LA LUNA DE ODÍN

Tengo una amiga arqueóloga y hace tres días quedamos después de meses sin vernos aprovechando que ella ha venido a la ciudad a dar una charla y yo estoy preparando la presentación de mi último libro. Últimamente nos resulta difícil encontrar hueco para tomar un café entre mis escritos y sus expediciones, pero esta vez se obró el milagro y nuestras agendas han coincidido.

Me hacía mucha ilusión el reencuentro porque normalmente, aunque estemos lejos, seguimos en contacto por las redes sociales o por mail, pero mi amiga, en su última excavación, ha estado en la luna y allí no hay buena cobertura.

Nos conocimos el segundo año de universidad en una charla sobre la degradación del hábitat del escarabajo pelotero y fue un flechazo. Al final, ella hizo su doctorado en cultura escandinava y yo me puse a trabajar de columnista en un periódico local.

Siempre me pongo sentimental cuando me acuerdo de aquellos días, rodeadas de copas de vino y tapas a medianoche. Nos convertimos en unas snobs que soñaban con carreras prometedoras: ella como Indiana Jones y yo como la nueva Virginia Woolf (a ser posible, sin suicidio al final).

Hace un par de años me dijo que se iba a la luna, que tenía una corazonada y que no podía contarme más. Mentiría si dijera que no me preocupé; los viajes a la luna están a la orden del día, yo misma estuve el año pasado de vacaciones, pero temía por su reputación. ¿Qué pretendía encontrar allí? ¿La huella de Neil Armstrong?

Pues, contra todo pronóstico, encontró algo, algo muy gordo. Y, a pesar de que puede ser el descubrimiento de sus sueños, también se ha convertido en su peor pesadilla.

Para empezar, la conferencia que iba a dar se ha suspendido y ayer me llamó muy asustada. Dos tipos con cara de pocos amigos se personaron en su casa blandiendo unas identificaciones de la NASA y le dieron la invitación para una reunión con la mismísima presidenta de los Estados Unidos. De entrada le han prohibido divulgar su descubrimiento y le han secuestrado las muestras arqueológicas que había recogido. Estaba desesperada, y me ha pedido que vaya con ella. Dudo que me dejen entrar pero, si llegamos juntas hasta la puerta, ya habré cumplido como amiga.

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Mira qué majos son en la Casa Blanca. Mientras esperas, te dan té con pastas y, si la cosa se alarga, te hacen una ruta turística por el edificio. Yo estaba encantada, hasta que mi amiga salió de la reunión. Menuda cara traía. Se ve que lo que ha encontrado pone en peligro la estabilidad mundial y se ha clasificado como TOP SECRET. Vamos, que ha pasado a coger polvo con algunas reliquias masonas y los alienígenas del Área 51.

Ni las gracias le han dado.

Cuando hemos vuelto a España yo ya no podía más. Hemos parado en un café y le he preguntado a bocajarro qué coño había encontrado.

«Vikingos.» Me ha dicho. «Los vikingos estuvieron en la luna.»

A mí se me ha puesto en mente el gallego aquel que ha venido de El Ferrol a conquistar las marcianas, sí, a conquistar las marcianas… Que no creo que fuera vikingo, pero vaya usted a saber.

Le he comentado a mi amiga, dentro de mi ignorancia en la materia, que una cosa es que los fornidos nórdicos tuvieran barcos que lo mismo te navegaban por mar que por río, y otra muy distinta, por no decir una barbaridad, que hubieran conseguido subir hasta la luna a golpe de remo.

Ella me ha explicado como, en una de las sagas, se relata el viaje de Nosequién Noséquesson a una tierra de suelos grises y sin viento más allá de las nubes y las estrellas. Mi amiga, que había invertido todos sus esfuerzos en encontrar el destino de aquel viaje, se vio una noche mirando a la luna y lo entendió.

Los primeros meses de excavación fueron un infierno, físico y psicológico, hasta que una tarde, bajo las cerdas de su pincel, asomó algo brillante: un hacha en perfecto estado, y no un hacha cualquiera, un hacha vikinga de no recuerdo qué periodo.

Después todo fue coser y cepillar: brazalete, escudo, broche y, por último, un esqueleto inhumado con toda su parafernalia sin incinerar (huelga decir que en la luna no se puede hacer fuego).

Yo la he escuchado embelesada, aunque para mis adentros pensara que, mejor que a la Casa Blanca, la tendrían que haber enviado a la consulta de un psiquiatra.

Cuando ha terminado de contarme su hallazgo, se ha dado cuenta de que me costaba tragarme su aventura y, con cara de suficiencia, me ha mostrado unas fotografías en su móvil. Allí estaban todas las piezas descritas y, por si todavía albergaba alguna duda, en una de las imágenes aparecía ella de cuclillas frente a los tesoros con la Tierra de fondo.

Hasta yo, que estoy poco puesta en este tipo de avatares, comprendo que se trata de un descubrimiento a la altura de la tumba de Tut-ankh-amon. ¿Cómo pueden silenciarlo?

Por lo visto, después de la que habían montado Rusia y Estados Unidos con la carrera espacial en los sesenta del siglo XX, y lo mucho que les había costado encontrar la paz, no es plan que el viaje de un señor hace dos mil años desentierre el hacha de guerra. Mi amiga replicó que el hacha ya se había desenterrado y que, se pusieran como se pusieran, además era vikinga, pero la han despedido con una amenaza nada velada y un “buenas tardes” muy educado.

Así que aquí estamos las dos, conscientes de un secreto que podría cambiar la historia de la Humanidad, pero que nunca saldrá a la luz; por eso les ruego que no digan nada ni a familiares ni a amigos, que estos de la NASA tienen muy mala baba y nunca sabe una dónde tienen un espía.


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