A DIETA

Me he puesto a dieta, pero no la de la pera, ni la de la proteína o la del aguacate, no; me puesto a dieta en serio, sin zarandajas. Y me está costando lo mío, no crean; los escaparates se confabulan en mi contra. Hasta hoy no me había dado cuenta de los suculentos manjares que se exponían por doquier; solo de casa al trabajo hay catorce locales llenitos hasta arriba de tentaciones, y una no es de piedra.

El colmo para mi puesta a prueba ha llegado esta mañana; en la plaza han abierto un mercadillo de esos temporales con todo tipo de géneros, y los vendedores estaban pregonando la mercancía a grito pelado.

—¡Diez por ciento de descuento en todo el mostrador!

—¡Tres por dos solo hoy!

—¡Las tengo de todos los colores, oigan: negras, rosas, amarillas!

Y yo estoica, sorbiendo el café en la terraza de El Vitolo, agradecida por haber cogido el dinero justo para pagar el desayuno.

Soy débil. ¿Qué le voy a hacer?

Tampoco ha ayudado que mi vecino de mesa se haya puesto, sin vergüenza ninguna, a devorar uno de esos caprichos, que olía. ¡Ay, cómo olía! Y brillaba. Se notaba su delicioso contenido cuando lo rozaba con los dedos.

Estaba dispuesta a dejarlo correr, mantenerme en mis trece.

Al levantar la vista, me he encontrado con un cartel que decía: «Aceptamos tarjetas» y, acto seguido, uno de los tenderos gritaba: «¡Tengo lo último de Rosa Montero, las obras completas de García Márquez, J.K. Rowling, Eduardo Mendoza… Gloria Fuertes para niños y no tan niños!»

Y ahí se me han acabado la dieta, la fuerza de voluntad y el poco espacio que me quedaba en la librería del salón. Cinco ejemplares me he comprado de una tacada, y mañana vuelvo.

La dieta, si eso, la empiezo el lunes, que esta semana es la Feria del Libro y todos tenemos derecho a un capricho de vez en cuando.

JAULA DE GRILLOS

Para ser un lugar dedicado a la calma mental, resultaba agobiante: el color tostado de las paredes, el wengué de la librería y las cortinas color crema, daban muestras del buen gusto de su decorador, pero también una sensación de rectitud y oscuridad con los cuadros de marcos dorados y las fichas del test de Rochas a la vista. El diván clásico, frente a un enorme escritorio, hacía sentirse insignificante a todo el que se tumbara en él. La extensa colección de libros empequeñecía la mente del más docto de los pacientes.

Para colmo, y como parte de los más novedosos métodos, las sesiones eran grabadas por una videocámara que apuntaba al visitante con su ojo rojo parpadeando.

Anselmo López no soportaba aquella cámara, ni el diván, ni las cortinas, ni los libros; ni, ya puestos, al Dr. Ernesto Márquez-Casanova, un hombre pequeño de aspecto cetrino que se frotaba las manos a cada momento y repetía «Vamos avanzando estupendamente» en un intervalo regular de cinco minutos.

Sin embargo, Anselmo había preferido no cambiar de psicólogo, angustiado por una rutina obsesiva.

— ¿Cómo estamos hoy? ¿Hizo lo que le pedí en la sesión anterior?

—Lo he intentado. Aquí traigo las notas.

Le acercó un fajo de papeles arrugados y llenos de letras que se desparramaban en todas direcciones (de derecha a izquierda y de arriba a abajo en sentido perpendicular, meticulosamente numeradas).

—Vaya, parece que son muchas. ¿Por qué no me cuenta lo que hay en ellas a grosso modo y luego las repasamos una a una?

— ¿Podría apagar la cámara, doctor?

—Sabe que no es posible, Anselmo. Haga como si no estuviera.

Pero no podía, el parpadeo bermellón era como la mirada de un francotirador que conocía todos sus secretos.

—Al principio era solo un hombre, pero ahora son dos. Han alquilado el piso del quinto, justo encima del mío, y me cruzo con el inquilino constantemente. Da igual la hora del día. Está en el rellano, en el portal, en el ascensor. Estoy seguro de que ese cabrón ha hecho un agujero para espiarme.

