (esos germanos son duros de pelar y no basta con un crujir de suelos o un abrir de puertas y ventanas). Lo más que conseguí fue sobresaltar al marido una tarde de febrero en la que me dio por cambiar de sitio los libros de la biblioteca. (Consejo: si quieres que un alemán se dé cuenta de que estás ahí, nada como tocarle el orden).

Al tercer invierno de inquilinos tan desaboridos, empecé a notarme más etéreo, menos sustancial, si es que es algo posible en un fantasma. Aproveché la primavera para leer a Freud y, manteniendo al margen las connotaciones sexuales subyacentes en todos sus diagnósticos (hay que ver qué perra tenía el hombre con el tema), me di cuenta de que mi problema era la falta de motivación. Como tenía tiempo, leí también a Schopenhauer, Nietzsche, Mann… Y, como empezaba a deprimirme cosa mala, en verano me puse con la novela negra, devoré las obras completas de Agatha Christie y Conan Doyle; de este último saqué lo mejor de todo porque el hombre se interesó en un momento determinado de su vida por el espiritismo y, lo crean o no, esas obras que los eruditos tachan de desvaríos, a mí, como espectro rondador, me vinieron de perlas.

Empezó octubre y yo estaba ansioso por el regreso de los alemanes para poner en práctica todo lo aprendido, pero no aparecieron; pasó noviembre y tampoco.

El día antes de Navidad llegaron unos transportistas, metieron la mayoría de las cosas en cajas y se fueron.

El día después de Año Nuevo entró un agente inmobiliario, colocó un cartelón de “SE VENDE” y me dejó allí más solo que la una, y sin libros con los que entretenerme.

Poco más tarde me enteré de que, ante las dificultades para vender la casa, habían decidido alquilarla como escenario cinematográfico. Ya me veía apareciendo en algún fotograma subrepticiamente al más puro estilo Hitchcock, pero se me quitaron las ganas de acercarme al set de rodaje enseguida.

Por solo que me sienta, uno tiene su dignidad, y no quiero mi imagen vinculada al porno. Sí, sí, así como lo leen; un total de veintisiete títulos de cine X se han rodado ante los mismísimos bigotes del retrato del primer Marqués que Talloviejo que, a todo esto, sigue presidiendo el salón sin que ningún descendiente haya venido a reclamarlo.

MERCURIO TRASNOCHADO

¿Cómo te atreves a aparecer en mis noches sin ser llamado? ¿A obligarme a que me rompa los huesos buscando tu abrazo en un aire vacío que solo devuelve el recuerdo de tus ojos, de un beso que nunca existió?

¿Cómo te atreves a tenerme una semana bramando tu nombre a todos los vientos conocidos, sin respuesta?

¿En qué momento te erigieron mis dioses en mensajero de buenas nuevas que deja tras de sí un rastro de lágrimas, de deseo, de ausencia. Un huracán que arrastra un castillo de naipes. Un jodido golpe de mar?

Y, a pesar del tiempo, de los años (de la distancia en todos los sentidos), me miras enfadado, como si no te reconociera, con esos ojos imposibles que me taladran y me llevan a lugares que nunca visité, salvo en sueños y a tu lado.

Tú, duende malvado que sabes cómo romper todos los círculos de piedra de mis muchos mundos, con todos los derechos adquiridos sobre mi alma, vienes a recordarme que, a pesar de todo lo que yo sea cuando despierto, nunca podré aspirar a más que a ser yegua desbocada que galopa hacia ti.

POR SI LAS MOSCAS

Extendió la toalla en el suelo, colocó con cuidado las chanclas junto a ella y buscó la mejor posición para evitar que el sol la cegara. Estiró las piernas, ajustó la cadera, se apoyó sobre los codos y abrió el libro abandonando el marcapáginas sobre la tela.

Primero fue un cosquilleo, pero estaba tan embebida en la lectura que apenas le dio importancia; después fue como un picor que se movía ahora en una pantorrilla, luego en la planta del pie, ora en la zona lumbar y, finalmente, en el hombro. Se agitó nerviosa y el cosquilleo desapareció.

Volvió a concentrarse en la historia. Apartó con cariño una arañita que flotaba frente a su cara.

“Por aquí me llegaba” se dijo mientras posaba los ojos de nuevo en el texto.

