TRAS LAS HUELLAS

Años después de que Don Miguel de Cervantes ostentara el cargo, y de que casi todos los vecinos por aquellos lares se hubieran olvidado de él, arribó otro recaudador de impuestos que, sin embargo, removería los recuerdos sobre el primero.

Junípero Enríquez era hombre entrado en grasas y de carácter amable; nada que ver con aquel caballero enjuto, de mal genio y peor beber. Sin embargo, lo que rescató los legajos más escondidos de las memorias no fueron ni su oficio como funcionario de la Corona, ni el ayudante del recaudador: Manuel García, a la sazón el mismo que acompañara al manco de Lepanto. Estaba el nuevo tan fascinado con la lectura de El ingenioso hidalgo Don Quijote de La Mancha, obra de su predecesor, que aprovechaba cualquier ocasión para hablar del libro o de su autor. Y, a sabiendas de estar pisando sobre sus huellas, se le ocurrió que nada malo había en preguntar por cómo era aquel hombre del que, en Madrid, unos hablaba maravillas y otros echaban pestes.

Ya había recorrido buena parte de Andalucía y, allí donde había parado, los pocos que sabían algo del autor, era por sus fechorías y no por sus palabras, así que no faltaba el día en que alguno le recordara que cumplió presidio en Sevilla por apropiarse de lo que no era suyo, o el momento en que fue amenazado de excomunión; por mucho que loara lo decisivo de estos episodios para el nacimiento de la obra maestra.

«Los hombres brillantes despiertan envidias» pensaba Junípero, aunque ninguno de los entrevistados se mostraba celoso del autor de El Quijote cuando muchos no sabían, aún siendo hombres cultivados, ni de la existencia del libro.

Debatió con maestros, alcaldes, molineros… Y hasta con una acémila a la que encontró parecido con Rocinante, deseando que fuera, de algún modo, pariente del insigne corcel.

Aunque su afán por hablar de Cervantes o El Quijote crispaba los nervios de la mayoría, encontraba, muy de cuando en cuando, a otro apasionado de esta historia, lo que mermaba la paciencia de su ayudante hasta un límite rayano en la desesperación.

Si eternas se hacían las horas cuando encontraba amigos, cuando encontraba enemigos era casi peor; sentía la necesidad de convertirlos a su causa recitando de memoria sus pasajes favoritos.

Y, si duras eran las pocas palabras de los paisanos, peores eran las más escasas de su acompañante, personaje flaco y desmayado que escrutaba todo con sus ojos grises y su cara de gusano.

Al principio de su andadura, el recaudador apenas había insistido, pero, como su compañero de fatigas resultó hombre parco en palabras, pronto se vio obligado a recurrir al interrogatorio para llenar los largos ratos de camino, polvo y olivares con algo más que el ruido del carro.

En el primer mes solo consiguió que le informara de que el tal Miguel residía en Valladolid y que contaba con amigos ilustres que, sin duda, favorecieron su causa y silenciaron muchos de los escándalos en que se veía envuelto.

El segundo mes logró que le hablara de lo poco que se le notaba la mano inútil y de que nunca mencionaba sus experiencias en Lepanto o la cárcel de Argel.

Al tercer mes se hizo el silencio; bueno, exactamente al tercer mes no, aunque coincidió más o menos. Fue después de una riña que despertó a todos los huéspedes en Almería.

Serían las dos de la madrugada y el ayudante trataba de descansar mientras el recaudador divagaba sobre las personas que habían conocido. Por más que Manuel insistía en que no podía recordar qué negocios o impuestos se cobraron; Junípero se obcecaba en que, como amanuense, al menos debía guardar en la memoria el aspecto de aquellos con los que trataron. Cuando el tono del recaudador se volvió reproche, el ayudante no pudo más y le atizó con el libro de cuentas. Hicieron falta el ventero y tres mozos recios para separarlos.

Continuaron viaje callados durante dos días. Acaeció aquí el episodio de la acémila, y Manuel, avergonzado en exceso, decidió satisfacer sus demandas; no se pusiera a hablar al día siguiente con una zarza o un alcornoque. Puso tal empeño en entretener a su compañero que, más que memoria, hacía imaginación y comenzó a inventar conversaciones y vecinos. Incluso se atrevió a adornar las escenas con alguna disputa por los pagos, que Cervantes y él lograron calmar sin que mediara la autoridad. Se cuidó mucho de hablar solo sobre lugares por los que ya habían pasado para evitar que descubriera el engaño, y el recaudador se dio por satisfecho.