— ¿Qué le hace pensar eso?

—Hará un par de días se pasó la tarde con el taladro y he notado una corriente que antes no había en el salón. Sale de al lado de la lámpara del techo.

—Y, según usted ¿Qué puede estar buscando?

—Robarme mi éxito. Mi éxito como escritor.

—Su éxito como escritor.

—Sí, doctor. Acabo de terminar la novela. Va a ser un bombazo.

— ¿No le parece un poco retorcido pensar que su nuevo vecino se ha mudado solo con el fin de robarle una novela que, por otro lado, nadie sabía que estaba escribiendo?

— ¿Qué insinúa?

—Puede que el agotamiento, después de tanto esfuerzo para terminarla, le haga ver cosas que no son. Si usted no ha dicho en qué estaba trabajando, es difícil que alguien pudiera adivinarlo. ¿No cree?

—Eso es verdad. No lo he comentado con nadie, solo aquí, en la consul…

Y fijó su mirada en la luz roja de la cámara antes de incorporarse con brusquedad.

— ¿Qué sucede, Anselmo?

— ¡Usted! Todo este tiempo ha sido usted. Embaucador, manipulador… ¡Ladrón! Eso es lo que es. Ha alquilado el quinto. No había carteles, ni anuncios en los periódicos; pero usted lo sabía porque yo se lo dije.

—No diga tonterías. Acaba de decirme que ha visto a su vecino varias veces y sabe que no soy yo.

—No, claro. Eso habría acabado con su plan. Ha contratado a alguien. — Se lanzó contra el trípode de la cámara. — Claro, ahora encaja todo. Sus ánimos para que terminara de escribirla. Me ha preguntado por la novela en cada reunión. Quería detalles. Saber si valía la pena. Y vaya si lo vale. ¡Es una obra maestra!

—Cálmese, señor López, por favor. Está usted diciendo disparates. Yo ya tengo un oficio. Mi interés por sus escritos era meramente profesional.

— ¡Y un cuerno! Sabrá de mí por los tribunales. No voy a descansar hasta que esté hundido. ¿Me oye? ¡Ladrón de ingenios! ¡Truhán sacacuartos! ¡Loquero!

Arrastraba en su furia cuanto tenía delante.

—Por Dios bendito, Anselmo. A mí no me gusta la literatura, yo soy más de música. Toco el violín.

El paciente frenó su destrucción.

— ¿El violín?

—Sí, el violín. Es agradable su tacto bajo la barbilla, cómo vibra todo cuando el arco roza las cuerdas.

—Es un instrumento complicado. Mi padre tocaba el violín. — Se tumbó en el diván.

—Lo sé, Anselmo. Me lo dijo en la primera sesión.

Para ser un lugar dedicado a la calma mental parecía un campo de minas recién estallado, con las cortinas hechas jirones, los marcos dorados pendiendo de las esquinas y los libros esparcidos como cadáveres sobre la alfombra. El diván clásico, frente al enorme escritorio, con Anselmo López tumbado en él.

—Una obra maestra le digo, doctor. Le regalaré una copia firmada.

RELATIVIDAD: E=MC2

Esta mañana se dejó el reloj en la repisa y, aunque juraría que, mientras bajaba la escalera, podía oír el tic-tac volando tras ella, pronto el ruido de los coches y las persianas lo ocultaron.

Llegó a la cafetería, se sentó a la mesa y se puso a leer.

¡Qué extraño no mirar de reojo a la muñeca hoy desnuda! ¡Qué placer el tacto de las páginas corriendo una detrás de otra con un tic-tac diferente!

A su alrededor, imagina, los demás tienen prisa. Esa prisa derivada del segundero; del cambio de número en la pantalla digital; de la alarma del móvil; de las noticias meteorológicas en el televisor.

Mientras, para ella, Cortázar marca un ritmo imprevisto perdido en un atasco, esperando a la señorita Cora, angustiado por cómo la casa va siendo tomada.

Sorbe el último golpe de café y se levanta, se toma con calma guardar el libro, colocarse los guantes. Fuera hace frío y el invierno hace lo propio parapetando las farolas tras una niebla destripadora. A su alrededor la gente corre, gobernada por un tic-tac invisible.

