TRAYECTO

Me llamo Alicia, he tenido que teñirme el pelo por mandato de una reina llena de complejos que no aguanta que le lleven la contraria.

No sé qué edad tengo, el paso del tiempo ha sido confuso desde que caí por un agujero persiguiendo a un conejo.

Ahora, que por fin vuelvo a casa, estoy inventando una excusa creíble para mi ausencia, porque me da que mi madre no se va tragar la verdad si se la cuento y voy a estar castigada para los restos.

REVELACIÓN

Había visto aquel objeto calzando mesas, y hasta como tope para la puerta de la cocina; tales eran los usos que le daban en su casa. Un día, paseando por el parque, vio a un anciano con uno en las manos y le intrigó por qué sonreía.

Al llegar a casa, cogió el que equilibraba su mesita de noche y lo abrió. Estaba lleno de símbolos extraños que no logró descifrar; acababa de aprender cómo era de verdad un libro.

El blog del salmón cumple 4 años

4 años de salmon en las redes.jpg

Cuatro años nadando por las redes son bastantes para un salmón, incluso para el más avezado.

Lejos de las metáforas con osos, focas y gaviotas, no puedo con menos que daros las gracias por acompañarnos en esta aventura, pero, sobre todo, quiero daros las gracias por participar en los retos de esta semana.

Ahora, el salmón y yo, tenemos una enorme lista de lectura por delante y nos encanta.

Además estoy segura de que más de uno ha encontrado sugerencias interesantes que aprovechará al máximo.

¡Qué bonitos son los regalos que sirven para muchas personas al mismo tiempo y no cuestan dinero!

Y como dicen que de bien nacidos es ser agradecidos, aparte de haber remozado la imagen del blog, os quiero hacer mis propias recomendaciones:

Relato: Instrucciones para subir una escalera, Julio Cortázar.

Clásico: La hija de Robert Poste, Stella Gibbons.

Una vez más: GRACIAS, gracias de todo corazón y toda aleta.

Esperamos seguir remontando a vuestro lado, por lo menos, otro año más y, para los más despistados, os dejo los enlaces de los diferentes ríos por los que navegamos.

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Y pronto también nos veremos en el canal de Youtube.

PERDONE QUE LE MOLESTE…

Dos sujetos, D y H, conversan en la cafetería de una estación de tren. Es un día de lluvia, de esos en que el refugio supone algo más que matar el tiempo. La puerta se abre y el viento gélido que entra tras el nuevo cliente obliga a los contertulios a mirar.

El individuo se sacude unas gotas de la gabardina y se sienta en una mesa, observando el menú.

¿Ese no es Z?— pregunta D sin quitarle la vista de encima al recién llegado.

Su amigo se vuelve sin disimulo y se queda mirando unos segundos.

No. El que tú dices es más bajito y más fuerte. Pero me suena su cara.

Tienes razón. Me ha despistado la gabardina, como salía con una igual en la película aquella…

Si te fijas en la cara, este acaba de salir del colegio. Creo que le he visto en la misma película, ahora que lo dices.

El sujeto pide un desayuno continental ajeno al interés que suscita.

Sí, sí. Es ese. Le ha puesto la misma cara a la camarera que en la otra película, la de los tiros.

No, esa no era de tiros, era de gánsteres irlandeses. Se pasó toda la cinta peleando a cuerpo descubierto. Claro, que es difícil de reconocer sin la nariz rota y la sangre chorreando.

Y el ojo morado. No te olvides del ojo morado.

Parece menos, así, de cerca.

Pues sí. Estoy empezando a pensar que lo mismo no es.

¿No?

No. Bueno, no sé. De perfil no se parecen en nada.

Pues yo creo que sí. Y solo hay una forma de averiguarlo.

No se te ocurrirá.

¿Prefieres quedarte con la duda?

No, claro que no. ¿Quién va?

Tú. Eres más educado y la gente se fía de ti.

A ver, ni que fuera a pedirle dinero.

Hombre, de la que vas, si eso…

Los dos ríen la broma y dejan pasar unos minutos hasta que el motivo de su disputa termina la tostada.

D se acerca y se para frente al hombre.

Disculpe ¿No es usted Z?

No— responde con una sonrisa.

¿Está seguro? Mi amigo y yo juraríamos…

No. Seguro que no soy yo.

Pues se parece una barbaridad.

Me lo dicen mucho, pero sigo sin ser él.

Una pena. Me habría encantado estrecharle la mano a un actor tan bueno.

