TRIBULACIONES DE UN FANTASMA DE RANCIO ABOLENGO.

Mi nombre no viene al caso, ni mi origen, ni cualquier otra eventualidad que afecte a mi vida antes de mi existencia o, mejor dicho, mi no existencia, ya que las aventuras que vengo a contarles comenzaron en el preciso instante de mi fallecimiento, y es que no hay nada como hacerse pasar por el fantasma del primer Marqués de Talloviejo para sentirse vivo.

El hijo y segundo Marqués, se tomó mi presencia con filosofía; decía que el espectro de su padre era, con mucho, mejor persona que en efigie y se conformó, aunque diré en su favor que pasaba poco tiempo en casa y los únicos que padecían mis travesuras eran los miembros del servicio. Cuatro doncellas y dos mayordomos eché de la casona sin apenas esfuerzo por mi parte.

El tercer Marqués de Talloviejo (y Conde de Cuelloprieto por parte madre), recibió bautismo con el nombre de Francisco de Borja en la capilla familiar y, pasada la adolescencia (que entre estas gentes se dilata más allá que entre el común de los mortales), estaba tan colgado con el opio que, según sospecho, los fantasmas de la droga le resultaban bastante más aterradores que yo, así que a la que le hice la vida imposible fue a su mujer, una aristócrata venida a menos que se casó con Borjita por mantener el dinero de la familia. Ella siempre creyó que yo era de verdad el fantasma del abuelo y que, además, sabía a ciencia cierta que el niño que tenían no era de mi “nieto”, sino de un poeta, al que nunca vi escribir un verso, que compartió techo con ellos un verano. Siete meses después nació el que estaba destinado a ser el cuarto Marqués de Talloviejo.

Anda que no disfruté con la cara de la gachí cuando, el día siguiente al parto, me planté sobre la cuna y empecé a negar con mi espectral cabeza.

Al niño, todo hay que decirlo, me daba apuro atormentarlo al principio; era tan pequeño, parecía un querubín, pero se me acabaron las reticencias cuando mudó los paletos de leche por otros enormes, que le daban aspecto de castor al jodío, y empezó a disparar con el tirachinas a todo el que se aventuraba por los pasillos. Todavía oigo sus gritos cuando abrí de par en par las puertas del armario y le dejé ver los entresijos del purgatorio como regalo por su Primera Comunión.

Al día siguiente, su madre cogió los trastos que no había heredado de la familia del Marqués y se llevó al niño y al marido. Me pregunto si Borjita se daría cuenta en algún momento de la mudanza o si, tras años de obnubilación voluntaria, todas las paredes le parecían iguales.

La casa permaneció en venta más o menos diez años y, al final, la compró un matrimonio alemán que la usaba de invierneo porque, en su ciudad natal, se llenaban de reumas. Me alegró mucho volver a tener compañía, aunque solo fuera por unos meses al año. Lo malo era que, como no hablaban ni papa de castellano, me las vi y me las deseé para seguir con mi labor (esos germanos son duros de pelar y no basta con un crujir de suelos o un abrir de puertas y ventanas). Lo más que conseguí fue sobresaltar al marido una tarde de febrero en la que me dio por cambiar de sitio los libros de la biblioteca. (Consejo: si quieres que un alemán se dé cuenta de que estás ahí, nada como tocarle el orden).

Al tercer invierno de inquilinos tan desaboridos, empecé a notarme más etéreo, menos sustancial, si es que es algo posible en un fantasma. Aproveché la primavera para leer a Freud y, manteniendo al margen las connotaciones sexuales subyacentes en todos sus diagnósticos (hay que ver qué perra tenía el hombre con el tema), me di cuenta de que mi problema era la falta de motivación. Como tenía tiempo, leí también a Schopenhauer, Nietzsche, Mann… Y, como empezaba a deprimirme cosa mala, en verano me puse con la novela negra, devoré las obras completas de Agatha Christie y Conan Doyle; de este último saqué lo mejor de todo porque el hombre se interesó en un momento determinado de su vida por el espiritismo y, lo crean o no, esas obras que los eruditos tachan de desvaríos, a mí, como espectro rondador, me vinieron de perlas.

