Rendirse a la tormenta


Hubiera sido la tormenta de nuestras vidas si hubiéramos logrado llegar a tiempo a la estación de tren.
Los semáforos en rojo que frenaban mi camino, los charcos llenos de peces de colores que acaparaban tu atención por las aceras; no fueron sino señales de un futuro aún por escribir.
Se prometía un final de película, de esos en que la chica entra en el bar y se encuentra con él; empapada hasta los huesos, con su paraguas amarillo (quizá verde) dibujando corazones invisibles en el suelo de madera. El diluvio universal contra los cristales distorsionando el mundo exterior, todo convertido en una maraña de luces difusas que se escurren hacia el abismo; el olor a café recién molido y periódico atrasado.
Y ¿por qué no? La ilusión de bandeja de desayuno en la cama, con zumo de naranja y cruasanes con mermelada. Tu pañuelo de solapa y mi libro de Benedetti abandonados en un rincón, viviendo su propio romance a nuestras espaldas.
Al fin una historia de domingo por la tarde, para acurrucarnos en el sofá.

Pero el tic-tac no cesa, ni siquiera cuando llueve.
Yo corría, olvidando pasos de cebra, enterrando mis katiuskas en mares insondables. Tú esquivabas ancianas tocadas con bolsas de supermercado, apoyadas en bastones incapaces de abrir las aguas.
Si yo no hubiera prestado atención a la luz de las farolas reflejada en las estelas que dejaban los coches al pasar, el libro de poemas jamás habría resbalado de mis manos para hundirse, cual Titanic, en el peor de los fracasos. Si hubieras tenido el valor de inmolar el paraguas de aire inglés, tu pañuelo no habría volado en la esquina con un cambio de viento, emulando a un paracaidista en su gran salto final.
Pero ¿cómo reponerse ante un islote de papel mojado? ¿Cómo recuperar la dignidad sin mortaja donde guardarla?
Si no nos hubiéramos rendido, habría sido la tormenta de nuestras vidas.
Y el caso es que nos rendimos; nos rendimos a dos manzanas de la estación de tren.

Moura

Moura me miras y yo no quiero serlo
por no extraviar en mi costa a otros sordos marineros.
Moura me miras y te sueño con anhelo,
que arribes a mis pies entre las ondas de mi pelo.
Moura me miras y moura me siento,
espejismo de tu mente que pudo robarte un beso.
Moura me miras y moura ahora me veo,
esperando en el acantilado del fin del mundo,
buscando en el horizonte tu barco.
Finalmente soy moura de ingratos deseos.

Furtivo

La ayudó a bajar de la escalera
—Gracias— musitó, quedando cara a cara con él.
—No hay de qué— le rozó el brazo, sus caras a pocos centímetros, pero “sólo eran amigos, buenos amigos, eso no se hace con un buen amigo.”
Y aún así sucedió; el beso, cálido, suave, casi como un susurro pero cargado de deseo; arrastrándoles a través de la habitación, esquivando muñecos, pañuelos y demás trastos tirados por el suelo, en dirección al sillón.
Al caer en él, ella empezó a sentirse culpable; no debían, se lo había prometido ya tantas veces que había perdido la cuenta.
Se apartó un poco.
—Esto no está bien.
—Pero es lo que queremos, y ahora es tan buen momento como cualquier otro.
—O tan malo— respondió ella.
Sus manos permanecían entrelazadas: ella sentada sobre su regazo, el sentimiento de culpa invadiéndola, anidando en su estómago. Se concentró en el amasijo de dedos que jugueteaban entre sí.
—Se acabarán enterando.
—Hasta de lo que no haya sucedido, y nos torturarán por ello igual. Mejor que nos reprochen una realidad que lo que pudo ser.
Le miró procesando la frase, sopesando pros y contras, y asumió que los riesgos eran los mismos, y que se arrepentiría siempre si no aprovechaban la ocasión.
Volvió a besarle.