Sí, una pena. Aunque nunca se sabe. A lo mejor un día se lo encuentra.

Sí, a lo mejor. Disculpe la molestia. Que tenga un buen día.

D regresa junto a H mientras el sujeto paga y se va.

No era él.

Vaya. Qué chasco. Habría sido maravilloso poder contarle a todo el mundo que habíamos desayunado con Z.

La camarera se acerca con la cuenta.

¿Le conocía usted?— pregunta tímida.

No, lo confundí con otra persona.

No puede ser. Es imposible confundir a Z.

Es que no era Z.

Sí, lo era. Un tipo encantador, nada que ver con los personajes de sus películas.

Retira el platillo con el dinero y se vuelve a la barra.

Te dije que era él.

Pero me dijo que no.

Esos famosos son unos estirados. Hacen cualquier cosa con tal de no firmar un autógrafo.

El reloj de Ivan Matveích

Relato basado en el comienzo de Ivan Matveích de Anton Chejov.

Son las cinco. Un renombrado sabio ruso (le diremos sencillamente sabio) está frente a su escritorio y se muerde las uñas.

— ¡Esto es indignante! — Dice a cada momento, consultando su reloj—. ¡Es una falta de respeto para con el tiempo y el trabajo ajenos!… ¡En Inglaterra, un sujeto semejante no ganaría ni un centavo y moriría de hambre!… ¡Ya verás la que te espera cuando vengas!

Es hombre de rutinas y le cuesta ajustar los horarios. Cualquier contratiempo supone un día perdido. Abre la puerta y llama a su esposa. Pronto acude una mujerona de moño tieso y gesto relajado.

—Si llega, hazme el favor de decirle que hoy no voy a recibirle. Soy hombre ocupado y no puedo atender a tardones. De hecho, le puedes decir que está despedido.

—Puede ser que no haya encontrado cochero. Vivimos muy retirados.

— Lo mismo me da. Le dices eso y que es un maleducado.

— ¿Y la niña? Se va a disgustar.

—Pues que se disguste. Un hombre que no respeta el tiempo ajeno, no la merece.

La mujer asiente y se marcha. De sobra conoce el carácter de su marido, pero también sus debilidades. Dejará que su Aniuta le sirva el té y se dará por vencido.

Tocan las cinco y media. El sabio sale de su estudio, como todas las tardes a esa hora, para descansar de sus cavilaciones en la salita. No es fácil el oficio, con la cabeza llena de pensamientos; preocupado por lo que otros no son capaces de imaginar. Las migrañas son frecuentes, de ahí su rigidez horaria. Hace años descubrió que, para evitarlas, solo tenía que dividir el día en periodos exactos de cuarenta y cinco minutos, y descansar otros quince. Quedan excluidas de este sistema las noches, en las que duerme de una a seis de la madrugada, y la siesta, de tres a tres y media.

Aniuta, vestida de azul claro, con el pelo suelto y cara angelical, le acerca una bandeja con la taza de té y un bollo de mantequilla.

—Gracias, hija mía. ¿Ha llegado ya Iván?

—Sí, padre— responde ella—. Espera en la cocina a que termines el té.

— ¡Pues dile que venga! ¿Habrase visto? Es un desvergonzado, eso es lo que es. No solo llega tarde sino que además se entretiene con las mujeres. Te digo una cosa, Aniuta, ese haragán no se casará contigo a menos que se digne a mirar un reloj de vez en cuando.

La niña, no tan niña por otro lado, sonríe a su padre y sale a avisar a su prometido.

— ¿Para qué dejaría yo entrar a ese muchacho en esta casa? La niña podría haber pasado mis pensamientos tan bien como él, ¿Qué digo? Mucho mejor. Al menos ella sería puntual.

Entra Iván, con una sonrisa capaz de apaciguar a un oso.

—Por fin llegas ¿Crees que son horas? Sabes lo importante que el tiempo para mí.

—Paré a recoger unas flores para su esposa. Estaba el campo tan bonito que pensé que le gustarían.

—Siendo así. — Cede el sabio. — Pero vamos, no te quedes ahí parado. Hay mucho trabajo por hacer y se hará de noche enseguida. Del sueldo de hoy ya puedes olvidarte.

El joven se sienta en el escritorio mientras el sabio pasea.

—“De la razón humana…” — dicta— ¿Y dices que estaba bonito el campo?

—Precioso. Las últimas lluvias han hecho que se abran las flores antes de lo normal.

—Bueno, que no tenemos todo el día. Escribe. “No siendo en absoluto…” ¿Qué flores has traído?