Pudo por fin descansar de sus relatos cuando llegaron a un pueblo a medio camino entre una marisma y Sevilla. Coincidió que el alcalde sí recordaba a Cervantes, era un apasionado lector y había quedado maravillado con el ingenio de la obra, pues el escritor no le había parecido tan inclinado a chanzas cuando lo conoció.

Las veladas se eternizaban, el ayudante se aburría y Junípero perdía la noción del tiempo. Descuidaba su deber y los vecinos empezaban a recelar; una visita tan larga de un funcionario de la Corona no podía traer buena cosa.

Abusando de la hospitalidad ofrecida, permanecieron en el pueblo lo suficiente para que Junípero, a pesar de su aspecto porcino, se enamorara de la sobrina del cura y ella le correspondiera, más o menos. Era esta una muchacha flaca, aunque bien alimentada, y sabía leer y escribir. A pesar de que sus lecturas se veían limitadas por la supervisión de su tío, el recaudador encontró encantadora su curiosidad por los nuevos literatos, sobre todo por los sonetos que el enamorado le recitaba. Era también caprichosa y demandaba por igual regalos que palabras bonitas. Así, su pretendiente empezó a sacar dinero de la bolsa de recaudación para poder complacerla con pañuelos, alhajas y algún que otro libro.

A las primeras monedas siguieron otras y después más, hasta que lo sustraído superó con creces su sueldo. Se supo en un aprieto y pidió ayuda a Manuel. El muchacho conocía de primera mano cómo podía terminar la historia, se compadeció del hombre y le recomendó acudir a un prestamista para salvar el escollo. Confiado, Junípero siguió cogiendo dinero, regalando a su amada cuánto pedía y, al mes siguiente, seguía en las mismas, con el agravante de tener que devolver también los intereses al usurero.

El ayudante callaba como buen servidor, y eso que empezaba a temer por su vida. De las acusaciones sobre Cervantes salió bien parado, pero no había garantías de que su fortuna se repitiera. Sin embargo, a Junípero parecía que le daba todo igual, se deleitaba imaginando sus bodas con el carnal reflejo de Dulcinea, mientras, todo sea dicho, Manuel se la trajinaba y disfrutaba con ella de los regalos que el otro le dispensaba.

Llegado el día en que habían de entregar lo recaudado al banco sito en Sevilla, Enríquez estaba nervioso; había restituido la mayor parte del dinero, pero sabía que tenía difícil disimular el desajuste en los últimos cobros, y Manuel rezaba para no verse envuelto en una nueva investigación.

Se despidieron de la amada compartida y emprendieron el camino hacia una desgracia segura.

En el banco se hicieron tres recuentos de lo recaudado y las cuentas seguían sin cuadrar.

A pesar del pacto, Manuel se echó atrás en el último momento; confesó que el recaudador había dispuesto del dinero para cortejar a una muchacha y afirmó, casi en un sollozo, que tal muchacha era además su prometida, que había tenido que soportar los galanteos del recaudador, e incluso sus burlas, porque él era un pobre zagal y el otro un hombre respetable. Como prueba mostró las actas donde, a traición, había ido anotando cada falta y reingreso del dinero, en qué se había gastado, y hasta el trato con el prestamista, firmado por este en sobre lacrado.

Tras un breve juicio, Junípero Enríquez fue a dar con sus voluminosas posaderas en la misma cárcel, y la misma celda, donde su idolatrado Miguel de Cervantes pasara dos años y gestara El Quijote. Cabría suponer, dada la situación, que cualquier hombre en su sano juicio hubiera padecido profunda depresión y dolorosa pena, sin embargo, siempre hay quien logra poner al mal tiempo buena cara y, decidido a que su condena no hiciera mella en su carácter, ni perjudicara a sus aficiones, aprovechó desde el primer día para interrogar al carcelero sobre cómo era Cervantes, qué comía, si pedía con frecuencia recado de escribir y si quedaba, por casualidad, algún legajo donde tan insigne escritor hubiera plasmado unas palabras.