En estos tiempos los tic-tacs son más silenciosos pero más acuciantes.

Todo es más urgente.

Un tic dura menos que nunca.

Ya no digamos el tac. Sentencioso como una campanada de Nochevieja.

Una cigüeña sobrevuela la plaza con una rama en el pico hacia la torre de la iglesia, que empieza a rodearse de un violeta imposible de nubes contra el cielo raso.

¿Qué hora será? ¿A que llego tarde? Se pregunta.

Sería tan fácil sacar el móvil del bolso y regresar al imperio de los minutos, pero se siente tan distinta en su posición de rebelada. Nota el cambio del asfalto a la acera al cruzar la calle, la baldosa que se mueve y el sonido de un microondas en algún lugar entre el primero y el tercer piso del bloque que hay a su izquierda.

Se cruza con un perro blanco e inquieto que pasea a un dueño adormilado. Esa era ella hace apenas ¿cuánto? ¿Media hora, una hora? Hay que ver lo relativo que es el tiempo, y lo tirano. Dobla la última esquina, la puerta del trabajo abre sus fauces, esbirro indolente del cronómetro y ella, sin escapatoria.

Doña Ana, la de la sombra amable.

Doña Ana la llamaban por aquel entonces, aunque muy pocos lo recuerdan ya. Regalaba a los niños piñones en septiembre, cuidaba de los pajaritos que encontraba con un ala rota, se preocupaba por que los ciervos y los jabalíes siempre encontraran donde beber, y hay quien jura, ninguno lo supo nunca a ciencia cierta, ninguno puede prometer que lo vio, que tuvo un lince de mascota, otros dicen que no era un lince sino un águila real.

Se paseaba por la marisma sin sus aires de señora, humilde, enterrando sus pies entre las aguas y todos los caballos la seguían.

Cuentan que las cigüeñas anidaban en su pelo y que los patos graznaban su nombre cuando cruzaban desde África a París. Que una paloma, blanca como la espuma del mar, decidió quedarse a su vera.

Hasta las culebras le tenían cariño, pues nunca las reprendió por comerse los ratones, de los que era muy amiga. Nadie como ella para entender lo que llaman el ciclo de la vida.

Y qué bonita se sentía Doña Ana cuando llegaba la primavera, con las amapolas, los azulejos y las malvas; cómo disfrutaba de los nuevos nidos, y con el resurgir de las telarañas. Las abejas le hacían coronas de zumbidos. Ni siquiera los mosquitos, que salían a millares, la molestaban.

Ella devolvía los regalos con lo poco que podía, con lo único que era suyo porque, a pesar de ser Doña, no era dueña de nada. Los cobijaba con sus pinos y sus retamas, con una barrera de dunas que no dejaba que les salpicaran las tormentas que venían de más allá del mar.

Y por eso, entre todos, Ana, antes que Doña, era sombra amable.

POR FEBRERO SALIÓ EL OSO DEL OSERO

Cantimplora, calcetines, botiquín… — Repaso el contenido de la mochila. — Antihistamínicos y ballesta. Está todo.

Cierro la puerta y emprendo el camino calle arriba, hacia las afueras. Tengo que darme prisa, mi enemiga es cada vez más madrugadora y siempre me pilla de improviso. Hasta este año, este año estoy preparada y no le voy a dar la más mínima oportunidad.

«Mejor prevenir que curar.»

Es lo que decía siempre mi abuela y, después de años de parches curativos, ha llegado la hora de la prevención.

Guardar el secreto me ha costado lo suyo; pasada la noche de Reyes, todo quisque en Aldeílla pregunta por los planes que hay hasta el verano. Por suerte, mi trabajo de bibliotecaria me da buenas excusas y mejor coartada. En una comarca cada vez más despoblada, el préstamo de libros se hace a domicilio y los plazos son largos; nunca hay prisa para nada, mucho menos para leer. Todo el mundo sale a recibirme en Llanos de Borbojo, Cerro del Humedal, Nava de Trigueros y Villaverde de la Ribera. Llego con mi motoneta, heredada de la antigua fábrica de gaseosas, y los ojos de los aldeanos se iluminan. Las dos últimas semanas han sido frenéticas, entregando libros por doquier, a ser posible de los más gordos, para que nadie se dé cuenta de mi ausencia durante esta aventura.

