Teixido/Canción en dos estrofas

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Me quedaré mirando al mar hasta que la última barca zarpe de Teixido, llevando mi alma en ella.

CANCIÓN EN DOS ESTROFAS

I

Cómo tiemblan mis manos
mientras te escribo,
qué poco late mi corazón
cuando no estás,
nunca mi voz se ahogó tanto
entre mis dientes.

II

Qué fría despertó la mañana
con tu ausencia,
qué negra era la luna anoche
mientras te recordaba.
Hoy, por primera vez,
la niebla me llevaba a casa.

Grimsvötn

 

Tres días después todavía retumbaban los ecos de las explosiones cercanas, el aire ahogaba denso de cenizas y sulfuro, y el olor era insoportable, como a huevos podridos.

De la montaña de su infancia emergía una columna gris y espesa que formaba figuras caprichosas y todavía destellaban algunos ríos anaranjados en su incesante camino ladera abajo.

Era la primera vez en dos semanas que se había despejado lo suficiente para distinguir la mole y, de no haber sido por el humo y el hedor, la estampa no distaba mucho de las fotografías que se apilaban en los expositores giratorios de las tiendas para turistas, al menos de aquellas en blanco y negro.

Björn se sentía atraído por el volcán, por aquella fuerza dormida que, sin motivo aparente, había estallado desde las mismas entrañas de la tierra.

La sombra del gigante formaba parte de sus más viejos recuerdos, era difícil ignorarlo cuando era la única superficie vertical en la llanura donde vivían. Ni el paso de las estaciones lograba eclipsar la imponente presencia de aquella roca, testigo virginal de cómo la isla había emergido del agua.

En inverno, el blanco sembraba el infinito creando una imagen de falsa calma, sólo rota por las partículas de hielo arrastradas a velocidad vertiginosa por las ventiscas.

Los caballos autóctonos habían desarrollado un pelaje denso y cuerpos robustos que desafiaban a los vientos gélidos del Ártico. Eran el orgullo de granjeros y de todo el país, hasta el punto que ningún semental entero podía salir de la isla. Ahora los cadáveres de algunos de ellos permanecían sepultados bajo una capa de cenizas grises mientras sus congéneres intentaban lograr una brizna de pasto entre los sedimentos yermos de la erupción.

Obligado por el panorama desolador que se presentaba ante él, Björn guardó su última posesión en la maleta, un trocito de roca que le dio su abuelo siendo niño, mientras le contaba la última vez que la montaña escupió muerte de aquella forma.

“Es un ciclo impredecible y peligroso” le dijo tomando un puñado de la tierra en que cultivaban sus rábanos, “pero tiempo después nos permite criar todo esto” y su brazo había abarcado toda la llanura.

Björn sabía que el tiempo al que se refería su abuelo era mucho, demasiado para esperar en su granja y volver a empezar.

Con pesar cargó la maleta y la piedra en el coche y se despidió de su hogar, de su llanura, de la montaña de su infancia para intentar una nueva vida en otro lugar, lejos de ella.

Inoportuno

 Intentó acomodarse, le dolía todo después de un día largo dominado por el sol que ganaba fuerza día a día y abrasaba la piel y el aire.

Ahora que la noche iba cayendo podía ser que el calor diera una tregua que la dejara dormir por primera vez en varios días.

 Primero fue un ruido sutil, casi imperceptible salvo para un oído cansado de dirigir su atención al más mínimo arañazo.

Suspiró aburrida, estaba claro que la cacería empezaba otra vez. “Ahora que había encontrado la postura” se lamentó.

Obligó a sus músculos a ponerse en marcha, un dolor le sacudió el muslo izquierdo, no era un buen día para heroicidades, pero se calzó y recogió las armas sin perder de vista el lugar por el que su presa aparecería más tarde que pronto, poniendo a prueba su ya de por sí corta paciencia.

 El siguiente sonido, parecido al de una bola de metal resbalando sobre un material igual de duro, cesó, y ella sabía que aquello era el principio, sólo esperaba que esta vez todo durara menos, no tenía ganas de aguardar durante media hora a que el animal, cabezota y molesto, le diera la oportunidad de acabar con él.

 La temporada había comenzado antes de tiempo, el calor reinante la última semana, más propio de julio, aceleraba los procesos que debían haber tardado al menos dos meses más.

A la luz de la lámpara le picaban los ojos, irritados por todo un día de luz reflejada en el mar que ni las gafas de sol habían logrado esquivar; barajó la posibilidad de dejarlo estar, irse a dormir y probar suerte por la mañana, pero el ruido se había intensificado ¿podía ser que hubiera más de uno?

Esto sólo pasa cuando menos conviene” rezungó, tomando posición en un lugar más alto, sin perder de vista el coladero.

Tenía tiempo para desarrollar una estrategia por si, finalmente, tenía más visita de la esperada.

 El sonido era ahora diferente, como lluvia violenta contra el cristal, como arañazos de gato en una puerta de madera, como debía sonar un ejército de orcos saliendo de un pozo.

Se puso de puntillas tratando de alcanzar la parte más oculta del aparato que obstruía su visión y, antes de poder hacer nada, el bicho salió volando hacía ella desde el único lugar que no esperaba.

Un grito de pánico inundó la estancia y se removió nerviosa buscando el lugar de aterrizaje del infecto ejemplar.

 Sintió un enorme alivio al encontrarlo patas arriba, y se rió de sí misma por aquel ataque de miedo, aquel chillido tan lejano del de una guerrera.