El cosquilleo regresó con la tercera línea, otra vez en el hombro, otra vez en la pierna y después en el muslo. Soltó un manotazo en varios de los sitios, pero el picor se movía más rápido que su mano y entonces la vio, posada en el corazón del libro: una mosca, una mosca cojonera. La espantó de nuevo, pero el insecto se hizo más persistente. ¿Cómo no hablaban de moscas, avispas o arañitas cuando describían escenas de lectura placentera en los libros y las películas?

Se revolvió una última vez, desesperada con la insistencia de la mosca y decidida a terminar el capítulo del que quedaban apenas dos páginas.

El revoloteo empezó a jugar con su nariz, con los dedos, con un mechón de pelo que resbalaba tras su oreja.

Cerró el libro de un golpe, como si la dichosa mosca estuviera dentro de él, recogió toda la parafernalia y se metió en casa.

INSTRUCCIONES PARA ENTRAR EN UN BOSQUE ENCANTADO

Para entrar en un bosque encantado, hay que hacerlo en noche sin luna; ni llena, ni nueva, creciente o menguada, y esperar en el borde de un camino donde el musgo de las piedras señale hacia el sur. Tras la bandada de estorninos que anuncian el ocaso, dar tres vueltas a una amapola en el sentido de las agujas del reloj, y otras tres en torno al cardo en el sentido contrario.

Iniciar el camino que indique el rabo de la lagartija y no volver la vista hacia la acuciante llamada de las chicharras.

Nueve pasos, ni uno más, antes de tocar el primer árbol, que ha de ser un sauce llorón a cuyas raíces crezca la madreselva.

Es este momento del camino muy delicado, porque entre las hojas suele haber libélulas que intentarán confundir tu dirección.

Dejando de espaldas el murmullo del agua, dar tres saltos sin hacer ruido en la caída y repetir las palabras que susurró una salamandra. Como es fácil perderse, no se debe quitar la vista del lugar donde se posó el último rayo de sol.

Antes de pasar junto al álamo, aparecerá la línea morada de un horizonte que no termina. Es el momento de dejar la ofrenda sobre una piedra verde de años y líquen y continuar por su derecha. Puede que, por entonces, ya oigas el canto de la lechuza.

Tropieza con la rama perdida de un helecho y busca entre las copas de los árboles la cola de la Osa Mayor. No pongas tu huella sobre ninguna otra hecha por humano, animal, viento o agua y evita los troncos adornados de muérdago.

Recoge una piña abierta, lánzala lejos; luego corre hasta allí y, en cuanto veas asomar el brillo dorado que precede al oricuerno, habrás llegado.

NO BAJES DEL CORCEL, AMADO MÍO

Le prestaron un caballo de espuma y liquen, de olor a margaritas y aliento de búho en agosto; las crines de alga trenzada con suspiros de enamorados y los cascos del hierro de las espadas de héroes valientes muertos en batalla. Así salió Oisín del Tír na nÓg, amparado por la noche de los hombres, con la advertencia de Niamh en un beso:

«No bajes del corcel, amado mío.»

Y sus palabras le acompañaban en el susurro del viento del este, que le azotaba la cara mientras galopaba sobre el agua.

La primera rama que vio olía a primavera y tejo, a vida reciente; frenó el caballo y se paró a escuchar. Los lobos aullaban a un cielo falto de luna y plagado de estrellas, la lechuza cruzó el bosque con su fantasmal blancura, y un ratón se movió bajo sus pies.

«No bajes del corcel, amado mío.»

La voz de Niamh se alejó entre los árboles, acompañada del olor a enredaderas y tierra mojada por una tormenta de verano.

Oisín azuzó a su animal, buscando el primer rath, y no tardó en encontrarlo en lo alto de una pequeña loma que susurraba con las voces de los Dédanann y un aleteo de mariposas amarillas.

Cruzó el río, que sonaba a canción vieja, a choque de escudos, con el brillo de las armas sacrificadas a Lugh en el fondo y la sabiduría de los mil salmones que lo remontaban contando historias que la gente ya había olvidado.

Llegó al borde de la empalizada y la voz de Niamh volvió, escondida ahora entre los bramidos de los toros y el balar de las ovejas:

«No bajes del corcel, amado mío.»

Pero pronto se perdió con los gritos de los niños jugando y los golpes del herrero.

Oisín encontró a una muchacha que llevaba un canasto colmado que despedía un olor a lana sin varear y hierba seca.