LAS BODAS DE VID Y OLIVO

Cuentan que Vid y Olivo se enamoraron por mediación de los girasoles y estos encomendaron al ratoncito de campo que organizara la boda. Ni corto ni perezoso, el pequeño ratón recorrió todos los sembrados y barbechos buscando el mejor lugar donde celebrar las nupcias, pero llegó al límite del mundo de los humanos sin haber encontrado un rincón lo suficientemente especial como para acoger el evento. Vio entonces a la salamanquesa que trepaba por la pared de la primera casa.

—Hermana salamanquesa— le dijo—. ¿No sabrás por casualidad, tú que recorres tantos lugares, de un sitio donde celebrar las bodas de Vid y Olivo?

—Alguno conozco—- respondió altanera—, pero no sé si servirá, pues estará dentro del territorio de los hombres.

—Si merece la pena, correremos el riesgo— sentenció el ratón.

—Entonces lo buscaré y mañana lo cuento— se comprometió la salamanquesa, y desapareció tras la farola.

Escurridiza como ninguna, pasó de muro a muro y descendió hasta la plaza del pueblo donde las palmeras se elevaban sin más límite que el cielo. Observó con calma todas las fachadas y entonces vio a la cigüeña descansando en su nido sobre el tejado blanco y azul de la iglesia.

—Hermana cigüeña— le dijo— ¿No sabrás por casualidad, tú que todo lo ves desde tan alto, de un sitio donde celebrar las bodas de Vid y Olivo?

—Alguno conozco— respondió la cigüeña—, pero no sé si servirá, pues estará muy arriba.

—Si merece la pena, dice el ratón que correrán el riesgo— repitió la salamanquesa.

—Entonces lo buscaré y mañana te lo cuento— se comprometió la cigüeña.

La cigüeña sobrevoló el pueblo, con su sombra persiguiéndola por los adoquines, pero las calles eran estrechas y a veces no alcanzaba a ver lo que había en ellas. Fue entonces cuando vio a las golondrinas.

—Hermana golondrina— le dijo a una de ellas— ¿No sabrás por casualidad, tú que anidas bajo los aleros, de un sitio donde celebrar las bodas de Vid y Olivo?

—Alguno conozco— respondió la golondrina—, pero no sé si servirá, pues estará en el medio del pueblo.

—Si merece la pena, dice la salamanquesa que ratón está dispuesto a correr el riesgo— informó la cigüeña.

—Entonces mis hermanas y yo lo buscaremos y mañana te lo cuento— se comprometió la golondrina.

El eco corrió de balcón en balcón, de alero en alero, y todas las golondrinas y vencejos se afanaron en buscar un lugar digno de tal honor.

Encontraron un rincón lleno de flores custodiadas por leones, pero pronto lo descartaron por pequeño; a la sombra del teatro encontraron espacio suficiente, pero les pareció demasiado grande; los limoneros frente a la ermita daban buena sombra, pero les pareció demasiado peligroso; bajo el palio de cerámica de una vírgen vestida de pastora les pareció sacrílego; el parque viejo lo descartaron por el graznido de los patos y el nuevo, a pesar de sus colores, por el ruido del tren.

—¿Será posible?— se entristeció la golondrina— ¿Es que no hay donde casar a esos dos?

Entonces vio a la luna en el cielo.

—Hermana luna— le dijo— ¿No sabrás por casualidad, tú que todo lo iluminas en la oscuridad de la noche, de un sitio donde celebrar las bodas de Vid y Olivo?

—Alguno conozco— respondió la luna—, pero no sé si servirá, pues está más allá de las vías y la carretera.

—Si merece la pena, me ha dicho la cigüeña que salamanquesa y ratón están dispuestos a correr el riesgo— informó la golondrina.

—Entonces diles que, hacia el norte, hay un río del color del atardecer, y que yo les iluminaré el camino, si me dejan ser la madrina— se comprometió la luna.

La golodrina le dio las gracias y voló al campanario donde vivía la cigüeña para darle la buena nueva; ésta le agradeció el trabajo con el crotar de su pico y buscó a la salamanquesa que, tan pronto fue informada, reptó hasta la última casa del pueblo para contárselo todo al ratoncito.

¡Qué contento se puso el ratón! Estaba tan feliz mientras corría a contárselo a los girasoles que ni el halcón se dignó en molestarle.

