El viento sobre las colinas de Éire

La desdichada detrás del salmón está de enhorabuena y es que, después de muchos años de trabajo, ve la luz la primera parte de una trilogía de novela histórica ambientada en la Irlanda precristiana.

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SINOPSIS:

En el siglo V, mientras Europa ha sucumbido a las ansias imperialistas de Roma, Éire permanece intacta. Su mundo se mueve a otro ritmo, marcado por unas tradiciones tan antiguas como la tierra sobre la que se asientan, pero pronto descubrirán que no todo es eterno.

Esta es una historia de dioses dormidos bajo colinas, reyes coronados entre círculos de piedra y de una familia que, durante generaciones, intenta desafiar la amenaza de su extinción.

Fáilte (bienvenidos) a las colinas de Éire y los vientos que soplan sobre ellas.

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LIVINGSTONE, SUPONGO

Siempre había admirado a los exploradores de los que leía en el periódico; hombres y mujeres que pisaban allí donde nadie había pisado antes; por eso permanecía pegado a la ventana mientras nevaba, esperando a que la capa blanca lo hubiera cubierto todo para salir de casa corriendo y hollarla el primero.

Así, los demás vecinos, solo podrían seguir sus pasos.

Cuaderno de Bitácora

Nao Santa María, en algún momento previo al día 12 de octubre del año de Nuestro Señor 1492.

-Almirante Colón, creo que nos hemos desviado del rumbo.

-Pues dile al Pinzón mayor que busque en el Google Earth dónde cae América y la ruta más corta.

-¿Sin peaje, mi Almirante?

– Alonso, Alonso, ¡qué hartito me tienes!

Canto de esperanza

El pueblo se levantó en armas y rodaron las cabezas,
fueron tres para ser exactos, pero no las que debieran.
Hoy, 23 de abril, más cabezas pueblan las puertas
de Villalar de los Comuneros y, aunque ninguna rueda,
cantan todas a coro: “1521, en abril para más señas.”

Torre la Higuera

Cuentan que la torre se deslizó una noche por la duna, que ya era incapaz de sostener su mole; cayó al mar enterrando su cabeza en la arena y dejando su base al descubierto.
Nadie sabe si lo hizo acompañada de un gran estruendo o si, por el contrario, el silencio se hizo eco en ella hasta su destino, pues entonces aquella playa distaba mucho de su aspecto actual.
La torre había sido su único habitante de origen humano en mucho tiempo, y los jabalíes, ciervos y linces, habían encontrado cobijo bajo su sombra; tal como ahora hacían los niños en busca de cangrejos.
Mucho tiempo atrás se había levantado para vigilar a los piratas que amenazaban la costa y ahora, verano tras verano, era asaltada por piratas más temibles y menos aguerridos que saltaban desde su punto más alto al agua y dejaban la playa llena de bolsas, latas y botellas sin miramientos.
Si Torre la Higuera hubiera tenido ojos, habría llorado, pero no podía o sus primeras lágrimas habrían asomado cuando los ladrillos empezaron a invadir su paraíso espantando a los ciervos y los jabalíes.
Tras siglos siendo la única evidencia humana más allá de los pescadores, se vio rodeada de apartamentos que proyectaban su sombra sobre la arena donde antes el sol acariciaba la espuma de las olas por detrás de ella al atardecer, y sólo le quedó el consuelo de que, en algún momento, llegaría el invierno y aquellas invasiones desalmadas cesarían, dejándola a solas con las gaviotas y los cangrejos, tal como fue al principio.

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LA QUEMA DE MEDINA

Este ha sido uno de los peores retos que tuve que enfrentar en el taller de Literautas. Precisaba la aparición de un castillo y la frase “Se acabó el juego”.
Me embarqué en un texto para contar un episodio importante de la historia de mi pueblo, de mi propia historia; y tuve dos borradores simultáneos. Envié otro distinto de éste, que no terminó de satisfacerme.
Varios meses después del reto, con la cabeza más fría y las cosas un poco más claras, me atrevo a echarlo al mundo todavía con el miedo de poder hacerlo mejor, de que represente con fidelidad esa escena del 20 de agosto de 1520 en que Medina del Campo se levantó en armas contra las tropas de Rey Carlos I.