— ¿Qué sitio es éste?— preguntó.

—Bré, señor— respondió la joven, con un canto de cien pájaros en su voz y el olor de las primeras madreselvas en su pecho—. ¿Vienes de muy lejos?

Oisín pensó en cuánto tiempo había pasado entre el zumbido de las abejas y las nueces que caían del árbol.

— ¿Quién reina estas tierras?

— El rey de Tara es Laoghaire, hijo de Niall, hijo de Eochaid.

«No bajes del corcel, amado mío.»

Las palabras de Niamh de nuevo en el aleteo de un pájaro, en el viento salado de un mar lejano.

— Hijo de Muiredach, señor.

—Entonces vengo de tan lejos que apenas recuerdo de dónde vengo.

—Pareces cansado, el Rí Tuaithe querrá conocerte, deja aquí tu caballo y te acompañaré, aunque no puedo tardar mucho, mi madre me espera al otro lado de la colina.

«No bajes del corcel, amado mío.»

Ahora la voz de Niamh era casi un sollozo.

—Mejor sube a la grupa, pequeña, y llegaremos a tu casa enseguida. Yo también tengo prisa y no puedo saludar al .

La niña obedeció, colocando el canasto entre ellos.

—Es por ahí— señaló camino arriba.

Trotaron entre los campos sembrados de trigos, las lagartijas corrían a su lado, los saltamontes brincaban a su paso y la voz de Niamh se perdía entre las espigas mecidas por las caricia del sol.

«No bajes del corcel, amado mío.»

La niña le indicó cómo seguir su camino y se bajó del caballo, dejando sobre la montura su olor a madreselva y canto de gorriones.

Oisín siguió galopando, colinas arriba, colinas abajo; y los cascos del caballo levantaban terruños por los caminos, despertando a las lombrices y los ratones, inquietando a los estorninos.

Oisín continuó siguiendo un río que murmuraba leyendas, que sonaba a flautas y chocar de huesos. En una de sus orillas, encontró a una joven que tiraba desesperada de una cuerda.

—¿Qué sucede?

—Mi red se ha enganchado en el lecho y no puedo sacarla. — Su voz era trino de alondras y temblor de lirios. — Es la única que tengo, no la puedo perder.

«No bajes del corcel, amado mío.»

Repitió Niamh entre las hojas de los abedules, confundiéndose entre las ondas, escondida bajo los guijarros.

—Déjame el cabo. Tiraré de ella y la liberaremos en un momento.

La joven accedió y se colocó junto al caballo. Olía a esperanzas rotas, a recién nacido.

«No bajes del corcel, amado mío.»

Gemían la soga y la red, perdidas en el fango antes de salir enteras del río. Con ellas salió también un salmón rosado que boqueaba al viento.

—Estoy tan agradecida, señor. ¿Queréis compartir la cena conmigo?

—De ningún modo podría, muchacha. Pero te acompañaré a tu casa. El pez parece pesado. Recoge la red y sube a mi caballo.

—¿Vienes de muy lejos, viajero?

—Vengo de tan lejos que ya no recuerdo ni de dónde vengo.

Dejó a la joven en su cabaña y siguió su camino.

«No bajes del corcel, amado mío.»

Niamh gritaba desesperada en las huellas sobre la tierra, entre las hierbas altas, en el correr de los zorros.

Al llegar a un cruce, encontró a una anciana encorvada que arreaba a una vaca vieja y huesuda. Ambas olían a zarza y a ciénaga; a sabiduría y olmo seco.

La voz de Niamh se coló entre los suspiros de la anciana.

«No bajes del corcel, amado mío.»

Y se volvió estrella fugaz a mediodía, invisible a todos los ojos excepto los suyos.

—¿Qué sucede, buena mujer?

—Esta vaca vieja no quiere moverse y tengo prisa. He de llegar al mercado con ella antes de que acabe el día.

—Quizá podría ayudarte.

—¿Eso harías, joven? ¿Ayudarías a estas dos viejas a llegar a su destino?

—Haremos una cosa. Montarás en el caballo conmigo y tiraremos de la vaca. A buen seguro llegaremos a tiempo.

El camino se hizo largo al paso de las enclenques patas del animal.

—¿Vienes de muy lejos?

—De tan lejos que apenas recuerdo de dónde vengo— respondió Oisín.