Empezó octubre y yo estaba ansioso por el regreso de los alemanes para poner en práctica todo lo aprendido, pero no aparecieron; pasó noviembre y tampoco.

El día antes de Navidad llegaron unos transportistas, metieron la mayoría de las cosas en cajas y se fueron.

El día después de Año Nuevo entró un agente inmobiliario, colocó un cartelón de “SE VENDE” y me dejó allí más solo que la una, y sin libros con los que entretenerme.

Poco más tarde me enteré de que, ante las dificultades para vender la casa, habían decidido alquilarla como escenario cinematográfico. Ya me veía apareciendo en algún fotograma subrepticiamente al más puro estilo Hitchcock, pero se me quitaron las ganas de acercarme al set de rodaje enseguida.

Por solo que me sienta, uno tiene su dignidad, y no quiero mi imagen vinculada al porno. Sí, sí, así como lo leen; un total de veintisiete títulos de cine X se han rodado ante los mismísimos bigotes del retrato del primer Marqués que Talloviejo que, a todo esto, sigue presidiendo el salón sin que ningún descendiente haya venido a reclamarlo.

DE HERENCIAS

No me vengas con pamplinas

que tengo la piel

de salitre bien curtida

y, de vareado de olivares,

traigo las costillas molidas.

Yo soy heredera de Lorca,

de mujeres en armas levantadas,

y no ha nacido malnacido

que me doblegue el alma;

y, ni que te coma a besos

da derecho a puñaladas,

ni abrir las piernas

me hace perder las alas,

que yo he sostenido la tierra

para que otros no la robaran.

DECLARACIÓN DE DERECHOS

Texto extraído del libro de relatos Lo que las piedras callan

Después de miles de años sirviendo a la imaginación y las moralejas, las torres de los cuentos de hadas decidieron hacer valer sus derechos. Se sentían ninguneadas y, algunas, víctimas de abusos. Como una convención era imposible (nada peor que ser un inmueble para acudir a una reunión), pidieron ayuda a ciervos y pajarillos para que llevaran de un lugar a otro las demandas y los acuerdos. Cuando se corrió la voz de lo que las torres pretendían, los demás edificios del mundo quisieron unirse a la proclama y no quedó animal en el planeta, vertebrado o sin vertebrar, que no colaborara como mensajero.

Fue la Cumbre más larga de la historia, duró treinta años.

El primer punto trató sobre los derechos de imagen. ¿Hasta cuándo iban a hacer caja las grandes factorías de entretenimiento? ¿Cuándo le habían preguntado a una torre o castillo si querían ser fotografiados?

Las construcciones que sirvieron de presidio a princesas y personajes ilustres se quejaban por la mala fama. Otras protestaban por un trasiego de visitantes que no terminaba nunca y las había que lamentaban haber sido abandonadas a su suerte, víctimas de un deterioro implacable que no importaba a nadie.

Llegó el turno de las expoliadas, las que perdieron su grandeza en cuanto alguien retiró la última lama de oro que adornaba su cúpula o el último azulejo de las paredes. Y, a estas, siguieron las que fueron desenterradas tras siglos de letargo pacífico y ahora se veían invadidas por batallones de arqueólogos que escudriñaban cada palmo de su ser.

Los rascacielos lloriqueaban por los vientos que los batían, las catedrales por la suciedad de las palomas; las casas bajas por la falta de sol y los polideportivos por el impacto incesante de las pelotas.

Firmaron un Tratado, dos Convenios y, por unanimidad, una Declaración de Derechos de los Edificios compuesta por cuarenta y cuatro artículos que exigían un mayor respeto por aquellos que habían dado cobijo a la Humanidad. El resultado, tras las pertinentes enmiendas, lo presentaron en la ONU, pájaro mediante.

El Secretario General se mostró sorprendido y, conmovido por el drama que vivían aquellas construcciones, elevó los documentos a la UNESCO. Allí se sintieron avergonzados; después de años declarando Bienes Patrimonio de la Humanidad, se dieron cuenta de que nunca habían preguntado a los bienes en sí.

Convocaron una reunión de urgencia con todos los países para pedir que la Declaración de Derechos de los Edificios fuera respetada. Firmaron los papeles y enviaron a dos comisionados para dar la buena nueva a cada uno de los edificios del mundo.