En estas tierras echan de menos a la bibliotecaria antes que al médico, así se sanan los males de los vecinos, a base de Eduardo Mendoza, Rosa Chacel y García Lorca.

La nieve bordea el sendero y se me embarran los bajos de los pantalones; es la mejor señal que puedo tener; eso significa que no es demasiado tarde, a juzgar por la ausencia de yemas en los almendros del huerto de Pascasio.

Mi misión, viviendo en un pueblo, es de necesidad imperiosa. Después, y soy muy consciente de ello, tendré que mudarme. Nadie me querrá por aquí si descubren lo que he hecho, o lo que me dispongo a hacer.

Voy pendiente del verdeo de las cunetas, del trino de los pájaros, de mi propia sombra. Tras años viendo pasar las estaciones sé de sobra cómo contar el tiempo por esos matices. El final del invierno lo marcan el cambio del color del humo en las chimeneas y el nacimiento de los primeros potros, aunque en el telediario se empeñen en darle fecha y hora. Me cabrea. Es como ponerle puertas al campo. No se puede y punto. Si lo sabré yo, que noto el picor en los ojos antes de que broten las primeras flores, que echo mano del inhalador a mediados de enero; que, para cuando llega marzo, ya tengo la piel hecha jirones de rascarme los eccemas.

Este año voy a cogerla por sorpresa, mientras hiberna, como los osos.

Me siento emocionada y vil al mismo tiempo. No soy amiga de hacer las cosas por la espalda, pero no tengo más remedio, la traición con traición se paga, y la otra lleva años traicionando calendarios y refranes, por no hablar de mis pituitarias.

Ya falta menos, dos colinas más y, al pie de la montaña del Loco, encontraré el lugar donde el viejo me ha dicho que todo empieza.

No suelo hacer caso a las cosas del Nicolás, aunque esta vez lo he hecho. En cuestión de cabras y covachas no hay mayor eminencia en kilómetros a la redonda.

Bajo la última cresta y la veo: la entrada a la cueva.

Me aposto tras el matojo pelado de una zarza y cargo la ballesta.

Puede ser cosa de horas, o de días, pero a mí me da igual, me he armado de flechas y paciencia.

Este año, por fin, mataré a la primavera.

¿QUIÉN REINÓ DESPUÉS DE CAROLO?

Seguro que habéis oído alguna vez a los mayores, refiriéndose a algo de hace mucho tiempo, que pasó cuando reinó Carolo. Bueno, pues ese Carolo existió, y vivía en un castillo, con su torre y sus almenas, en compañía de sus tres hijos: Carla, Carlos y Carlota.

En aquel reino era el hijo menor, y no el primogénito, quien heredaba el trono; así que Carla perdió su derecho a reinar cuando nació Carlos, y ambos en cuanto nació Carlota. Y, como podéis imaginar, esto no gustó a ninguno de los dos.

Carlota era como cualquier otra princesa de cuento: dulce, bondadosa, bonita, cosía que daba gloria verla y manejaba la espada de maravilla. Sí, ya sé que esto último no es tan común, pero en su reino había que saber de todo para gobernar, y ella lo mismo te bordaba un tapete que te cortaba un pelele en dos de un mandoble.

El día en que Carlota cumplía doce años, Carla y Carlos le regalaron una tarta, con la condición de que nadie más comiera y que ella no la probara hasta que se fuera a la cama. A todo el mundo le pareció un gesto precioso y por eso no se enfadaron cuando la princesa se escapó a las cuadras para devorar su regalo. El pastel estaba riquísimo, con mermelada de fresa y nata, el bizcocho era jugoso y tenía trocitos de frambuesa escondidos en medio. Nada más comer el último pedazo, Carlota se transformó en ciervo.

Vagó por las montañas durante días, huyendo de cazadores y lobos. Por suerte, como sus hermanos eran unos tacaños, habían contratado a la hechicera más barata y, pasada una semana, Carlota era otra vez una niña; eso sí, conservando los cuernos de ciervo. Todo el mundo se alegró por su vuelta, pues habían estado muy preocupados por ella, en especial su padre, y además nadie quería tener a Carlos como soberano.

