Moura

Moura me miras y yo no quiero serlo
por no extraviar en mi costa a otros sordos marineros.
Moura me miras y te sueño con anhelo,
que arribes a mis pies entre las ondas de mi pelo.
Moura me miras y moura me siento,
espejismo de tu mente que pudo robarte un beso.
Moura me miras y moura ahora me veo,
esperando en el acantilado del fin del mundo,
buscando en el horizonte tu barco.
Finalmente soy moura de ingratos deseos.

Maese Pérez

Este texto corresponde a un ejercicio del taller de Literautas, el requisito: que fuera una historia de miedo. Y yo, que soy tan retorcidita… pues solté esto.

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A Maese Pérez le latía el corazón en los oídos, amenazando con aturdirle hasta perder el conocimiento. Aguardaba con paciencia a que la bestia peluda dejara despejado el camino, pero aquel demonio naranja de ojos brillantes caminaba sigiloso de un lado a otro, ejerciendo un trabajo de centinela que sus amos no le habían encomendado.
No quería quedarse allí, necesitaba acceder a la parte superior, le urgía conseguir su objetivo aunque le fuera la vida en ello.
Siendo francos, le iba la vida en ello.

Hacía sólo unas horas que la rata infecta que tenía por rey le había enviado a dos de sus matones.
El plazo era firme, improrrogable: tres días.
Hasta habían tenido la desfachatez de sonreír mostrando sus dientes amarillentos, tratando de simular un mínimo de compasión.
Recordó con pesar el calor de su hogar, y la imagen del rincón donde otrora se amontonaran tesoros blancos y relucientes empañó su memoria.
Allí se apilaban ahora piezas carcomidas que no servían para apaciguar las ansias del monarca. Incluso había intentado colarle algunos ejemplares falsos muy logrados; pero no sirvió para nada que no fuera enojar más a su acreedor.
Esto era un acicate para afrontar el presente; situaciones desesperadas requerían medidas desesperadas.

Se aferró con fuerza a la herramienta y suspiró abatido.
El sonido de la madera herida por las uñas de su pesadilla viviente le taladraba los tímpanos, y su respiración comenzó a hacerse más acelerada; si seguía así, sólo era cuestión de tiempo que el monstruo lo oyera y le diera caza como lo que era: un cobarde, un ratón acorralado bajo la escalera.
De haber tenido un dios en que creer habría rezado con ansia, prometiendo penitencia a cambio de salvar el pellejo; mas no estaba en su condición encomendarse a intervenciones divinas, y dudaba mucho que aquellos milagros consiguieran librarle de sus múltiples amenazas.
Aún así, algo, lo que fuera, atrajo la atención de la alimaña naranja lejos de él, dejándole el camino libre.

Maese Pérez corrió como no había corrido en su vida. Aterrado con la idea de que el monstruo volviera en el momento más fatídico, consiguió cruzar el pasillo y subir el primer tramo de escaleras sin que se oyera más respiración que la suya.
Atravesó la primera estancia sin resuello hasta alcanzar la puerta que buscaba.

En el peor momento, los latidos abandonaron sus sienes para posarse en las puntas de los dedos, obligándole a usar las dos manos para sujetar el útil que había escogido para su plan.
Su objetivo dormía, de forma aparentemente plácida, en la cama que había bajo la ventana.
Conocía los riesgos, no era la primera vez que se internaba en aquellos mundos gobernados por gigantes, que usaban los más temibles instrumentos de tortura para deshacerse de indeseables como él; pero tenía que hacerlo o los esbirros del rey acabarían con su vida y luego usarían sus despojos para la cena.

Se acercó con cuidado y trepó hasta la cabecera del catre; ahora reconocía que las tenazas no eran la mejor idea del mundo, pues golpeaban la madera delatando su presencia.
Por fortuna, el gigante no se apercibió del sonido y, si lo hizo, se limitó a gemir de forma extraña para seguir durmiendo con la boca abierta.
Aprovechando una oportunidad que reconoció como única en la vida, Maese Pérez se acercó a la cabeza del dormitante y asió con determinación las tenazas, colocándolas alrededor de la codiciada pieza. Apretó con fuerza y tiró conteniendo el aliento, como si un solo suspiro pudiera despertar al titán. El rey rata se sentiría complacido con el tesoro y él conservaría la cabeza.