Pasados unos años los rascacielos no habían dejado de lloriquear, las catedrales seguían hartas de las palomas, las torres de cuento eran objeto de más películas y más fotografías, las ruinas eran excavadas con total impunidad y otras tantas construcciones veían mermada su belleza producto del expolio.

Convocaron una nueva cumbre y decidieron tener en cuenta la opinión de los riscos, montañas, acantilados, bosques, volcanes y cuevas; pues ellos también se sentían sobreexplotados y sin voz. Se unió hasta la Antártida, que ya estaba harta de bases científicas y expertos del National Geographic.

Alcanzaron nuevos acuerdos que elevaron a la ONU; el nuevo secretario (el otro ya se había jubilado) transmitió las quejas a la UNESCO y, una vez más, se reunieron los países, esta vez en Berlín. Se alcanzaron compromisos sobre la concesión de minas, la conservación de bosques y humedales; la construcción de nuevos edificios y el trato que debían recibir los antiguos. Se estableció un plan para la repoblación de las aldeas abandonadas y la restauración de ruinas. Acordaron una fecha límite para cumplir los objetivos marcados y mandaron a nuevos comisionados, en esta ocasión veinte, para hacer llegar las noticias a todos los rincones del planeta.

Exultantes con las promesas, las montañas se sacudieron y la nieve se precipitó en aludes sobre las ciudades de sus faldas; las cuevas y los valles empezaron a hacer eco volviendo loco, cuando no sordo, a todo el que estaba cerca, y no quedó una sola grapadora o folio sobre los escritorios de las oficinas.

Las únicas más comedidas fueron las ruinas que, debido a su edad y deterioro, pensaron que era mejor, y menos peligroso, quedarse quietecitas.

Antes de verse obligados a declarar zona catastrófica medio mundo, los mismos comisionados se dieron la vuelta para pedir un poco de cuidado a la hora de festejar los triunfos. Tras una semana de agitación todo volvió a la normalidad: las montañas pararon, el eco volvió a ser lo que era, las torres de cuento fueron felices y cobijaron perdices y los humanos, fieles a su egoísmo, olvidaron pronto lo prometido, y así siguen.

DE RIGORES Y PIRAS

Odiaba las ferias medievales casi tanto como a los ingenuos que se lanzaban a ellas creyendo que la amalgama que les rodeaba tenía un mínimo de rigor histórico. En cuanto enfilaba la primera calle llena de banderolas de poliéster se preguntaba por qué se había dejado engañar otra vez y se consolaba pensando en que tal vez era el morbo de encontrar todas las incongruencias, como en un pasatiempo de periódico dominical; allí una armadura de aluminio, caballeros que manejaban espadas con una sola mano y doncellas con escotes que, cuando menos, habrían sonrojado a cualquier devoto vecino de la época.

Siguió a la muchedumbre por las intrincadas callejuelas plagadas de puestos donde se vendían piezas de cuero artesanal junto a juguetes made in China. Desembocó, casi arrastrado, en una plazuela donde el sonido de la gaita, la dulzaina y unas vieiras entrechocando le transportó al medievo de verdad.

Cerró los ojos y dejó que el olor de la carne sobre las brasas y el vino ácido derramado le impregnara las fosas nasales y la imaginación. Cuando los abrió, allí estaba ella, meciéndose al ritmo de la canción, agitando la pandereta y con el único vestido tejido a mano en kilómetros a la redonda. Tenía unos ojos dignos del mismísimo demonio que le miraban fijamente y le hablaban.

«Tú.» Le decían. «Sí, tú, el que cree que todo esto es una pantomima.»

Se fue acercando y, para cuando terminó la música, estaban uno junto al otro. Ella le tomó de la mano y buscó refugio en una tienda cercana.

«Quédate conmigo.» Le pedía con la mirada.

Atraído por sus ojos y la suavidad de sus palabras, accedió a participar en la mentira. Se vistió con calzones pardos y blusa blanca. Bailaron toda la tarde. Ella cada vez más cerca, cada vez más pícara, cada vez más convincente.

