Caperucita

Al principio se asustó, los colmillos eran terribles y brillaban como sables a la luz del poco sol que entraba por los frondosos árboles, pero aquel animal la miraba con los mismos ojos que el mastín que guardaba su casa cuando quería que le echara las sobras.
Sin miedo alguno, sacó de la cesta parte del contenido y lo dejó en el suelo antes de seguir su camino.
Pronto llegó a la vieja choza en el claro del bosque y entró, pergeñando todavía una historia que le evitara la regañina.
—Abuelita, ¿sabes qué?
La anciana la miró expectante.
—Encontré un lobo en el camino.
—¡Ay, hija! ¿Estás bien?
—Sí, pero le tuve que dar tu pollo para que no me comiera.

El viejo molino

El viejo molino ya no tenía piedra con la que moler; tantos años de giros infinitos habían terminado por quebrarla, y el abandono puso fin a su voluntad de convertir el grano en pasta, pero el agua seguía discurriendo entre sus palas de madera, resistentes al paso del tiempo.
Era sorprendente que su corazón todavía tuviera pulso después de que los hombres que lo construyeron hubieran dejado de lado su utilidad por modernas máquinas que lo hacían todo más rápido y más cerca de las casas.

El viejo molino era feliz en su guarida de roca, viendo el riachuelo mezclar sus aguas con las olas del mar pocos metros más allá.
Nunca le faltaron días en los que aquellas mismas olas llegaran a lamerle los pies; especialmente cuando el mar se enfurecía, tirando espumarajos por encima del borde más alto del más alto acantilado y, con eso, el viejo molino tenía suficiente.

VALOR

Cuando tomó conciencia de su mortalidad, decidió no aferrarse a un dios como hacían otros; se prometió a sí misma que esperaría su hora como los valientes.
Cogió su lanza, su brillante armadura y salió en busca de dragones que matar.

La principita

Se ató la pulsera de cuero marrón alrededor de la muñeca y se vistió de princesa; no una princesa al uso, el tipo de princesa en que ella creía: una con pantalones bombacho y gafas grandes en vez de vestido de gasa y corona de oro.
De pequeña había descubierto que, para encontrar un príncipe de verdad, de los que saben cuidar las rosas y los baobabs, primero había que perder el miedo a volar.

Sabañones

—Abuelo, ¿por qué te falta un trocito en esta oreja?— preguntó la niña, tocando con sus pequeños dedos aquella ausencia parecida a un mordisco.
—Los sabañones, hija.
En la mente de la nieta, aquella nueva palabra tomó la forma de un ratoncito rojizo y minúsculo, que aprovechaba cualquier descuido para mordisquear las orejas de la gente.

Amar

 

Imagen

 

Cuentan que Mar se enamoró de Tierra y que la espuma de las olas eran torpes besos furtivos.
Tal era la pasión de aquel amor, tan fuerte e intensa, que Mar terminó por desmoronar los acantilados para poder ver a Tierra desnuda por fin.