—Sé bien lo que es eso de perder la noción del tiempo— dijo la anciana—. Ayer mismo yo era una moza con una canasta de lana, una joven con una red repleta de salmones, y hoy soy una vieja que intenta vender una vaca casi tan cansada como ella.

«No bajes del corcel, amado mío.»

La advertencia silbaba en los oídos, enganchada en las briznas de hierba seca, en las piedras del camino.

Llegaron al fin a la aldea donde la anciana se apeó del caballo y se despidió Oisín, no sin antes darle las gracias y un pedazo de queso.

«No bajes del corcel, amado mío.»

Decía el eco en los nidos vacíos de las golondrinas.

Llegó a un claro donde unos hombres descansaban.

—¿Queda muy lejos Tara?— preguntó Oisín.

—Está cerca, viajero. Apenas dos colinas más allá. ¿Vienes a ver al rey Laoghaire?

—Sí.

—Cuéntale historias, le gustan las historias.

—Así lo haré. — Se despidió de ellos animado, sabiendo que pronto llegaría a su destino.

«No bajes del corcel, amado mío.»

Pero la voz de Niamh se perdió entre los graznidos de los cisnes y el rumor de los habitantes de los sidhe.

Divisó a lo lejos la colina de Tara y respiró aliviado.

«No bajes del corcel, amado mío.»

Azuzó al caballo colina arriba y, cuando ya podía ver la Lia Fáil en lo alto, el caballo tropezó.

«No bajes del corcel, amado mío.»

Gritó Niamh junto a la Piedra del Destino.

Pero era tarde. Caballo y jinete rodaron por el suelo, convirtiéndose en polvo nada más tocarlo.

A LA VEJEZ…

Dolor de muelas, estaba claro, era un maldito dolor de muelas. A sus ochenta y nueve años, y después de una década gastando dentadura postiza, a Aniano le estaban doliendo las muelas.

—A ver si va a ser otra cosa, que te gusta ponerte siempre en lo peor— le decía su mujer al borde de la desesperación, porque setenta años de matrimonio dan para conocer muchas manías y aprender a vivir con ellas.

El miedo de Aniano no era infundado, si los matasanos le daban retortijones, el sacamuelas era el mismísimo demonio; si lo sabría él, que había dejado entre sus tenazas treinta y dos piezas dentales y más de medio millón de pesetas. Y, a decir verdad, no tenía claro qué le había dolido más.

—Los de ahora son distintos— intentaba consolarle Alejandra—. Te ponen la anestesia y no te enteras, que me lo dijo la Filomena el otro día, que se sacó cuatro de golpe.

—Pero los cuartos te los sacan igual, o más aún, con esto de los euros, que redondean para arriba que da gloria verlo, pero la pensión no me la redondean, no.

—Ya estamos otra vez. ¿Necesitas más dinero?

—Si tengo que pagar al sacamuelas, sí. Que con lo de la jeringa seguro que lo pone más caro todavía.

A regañadientes, y nunca mejor dicho, pidieron cita en el dentista.

La consulta olía a limpio, pero a ese limpio que enferma; ni el Zotal que usaba para desinfectar el corral de las ovejas le dejaba esa descompostura de estómago. Se tumbó en el infernal sillón, cerró los ojos y abrió la boca.

Tuvo miedo de que se le cayera la boina cuando el cacharro le colocó en posición horizontal, con la cabeza más baja que los pies.

—Interesante— decía el muchacho de dentadura perfecta y barba inexistente metiendo un espejo dentro de la boca—. Inaudito.

Devolvió el sillón a una posición más propia y desapareció tras una puerta.

Al poco regresó con un aparato con ruedas que parecía una farola, le metió a Aniano una tablilla en la boca, atrás, tan atrás que casi le dieron arcadas, y le pidió que estuviera quieto.

Alejandra le miraba divertida; estaba tan gracioso con los carrillos llenos de aquellas placas y los ojos muy abiertos, como si fueran ellos los que mantenían inmóvil todo el cuerpo.

El dentista le quitó las tablitas y desapareció de nuevo.

—Pues va a ser verdad que no duele casi— le dijo Aniano a su mujer—. Hay que ver cómo avanza la medicina.

El médico colocó la lámina de radiografía frente a la pantalla luminosa y se quedó mirándola unos instantes.

—Asombroso, Don Aniano, de verdad.

—¿Es grave, doctor?— preguntó Alejandra cansada de tanto asombro sin explicación.