Asomó la luna por los tejados entre seguidillas, corridos, jotas y cantos. Irrumpió en la plaza la cabecera de una procesión y, antes de que pudiera fijarse en lo que pasaba, se vio formando parte de la comitiva con un jubón negro. Ella le subió la caperuza con una sonrisa cargada de promesas.

«Camina.» Decían sus ojos verdes.

Y él obedecía hechizado.

Recorrieron cuatro calles hasta llegar a una plaza inmensa; ella siempre a su lado, sonriendo, prometiendo las estrellas.

«Esto se lo han currado.» Pensaba. «Una procesión de condenados en toda regla.»

Un hombre vestido de sacerdote arengó contra los no creyentes, contra los impuros de corazón que todo lo cuestionan.

La pira levantaba tres metros de llamas en el centro de la plaza y todo el mundo la contemplaba fascinado, él el primero. Tal era el encantamiento de la danza del fuego que no se dio cuenta de su verdadero lugar hasta que una risa estridente y maligna inundó la plaza.

Era ella, ella bailando alrededor de la hoguera en la que él ardía mientras gritaba: « ¿Te parece real ahora? ¿Te parece exacto y congruente? Arde maldito aguafiestas. Arde.»

LA JUSTICIA POR SU PALO

Perdido pedestal” rezaba el cartel que se repetía de árbol en árbol por toda la avenida; en la fotografía: un cubo de piedra, concretamente granito, con una inscripción larga e ilegible en la fotocopia en blanco y negro. “Razón: estatua del pintor”.

La avalancha de folios de este calibre pronto inundó farolas, fachadas, setos y señales de tráfico. “Perdido pedestal” comenzaban todas ellas, pero sus reclamantes eran distintos: el capitán a caballo, la mujer con el cántaro, el niño que jugaba al diábolo… Incluso a las ovejas del recuerdo a la trashumancia les habían sustraído su peana.

La policía estaba desconcertada, los vecinos escandalizados, y no era para menos, en un par de semanas apenas quedaban tres estatuas en su sitio. Se reunió una comisión de urgencia que tomó medidas para proteger los pedestales aún presentes y se organizó una patrulla vecinal para buscar los ausentes.

Después de un mes de barrido por los pueblos de los alrededores, de convocar a la prensa nacional para que cubriera la noticia y de vigilias semanales, Atanasio de Quinta, labrador de toda la vida, se presentó en el Ayuntamiento. Esa mañana, cuando fue a la huerta, le había llamado la atención un montículo que había crecido en el medio del terreno, primero pensó que eran las calabazas, famosas en toda la comarca por su tamaño, pero cuando salió de la carretera comarcal y se fue acercando por el camino, se percató de que de calabazas nada, lo que se amontonaba alrededor del espantapájaros que protegía la cosecha era una montañita de granito, mármol y arenisca.

Un destacamento de la Guardia Civil acompañó a Atanasio para comprobar el hallazgo y, cuando la grúa comenzó a retirar los pedestales para devolverlos a su lugar de origen, el espantapájaros lanzó un grito con su voz de cuervo: ¡Míos, son míos por derecho!

Atónitos, los humanos cesaron su trabajo y la pareja de la Benemérita se apresuró a tomar declaración al hombre de paja y así rezó la entrevista en el atestado:

Sostiene el espantapájaros que él lleva cuidando del huerto desde 1836 sin más remozamiento que el de su sombrero de paja, que fue sustituido por el actual en 1949 después de una tormenta de granizo que lo dejó hecho un colador. Que siendo él el primer monumento antropomorfo erigido en el municipio y habiendo cumplido con su labor diligentemente desde que fuera plantado, no ha recibido reconocimiento alguno, a pesar de que las calabazas que protege han recibido mención incluso en Bruselas; que en vista de la reverencia con que se ha tratado a un pintamonas, al coronel que huyó como una rata de Flandes y a un puñado de ovejas modorras, se vio obligado a emprender acciones reivindicativas contra el mobiliario urbano con la ayuda de cuantos pájaros, víboras, topos y ratones conoce (estima que en número pueden superar los mil individuos) y que volvería a hacerlo tantas veces como considere necesario hasta que se dignifique su centenario sacrificio.”