Decidieron celebrar la boda a la noche siguiente y lo prepararon todo para partir con el último rayo de sol. Pero hete aquí que las gentes del pueblo, con tanto trasiego, se enteraron de las incipientes bodas de Vid y Olivo y también quisieron participar, así que alfombraron las calles con flores y sacaron sus macetas a las puertas, gritaron vivas desde sus ventanas y balcones e hicieron tocar las campanas de las ermitas y la iglesia mientras la comitiva de los novios atravesaba el pueblo amparada por los rayos de luna llena. Les cantaron coplas viejas que hicieron sonrojar a la novia, hermosa con su corona de hojas y uvas, mientras el novio lucía orgulloso sus aceitunas al tenue brillo de las estrellas y, en agradecimiento, Vid y Olivo se comprometieron a regalar cada año su vino y su aceite.

Como, sin la ayuda de los animales, nada de esto habría sucedido, el ayuntamiento decretó por bando municipal que la cigüeña tendría siempre un hogar en lo alto del campanario, que la salamanquesa quedaría retratada en la fachada del teatro, que golondrinas y vencejos anidarían bajo los balcones a placer y que el pequeño ratoncito… Bueno, al pequeño ratoncito decidieron dejarlo correr por los campos tranquilo y él se puso la mar de contento.

EN LA OSCURIDAD

Texto a partir del inicio del relato homónimo de Chéjov.

“Una mosca de mediano tamaño se metió en la nariz del consejero suplente Gauguin. Aunque se hubiera metido allí por curiosidad, lo cierto es que la nariz no toleró la presencia de un cuerpo extraño y dio muestras de estornudar.”

No podía haber escogido momento más inoportuno para su intrusión; en ese instante, el consejero suplente estaba reunido con el intendente mayor, un hombre corpulento y soberbio que miraba a todo con cara de asco y vestía un pulcro traje de lana azul. Los años como inspector jefe le habían otorgado el pensamiento de que su sola presencia debía ser suficiente para comportarse con dignidad y respeto y que nada podía interrumpir su discurso. Si añadimos que la reunión tenía carácter urgente y que el consejero suplente ejercía dicha suplencia por primera vez, la situación se estaba tornando dramática.

―Comprenderá que necesitamos la colaboración de todos los efectivos posibles― siguió el intendente ignorando las muecas de su interlocutor.

Gauguin asentía y se concentraba en mantener a la intrusa lo más lejos posible del fondo de su nariz. Temía que, de sus fosas nasales, pasara a su garganta y, por allí, hasta el estómago. Barajó la posibilidad de usar el pañuelo que sobresalía del bolsillo de su chaqueta, pero recordó con pesar que estaba viejo y amarillento y no era apropiado para su ilustre acompañante.

―Cuento con que firmará rápidamente los permisos y podré resolver la situación.

Gauguin asintió de nuevo, agobiado por la inactividad de la mosca y la sensación de tapón en la fosa nasal derecha. Esto le preocupó aún más, pues bien podía ser que la calma se debiera a la puesta de unos huevos para los que sus mucosidades serían la cuna perfecta.

―Es usted mucho más razonable que el titular de esta consejería, señor Gauguin― seguía diciendo el intendente con tono meloso mientras le acercaba una serie de hojas y una estilográfica del mismo color que su traje.

Y en ese momento, la mosca se movió, descendió por la garganta de Gauguin y se puso a revolotear alrededor de su campanilla.

LAS BODAS DE VID Y OLIVO

Cuentan que Vid y Olivo se enamoraron por mediación de los girasoles y estos encomendaron al ratoncito de campo que organizara la boda. Ni corto ni perezoso, el pequeño ratón recorrió todos los sembrados y barbechos buscando el mejor lugar donde celebrar las nupcias, pero llegó al límite del mundo de los humanos sin haber encontrado un rincón lo suficientemente especial como para acoger el evento. Vio entonces a la salamanquesa que trepaba por la pared de la primera casa.

—Hermana salamanquesa— le dijo—. ¿No sabrás por casualidad, tú que recorres tantos lugares, de un sitio donde celebrar las bodas de Vid y Olivo?

—Alguno conozco—- respondió altanera—, pero no sé si servirá, pues estará dentro del territorio de los hombres.

—Si merece la pena, correremos el riesgo— sentenció el ratón.