—No, grave no es. Aniano, le están saliendo las muelas del juicio. Y son unas piezas magníficas.

—No diga bobadas, muchacho, este no ha tenido juicio en su vida.

—Pues ahora lo tendrá— sentenció el dentista con una sonrisa cómplice hacia la mujer que no podía disimular la risa.

—Y ¿qué hago, doctor?

—Tenemos dos opciones. Una: dejarlas salir a gusto y ver cómo quedan. Otra: extraerlas.

—Y ¿qué es más barato?— preguntó el paciente pensando más en el dolor de cuartos.

—Hombre, si salen buenas, ahí se quedan.

—Pues creo que me las va a dejar usted puestas, que son mías.

—Como quiera. Si le molesta la dentadura, no duden en venir para que se la ajustemos.

DECLARACIÓN DE DERECHOS

Texto extraído del libro de relatos Lo que las piedras callan

Después de miles de años sirviendo a la imaginación y las moralejas, las torres de los cuentos de hadas decidieron hacer valer sus derechos. Se sentían ninguneadas y, algunas, víctimas de abusos. Como una convención era imposible (nada peor que ser un inmueble para acudir a una reunión), pidieron ayuda a ciervos y pajarillos para que llevaran de un lugar a otro las demandas y los acuerdos. Cuando se corrió la voz de lo que las torres pretendían, los demás edificios del mundo quisieron unirse a la proclama y no quedó animal en el planeta, vertebrado o sin vertebrar, que no colaborara como mensajero.

Fue la Cumbre más larga de la historia, duró treinta años.

El primer punto trató sobre los derechos de imagen. ¿Hasta cuándo iban a hacer caja las grandes factorías de entretenimiento? ¿Cuándo le habían preguntado a una torre o castillo si querían ser fotografiados?

Las construcciones que sirvieron de presidio a princesas y personajes ilustres se quejaban por la mala fama. Otras protestaban por un trasiego de visitantes que no terminaba nunca y las había que lamentaban haber sido abandonadas a su suerte, víctimas de un deterioro implacable que no importaba a nadie.

Llegó el turno de las expoliadas, las que perdieron su grandeza en cuanto alguien retiró la última lama de oro que adornaba su cúpula o el último azulejo de las paredes. Y, a estas, siguieron las que fueron desenterradas tras siglos de letargo pacífico y ahora se veían invadidas por batallones de arqueólogos que escudriñaban cada palmo de su ser.

Los rascacielos lloriqueaban por los vientos que los batían, las catedrales por la suciedad de las palomas; las casas bajas por la falta de sol y los polideportivos por el impacto incesante de las pelotas.

Firmaron un Tratado, dos Convenios y, por unanimidad, una Declaración de Derechos de los Edificios compuesta por cuarenta y cuatro artículos que exigían un mayor respeto por aquellos que habían dado cobijo a la Humanidad. El resultado, tras las pertinentes enmiendas, lo presentaron en la ONU, pájaro mediante.

El Secretario General se mostró sorprendido y, conmovido por el drama que vivían aquellas construcciones, elevó los documentos a la UNESCO. Allí se sintieron avergonzados; después de años declarando Bienes Patrimonio de la Humanidad, se dieron cuenta de que nunca habían preguntado a los bienes en sí.

Convocaron una reunión de urgencia con todos los países para pedir que la Declaración de Derechos de los Edificios fuera respetada. Firmaron los papeles y enviaron a dos comisionados para dar la buena nueva a cada uno de los edificios del mundo.

Pasados unos años los rascacielos no habían dejado de lloriquear, las catedrales seguían hartas de las palomas, las torres de cuento eran objeto de más películas y más fotografías, las ruinas eran excavadas con total impunidad y otras tantas construcciones veían mermada su belleza producto del expolio.

Convocaron una nueva cumbre y decidieron tener en cuenta la opinión de los riscos, montañas, acantilados, bosques, volcanes y cuevas; pues ellos también se sentían sobreexplotados y sin voz. Se unió hasta la Antártida, que ya estaba harta de bases científicas y expertos del National Geographic.