Ante semejante declaración, se acordó en pleno conceder las llaves de la ciudad al espantapájaros, honrarle con un festival durante la cosecha y levantarle una réplica en piedra con tres calabazas al pie del mástil que, a día de hoy, preside la Plaza Mayor y en cuya peana se puede leer: “Al celoso guardián de nuestro sustento.”

EL MUERTO MÁS FEO A AMBOS LADOS DEL MISSISSIPPI

Lo de lavar la ropa en el río no daba para mucho; salvo que alguna hubiera estado enferma, las noticias se repetían día tras día hasta convertirse en muletillas a las que no prestaban atención, pero eso no era suficiente para que callaran; un rato que tenían para ellas, no iban a desperdiciarlo en silencio. Hay quien gusta de rutinas y las mujeres de este lado del Mississippi no eran una excepción.

Tampoco lo eran las de la otra orilla, aunque no supieran mucho las unas de las otras, y eso que todas lavaban a la misma hora. Aquel río era tan ancho que cabían dos barco de vapor, y poco se habían interesado por si había vida más allá de las aguas turbias o si se parecía en mucho o nada a la suya.

Todo esto cambió la mañana en que, junto con la sábana de su noche de bodas, Mary Kate Harrison sacó un cadáver del río.

Mira que lavar la ropa de cama con el marido todavía dentro— bromeó la más vieja, que estaba curada de espanto porque durante la guerra había visto de todo.

Las demás se acercaron a las sábanas de la recién casada.

¡Qué cosa más fea, por Dios bendito!

Solo es un muerto.

Pero uno muy feo.

Y tuvieron que darle la razón; no es que el hombre tuviera aquel aspecto de nariz afilada, ojos saltones y mandíbula demasiado prominente por su condición de muerto o por haber vagado por la corriente durante el tiempo que fuera, se veía que era feo y punto, probablemente desde que nació.

Pasada la primera impresión, llegó la hora de identificarlo, pero por más que hacían memoria, no echaban a nadie del pueblo en falta, y menos tan poco agraciado.

Esto se les ha perdido a los de la otra orilla— sentenció el reverendo cuando se lo llevaron para darle cristiana sepultura—. Yo no puedo enterrarlo aquí, hay que cruzar el río y devolvérselo a su familia para que lo llore como es debido.

Con todo el respeto, pero llorarle, le habrán llorado desde niño, con lo feo que es— se burló la vieja.

Y las demás rieron la gracia haciendo caso omiso a las miradas de reproche.

La noticia de la fealdad del cadáver se extendió como la pólvora y, aunque se apresuraron en preparar una barca, todo el pueblo estaba congregado cuando iban a partir, más por comprobar si era tan feo como se comentaba que por despedirlo.

El reverendo aprovechó la ocasión para soltar un sermón sobre la brevedad de la vida, la compasión y, de paso, puso a todos a rezar por el alma del feo mientras se alejaban río adentro.

Paul Smith fue el primero en divisar la barca y corrió a avisar al alcalde de su orilla por si había que dar bienvenida oficial, ya que lo que se acercaba no era un barco de pesca, y llevaban a un hombre de Dios con ellos.

Cuando atracaron en el embarcadero, los recibió el pueblo al completo, salvo la banda de música, que todavía estaba recogiendo los instrumentos. Presidía el comité de bienvenida el mandamás con el reverendo de esta orilla a su lado.

¿Cómo va a ser nuestro ese adefesio? ¿Le ha visto usted la cara?— se indignó el primero así le presentaron al difunto.

Pues nuestro tampoco es—respondió el reverendo de la primera orilla, incómodo con la idea de tener que llevárselo de vuelta.

Digo yo, que siendo tan feo—aventuró una mujer— en algún pueblo habrán de conocerlo.

Otra cosa es que le reconozcan como suyo— dijo otra—. Mira que es fea la criatura.

Feo o no— cortó el segundo pastor—, tendrá familia y un nombre.

Pues a mí se me pierde un feo como este y no lo iba a echar de menos.

Por amor de Jesús, hablamos de un cristiano bueno.

No sé yo. Para mí que tan bueno no podía ser si el Señor permitió semejante fealdad. A ver si va a ser un forajido.