—Entonces lo buscaré y mañana lo cuento— se comprometió la salamanquesa, y desapareció tras la farola.

Escurridiza como ninguna, pasó de muro a muro y descendió hasta la plaza del pueblo donde las palmeras se elevaban sin más límite que el cielo. Observó con calma todas las fachadas y entonces vio a la cigüeña descansando en su nido sobre el tejado blanco y azul de la iglesia.

—Hermana cigüeña— le dijo— ¿No sabrás por casualidad, tú que todo lo ves desde tan alto, de un sitio donde celebrar las bodas de Vid y Olivo?

—Alguno conozco— respondió la cigüeña—, pero no sé si servirá, pues estará muy arriba.

—Si merece la pena, dice el ratón que correrán el riesgo— repitió la salamanquesa.

—Entonces lo buscaré y mañana te lo cuento— se comprometió la cigüeña.

La cigüeña sobrevoló el pueblo, con su sombra persiguiéndola por los adoquines, pero las calles eran estrechas y a veces no alcanzaba a ver lo que había en ellas. Fue entonces cuando vio a las golondrinas.

—Hermana golondrina— le dijo a una de ellas— ¿No sabrás por casualidad, tú que anidas bajo los aleros, de un sitio donde celebrar las bodas de Vid y Olivo?

—Alguno conozco— respondió la golondrina—, pero no sé si servirá, pues estará en el medio del pueblo.

—Si merece la pena, dice la salamanquesa que ratón está dispuesto a correr el riesgo— informó la cigüeña.

—Entonces mis hermanas y yo lo buscaremos y mañana te lo cuento— se comprometió la golondrina.

El eco corrió de balcón en balcón, de alero en alero, y todas las golondrinas y vencejos se afanaron en buscar un lugar digno de tal honor.

Encontraron un rincón lleno de flores custodiadas por leones, pero pronto lo descartaron por pequeño; a la sombra del teatro encontraron espacio suficiente, pero les pareció demasiado grande; los limoneros frente a la ermita daban buena sombra, pero les pareció demasiado peligroso; bajo el palio de cerámica de una vírgen vestida de pastora les pareció sacrílego; el parque viejo lo descartaron por el graznido de los patos y el nuevo, a pesar de sus colores, por el ruido del tren.

—¿Será posible?— se entristeció la golondrina— ¿Es que no hay donde casar a esos dos?

Entonces vio a la luna en el cielo.

—Hermana luna— le dijo— ¿No sabrás por casualidad, tú que todo lo iluminas en la oscuridad de la noche, de un sitio donde celebrar las bodas de Vid y Olivo?

—Alguno conozco— respondió la luna—, pero no sé si servirá, pues está más allá de las vías y la carretera.

—Si merece la pena, me ha dicho la cigüeña que salamanquesa y ratón están dispuestos a correr el riesgo— informó la golondrina.

—Entonces diles que, hacia el norte, hay un río del color del atardecer, y que yo les iluminaré el camino, si me dejan ser la madrina— se comprometió la luna.

La golodrina le dio las gracias y voló al campanario donde vivía la cigüeña para darle la buena nueva; ésta le agradeció el trabajo con el crotar de su pico y buscó a la salamanquesa que, tan pronto fue informada, reptó hasta la última casa del pueblo para contárselo todo al ratoncito.

¡Qué contento se puso el ratón! Estaba tan feliz mientras corría a contárselo a los girasoles que ni el halcón se dignó en molestarle.

Decidieron celebrar la boda a la noche siguiente y lo prepararon todo para partir con el último rayo de sol. Pero hete aquí que las gentes del pueblo, con tanto trasiego, se enteraron de las incipientes bodas de Vid y Olivo y también quisieron participar, así que alfombraron las calles con flores y sacaron sus macetas a las puertas, gritaron vivas desde sus ventanas y balcones e hicieron tocar las campanas de las ermitas y la iglesia mientras la comitiva de los novios atravesaba el pueblo amparada por los rayos de luna llena. Les cantaron coplas viejas que hicieron sonrojar a la novia, hermosa con su corona de hojas y uvas, mientras el novio lucía orgulloso sus aceitunas al tenue brillo de las estrellas y, en agradecimiento, Vid y Olivo se comprometieron a regalar cada año su vino y su aceite.