A pesar de las sospechas, la princesa no delató a sus hermanos. De acuerdo que habían intentado hacerla desaparecer, pero durante su aventura había descubierto muchas cosas sobre el bosque y sus habitantes, y había conseguido aquellos cuernos tan bonitos que, una vez aprendías a tener cuidado al cruzar las puertas, estaban la mar de bien.

Pasó el tiempo, Carlota cumplió los dieciséis y se convirtió en una joven hermosísima. Sus ojos castaños competían con el rubor de sus mejillas, su pelo moreno caía en cascada lisa sobre los hombros y los cuernos le daban un aire de misterio único. Carolo, que ya estaba mayor y quería jubilarse para disfrutar de la vida con otros reyes retirados, pensó que la princesa ya tenía edad para asumir el gobierno y formar su propia familia; así que organizó una fiesta para que los príncipes casaderos conocieran a su hija y de allí surgiera el amor.

Los preparativos duraron una semana. En las cocinas probaban los menús, los floristas adornaban jarrones y guirnaldas; los sastres y modistas confeccionaban vestidos y cortinas; los criados escogían los mejores vinos, y los bufones y músicos ensayaban sus números más vistosos. Carlota se dedicaba a practicar con la espada, ajena a la excitación que se apoderaba del castillo y de sus hermanos, que repasaban una y otra vez la lista de invitados buscando un príncipe que se la llevara tan lejos como fuera posible.

Llegó el gran día y el olor de los asados inundó los salones. En la entrada de la muralla se agolpaban los carruajes formando una cola inmensa que se extendía hasta la falda de las montañas, y Carlota estaba más hermosa que nunca con su vestido nuevo. Uno por uno, los más célebres herederos se acercaron a presentar sus respetos y todos quedaban maravillados con su belleza y lo bien que le sentaban los cuernos. Pero Carlota no encontraba interesante a ninguno y estaba mareada de dar vueltas en brazos de unos y otros. Fingiendo un desmayo, que había oído que era cosa muy de princesa, se apartó de la zona de baile y se sentó junto a una ventana.

Son bonitas— dijo una joven a su lado.

¿El qué?

Las estrellas— respondió—. Aunque se ven mejor desde la frontera del bosque.

Carlota asintió; hasta entonces no se había dado cuenta de cuánto echaba de menos la tranquilidad de las noches entre los árboles, lejos de las leyes y las desconfianzas.

¿Tú crees que podríamos escaparnos un rato?

Por supuesto. Están todos tan entretenidos que no se darían cuenta. Por cierto, me llamo Maeve y soy princesa en Irlanda.

Pues vámonos, Maeve. Vámonos a ver las estrellas.

Se colaron por la ventana, lo que no fue fácil porque les habían puesto unos vestidos muy aparatosos. No tardaron mucho en llegar al borde mismo de la arboleda y allí se contaron sus cosas, rieron, lloraron un poco y, como nadie puede gobernar un corazón, se enamoraron.

De regreso al castillo, donde los invitados ya habían dejado de bailar hacía horas, le contaron a Carolo su intención de casarse y, aunque hubo quien se opuso al matrimonio porque les habría gustado ser los elegidos, el rey vio que su hija era tan feliz junto a Maeve que no pudo negarse.

El día de la boda, Carla y Carlos regalaron a las recién casadas una tarta de tres pisos que ninguna se comió, porque una cosa era ser buenas y otra muy distinta ser tontas. Carlota, cansada de sus tretas para deshacerse de ella, desterró a sus hermanos obligándoles a cuidar cabras en las montañas hasta que pidieran perdón, cosa que nunca hicieron, porque eran muy orgullosos. El rey Carolo pudo dedicarse a jugar al golf y a la brisca con sus amigos, tranquilo porque el reino estaba en buenas manos.

Y esta es la historia de cómo Carlota y Maeve reinaron juntas durante muchos años, adoptaron un niño y, como era el hijo mayor y el pequeño al mismo tiempo, no tuvo que pelear con sus hermanos para ser rey.