Lo mismo da. Hay que enterrarlo y que Dios, nuestro señor, lo juzgue con misericordia por sus pecados.

Por lo menos por lujuria no habrá de juzgarlo. ¿Quién se le iba a arrimar?

Sea pues— dijo el alcalde—, nuestro pastor se va con vosotros en representación de esta orilla y lo enterráis.

¿Cómo? ¿Qué quiere que me lo lleve de vuelta? De eso ni hablar.

Hombre, aquí no pinta nada. Vosotros lo habéis encontrado, vosotros lo acogéis.

Pero es que no es nuestro.

Ni nuestro tampoco.

Digo yo— se adelantó una joven frotando las manos sobre el mandil con gesto nervioso—, que dará igual dónde se le dé sepultura. La cuestión es hacerlo pronto. Con estos calores, además de feo, empieza a oler y cada vez va a ser más difícil soportar su presencia.

Ambos reverendos asintieron y el de esta orilla, que en realidad era la otra al principio del relato, tomó su biblia y su alzacuellos y, como hiciera su homónimo, puso a todos a rezar por el alma del difunto mientras la barca emprendía el camino de vuelta a través del Mississippi.

Pero sucedió que, llegando al medio mismo del gran río, justo en el punto en que todavía se oía el rumor de las plegarias de una orilla y empezaban a llegar los ecos de los rezos de la otra, la barca zozobró y un enorme siluro asomó la cabeza por la quilla.

Este muerto es mío— dijo.

Y atrapó un pie del cadáver con su millar de diminutos dientes y lo arrastró con él hacia las profundidades, dejando perplejos a los habitantes de ambos lados del Mississippi.

MI PADRE, BREVE SEMBLANZA

Mi padre era, por encima de todo, un hombre llano. Cada mañana se levantaba, se lavaba la cara, desayunaba y se llevaba a pastar a las ovejas. Guardaba en el zurrón un trozo de queso, pan duro y un libro, de poemas de Miguel Hernández en verano o de Lorca en invierno. Volvía para comer. Se echaba la siesta. Leía a Dostoievski o a Wilde (cuando estaba nostálgico, a Pérez Galdós) y regresaba a recoger el rebaño antes de que anocheciera. Tenía dos mastines: Cervantes y Saavedra, y una mula: Ana Karenina. No le gustaba la bebida y ayudaba en casa cuanto podía. Decía que se enamoró de mi madre porque le recordaba a las muchachas de los libros de Jane Austen, tan refinada pero contestataria, aun siendo hija de lechero.

De este idilio (mi padre siempre se negó a llamarlo matrimonio, aunque lo fuera) nacimos mis hermanos y yo. Para no discutir por el “ponle el nombre del abuelo, ponle el del tío” nos bautizó con la lista de los reyes godos. Así, cuando en casa pasaban revista, había que colocarse por orden: Recaredo, Gundemaro, Sisebuto, Quintila, Chindasvinto, Recesvinto y, por último, mi hermana Urraca.

En realidad, el nacimiento de mi hermana fue una decepción, no por ser mujer, sino porque cortó en seco la ilusión de mi padre por llamar a uno de sus vástagos Rodrigo. Y lo intentó, créanme que lo intentó, pero mi madre, muy cauta ella, le amenazó con aderezar la sopa si se le ocurría marcar de por vida a la niña con la cruz de Rodriga.

Su otra pasión eran las plantas, cosa que, siendo hombre de campo, resulta de esperar. Guardaba con celo un cuaderno de muestras y podía enumerar el nombre de todas las flores que crecían por los alrededores en cristiano y en latín. Cantaba ópera cuando ordeñaba las ovejas y zarzuelas cuando esquilaba.

Tenía empeño en que estudiáramos mucho, y en que, cuando fuéramos mayores, marcháramos a la ciudad. No quería que nos quedáramos atrapados en el pueblo, ni que fuéramos hombres llanos y rurales, como él; porque el futuro, decía, era para los cultos. A mí me dio mucha pena dejarle allí, con sus ovejas y mi madre, mientras yo me divertía en el fútbol y los bailes.