En medio del caos provocado por los gritos del niño y las carreras de unos padres asustados, logró escabullirse fuera de la casa, evitando también al demonio anaranjado.
En otros tiempos habría dejado una golosina bajo la almohada, quizá una moneda a cambio de aquel diente sin profanar por las caries y el sarro; pero lo que Maese Pérez blandía sobre su cabeza no era un diente de leche; ya no quedaban dientes de leche aprovechables en este mundo y, a partir de ahora, no tendría más remedio que arrancar los más nuevos, recién emergidos de las encías rosadas de aquellos devoradores de azúcar. Unos dientes que todavía sirvieran para algo.

Torre la Higuera

Cuentan que la torre se deslizó una noche por la duna, que ya era incapaz de sostener su mole; cayó al mar enterrando su cabeza en la arena y dejando su base al descubierto.
Nadie sabe si lo hizo acompañada de un gran estruendo o si, por el contrario, el silencio se hizo eco en ella hasta su destino, pues entonces aquella playa distaba mucho de su aspecto actual.
La torre había sido su único habitante de origen humano en mucho tiempo, y los jabalíes, ciervos y linces, habían encontrado cobijo bajo su sombra; tal como ahora hacían los niños en busca de cangrejos.
Mucho tiempo atrás se había levantado para vigilar a los piratas que amenazaban la costa y ahora, verano tras verano, era asaltada por piratas más temibles y menos aguerridos que saltaban desde su punto más alto al agua y dejaban la playa llena de bolsas, latas y botellas sin miramientos.
Si Torre la Higuera hubiera tenido ojos, habría llorado, pero no podía o sus primeras lágrimas habrían asomado cuando los ladrillos empezaron a invadir su paraíso espantando a los ciervos y los jabalíes.
Tras siglos siendo la única evidencia humana más allá de los pescadores, se vio rodeada de apartamentos que proyectaban su sombra sobre la arena donde antes el sol acariciaba la espuma de las olas por detrás de ella al atardecer, y sólo le quedó el consuelo de que, en algún momento, llegaría el invierno y aquellas invasiones desalmadas cesarían, dejándola a solas con las gaviotas y los cangrejos, tal como fue al principio.

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Samhain

Creía que deambulaba por calles vacías porque ignoraba la presencia de los fantasmas caminantes a su alrededor.

El viejo molino

El viejo molino ya no tenía piedra con la que moler; tantos años de giros infinitos habían terminado por quebrarla, y el abandono puso fin a su voluntad de convertir el grano en pasta, pero el agua seguía discurriendo entre sus palas de madera, resistentes al paso del tiempo.
Era sorprendente que su corazón todavía tuviera pulso después de que los hombres que lo construyeron hubieran dejado de lado su utilidad por modernas máquinas que lo hacían todo más rápido y más cerca de las casas.

El viejo molino era feliz en su guarida de roca, viendo el riachuelo mezclar sus aguas con las olas del mar pocos metros más allá.
Nunca le faltaron días en los que aquellas mismas olas llegaran a lamerle los pies; especialmente cuando el mar se enfurecía, tirando espumarajos por encima del borde más alto del más alto acantilado y, con eso, el viejo molino tenía suficiente.

La principita

Se ató la pulsera de cuero marrón alrededor de la muñeca y se vistió de princesa; no una princesa al uso, el tipo de princesa en que ella creía: una con pantalones bombacho y gafas grandes en vez de vestido de gasa y corona de oro.
De pequeña había descubierto que, para encontrar un príncipe de verdad, de los que saben cuidar las rosas y los baobabs, primero había que perder el miedo a volar.

Rito de transición

Este texto forma parte del taller de Literautas, la condición era que se tratara de una lucha o un combate.