POR LOS PELOS

Cuando Fausto IV el Ensimismado aún era Fausto a secas, soñaba con crecer lo suficiente para tener barba. Esta obsesión, de la que sus hermanos se burlaban y que a sus padres les parecía adorable, nació con los cuentos de aguerridos piratas, intrépidos faquires y feroces vikingos que su ama le contaba, y cuyos protagonistas lucían el vello facial, no solo como seña de identidad, sino también como fuente, o eso le parecía a él, de su valor y apostura.

Los retratos de antepasados que adornaban el pasillo principal del palacio también influyeron; desde Eliseo I el Magnánimo, hasta su padre Fausto III el Pródigo, pasando por Enrique X el Loado, todos los reyes lucían luengas barbas y bigotes que impresionaban más a su mente infantil que los galones y las espadas. Hasta su abuela Catalina III la Victoriosa, había tenido algún que otro pelo en la barbilla según recordaba Fausto, que era el único de sus hermanos que nunca se quejó de cómo pinchaba la señora cuando iba a darles un beso de buenas noches. Así que, cuando la pubertad hizo de las suyas y, aparte de cambiarle la voz, apareció la pelusilla propia de esa edad, Fausto comenzó a imaginar cómo sería su barba y se metía con sus hermanos mayores por afeitarse a diario.

Antes de los dieciocho años, lucía una perilla cuidadosamente recortada que era objeto de halagos en las recepciones. Sostendría toda su vida que aquel adorno le ayudó a conseguir esposa y, desde luego, a suceder a su padre en el trono.

Ni sus obligaciones como rey, ni como marido, lograron alejarle de su peluda obsesión, e invirtió gran parte del tesoro público en ungüentos para mantenerla fuerte y en contratar a los mejores barberos que la recortaran, trenzaran y arreglaran. Prescindió de comer carnes que pudieran mancharla y se alimentaba solo de sopas transparentes a base de reducción de verduras decoloradas.

La reina, cansada de que gastara más en tan insignificante atributo que en la educación de sus hijos, de disculparle ante embajadores y presidentes por los retrasos, y de ser, en definitiva, ignorada por su marido, pidió el divorcio y se fue al Tibet, donde los monjes estaban debidamente afeitados y no gastaban ni pelos en la cabeza.

De este modo quedó Fausto IV en su palacio mientras su barba crecía y consumía, no solo el erario, sino también la paciencia de todos los que le rodeaban.

Con el tiempo, sus súbditos abandonaron la ciudad, emigrando a lugares lejanos donde los impuestos revirtieran en beneficio de todos y no en la vanidad de un rey loco. Después se fueron los músicos y los consejeros; por último, huyeron sus hijos, unos casados, otros en busca de aventuras, sin mirar atrás ni acordarse de un padre que, por otro lado, tampoco les había hecho demasiado caso.

Al principio no echó de menos ni los cantos, ni los halagos, ni las visitas, ni los besos de su vástagos. Le bastaba con ver cómo crecía su orgullosa barba. Hasta que, una noche de verano, los relámpagos de una tormenta sacaron a Fausto de su ensimismamiento y comenzó a lamentarse de cuán solo estaba.

Contempló los tapices que colgaban de las paredes y que, como en cualquier salón del trono que se precie, relataban las hazañas del rey de turno, o sea: él, y lo que vio le resultó insoportable. No había nada de poses regias a caballo liderando un ejército en victoriosa batalla, ni escena de su coronación, ni orgulloso retrato familiar, ni reflejo de un día de fiesta con juglares y reyes de otras tierras. Le invadió la pena y, esta vez, ni su barba pudo consolarlo. Se dio cuenta de que había sido, con diferencia, el peor rey jamás conocido, el peor padre y el peor esposo; pronto no tuvo fuerzas para levantarse del trono y, allí sentado, le sorprendió la riada.

Las aguas desordenadas invadieron el salón y rozaron la punta misma de su barba que, por entonces, ya alcanzaba el centro de la sala. Con la corriente, llegó también un pececillo que quedó atrapado entre los cabos de pelo.

¿Quién osa mesar mi gloriosa barba?— preguntó Fausto colérico.

El pececillo se asustó un poco, luego lo pensó mejor y decidió que, para bien o para mal, necesitaba la ayuda de aquel hombre.

Un simple pez, majestad. Porque sois rey, como supongo por vuestra corona.

