… las malas a todas partes

—Las niñas buenas van al cielo, hija.

La reprendió con dulzura la monja cuando la pilló escabulléndose por la puerta trasera del patio escolar.

—Puede, pero es que yo solo quiero ir a por chuches al kiosko de la esquina.

Knitting & Sewing

Se sentía como una niña entre los “knit-knit” de las agujas de punto y los “sew-sew” de la máquina de coser; hasta el “croch-croch” del ganchillo sonaba diferente cuando practicaba inglés.

De errar

De todos mis resbalones por la vida,

mi favorito,

el que me hizo caer en tus brazos.

De todas las piedras en mi camino,

de los levantarme cual cierva herida;

de mis tropiezos por las escaleras,

de los errores cometidos,

mi preferido,

siempre tú.

Las reglas bajo mi techo

Llegaron de la Biblioteca Municipal haciendo una encuesta.

—Buenos días, ¿hay algún lector en este domicilio?

—En esta casa lee hasta el perro, bajo pena de muerte.

La luna de los gatos

Este relato fue mi propuesta para la escena del taller de Literautas con la premisa “la radio”


«Buenas noches, queridos oyentes, y bienvenidos a La luna de los Gatos. Hoy, hablaremos con Leopoldo Rivera, experto en control emocional. Comenzamos.»

Celestina, viuda de Garmendia desde hace seis meses, bate unos huevos en el plato de loza descascarillado. No es aficionada a la radio, pero desde que su Bartolo, que en paz descanse, la dejó para reunirse con su creador, no concibe una noche sin el ruido del viejo transistor; aunque la mitad de las veces solo emita un zumbido irritante.

Se ha prometido que, en cuanto cobre la pensión, irá a comprar un aparato más moderno, de esos con cedé, para poner el disco de “Los Panchos” que su nieto le regaló por su cumpleaños. Puede que incluso se apunte a las clases de ordenadores donde los jubilados, como le ha venido recomendando su hija cada domingo desde que enviudó.

Ahora que está sola, el siglo XXI en el que vive le parece un lugar extraño; con todo el mundo enganchado a aparatos que, a su vez, se enganchan a la red eléctrica para obtener energía, y al Wi-Fi para conseguir contenidos.

Irónicamente, todo eso hace que ella se sienta desconectada.

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 «Entonces, dice usted, Sr Rivera, que es importante no mentirnos sobre nuestro estado de ánimo ¿no es así?»

«En efecto, muchas veces es más fácil para otros adivinar cómo estamos que para nosotros mismos, y eso dificulta mucho el diagnóstico y tratamiento de los trastornos emocionales.»

Ramón Jiménez, nacido en permanente estado de soltería, se quita la chaqueta de su elegante traje italiano y la deja con sumo cuidado sobre el galán de noche. Ha tenido un día de perros que le ha obligado a quedarse trabajando hasta tarde; ni siquiera ha podido pasar por el gimnasio, como es su costumbre, y ahora se siente culpable. Ha encendido el equipo Hi-Fi nada más llegar a casa y, demasiado desganado para buscar un disco con el que amenizar su frustración, ha optado por sintonizar la radio, recalando en la conversación entre una locutora de voz juvenil y un tipo de los que te cobran un pastón por llamarte desequilibrado a la cara.

No cree en los libros de autoayuda, ni en todas esas “memeces” de la inteligencia emocional, pero, en días como este, se pregunta qué ha hecho mal para no encontrar a ese “alguien” con el que compartir rutina.

Se mira al espejo antes de meterse en la ducha; le gusta lo que ve: un cuerpo trabajado sin llegar a increíble Hulk y ni rastro de las arrugas que, le consta, sus excompañeros de escuela lucen sin remedio. Entonces ¿qué pasa? ¿Por qué no logra interesar a nadie?

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 «Todos cambiamos dependiendo del lugar. Un tiburón en el trabajo, puede ser tan asustadizo como una ardilla en cuanto sale de la oficina. Somos un “yo” diferente para cada situación, y debemos aceptar cada uno de esos “yo” para ser felices.»