 


 

 

Se apresuró a practicar el tajo en el cuello del animal aunque el venado ya estaba muerto. Sonrió para sus adentros, orgulloso de su destreza con el arco; su flecha había acertado de pleno en el corazón de su presa que se derrumbó en un suspiro y ahora le miraba con los ojos vacuos y aquella mueca burlona de la lengua colgando sobre sus dientes inferiores.
Debía darse prisa y eviscerarlo con cuidado, no quería que la sangre se mezclara con las heces verduzcas y hediondas por la hierba a medio digerir.
La vida del animal le recorrió según se embadurnaba con la sangre y mantuvo las manos dentro de su vientre, tratando de calentarlas. La débil lluvia que se colaba entre las hojas de los árboles le había entumecido los dedos y aún más la inactividad esperando el momento exacto en que soltar su dardo.
Un movimiento a su espalda le hizo ponerse en guardia; había sido un soplo sutil, casi imperceptible. Después de una semana en el bosque se había familiarizado con sus sonidos y aquel no presagiaba nada bueno.
Buscó con la mirada el origen de aquella sensación que le invadía, un desasosiego como una alarma de peligro que le subía desde el estómago; pero no encontró nada salvo una ardilla traviesa cruzando de un árbol a otro.
Volvió a centrarse en su presa dispuesto a terminar con el trabajo; regresaría triunfal a la aldea para demostrar que ya era un hombre, uno poderoso; y bailaría con la cornamenta del ciervo adornando su cabeza como hiciera Cerumnos, el gran dios.
Levantó la vista un instante prevenido por una sombra que se acercaba desde el otro lado del cuerpo abatido. Los ojos amarillos de su rival brillaron con fiereza, los colmillos asomaban bajo su labio tan largos como su propio dedo índice. Era un macho viejo pero no por ello menos peligroso.
Leyó la desesperación en su mirada, el apetito en la lengua que pasaba sobre su nariz oscura y la determinación de quien no tiene nada que perder.
Durante unos segundos se miraron fijamente midiendo al enemigo, valorando las opciones, ideando una estrategia.
Conall deslizó la mano hasta la daga que permanecía clavada en la tierra, su arco estaba demasiado lejos y lamentó aquel descuido.
El lobo mantenía los ojos fijos en los suyos mientras acortaba la distancia entre ellos con sigilo, como un fantasma. El joven decidió permanecer agachado con su presa como parapeto procurando no ofrecer a la alimaña puntos débiles como el estómago o las rodillas. Y una sensación peor comenzó a invadirle, consciente de que una manada entera podía estar esperando entre los árboles silenciando sus movimientos sobre la tierra mojada, e intentó controlar lo que le rodeaba.
Fue entonces cuando el lobo aprovechó para saltar sobre él, tratando de clavar sus dientes en el cuello del joven guerrero que se revolvía intentado protegerse y sacarse a la fiera de encima.
Las uñas romas del animal le arañaban la espalda mientras trepaba por ella buscando un punto de apoyo con el que afianzar su mordida mortal, sin conseguirlo.
Conall se tiró al suelo bruscamente aprisionando a su atacante contra el ciervo, logrando unos segundos vitales para recomponerse antes de clavar su cuchillo; pero el viejo can se movía rápido ocultándose bajo él, evitando cualquier resquicio por el que la hoja brillante pudiera alcanzarle sin suponer un peligro para el hombre.
Se incorporó súbitamente para volver a dejar caer su peso sobre el cuerpo del lobo que emitió un gemido sin soltar su presa.
El aliento putrefacto de sus fauces invadía el aire que Conall respiraba; en secreto rogó a todos los dioses por su vida y debieron escucharle pues, tan pronto como había empezado, terminó.
El viejo lobo no pudo mantener la lucha por mucho tiempo, y la presión del cuerpo humano sobre él acabó siendo suficiente para que le soltara.
Con la respiración entrecortada, Conall hundió su daga en el costado del animal y el brillo dorado se apagó con un aullido lastimero. Desde entonces sus almas serían indisolubles; su tótem se había manifestado y su piel, que ahora separaba del cuerpo inerte, le serviría de abrigo en los fríos días del invierno que se acercaba.
Volvió a sonreír, no sólo llevaría la carne de un enorme ciervo a la aldea, también la piel del lobo; así demostraría que no sólo era un hombre, demostraría que, por encima de todo, era un guerrero al que todos deberían temer.

