De puntales y licencias

Su mundo se desmoronaba; lo difícil de apuntalar mundos es que casi todos son redondos, y cuesta encontrar un punto de apoyo.

Aún así se puso a la tarea, decidida a no dejar que su mundo se derrumbara del todo. Entonces llegó la licencia del Ayuntamiento; tenía permiso para hacer la obra, pero debía conservar la fachada.

8 de marzo

Nos dijeron: ¡Tomad vuestras alas!
Y nos sacaron de la jaula.
Pero aún somos aves rapaces
atadas con cuerda
a un mástil de plata.

image

Yo de mayor quiero ser…

—Mamá, hoy en el cole hemos dado Laponia y yo de mayor quiero ser sami.

— ¿Y eso, hija?

—Porque las niñas sami hablan cuatro idiomas.

—Eso está muy bien, aunque no hace falta ser sami para hablar tantos idiomas.

—Lo sé. Pero es que, además, saben cazar renos.

 

 

The Pirate’s Bride

Este relato se recoge en el recopilatorio del curso de Literautas 2014-2015.

El título, así, en inglés, se debe a una canción de Sting, recomendable al 100%


Esperaba que los paisanos se mostraran reticentes a tener contacto con él, así que no digamos a mantener una conversación; ya se lo habían advertido en la ciudad, pero de ahí a que le ignoraran cuando entró en la única taberna del pueblo mediaba un abismo.

Se sentó al fondo de la barra y pidió una jarra de cerveza que el tabernero le sirvió con calma y una sonrisa enigmática en los labios.

—Si preguntas, viajero, por esa mujer que vaga por la playa, no dirán una palabra. Está maldita y aquí nadie la menciona. Es lo que pasa cuando se toman malas decisiones y se sigue al corazón; yo se lo tengo dicho a mis hijas, que me hagan caso y no se fíen de los amores que llegan en primavera como el olor de las margaritas, porque más pronto que tarde se han de marchitar.

— ¿Entonces está allí por recoger margaritas?— preguntó el forastero sin terminar de comprender el acento cerrado de la zona.

—No, hombre— rió de buena gana—, por recogerlas no, más bien por deshojarlas— el extranjero siguió sin comprender—. Verá usted, ¿ha estado alguna vez enamorado? Pero enamorado de verdad, de esas veces en que falta el aliento y el sol no brilla tanto como la luna que nos arrulla mientras soñamos con aquella a la que amamos — el hombre negó con la cabeza—. Entonces quizá no entienda por qué la María vaga por la playa; ella sí conoció esa clase de amor y, como la buena hoguera que tanto calienta, le prendió hasta el alma. Aquel fuego tenía nombre y apellido: Martín Escribano; un zagal bien parecido, hijo de un cabrero, que dejó a su padre colgado en el monte para enrolarse como pirata.

El forastero se acomodó en el taburete, dispuesto a escuchar una historia apasionante.

—No me malinterprete, no seré yo quien juzgue al muchacho. Aquí muchos buscaron riquezas, o al menos pan para llevarse a la boca, en barcos de esa calaña. Mi propio abuelo probó suerte en esos menesteres y no salió muy mal parado. Esta taberna— señaló a su alrededor— es fruto de aquellas aventuras y, ya ve, tres generaciones regentándola. Mi padre era harina de otro costal; según mi abuela, la madre de mi madre, un cagado. Pero supo mantener el negocio a flote, aunque flotar, lo que se dice flotar, mi padre flotaba poco, ni a las rocas se asomaba, le fuera a salpicar la espuma de una ola.

Esperó a que el chiste calara en la audiencia y, al ver que el extranjero seguía esperando a que continuara, suspiró y relató durante un buen rato la vida, obra y milagros de sus ascendientes hasta la cuarta generación sin que el hombre que tenía sentado enfrente hiciera un solo gesto de impaciencia o comprensión, impertérrito ante las desventuras familiares.

—Le decía, amigo, que yo no le conocí, yo era niño cuando todo esto pasó, pero mi madre me contó que la María y ella eran amigas de la infancia. Una muchacha hermosa como pocas en el pueblo. Hubiera podido casarse con cualquiera, hasta con mi padre. Pero en un baile de mayo sus ojos se encontraron con los del tal Martín y nada se pudo hacer— el oyente sonrió imaginando la escena—. Incluso se prometieron, fíjese. Justo antes de la boda, él se embarcó. Ella calló sus temores y le esperó paciente durante cinco largos años. Muchas cosas cambiaron por entonces, empezando por la llegada de unos enviados del rey que se unieron a la espera sin que la pobre María se percatara siquiera de su presencia. Ella juraba que daría el oro de tres navíos ingleses por volverle a ver; de su boca no salía una palabra y su mirada no se posaba en otra cosa que no fuera el mar, ya lloviera o hubiese temporal.

—Cinco años son mucho tiempo— se atrevió a interrumpir, dispuesto a hacer notar lo atento que estaba ahora al relato—. No creo que mi mujer fuera capaz de esperarme tanto.

—Ni la mía. Pero le decía: el día que el barco de su amado regresó, los soldados apresaron a la tripulación y enseguida les condenaron a ser colgados del cuello hasta morir. Ella nunca vio ejecutada la sentencia.

— ¿El Martín escapó?— cortó el forastero con la esperanza prendida en la interrogación.