Una vez les invité a venir, para que vieran todo lo que me habían dado sin saberlo. Se negó. Le daba vergüenza que mis amigos descubrieran que mis padres eran una pareja llana de un pueblo perdido en medio de Castilla.

TIMES SQUARE

¡Qué rara es la gente por estos lares! Les gustan esas pantallas gigantes de luces hirientes, comprar salchichas de un color indigerible en un carrito de feria ambulante, cruzar mirando el móvil, silbar a los taxis; parece que están de vuelta de todo, ni siquiera miran al cowboy semidesnudo que apenas tapa su falta de vergüenza con unos calzoncillos blancos y una guitarra, pero todos se giran cuando se cruzan conmigo, como si nunca hubieran visto una lagarterana paseando por Manhattan.

DIQUE SECO

Las campanas de la iglesia no sonaron, no hubo comitiva siguiendo un féretro ni plañideras; tampoco salvas, ni coronas de flores; ni oficiante, ni panegírico; apenas tres hombres de riguroso luto y en silencio ante el agujero en el que unas costillas de madera emergían de la tierra. Al otro lado del parque, los operarios afanados en terminar su tarea no respetaron la intimidad del momento; juraban y maldecían mientras la excavadora hería la hierba que estorbaba al proyecto de camino. Un par de motosierras mermaban voraces la existencia de los árboles y un señor vestido de traje se paseaba con un casco amarillo contemplando unos planos que abultaban lo mismo que un periódico británico en el que no se recogería noticia alguna sobre el improvisado entierro.

Se acabó dijo uno de los dolientes contemplando la desolación a su alrededor. Aquí estamos los supervivientes y a nadie le importa.

Somos unos viejos se quejó otro de ellos—. Todo lo que fuimos se acaba de convertir en un recuerdo.

O lo que es peor, en una batallita de anciano senil intervino el tercero.

Derramar una lágrima no habría estado mal, pero lo malo de las muertes anunciadas en Boletín Municipal es que provocan los llantos al principio y, tras la ejecución, ya no quedan ganas.

El drenado del lago en el que habían trabajado como barqueros durante casi cincuenta años suponía el fin de una era y, aunque el último de ellos se había jubilado hacía ya un lustro, no había pasado una semana sin que se reunieran para mirar a sus turbias aguas recordando a los enamorados que habían paseado en aquellas barquitas de fondo plano movidas con destreza a golpe de remo para evitar los bordes y los cisnes. A los animales los habían reubicado en otro parque, las carpas que boqueaban en la superficie en busca del pan que los niños tiraban los domingos habían muerto y hasta las palomas, que se adaptaban a todo, habían huido a lugares más calmados en cuanto la maquinaria hizo su aparición.

¿Te acuerdas de mi primer naufragio?

Y tanto. Creí que aquel galán se nos moría ahogado en un metro de agua. Oí que al final la chica le dejó por un pescador de Bilbao.

A los ojos de cualquier aguerrido marinero, aquellas historias no tendrían comparación con lo que supone surcar el Mar del Norte durante una tormenta, pero ellos se sentían como si hubieran formado parte de la Royal Navy al servicio de Su Majestad.

¿Y tú? Puedes jactarte de ser el único capitán de remo que ha sufrido un abordaje y un motín en el mismo día.

Calla, calla.

Sus risas lograron eclipsar los motores por un instante.

Eran buenos tiempos.

Los mejores.

Y hoy se van como el agua por el sumidero.

A mí me hubiera gustado que mi nieto viera esto funcionando. Con los pavos, las ardillas, las fuentes.

El progreso, amigo, que se lo come todo; hasta las ilusiones.

Bueno, yo me voy, que me está esperando la parienta para comer. Ya nos veremos.

Sí, yo también, que esta tarde tengo médico. ¿Te vienes?

No, deja. A mí no me espera nadie.

Como quieras. Hasta otro día.

Vio a sus amigos alejarse por el sendero. Un niño cruzó corriendo en dirección a los restos del lago. Trepó por la escalera del embarcadero y se asomó buscando el agua.

Un charco había retenido la lluvia de la última noche y dejó allí un barquito de papel.

¡Es el mejor navío que he visto, muchacho! le gritó el anciano.

Claro que sí, señor. Es un barco pirata.