Como, sin la ayuda de los animales, nada de esto habría sucedido, el ayuntamiento decretó por bando municipal que la cigüeña tendría siempre un hogar en lo alto del campanario, que la salamanquesa quedaría retratada en la fachada del teatro, que golondrinas y vencejos anidarían bajo los balcones a placer y que el pequeño ratoncito… Bueno, al pequeño ratoncito decidieron dejarlo correr por los campos tranquilo y él se puso la mar de contento.

A LAS AGUAS DEL TINTO

Tinto de otoño teñido

que te desbordas por los viñedos

salpicados en tus orillas

bajo la atenta mirada del halcón,

bebida ancestral que fluye con tu nombre

como una ofrenda

a los dioses antiguos de la Humanidad,

tributo efímero a unas aguas

cuyas entrañas guardan los preciosos metales

que hicieron hombre al hombre,

primera herramienta

interrumpida por molinos

que le dieron de comer,

pan infinito amasado con tus corrientes,

espejo de las estrellas, reflejo de planetas lejanos,

sangre derramada

de mil brazos que horadaron tus raíces,

Tinto que dibujas la tierra con tu líquido pincel.

A LA VEJEZ…

Dolor de muelas, estaba claro, era un maldito dolor de muelas. A sus ochenta y nueve años, y después de una década gastando dentadura postiza, a Aniano le estaban doliendo las muelas.

—A ver si va a ser otra cosa, que te gusta ponerte siempre en lo peor— le decía su mujer al borde de la desesperación, porque setenta años de matrimonio dan para conocer muchas manías y aprender a vivir con ellas.

El miedo de Aniano no era infundado, si los matasanos le daban retortijones, el sacamuelas era el mismísimo demonio; si lo sabría él, que había dejado entre sus tenazas treinta y dos piezas dentales y más de medio millón de pesetas. Y, a decir verdad, no tenía claro qué le había dolido más.

—Los de ahora son distintos— intentaba consolarle Alejandra—. Te ponen la anestesia y no te enteras, que me lo dijo la Filomena el otro día, que se sacó cuatro de golpe.

—Pero los cuartos te los sacan igual, o más aún, con esto de los euros, que redondean para arriba que da gloria verlo, pero la pensión no me la redondean, no.

—Ya estamos otra vez. ¿Necesitas más dinero?

—Si tengo que pagar al sacamuelas, sí. Que con lo de la jeringa seguro que lo pone más caro todavía.

A regañadientes, y nunca mejor dicho, pidieron cita en el dentista.

La consulta olía a limpio, pero a ese limpio que enferma; ni el Zotal que usaba para desinfectar el corral de las ovejas le dejaba esa descompostura de estómago. Se tumbó en el infernal sillón, cerró los ojos y abrió la boca.

Tuvo miedo de que se le cayera la boina cuando el cacharro le colocó en posición horizontal, con la cabeza más baja que los pies.

—Interesante— decía el muchacho de dentadura perfecta y barba inexistente metiendo un espejo dentro de la boca—. Inaudito.

Devolvió el sillón a una posición más propia y desapareció tras una puerta.

Al poco regresó con un aparato con ruedas que parecía una farola, le metió a Aniano una tablilla en la boca, atrás, tan atrás que casi le dieron arcadas, y le pidió que estuviera quieto.

Alejandra le miraba divertida; estaba tan gracioso con los carrillos llenos de aquellas placas y los ojos muy abiertos, como si fueran ellos los que mantenían inmóvil todo el cuerpo.

El dentista le quitó las tablitas y desapareció de nuevo.

—Pues va a ser verdad que no duele casi— le dijo Aniano a su mujer—. Hay que ver cómo avanza la medicina.

El médico colocó la lámina de radiografía frente a la pantalla luminosa y se quedó mirándola unos instantes.

—Asombroso, Don Aniano, de verdad.

—¿Es grave, doctor?— preguntó Alejandra cansada de tanto asombro sin explicación.

—No, grave no es. Aniano, le están saliendo las muelas del juicio. Y son unas piezas magníficas.

—No diga bobadas, muchacho, este no ha tenido juicio en su vida.

—Pues ahora lo tendrá— sentenció el dentista con una sonrisa cómplice hacia la mujer que no podía disimular la risa.

—Y ¿qué hago, doctor?

—Tenemos dos opciones. Una: dejarlas salir a gusto y ver cómo quedan. Otra: extraerlas.