—Poca cosa. Ramilletes silvestres. Aniuta me dijo que a su madre le gustaban mucho.

—Sí. De jóvenes solíamos pasear por el campo y ella siempre recogía flores. A las mujeres les gustan esas cosas. ¡Ya me estás entreteniendo! Decía que “no siendo en absoluto un experto en la materia”. ¿Tienes reloj, Iván?

—Uno de pared en la pensión donde duermo.

— ¿Cómo? Deberías comprar uno de bolsillo. Eso te ayudaría a llegar puntual y no me harías perder el tiempo. Pero venga, escribe. “En la materia (coma) quedan claras dos cuestiones (punto) Primera (dos puntos)” Mira, el sueldo de hoy te lo pago, con la condición de que compres el reloj ¿De acuerdo?

—Claro, señor.

—“Todo hombre busca…” ¿No está muy oscuro? Parece que vaya a llover.

—Lo dudo, el sol lucía espléndido. Ni una nube en el cielo.

—Bueno, pero ya es tarde. Vamos a dejarlo por hoy. Mañana te vienes temprano y, si el tiempo es bueno, podemos salir los cuatro a pasear al campo.

— Es una gran idea. Aniuta y su esposa estarán encantadas.

— Solo un rato. Todavía tenemos mucho en qué trabajar. Por la tarde te acompañaré a por el reloj. Sé de un comercio donde los hay muy fiables y a buen precio. Así me aseguraré de que vas a llegar a tu hora de una vez por todas. Y podremos dedicarnos a las cosas importantes de verdad. Un hombre tan ocupado como yo no tiene tiempo para el ocio. Y su secretario, dicho sea de paso, tampoco.

De cómo el Salmón conoció a Martes de Cuento

Nací en un río, no diré cual, en una tierra lejana y, cuando fui lo suficientemente fuerte, me alejé con mis hermanos y primas, dejándome arrastrar por la corriente hacia el ancho mar.

Por aquel entonces yo no era consciente ni de mi destino ni de mis peculiaridades, ni de mi linaje. La juventud tiene esas cosas, que uno se entretiene con otros menesteres que poco tienen que ver con encontrarse a uno mismo; me bastaba con la perspectiva de conocer el océano y, para qué negarlo, mantenerme vivo; mucho se habla de los peligros que acechan a los de mi especie al final de su vida, pero el principio tampoco es moco de pavo. El pez grande se come al pequeño y, si te libras de ello, ya aparecerán los pájaros, ya.

Ni siquiera sé cómo conseguí llegar a la desembocadura, pero lo hice, junto con los que quedaban, apenas la mitad, de los que habíamos iniciado el viaje río abajo.

No sé si alguna vez os habéis enfrentado al mar cuando se junta con un río, pero os diré que no es agradable.

Para empezar, el agua está más fría y llena de sal, que te deja las vejigas natatorias hechas polvo durante días; y luego está su inmensidad, que el mar no tiene bordes ni remansos, todo son corrientes traicioneras que te llevan y te traen.

Aunque, una vez más, mi naturaleza obró milagros y en una semana me sentía en esa inmensidad azul casi tan a gusto como en mi recodo de nacimiento.

Salvo comer y nadar no hay mucho más que pueda hacer un salmón durante el tiempo que tarda en crecer lo suficiente como para sentir la llamada del destino y regresar al lugar donde nació para dar oportunidades a una nueva generación y, de paso, sustento a osos, gaviotas y sustrato a los frondosos bosques; así que pronto me aburrí de dejarme mecer de acá para allá y me dediqué a explorar por mi cuenta, acercándome a las playas; eso sí, con mucho cuidado de no caer en redes o picar anzuelos.

Un buen día, cansado después de luchar contra una corriente submarina especialmente traicionera y gélida, llegué a una bahía rodeada por dos cuernos de tierra, un tranquilo lago salado y, me gustó tanto, que decidí no volver con mis congéneres.

Era divertido nadar sin pelear contra las olas y, no sé muy bien por qué, mis depredadores naturales no se acercaban por allí, con lo que mi paz era infinita, pero, pasadas unas semanas, estaba más aburrido que una medusa.

Fue entonces cuando vi a unos niños sentados en las rocas que escuchaban atentamente lo que una mujer les contaba. Picado por la curiosidad, me acerqué sigiloso y me quedé escondido cerca, atento a lo que había embelesado a los infantes.