Alcanzaron nuevos acuerdos que elevaron a la ONU; el nuevo secretario (el otro ya se había jubilado) transmitió las quejas a la UNESCO y, una vez más, se reunieron los países, esta vez en Berlín. Se alcanzaron compromisos sobre la concesión de minas, la conservación de bosques y humedales; la construcción de nuevos edificios y el trato que debían recibir los antiguos. Se estableció un plan para la repoblación de las aldeas abandonadas y la restauración de ruinas. Acordaron una fecha límite para cumplir los objetivos marcados y mandaron a nuevos comisionados, en esta ocasión veinte, para hacer llegar las noticias a todos los rincones del planeta.

Exultantes con las promesas, las montañas se sacudieron y la nieve se precipitó en aludes sobre las ciudades de sus faldas; las cuevas y los valles empezaron a hacer eco volviendo loco, cuando no sordo, a todo el que estaba cerca, y no quedó una sola grapadora o folio sobre los escritorios de las oficinas.

Las únicas más comedidas fueron las ruinas que, debido a su edad y deterioro, pensaron que era mejor, y menos peligroso, quedarse quietecitas.

Antes de verse obligados a declarar zona catastrófica medio mundo, los mismos comisionados se dieron la vuelta para pedir un poco de cuidado a la hora de festejar los triunfos. Tras una semana de agitación todo volvió a la normalidad: las montañas pararon, el eco volvió a ser lo que era, las torres de cuento fueron felices y cobijaron perdices y los humanos, fieles a su egoísmo, olvidaron pronto lo prometido, y así siguen.

DE RIGORES Y PIRAS

Odiaba las ferias medievales casi tanto como a los ingenuos que se lanzaban a ellas creyendo que la amalgama que les rodeaba tenía un mínimo de rigor histórico. En cuanto enfilaba la primera calle llena de banderolas de poliéster se preguntaba por qué se había dejado engañar otra vez y se consolaba pensando en que tal vez era el morbo de encontrar todas las incongruencias, como en un pasatiempo de periódico dominical; allí una armadura de aluminio, caballeros que manejaban espadas con una sola mano y doncellas con escotes que, cuando menos, habrían sonrojado a cualquier devoto vecino de la época.

Siguió a la muchedumbre por las intrincadas callejuelas plagadas de puestos donde se vendían piezas de cuero artesanal junto a juguetes made in China. Desembocó, casi arrastrado, en una plazuela donde el sonido de la gaita, la dulzaina y unas vieiras entrechocando le transportó al medievo de verdad.

Cerró los ojos y dejó que el olor de la carne sobre las brasas y el vino ácido derramado le impregnara las fosas nasales y la imaginación. Cuando los abrió, allí estaba ella, meciéndose al ritmo de la canción, agitando la pandereta y con el único vestido tejido a mano en kilómetros a la redonda. Tenía unos ojos dignos del mismísimo demonio que le miraban fijamente y le hablaban.

«Tú.» Le decían. «Sí, tú, el que cree que todo esto es una pantomima.»

Se fue acercando y, para cuando terminó la música, estaban uno junto al otro. Ella le tomó de la mano y buscó refugio en una tienda cercana.

«Quédate conmigo.» Le pedía con la mirada.

Atraído por sus ojos y la suavidad de sus palabras, accedió a participar en la mentira. Se vistió con calzones pardos y blusa blanca. Bailaron toda la tarde. Ella cada vez más cerca, cada vez más pícara, cada vez más convincente.

Asomó la luna por los tejados entre seguidillas, corridos, jotas y cantos. Irrumpió en la plaza la cabecera de una procesión y, antes de que pudiera fijarse en lo que pasaba, se vio formando parte de la comitiva con un jubón negro. Ella le subió la caperuza con una sonrisa cargada de promesas.

«Camina.» Decían sus ojos verdes.

Y él obedecía hechizado.

Recorrieron cuatro calles hasta llegar a una plaza inmensa; ella siempre a su lado, sonriendo, prometiendo las estrellas.

«Esto se lo han currado.» Pensaba. «Una procesión de condenados en toda regla.»

Un hombre vestido de sacerdote arengó contra los no creyentes, contra los impuros de corazón que todo lo cuestionan.

La pira levantaba tres metros de llamas en el centro de la plaza y todo el mundo la contemplaba fascinado, él el primero. Tal era el encantamiento de la danza del fuego que no se dio cuenta de su verdadero lugar hasta que una risa estridente y maligna inundó la plaza.

Era ella, ella bailando alrededor de la hoguera en la que él ardía mientras gritaba: « ¿Te parece real ahora? ¿Te parece exacto y congruente? Arde maldito aguafiestas. Arde.»