—Y ¿qué es más barato?— preguntó el paciente pensando más en el dolor de cuartos.

—Hombre, si salen buenas, ahí se quedan.

—Pues creo que me las va a dejar usted puestas, que son mías.

—Como quiera. Si le molesta la dentadura, no duden en venir para que se la ajustemos.

EL MUERTO MÁS FEO A AMBOS LADOS DEL MISSISSIPPI

Lo de lavar la ropa en el río no daba para mucho; salvo que alguna hubiera estado enferma, las noticias se repetían día tras día hasta convertirse en muletillas a las que no prestaban atención, pero eso no era suficiente para que callaran; un rato que tenían para ellas, no iban a desperdiciarlo en silencio. Hay quien gusta de rutinas y las mujeres de este lado del Mississippi no eran una excepción.

Tampoco lo eran las de la otra orilla, aunque no supieran mucho las unas de las otras, y eso que todas lavaban a la misma hora. Aquel río era tan ancho que cabían dos barco de vapor, y poco se habían interesado por si había vida más allá de las aguas turbias o si se parecía en mucho o nada a la suya.

Todo esto cambió la mañana en que, junto con la sábana de su noche de bodas, Mary Kate Harrison sacó un cadáver del río.

Mira que lavar la ropa de cama con el marido todavía dentro— bromeó la más vieja, que estaba curada de espanto porque durante la guerra había visto de todo.

Las demás se acercaron a las sábanas de la recién casada.

¡Qué cosa más fea, por Dios bendito!

Solo es un muerto.

Pero uno muy feo.

Y tuvieron que darle la razón; no es que el hombre tuviera aquel aspecto de nariz afilada, ojos saltones y mandíbula demasiado prominente por su condición de muerto o por haber vagado por la corriente durante el tiempo que fuera, se veía que era feo y punto, probablemente desde que nació.

Pasada la primera impresión, llegó la hora de identificarlo, pero por más que hacían memoria, no echaban a nadie del pueblo en falta, y menos tan poco agraciado.

Esto se les ha perdido a los de la otra orilla— sentenció el reverendo cuando se lo llevaron para darle cristiana sepultura—. Yo no puedo enterrarlo aquí, hay que cruzar el río y devolvérselo a su familia para que lo llore como es debido.

Con todo el respeto, pero llorarle, le habrán llorado desde niño, con lo feo que es— se burló la vieja.

Y las demás rieron la gracia haciendo caso omiso a las miradas de reproche.

La noticia de la fealdad del cadáver se extendió como la pólvora y, aunque se apresuraron en preparar una barca, todo el pueblo estaba congregado cuando iban a partir, más por comprobar si era tan feo como se comentaba que por despedirlo.

El reverendo aprovechó la ocasión para soltar un sermón sobre la brevedad de la vida, la compasión y, de paso, puso a todos a rezar por el alma del feo mientras se alejaban río adentro.

Paul Smith fue el primero en divisar la barca y corrió a avisar al alcalde de su orilla por si había que dar bienvenida oficial, ya que lo que se acercaba no era un barco de pesca, y llevaban a un hombre de Dios con ellos.

Cuando atracaron en el embarcadero, los recibió el pueblo al completo, salvo la banda de música, que todavía estaba recogiendo los instrumentos. Presidía el comité de bienvenida el mandamás con el reverendo de esta orilla a su lado.

¿Cómo va a ser nuestro ese adefesio? ¿Le ha visto usted la cara?— se indignó el primero así le presentaron al difunto.

Pues nuestro tampoco es—respondió el reverendo de la primera orilla, incómodo con la idea de tener que llevárselo de vuelta.

Digo yo, que siendo tan feo—aventuró una mujer— en algún pueblo habrán de conocerlo.

Otra cosa es que le reconozcan como suyo— dijo otra—. Mira que es fea la criatura.

Feo o no— cortó el segundo pastor—, tendrá familia y un nombre.

Pues a mí se me pierde un feo como este y no lo iba a echar de menos.

Por amor de Jesús, hablamos de un cristiano bueno.

No sé yo. Para mí que tan bueno no podía ser si el Señor permitió semejante fealdad. A ver si va a ser un forajido.

Lo mismo da. Hay que enterrarlo y que Dios, nuestro señor, lo juzgue con misericordia por sus pecados.