En cuanto me acostumbré a los giros dialécticos y a ciertas fórmulas que se repetían día sí, día también, descubrí varias cosas; primero, “érase una vez” era una especie de clave para que los niños se quedaran callados, y segundo, “fueron felices y comieron perdices” significaba que podían volver a hablar.

En medio de aquellas dos frases la mujer relataba historias con protagonistas diversos, desde princesas a ratones, que pasaban por un sin fin de aventuras y desdichas hasta que, gracias a su ingenio, salían airosos de los trances.

No sabría decir por qué, pero me entusiasmaba la forma en que aquella mujer alargaba las escenas más emocionantes y la dulzura con que contaba los besos y los sueños; era como si estuviera viendo suceder todo ante mis ojos de pez. Aprendí mucho, muchísimo, sobre la naturaleza humana, sobre el por qué de muchas cosas y sobre seres que yo, simple salmón, no conocía, como duendes y hadas.

Habría jurado que aquellos seres vivían solo en la imaginación de la mujer, pero una mañana, me encontré de frente con uno de ellos, decía llamarse Quelet y parecía angustiado, pues creía que estaba perdiendo la memoria.

Yo, que había decidido no interactuar con los habitantes de aquella isla, más por miedo a servir de cena que por soberbia, no pude mantenerme al margen del dolor del pobre Quelet y le pedí que me contara sus recuerdos por si podía serle útil; así aprendí un montón de cosas más como el color de los árboles, los anhelos de las princesas, el por qué del arcoíris y que todo lo que puebla el planeta tiene una habilidad o una función.

Me pareció interesante aquel personaje y me dio mucha pena que estuviera perdiendo la memoria, quizá por eso intenté acordarme de todo lo que me contaba, por si un día él no recordaba nada de nada.

Mis servicios a ese respecto no serían requeridos finalmente; al poco apareció un duende más joven que se ofreció a ayudar a Quelet con sus recuerdos. Me alegré por él, pero me dio mucha pena que se alejara de mí. Almacenar en cajas todo lo que guardaba su cabeza era un trabajo delicado y necesitaba de todo su tiempo, con lo que volví a verme solo y aburrido, una vez más.

Pasé varias semanas vagando por la cala, de cuerno a cuerno, repitiéndome todo lo que había oído a Quelet, preocupado porque un buen día, también mi memoria pudiera fallar.

Una tarde, mientras el sol doraba las crestas de las olas y yo descansaba junto a una roca del lado más alejado de la playa, escuché el crujir de la arena bajo el peso de unos pasos firmes y seguros; los había oído antes, pero me costó reconocerlos porque siempre habían venido acompañados de otro sonido más ligero e impaciente.

Me asomé con cautela y me encontré de frente con la mujer que contaba cuentos, mirándome con una sonrisa amable en la boca.

— ¿Así que eres tú?— me dijo— Has venido muy lejos de tu hogar, demasiado incluso para un salmón tan especial.

El miedo inicial se fue diluyendo y la intriga por lo que aquella mujer podía saber de mi me convirtió en un pez menos cauteloso que de costumbre.

—Me recuerdas a un antepasado tuyo, sí— y volvió a sonreír disipando todas mis dudas sobre sus intenciones.

Quizá os sorprenda, pero mi capacidad para entender el lenguaje de los humanos no me otorga la facilidad para hablarlo; la lengua de un salmón no es tan manejable y, además, carecemos de cuerdas vocales, con lo que responderle educadamente o suplicar a aquella mujer que me contara lo que sabía resultaba prácticamente imposible y muy frustrante.

—Yo me llamo Martes de Cuento y esto, querido salmón, es Isla Imaginada— abarcó con el recorrido de su brazo toda la ensenada—. Únicamente los seres más especiales son capaces de llegar a ella; solo aquellos ávidos de conocimientos e historias, cargados de imaginación y puros en su cariño son dignos de pisar su suelo. Bueno, en tu caso, nadar en sus aguas.

Me sentí impotente al no poder preguntar por qué solo había visto por allí niños y duendes, por qué el único adulto era ella.

Debió leerlo en el brillo de mis ojos, y me respondió de inmediato.

—No todos los niños que has visto son niños en realidad. Muchos de ellos son adultos que se han negado a olvidar al niño que fueron y disfrutan de los cuentos y las leyendas casi más ahora que de pequeños. Los duendes, como es normal, viven aquí porque es el mejor sitio para hacerlo en muchos kilómetros. Pero te advierto que también hay unicornios, hadas, ratones, mariposas, fantasmas, hechiceros y, ahora, un salmón.