Y tanto que lo soy.

Pero tenéis las ropas raídas y no hay trovadores ni consejeros a vuestro alrededor.

Pura envidia me tenían, porque ninguno de ellos tuvo jamás cuatro pelos en la cara.

Sin embargo, vos lucís la barba más hermosa que he visto nunca, y he visto muchas barbas.

De poco me ha servido. Nadie viene a contemplarla, y ya no me parece tan bonita como al principio. Empiezo a sospechar que es la causa de mi desgracia.

Entonces, si tanta tristeza os causa, ¿por qué no os deshacéis de ella?

Porque no me quedaría nada.

Os quedaría un amigo si, en vuestra infinita clemencia, me liberáis para que pueda volver al río.

Conmovido por primera vez en mucho tiempo, se levantó Fausto de su silla e intentó desenmarañar sin fortuna la red que barba y río habían tejido.

Pasada una hora, el pececillo empezaba a boquear buscando oxígeno y los movimientos del rey se volvieron más desesperados. Hacía tanto que no pensaba en algo o en alguien que no fuera su barba, que había olvidado esa sensación cálida cuando se ayuda sin esperar nada a cambio.

Un rayo de sol irrumpió en el salón y, entre las aguas, hizo brillar unas tijeras que alguno de sus barberos olvidó al marcharse. Para el rey fue muy duro decidirse, pero se dio cuenta de cuánto mal había provocado por los pelos y que aquella era la única solución.

Tomó las tijeras con mano temblorosa, cortó su barba y, con ello, liberó al pequeño pez y su propio corazón.

En cualquier lugar excepto Nantucket

Sale el sol y las olas brillan con temor; no hay vestigio de la luna que las plateaba anoche.

Al fondo, confundiéndose con el horizonte, las siluetas difusas de los barcos que van o que vienen, nadie lo sabe. Y el miedo atenaza los corazones de las mujeres que aguardan el regreso de los marineros, pero temen la llegada de los corsarios.

—¡Son ellos!— desfallece el grito entre el murmullo hambriento de las gaviotas.

Van seis meses desde que sus hombres salieron en busca de fortuna más allá de las rocas y, desde entonces, el romper de las olas ha sido su única compañía.

Las velas amanecen contra la línea azul que confunde cielo y mar, y algunos niños se atreven a contarlas. Toda una flota de velámenes que devoran el camino que los separa de la orilla a ritmo lento pero decidido.

Las mujeres, incluidas las ancianas, las que llevan a sus hijos anclados a los pechos rebosantes de leche, las que suspiran por sus amores y las que aún no conocen esa sensación se agolpan en la playa; sus vestidos como espejos de las telas que ondean al viento dentro del mar.

Los marineros no esperan a fondear para echar los pies a las arenas que ocultan las aguas. Traen las bodegas llenas y los corazones vacíos.

Hay abrazos, besos, bienvenidas, presentaciones y lágrimas por los que no vuelven, por los que no pudieron marchar.

—Fueron duros y valientes. No sirvió de nada— explica el capitán del primer barco.

—Nos taparon las olas y rezamos a los dioses antiguos, porque los nuevos no entienden del mar— relata el grumete del segundo.

—Desesperamos por ver tierra y solo encontramos peñascos— dice un pescador anciano que habría preferido morir en el viaje que regresar a tierra y a su mecedora donde la artrosis se hará fuerte.

—Nunca vi animales tan grandes— se emociona el más joven.

Las noches para ellas no han sido mejores.

—Vimos barcos oscuros acechar en la costa— dice una muchacha.

—Parí a nuestro hijo sola en lo alto de un acantilado mientras esperaba tu regreso— le cuenta una primeriza a su esposo.

—Olvidé mi nombre y el de los míos cuando tu padre murió— se abraza una anciana al vasto pecho de su hijo.

El hambre pasa a ser un cuento de viejas mientras descargan los pedazos salados de ballena.

La oscuridad se desvanece con cada tinaja de grasa que servirá para encender candiles, y los vientres flácidos tras el parto se alegran con la ilusión de vestidos nuevos que caen como un guante gracias a los filamentos que adornaban las bocas de las capturas.