Por lo menos por lujuria no habrá de juzgarlo. ¿Quién se le iba a arrimar?

Sea pues— dijo el alcalde—, nuestro pastor se va con vosotros en representación de esta orilla y lo enterráis.

¿Cómo? ¿Qué quiere que me lo lleve de vuelta? De eso ni hablar.

Hombre, aquí no pinta nada. Vosotros lo habéis encontrado, vosotros lo acogéis.

Pero es que no es nuestro.

Ni nuestro tampoco.

Digo yo— se adelantó una joven frotando las manos sobre el mandil con gesto nervioso—, que dará igual dónde se le dé sepultura. La cuestión es hacerlo pronto. Con estos calores, además de feo, empieza a oler y cada vez va a ser más difícil soportar su presencia.

Ambos reverendos asintieron y el de esta orilla, que en realidad era la otra al principio del relato, tomó su biblia y su alzacuellos y, como hiciera su homónimo, puso a todos a rezar por el alma del difunto mientras la barca emprendía el camino de vuelta a través del Mississippi.

Pero sucedió que, llegando al medio mismo del gran río, justo en el punto en que todavía se oía el rumor de las plegarias de una orilla y empezaban a llegar los ecos de los rezos de la otra, la barca zozobró y un enorme siluro asomó la cabeza por la quilla.

Este muerto es mío— dijo.

Y atrapó un pie del cadáver con su millar de diminutos dientes y lo arrastró con él hacia las profundidades, dejando perplejos a los habitantes de ambos lados del Mississippi.

PIES DE HOBBIT

De cuando en cuando nace una persona como yo: con pies de hobbit. Un problema la mar de serio pues, mientras esas extremidades de envergadura resultan muy útiles si eres pato u oso polar, para un ser humano proporcionan por igual ventajas e inconvenientes.

Sirva de ejemplo que unos pies anchos se traducen en una base más amplia con la que, por fuerte que sople el viento, resulta difícil tumbarme; en estas situaciones, sin embargo, es de lo más molesto el llamado “efecto tentetieso” por el que el cuerpo se balanceaba sin despegarse del suelo.

En cambio, esta, llamémosla ventaja evolutiva, complica y mucho cumplir con algo tan nimio y tan humano como calzarse, pues si el zapato no aprieta de un lado, aprieta del otro y por eso, digo yo, Tolkien hizo que todos los hobbits fueran descalzos. Claro que ellos no iban a pisar cristales rotos ni se les iban a pegar chicles, cosa que, añadiremos, a todos nos sucede alguna que otra vez.

Mis pies de hobbit son al tiempo una bendición y una broma del destino; si voy, por ejemplo, a un concierto o a cualquier evento que congregue a una multitud, tengan por seguro que saldré de allí con las uñas moradas de los pisotones, si no con un huesecillo roto. Y aquí llega otra cuestión importante: los huesecillos; entiéndase que con unos pies de hobbit solo caben dos opciones: o los huesecillos no son tan “illos” o en esos pies hay más de los habituales.

Pero entre las bendiciones de esta anomalía pedestre, si tal término es aceptable para el tema que nos ocupa, está la de poder dormir de pie.

Claro que todo esto carece de importancia y lo que venía a decir es que mis pies de hobbit, con todo lo ya descrito, son la mayor cortapisa para cumplir mi sueño de ser funambulista.

POEMA DE ASALMONADO NASÓN

En la nasa de las musas

boquea el asalmonado nasón;

le mudaron los dientes

corriente arriba,

le salió una joroba,

le enverdeció el corazón.

Nada nudos y desanda

el camino que aprendió

en su más tierna infancia.

Los plantígrados esperan

para hincarle los caninos

y el asalmonado nasón,

un poco cansado,

pero aún vivo,

aprovecha los recodos

a los lados de los ríos.

¡Qué cansado es el remonte!

Se queja.

Ya va perdiendo el color,

se nota más flaco,

más tímido.

Y, al llegar a la cascada,

coge impulso,

pega un brinco.

Unos metros más arriba

reconoce bien el sitio.

¡Ea, aquí me quedo!

Dice ya sin aliento

¡Sí que ha cambiado esto!

Han puesto tres piscinas,

barbacoas y un merendero.

Pero al salmón ya le da igual,

se agita sobre las piedras,

desova y cae muerto.