Me sentí más grande en ese momento por el modo en que me nombró, cargada de ternura y respeto.

—Y mi forma de darte la bienvenida, como he hecho con cada amigo que llega a Isla Imaginada, será contándote la historia de un antepasado tuyo; una ventura que llegó a mis oídos desde Éire, la Isla Esmeralda, y que cuenta las desdichas de un salmón muy sabio, el Bradán Feasa, y un muchacho destinado a convertirse en leyenda: Fionn.

Ni que decir tiene que, cuando la mujer terminó de contarme la historia, en mi pequeña mente de pez se despertaron los recuerdos que habían estado dormidos toda mi vida; destellos de todo lo que mi tatarabuelo había sabido y que, gracias a la magia de la naturaleza, y a la conveniente intervención de Quelet y Martes de Cuento, volvían a mí como si siempre hubieran estado ahí, esperando la llave que abriera la caja en que se guardaban.

Después de aquel encuentro decidí seguir mi camino, no el de un salmón cualquiera, ahora sabía que yo no lo era, sino el de un pez que podía aprovechar su capacidad para llegar a cualquier rincón del planeta con un golpe de cola y escuchar todas las leyendas y cuentos a lo largo y ancho de los cinco continentes.

Como habréis adivinado, aquella no fue la última vez que recalé en Isla Imaginada, es un lugar demasiado hermoso para visitarlo una sola vez en la vida. Por eso, y porque hasta un salmón particular necesita unas vacaciones, de vez en cuando me quedo unos días por esta preciosa isla, saludo a los amigos, que cada vez son más, y Martes de Cuento recopila todo lo que he oído lejos de sus fronteras para guardarlo a buen recaudo, en unas cajas parecidas a las de Quelet, por si un día yo también pierdo la memoria.

Fairy Tales

Dejó el pequeño cuenco con agua cerca de la ventana; le gustaban los días de primavera en que todo brotaba en verde, morado, blanco y azul.

Su madre la había enseñado bien; había que tener a los seres mágicos contentos, sobre todo si uno quería que le ayudaran a encontrar cosas perdidas o, mejor dicho, que no le perdieran las cosas.

Decidió dar un paso más e incluyó en su ofrenda un pastelito de chocolate recién horneado, sus favoritos.

Estaba segura de que a las hadas les encantaría, con su crujiente primer mordisco; pero se cuidó mucho de desmenuzarlo para que ellas pudieran transportarlo.

A veces las imaginaba como pequeñas hormiguitas, recogiendo cada pedacito para llevarlo a su escondite y regresando luego a por más hasta que de su regalo no quedara ni una migaja.

Desde bien pequeña había creído en ellas, ¿cómo no iba a hacerlo si por la noche veía sus rápidos destellos a través del ventanuco de su habitación?

Eran unas hadas de campo encantadoras, aunque ella sabía que también existían en los bosques y los arroyos; hasta en las bibliotecas, donde ayudaban a los lectores a escoger su próxima aventura con un sutil brillo sobre el lomo encuadernado.

Y luego estaba el hada de los dientes, aquella debía ser una más grande de lo normal; un diente pesaba mucho, ya no digamos una muela, y ella sola tenía que acarrearlo hasta su casa sin ser vista ni hacer ruido.

El único tipo de hada en el que no creía era en las madrinas. Estaba totalmente en contra de la idea de que uno de aquellos seres fuera, de un modo u otro, esclavo de un humano por muchas princesas que salvaran, y por eso se negaba a leer cuentos en los que participaban, así como hacía ya mucho tiempo había dejado de leer cuentos en los que el lobo solo aparecía para comerse a los protagonistas y terminar muerto.

Se erigió en activista en contra de su extinción. Como los señores que salían en los informativos defendiendo a las ballenas y los osos polares, ella pensaba hacer todo lo posible por que ningún hada muriera por falta de imaginación.

Seguramente fue eso lo que la impulsó a llevar cada día el pequeño cuenco fuera de la casa; un cuenco que aparecía vacío al día siguiente, salvo por la pequeña flor de margarita que sus protegidas habían depositado en señal de agradecimiento.

HER

Se acercó con cuidado, como le habían dicho, a aquel bulto berreón, que mostraba su carita amoratada por el llanto entre la manta que la cubría.
A ella, a pesar de su nula experiencia y corta edad, le pareció el bebé más bonito del mundo; después de todo, se trataba de su hermana.

Para la hermana más bonita del mundo en el día de su cumpleaños.