Bueno,ahora podré irme a la cama” se dijo, pero nada más lejos de la realidad. De nuevo el ruido, y sus ojos se volvieron hacia el coladero, recogió las armas y se dispuso a esperar, otra vez.

 Allí, en pijama y con el pelo mal recogido en un moño, subida en la silla del comedor; el bote de insecticida en una mano y la pala matamoscas sobre el hombro; la mirada concentrada en el mismo punto del aparato de aire acondicionado por donde saliera la primera cucaracha, a cualquiera le habría dado la risa, pero ella se sentía una Amazona.

 

 

 

De círculos y miedos

Hace tiempo que perdí el miedo a caer en el abismo, la tierra es redonda. Pero los monstruos marinos acechan tras cada ola, aunque sean las que provoca la cucharilla que remueve cansina el perfecto círculo de mi taza de té.
Y de noche llegan los dragones, como drakkar vikingo de velas rayadas, a inquietar mis sueños.
Ojalá tuviera un hacha con filo dorado en las mismas llamas de ese infierno que los cristianos predican, pues con ella cercenaría una a una las siete cabezas de la hidra que me atenaza el pecho con sus garras de águila.
Entonces despierto confusa, buscando respuestas al mensaje oculto entre mis desvelos.
-Todo es circular- les digo a mis pupilas mermadas por la fobia a la luz del verano, y me consuelo pensando que su fulgor se apagará temprano y esa esfera ardiente quedará oculta por la niebla, para convertirla en un mero recuerdo.

Aunque no recuerde haber estado allí.

De todas las cosas extrañas que pudiera imaginar, ninguna se aproximaba a lo que, en aquel preciso momento, estaba pasando. Por casualidades de un destino en el que ella tenía una fe ciega, se encontró con un hombre al que creía conocer de tiempo atrás, aunque nunca se hubieran cruzado.
Interiormente trataba de comprender qué la había llamado tanto la atención; resultaba obvio que era muy atractivo, pero apenas se había fijado en eso sino más bien en sus ojos verdes, aún más brillantes e intensos bajo unas cejas pobladas y negras; unos ojos que habían taladrado los suyos y también su alma.
Un alma que había esperado paciente su momento, ese instante en el que ella ya no era ella sino su pasado más remoto y él ya no era él sino un recuerdo traído a la fuerza de una memoria que tenía siglos.
Precisamente lo que ambos encontraron en la mirada del otro, la eternidad reflejada en sus globos oculares que, por segundos, se humedecían más y más; y esos dueños presentes, esos cuerpos prestados a una pasión muy antigua, casi tanto como el suelo que pisaban, osaban retener el más viejo modo de comunicación.
No hubo palabras, él la cogió de la mano y la llevó al lugar más retirado que pudo encontrar para pedir perdón por haber tardado tanto en dirigir sus pasos hacia ese cruce que, irremediablemente, unía sus dos caminos y, no sin miedo, la besó, la estrechó entre sus brazos con deseo tratando de retener cada gesto, cada suspiro, cada mirada, y ella no se negó, pues tenía ese sentimiento anclado en lo más profundo de sus ser, una fuerza que la impulsaba a confiar en aquel hombre que hacía volver a su cabeza imágenes muy escondidas, casi increíbles, y no pudo evitar esbozar una sonrisa.
—¿Ríes, amor mío?
—No, sólo recuerdo, aunque no recuerde haber estado allí.

PRESENTACIÓN

Y ahí estaba yo, después de meses indagando por el ciberespacio, dispuesta a lanzarme al río como uno de aquellos desdichados salmones de los documentales que devoro con la mirada, buscando imágenes que almacenar en mi mente transformadas en palabras; los dedos se me agarrotaban sobre las teclas, imprimiendo realismo a ese miedo cerval que nos invade justo antes de desnudarnos por primera vez ante un desconocido.

Los pasos eran tan simples, tan parecidos a otras ocasiones en que la pantalla parpadeaba en el cursor indicando el campo a rellenar; y sin embargo ahora me parecía ver la imagen subliminal de una carita sonriendo con malicia en cada intervalo, como si al introducir el nombre en aquel rectángulo estuviera firmando un contrato con un diablo en el que no creo.

¿Sabes la sensación antes de saltar a una piscina de cabeza torpemente, tratando de repasar la posición de cada músculo par que el cuello no se doble fatalmente al chocar con el agua?

Era tan estúpido, sólo se trataba de palabras, nada más que palabras. “Las armas más poderosas del mundo” había leído en algún sitio puesto en boca de un escritor famoso que ya no podía reivindicar ni contradecir la autoría.

A modo de entrenamiento, en el trozo de folio rescatado de la pila para reciclar, escribí una y otra vez lo mismo, tal parecía que la profesora de primaria me hubiera obligado a hacerlo como castigo pero ¿qué sentido punitivo podía tener “la desdicha de ser salmón”? Sonreí ante mi propia absurdez aún sin soltar el bolígrafo.

Sentía pánico, ansiedad, sudores fríos, como si en el momento de trasladar aquella frase sin espacios al recuadro, todo el romanticismo de la literatura fuera a morir. Llegué a sentir, lo juro, el gesto airado por la traición de los clásicos que sembraron mi vida lectora.

A Gustavo Adolfo Bécquer desde la pequeña ventana de su celda en el hospital de tuberculosos; a García Lorca ante una yegua blanca de luna, y a Gloria Fuertes ayudando a Coleta la Poeta a construir una silla para el mono número trece.

Hasta el Principito de mi vaso de medio litro de té me miraba con decepción.

Cerré los ojos, lancé un suspiro casi eterno al viento antes de darme por vencida.

“Ya lo haré otro día”

Y ese día, es hoy.