De ojos y besos

No me mires con esos ojos,
suplicas entre los bostezos de tu alma,
aburrida ya de un juego
que siempre acaba en tablas.
No me mires con esos ojos,
pides cuando me besas con los tuyos,
porque nuestros labios son cobardes
y no se atreven.
Yo te miro con mis ojos
los que tengo, los que te quieren
aunque muchas veces te parezca,
que más que amar, hieren.

Ecuación

Ahora mi corazón
partido por un rayo
con ½ necrosado
y el otro ausente de esperanza,
busca en ti, oh, tú,
el apoyo que le falta.
Ecuación milagrosa
que tiende a infinito
¿por qué tuviste que mirarme
creando tres incógnitas
imposibles de resolver?
¿por qué siento lo que siento?
Si la solución a mis problemas
siempre fue raíz cuadrada de pí.

Como viento

Aguardándote quedó mi alma
dormitando las malvas marchitas,
contemplando cómo, a lo lejos,
se marchaba tu cuerpo inerte
mientras en el mío ardían
la pena y más la vida,
anhelando tus ojos de mar.
Negando lloraba tu ausencia
y reía con firmeza tus recuerdos
tan profundos grabados en mi,
a fuego.
Esperándote sigo sin aliento,
intentando latir mi corazón,
a que en sueños vengas a mi encuentro,
como viento, amor, como viento.

 

 

BELTANE

Este es el último texto que envié al taller de Literautas, con las palabras «beso» y «circo» como obligatorias y el reto añadido de hacerlo sin adjetivos. En la versión original se me coló uno, aquí he enmendado el error.


       Llegué a Beltane con urgencia pero tarde, cuando ya las lonas de colores que adornaban la explanada, como un circo arrancado del medievo a los ojos de un niño, habían desaparecido; cuando los arqueros habían recogido sus flechas y los caballos habían dejado de relinchar al viento.

Casi dos mil años después de aquel beso que nunca llegó a ser, llegué a Beltane, con un cuerpo a medio reciclar y un alma que se acordaba de todo, a veces a su pesar.

           Llegué a Beltane con urgencia, sin que aquello fuera la colina de Uisneach, sin que Éire fuera la tierra que pisaba, y sólo hallé una vela que titilaba en las luces del bar parecida a las hogueras que antaño iluminaron la isla en las noches de comienzos de mayo.

Me invadió el impulso de cumplir con la tradición de atravesarlas, aunque el temor me atenazara a consecuencia de las sombras que giraban a su alrededor.

Tuve miedo de quemarme, de no encontrar nada al otro lado, pero terminé por introducirme entre las llamas para ver tu rostro que se perfilaba en esos ojos del color del océano todavía hoy, cambiando sus matices al son de la luz que les daba.

         Habías pasado aquellos minutos, ¿qué digo minutos? ¡Casi dos milenios! frente al fuego, esperando a que apareciese saliendo de un olvido que nunca llegó a ser tal.

Tu sonrisa me cautivó por completo, llenándome de calma, haciéndome recordar más de lo que ya recordaba mientras me arrastrabas hacia ese bosque de mitos que se poblaba con gemidos sin concluir, atestiguando los encuentros de otros amantes que nunca fuimos nosotros, hasta ahora.

            Llegué a Beltane con urgencia y no tan tarde como pensaba, porque había una cueva, una hoguera y tú estabas allí, porque la música aún no había cesado.

             Llegué a Beltane casi dos mil años y tres días después de Beltane, pero te encontré, y nos amamos como siempre y esta vez diferente, y comprendí, al fin, que todos los días son Beltane si estás tú.


Nota del autor: Beltane es una festividad de los celtas que celebraba la fertilidad y era costumbre que los amantes se perdieran en bosques y cuevas; hoy coincidiría con el día uno de mayo (en irlandés este mes recibe el nombre de Beltane).

La celebración empezaba con el encendido del “fuego del rey” en la colina de Uisneach, el centro de Irlanda.