BELTANE

Este es el último texto que envié al taller de Literautas, con las palabras “beso” y “circo” como obligatorias y el reto añadido de hacerlo sin adjetivos. En la versión original se me coló uno, aquí he enmendado el error.


       Llegué a Beltane con urgencia pero tarde, cuando ya las lonas de colores que adornaban la explanada, como un circo arrancado del medievo a los ojos de un niño, habían desaparecido; cuando los arqueros habían recogido sus flechas y los caballos habían dejado de relinchar al viento.

Casi dos mil años después de aquel beso que nunca llegó a ser, llegué a Beltane, con un cuerpo a medio reciclar y un alma que se acordaba de todo, a veces a su pesar.

           Llegué a Beltane con urgencia, sin que aquello fuera la colina de Uisneach, sin que Éire fuera la tierra que pisaba, y sólo hallé una vela que titilaba en las luces del bar parecida a las hogueras que antaño iluminaron la isla en las noches de comienzos de mayo.

Me invadió el impulso de cumplir con la tradición de atravesarlas, aunque el temor me atenazara a consecuencia de las sombras que giraban a su alrededor.

Tuve miedo de quemarme, de no encontrar nada al otro lado, pero terminé por introducirme entre las llamas para ver tu rostro que se perfilaba en esos ojos del color del océano todavía hoy, cambiando sus matices al son de la luz que les daba.

         Habías pasado aquellos minutos, ¿qué digo minutos? ¡Casi dos milenios! frente al fuego, esperando a que apareciese saliendo de un olvido que nunca llegó a ser tal.

Tu sonrisa me cautivó por completo, llenándome de calma, haciéndome recordar más de lo que ya recordaba mientras me arrastrabas hacia ese bosque de mitos que se poblaba con gemidos sin concluir, atestiguando los encuentros de otros amantes que nunca fuimos nosotros, hasta ahora.

            Llegué a Beltane con urgencia y no tan tarde como pensaba, porque había una cueva, una hoguera y tú estabas allí, porque la música aún no había cesado.

             Llegué a Beltane casi dos mil años y tres días después de Beltane, pero te encontré, y nos amamos como siempre y esta vez diferente, y comprendí, al fin, que todos los días son Beltane si estás tú.


Nota del autor: Beltane es una festividad de los celtas que celebraba la fertilidad y era costumbre que los amantes se perdieran en bosques y cuevas; hoy coincidiría con el día uno de mayo (en irlandés este mes recibe el nombre de Beltane).

La celebración empezaba con el encendido del “fuego del rey” en la colina de Uisneach, el centro de Irlanda.

Teixido/Canción en dos estrofas

Imagen

Me quedaré mirando al mar hasta que la última barca zarpe de Teixido, llevando mi alma en ella.

CANCIÓN EN DOS ESTROFAS

I

Cómo tiemblan mis manos
mientras te escribo,
qué poco late mi corazón
cuando no estás,
nunca mi voz se ahogó tanto
entre mis dientes.

II

Qué fría despertó la mañana
con tu ausencia,
qué negra era la luna anoche
mientras te recordaba.
Hoy, por primera vez,
la niebla me llevaba a casa.

De círculos y miedos

Hace tiempo que perdí el miedo a caer en el abismo, la tierra es redonda. Pero los monstruos marinos acechan tras cada ola, aunque sean las que provoca la cucharilla que remueve cansina el perfecto círculo de mi taza de té.
Y de noche llegan los dragones, como drakkar vikingo de velas rayadas, a inquietar mis sueños.
Ojalá tuviera un hacha con filo dorado en las mismas llamas de ese infierno que los cristianos predican, pues con ella cercenaría una a una las siete cabezas de la hidra que me atenaza el pecho con sus garras de águila.
Entonces despierto confusa, buscando respuestas al mensaje oculto entre mis desvelos.
-Todo es circular- les digo a mis pupilas mermadas por la fobia a la luz del verano, y me consuelo pensando que su fulgor se apagará temprano y esa esfera ardiente quedará oculta por la niebla, para convertirla en un mero recuerdo.