«Si me lo permite, Sr. Rivera. Eso parece más fácil de decir que de hacer. La introspección suele ser un proceso doloroso.»

«Puede, pero no me refería a lo que podríamos denominar: autopsicoanálisis. A veces, hacer algo por los demás nos ayuda a reencontrarnos, a recordar quiénes somos en realidad.»

Celestina apaga el transistor al mismo tiempo que el horno, donde ha hecho un bizcocho de bienvenida para la joven que se mudó recientemente al piso de arriba. Los tiempos habrán cambiado, pero es lo que ha hecho toda la vida y no es momento de perder las buenas costumbres. Mañana se lo subirá, seguro que agradece el detalle.

Ramón quita el vaho del espejo del baño y termina de aplicarse la crema antiarrugas de a 60 euros los 20 mililítros; se sonríe, eso le ayuda a dormir; aunque sea solo, una noche más.

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 «Amigos oyentes, así acabamos el programa de hoy. Nos volvemos a encontrar mañana, si ustedes quieren, aquí: en la 94.5 FM. Buenas noches.»

Olga Martínez se despide del técnico de sonido y rechaza, por enésima vez, su invitación a una copa. Mira el móvil antes de salir de la emisora, un whatsapp de su madre: «Ven mañana a comer, hay lentejas.» Apaga la pantalla de forma mecánica y espera el autobús. Está cansada, solo quiere llegar a casa y echarse a dormir. Sabe que su cuota de audiencia será baja, apenas un puñado de insomnes y deprimidos.

«Puede que no parezca gran cosa, pero ayudarás a mucha gente que no tiene nada más que tu voz al otro lado del aire vacío de su salón» le dijo su mejor amiga el primer día.

Lo dudaba entonces y lo sigue dudando ahora.

Lo que Olga ignora es que, mañana, Ramón ayudará a Celestina a subir a compra, tomarán juntos el primer café de muchos, y ella recibirá un bizcocho que hará de broche perfecto a las lentejas de su madre.

Reunión de pastores

Miraban con desconfianza hacia la luz que se colaba por la rendija de la puerta de la cabaña frente al redil. Al final salió uno de los hombres, enganchó al cordero de la más vieja y se lo llevó a la parte de atrás.

Un chillido rompió la noche y luego el silencio.

Pasadas unas horas, el alboroto de los congregados dentro de la choza llenó la oscuridad mientras fuera, en el corral, sus compañeras consolaban a la oveja.

Ricitos de Oro

La primera habitación que le ofrecieron en el hotel “Los Tres Ositos”, no tenía vistas al mar, y la segunda estaba demasiado cerca del ascensor.
Conforme con la tercera, en la última planta del hotel, Ricitos de Oro bajó a cenar. Encontró la sopa de fideos escasa de caldo, y el gazpacho sobrado de ajo, pero el filete de pollo a la Villeroi le encantó. Y dejó constancia de todo ello en diversas páginas web.

Escrutinio

Una vez cada cuatro años, engullía sin descanso las ofrendas que le hacían. Tal era el empacho que, al final del día, se veía obligada a vomitar todo lo ingerido, mientras un equipo de forenses analizaba el contenido de su estómago.

Ragnarök

El lobo Fenrir rompió sus cadenas invisibles e intentó tragarse el sol; la niña vikinga lamentó durante mucho tiempo que el fin del mundo hubiera comenzado mientras ella iba a casa de su abuelita para llevarle sopa en una cestita.


La versión más corta de este relato recibió mención como uno de los ganadores del reto #HBreves Trilogía Música: Tema Apocalíptico.

Medidas anticrisis

Pues aquí está mi propuesta para el reto 5 líneas de Adella Brac. Las palabras para mayo eran: pintura, poemas y temor.


Después de recibir cumplido informe sobre la situación económica de la institución, e instigados por el temor a la bancarrota, los dirigentes del museo consintieron en que la sala “Dick Van Dyke”, consagrada hasta entonces a la pintura flamenca del siglo XVI, fuera transformada en una exposición permanente de poemas japoneses escritos en rollos de papel higiénico y rebautizada como “Haikus Ketekagas”.