Llego tarde, profesor Hawking

Puerta delantera del edificio. Un hombre en silla de ruedas me da los buenos días.

Necesito café. No llego al bus de las 8. Tendré que llamar a la oficina.

Parada de tren. Se abren las puertas del vagón. Entro.

Puerta delantera del edificio. Un hombre en silla de ruedas y voz robótica me da los buenos días.

Dejá vu. Necesito un café. No llego al bus de las 8.

Parada de tren. Todo me da vueltas.

Puerta delantera del edificio. El hombre de la silla de ruedas me da los buenos días, noto cierta ironía en su voz robótica. Necesito más café. Llamo a la oficina.

Parada de tren. Se abren las puertas del vagón. Está vacío.

Puerta delantera del edificio.

—Buenos días, profesor Hawking.

No entiendo nada. Necesito más café. Me llaman de la oficina. No he llegado al bus de las 8.

Parada de tren. Entro en el vagón vacío.

Puerta delantera del edificio.

—¿Le parece gracioso, profesor Hawking?

—Ja, ja, ja.

—Llego tarde.

Parada de tren.

PERDONE QUE LE MOLESTE…

Dos sujetos, D y H, conversan en la cafetería de una estación de tren. Es un día de lluvia, de esos en que el refugio supone algo más que matar el tiempo. La puerta se abre y el viento gélido que entra tras el nuevo cliente obliga a los contertulios a mirar.

El individuo se sacude unas gotas de la gabardina y se sienta en una mesa, observando el menú.

¿Ese no es Z?— pregunta D sin quitarle la vista de encima al recién llegado.

Su amigo se vuelve sin disimulo y se queda mirando unos segundos.

No. El que tú dices es más bajito y más fuerte. Pero me suena su cara.

Tienes razón. Me ha despistado la gabardina, como salía con una igual en la película aquella…

Si te fijas en la cara, este acaba de salir del colegio. Creo que le he visto en la misma película, ahora que lo dices.

El sujeto pide un desayuno continental ajeno al interés que suscita.

Sí, sí. Es ese. Le ha puesto la misma cara a la camarera que en la otra película, la de los tiros.

No, esa no era de tiros, era de gánsteres irlandeses. Se pasó toda la cinta peleando a cuerpo descubierto. Claro, que es difícil de reconocer sin la nariz rota y la sangre chorreando.

Y el ojo morado. No te olvides del ojo morado.

Parece menos, así, de cerca.

Pues sí. Estoy empezando a pensar que lo mismo no es.

¿No?

No. Bueno, no sé. De perfil no se parecen en nada.

Pues yo creo que sí. Y solo hay una forma de averiguarlo.

No se te ocurrirá.

¿Prefieres quedarte con la duda?

No, claro que no. ¿Quién va?

Tú. Eres más educado y la gente se fía de ti.

A ver, ni que fuera a pedirle dinero.

Hombre, de la que vas, si eso…

Los dos ríen la broma y dejan pasar unos minutos hasta que el motivo de su disputa termina la tostada.

D se acerca y se para frente al hombre.

Disculpe ¿No es usted Z?

No— responde con una sonrisa.

¿Está seguro? Mi amigo y yo juraríamos…

No. Seguro que no soy yo.

Pues se parece una barbaridad.

Me lo dicen mucho, pero sigo sin ser él.

Una pena. Me habría encantado estrecharle la mano a un actor tan bueno.

Sí, una pena. Aunque nunca se sabe. A lo mejor un día se lo encuentra.

Sí, a lo mejor. Disculpe la molestia. Que tenga un buen día.

D regresa junto a H mientras el sujeto paga y se va.

No era él.

Vaya. Qué chasco. Habría sido maravilloso poder contarle a todo el mundo que habíamos desayunado con Z.

La camarera se acerca con la cuenta.

¿Le conocía usted?— pregunta tímida.

No, lo confundí con otra persona.

No puede ser. Es imposible confundir a Z.

Es que no era Z.

Sí, lo era. Un tipo encantador, nada que ver con los personajes de sus películas.

Retira el platillo con el dinero y se vuelve a la barra.

Te dije que era él.

Pero me dijo que no.

Esos famosos son unos estirados. Hacen cualquier cosa con tal de no firmar un autógrafo.