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Castillo de la Mota
Castillo de la Mota en Medina del Campo, Valladolid.

—¡Fonseca está llegando!
Los gritos de los vecinos se repetían al otro lado del río Zapardiel, que separaba Medina del Campo de su castillo. Había sido una noche larga, las noticias que llegaron en los días anteriores obligaban al pueblo a tomar una decisión.
En medio de una guerra con el rey llegado de Alemania y sus cortesanos importados, el pueblo de Medina tomó postura y su corazón se inclinó hacia los Comuneros y ese día, especialmente, hacia Juan Bravo, líder en una Segovia asediada por Adriano de Utrecht.
La ciudad del acueducto esperaba como agua de mayo la llegada de Padilla desde Toledo pero su destino dependía, sin saberlo, de lo que hicieran los medinenses.

Carlos I, hijo de Juana “La Loca” y Felipe “El Hermoso”, heredero de las coronas de Castilla y Aragón, señor de Flandes, llegó a la capital sita en Valladolid en 1520 acompañado de sus fieles germanos y sin hablar ni papa de castellano; pronto el descontento había cundido entre los nobles españoles que veían peligrar sus posiciones y desconfiaban del nieto de Isabel.
Con Juana encerrada en el Convento de Santa Ana en Tordesillas, los llamados Comuneros que capitaneaban Padilla, Bravo y Maldonado, entendían a la princesa como legítima heredera del trono de su madre, y víctima de las manipulaciones de su padre Fernando y su marido.
La sublevación enseguida contó con innumerables apoyos en las ciudades más importantes, convirtiendo las exigencias de los autóctonos en una marcha incansable hacia la libertad.

Las tropas del rey, atrincheradas en torno a Segovia y controladas por Adriano de Utrecht, veían que el tiempo se les acababa y su única oportunidad pasaba por que Antonio de Fonseca se hiciera con la artillería real guardada en el castillo de la Mota, allá en la villa donde “La Católica” exhalara su último suspiro apenas quince años atrás.
Y en estas se encontraba Medina, decidida a evitar que Fonseca lograra su objetivo, fiel a los Comuneros y a una reina Juana sin coronar.

El de Fonseca llegó el 21 de agosto de 1520 a Medina, la villa que comerciaba con Flandes, el hogar de la primera letra de cambio.
La resistencia fue feroz, más de lo que cabía suponer en una ciudad desmilitarizada y, en un alarde de estrategia, Fonseca decidió comenzar un incendio que ocupara a aquellas gentes en salvar sus vidas y pertenencias, dejándole libre el camino en el cumplimiento de su misión.
Pronto el fuego consumió parte de la villa, tiñendo de dorado el aire circundante y elevando al cielo infinito columnas negras que, desde La Mota, el castillo contemplaba impertérrito con su corazón de ladrillo. Irónicamente, ese castillo que más tarde sería acusado de haber encerrado a Juana “la Loca” sin ser verdad, era ahora el custodio de la llave que podía liberarla y convertirla en reina.
El fuego se extendió más allá de lo esperado por sus pirómanos dejando artesanos sin taller, familias sin hogar y más rencor hacia el rey en los corazones de los villanos.
Pero ni por aquellas pudieron hacerse con las armas y Fonseca volvió grupas hacia Segovia, como se suele decir, con el rabo entre las piernas.
Todavía humeaban los últimos rescoldos cuando los Comuneros, tres días después del incendio, llegaban a Medina y los vecinos les entregaron el arsenal que a tan caro precio habían protegido en pro de la victoria revolucionaria.
Puede que el 23 de abril del año siguiente, henchido de orgullo tras su victoria, el príncipe Carlos se viera presto a exclamar «Se acabó el juego» mientras las cabezas de Padilla, Bravo y Maldonado rodaban en Villalar, puede; pero el germen sembrado por aquella revuelta a gran escala perpetuaría un sentimiento compartido y, con el tiempo, los habitantes de aquellas ciudades que fueran cruciales en esta historia emprenderían acciones para no olvidar aquel pasado heroico, repitiendo en esas fechas señaladas su “Canto de Esperanza”.