Quedarse para vestir…
Pasó aquel Santo tantos años buscando altares en los que posarse sin encontrarlos, que se quedó para vestir solteras.
Pasó aquel Santo tantos años buscando altares en los que posarse sin encontrarlos, que se quedó para vestir solteras.
El escritor buscaba un nuevo hogar sin éxito. Todo lo que le enseñaba el agente inmobiliario eran espacios abiertos y habitaciones comunicadas.
Él necesitaba una casa con puertas, con todas las que pudieran ponerse en una casa, tantas como fuera necesario. Puertas que separaran la cocina del comedor, el comedor del salón, el salón del pasillo, el pasillo de la habitación, la habitación del cuarto de baño, el cuarto de baño del pasillo; hasta alguna que mediara entre el primer tramo de pasillo y el segundo.
Vivía con el miedo constante a que, si se dejaba una puerta abierta, los protagonistas de sus libros se escaparían por ella para nunca regresar.
La convención anual de arrieros se celebró en Roma tras muchas deliberaciones.
Era lo lógico, pues todos los camino conducían allí.
Texto presentado para el Taller de Literautas.
La única premisa era que su título fuera «La maldición», además se añadía el reto de escribirlo sin una sola «t» y yo tiré de experimento y, por qué no decirlo, un poco de mala idea.
Acongojado, más bien vencido,
se hallaba el gallo en un rincón.
El día había pasado
cumpliendo con su función
y ahora ya no podía
ni decir “cocoricó”.
Incluso el pico le dolía,
ya no hablemos del espolón.
Y su cola, ayer colorida,
había perdido el fulgor.
Por cansado que se viera,
no habría descanso, no.
Cerró los ojos y ,en sueños,
claro el recuerdo acudió
del aviso que le diera
el gallo al que sucedió:
«Ve con cuidado, mi amigo,
que aquí hay una maldición;
pues, para un solo gallo,
demasiadas gallinas son.»
Al emperador le habían invitado a la boda del hijo del rey de la Cochimbamba. Sus consejeros le habían pasado un dossier con las normas de etiqueta por aquellos lares, pero él, que se lo había visto a George Clooney en una revista, prefirió un traje de Armani.
—Las niñas buenas van al cielo, hija.
La reprendió con dulzura la monja cuando la pilló escabulléndose por la puerta trasera del patio escolar.
—Puede, pero es que yo solo quiero ir a por chuches al kiosko de la esquina.
Se sentía como una niña entre los “knit-knit” de las agujas de punto y los “sew-sew” de la máquina de coser; hasta el “croch-croch” del ganchillo sonaba diferente cuando practicaba inglés.
Llegaron de la Biblioteca Municipal haciendo una encuesta.
—Buenos días, ¿hay algún lector en este domicilio?
—En esta casa lee hasta el perro, bajo pena de muerte.
La primera habitación que le ofrecieron en el hotel “Los Tres Ositos”, no tenía vistas al mar, y la segunda estaba demasiado cerca del ascensor.
Conforme con la tercera, en la última planta del hotel, Ricitos de Oro bajó a cenar. Encontró la sopa de fideos escasa de caldo, y el gazpacho sobrado de ajo, pero el filete de pollo a la Villeroi le encantó. Y dejó constancia de todo ello en diversas páginas web.
Una vez cada cuatro años, engullía sin descanso las ofrendas que le hacían. Tal era el empacho que, al final del día, se veía obligada a vomitar todo lo ingerido, mientras un equipo de forenses analizaba el contenido de su estómago.