—Qué va; en el momento en que su adorado Martín pendía de la soga, la María estaba en la playa mirando al horizonte, como cada día de aquellos cinco años, y dispuesta a esperar otros cien si era necesario, marchitando definitivamente su juventud como si no fuera su prometido el que se escondía bajo el saco que les ponen a los condenados a la horca.

Estaba conmovido, pues la mujer que él había visto fácilmente había superado los setenta años.

—Dicen los que les conocieron que la María perdió la cabeza del todo en el mismo momento en que los tambores comenzaron a sonar.

Elementos

Cuando se enfadaba, todo su cuerpo parecía hecho de fuego. Era una sensación potente y extraña, tan intensa, que a veces creía que no podría controlarlo; como si, de repente, las yemas de sus dedos fueran a incendiarse, y sus ojos verdes pudieran tornarse oscuros, convertidos en rescoldos de carbón recién retirado de una hoguera.

Pasó mucho tiempo tratando de encontrar el agua con que sofocar aquello, pero terminó por descubrir que, si bien el aire sólo lograba incrementar su ira, hundir los pies en la tierra era el remedio para su mal; como si echar raíces fuera la única cura milagrosa.

Puntos cardinales

Si perdía el norte, podía tardar días en encontrarlo de nuevo; sin saber por qué, su brújula siempre marcaba el oeste, burlándose de ella, tratando de confundirla en medio del bosque de sus pensamientos.

Ni el musgo que podía crecer en los árboles indicaba el punto que buscaba, así se reían sus guías de ella; y no se irritaba, podía ser que el oeste fuera su nuevo norte, que los campos electromagnéticos de su mundo hubieran cambiado sutilmente hasta trastocar la ubicación de las cosas, y el imán de su indicador esférico no se diera por aludido.

El sonido del agua brotando de entre unas rocas la atrajo con fuerza, pero aquello caía al sur, dijera lo que dijera su brújula.

Rozó con ternura la empuñadura de su espada de madera y el suave cuero del carcaj que cargaba a la espalda le acarició el codo, sobresaltándola. ¿Qué hacer? ¿Hacia dónde ir?

Posó su mirada en la roca cubierta de liquen que interrumpía la claridad del sendero hacia el nacimiento del río, decidió que no había mejor camino que el que no existía aún y comenzó a trazarlo con sus pisadas.

Trepó, no sin dificultad, a lo alto de la atalaya natural y el mundo que la rodeaba tomó una nueva dimensión. Ahora ya podía ver por encima de las copas de los árboles, dejando ante sus ojos un lecho infinito de hojas verdes.

Se tomó un momento para descansar y observar desde su nueva ubicación. Allí era inalcanzable, se sentía poderosa e invencible; ni la expectativa de encontrar su destino podía empañar aquel instante, y aprovechó para imbuirse de aquella sensación, tratando de acumularla en su interior para usarla cuando llegara el momento.

Antes de bajar por la otra cara de la roca, consultó de nuevo su brújula; definitivamente se había vuelto loca, pues ahora indicaba algún punto entre su ombligo y su corazón, cuando ella sabía con exactitud que, cualquier norte que pudiera existir, estaría más bien hacia el otro lado.

Blancanieves

Mordió cada manzana del frutero hasta caer dormida. No hubo príncipes azules al despertar, pero el sueño fue reparador.

Sirena

No le gustaba el verano; en realidad no recordaba haberle tenido especial cariño en su vida, ni de niña.
Para ella era una época anodina en la que todo se mueve más despacio y las únicas conversaciones se limitan a preguntar por cuándo se cogen las vacaciones.
Tampoco le gustaban los días de playa, atestados de gente dorándose cual sardinas en parrilla, por el mero placer de presumir de moreno cuando regresaran a la rutina.

Ella prefería el otoño o el invierno. Y ahí sí, ahí se deleitaba contemplando un mar que entonces era mar y no charco de pis; una fuerza de la naturaleza que reflejaba el mismo color de sus ojos verdes y que se rebelaba contra la arena con un millar de caballos desbocados en cada ola.
Pero a veces, en verano, sentía la llamada; algo ancestral, atávico; y no le quedaba más remedio que sumergirse en el agua un nada, un entrar y salir, para dejar que la sal se incrustara en su pelo cuasirizado y creara aquellas rastas indisolubles si no se enjuagaban rápido.

Disfrutaba más aquel contacto frugal que mil horas en su orilla bajo el sol. Y entonces anhelaba sentarse en una roca y mirarlo embravecido, salvaje e indomable; capaz de engullir el mundo si esa era su voluntad, mientras las nubes grises amenazaban en un horizonte difícil de distinguir; cuando los desconsiderados veraneantes no se atreverían a ir a ensuciar su arena, y todo volvería a ser más o menos como antes, como hacía milenios: el mar, la arena y ella sobre una pequeña roca simulando ser sirena que no echaba de menos su cola de pez.

La osa

Normalmente todo en ella era cándido y tierno como una osa en hibernación, pero a veces aquella osa despertaba de su letargo y se convertía en algo salvaje buscando sobrevivir.

La principita

Se ató la pulsera de cuero marrón alrededor de la muñeca y se vistió de princesa; no una princesa al uso, el tipo de princesa en que ella creía: una con pantalones bombacho y gafas grandes en vez de vestido de gasa y corona de oro.
De pequeña había descubierto que, para encontrar un príncipe de verdad, de los que saben cuidar las rosas y los baobabs, primero había que perder el miedo a volar.