Matar el tiempo

Hasta que el reloj comenzó su monótona danza, todo en la casa parecía eterno; era aquel dichoso “tic, tic, tic” el que convertía las cosas en perecederas, y él lo miraba sentado en su sillón de orejas y botones.
Apuntó hacia el centro de la esfera, justo donde las manillas brotaban enganchadas al mecanismo interno de aquella mala bestia, y disparó.

La principita

Se ató la pulsera de cuero marrón alrededor de la muñeca y se vistió de princesa; no una princesa al uso, el tipo de princesa en que ella creía: una con pantalones bombacho y gafas grandes en vez de vestido de gasa y corona de oro.
De pequeña había descubierto que, para encontrar un príncipe de verdad, de los que saben cuidar las rosas y los baobabs, primero había que perder el miedo a volar.

Australia

Aceptó la condena sin lágrimas en los ojos, sin resignación, sin emociones; después de tres meses en la cárcel de Wicklow cualquier cosa que pudiera sacarle de allí era una oportunidad, aunque su destino le enviara al otro lado del mundo, a Australia. En ese momento su mente se concentraba en las noches oscuras y frías de la prisión, cuando el sonido del mar embravecido inundaba cada recodo estallando contra las rocas y sus oídos; ahora sabía que ese ruido le acompañaría durante el trayecto hasta la enorme isla a la que muchos eran enviados pero de la que ninguno regresaba. Si en aquel pasillo flanqueado de celdas donde acababan de dictar su sentencia hubiera estado alguno de sus hermanos, a lo mejor su rostro habría mostrado un mínimo de humanidad pero, rodeado como estaba de pobres ladrones como él y guardias que contemplaban impertérritos el suceso, costaba mucho trabajo dejarse invadir por la nostalgia de los días felices, si es que conoció alguno, en libertad.


Paddy no tenía apellidos ni padres; hasta donde su memoria alcanzaba sólo habían existido él y sus hermanos menores. Su padre murió de hambre cuando el que hubiera sido el más pequeño de todos todavía habitaba el vientre de su madre; ésta les hizo entender que su pérdida era el sacrificio por que ellos tuvieran algo que comer, aunque solo fueran mendrugos de pan duros y mohosos que devoraban con impaciencia. Luego ella sucumbió a un mal parto y Paddy se vio sin nada, salvo tres hermanos llorones que necesitaban de sus cuidados y el consuelo de que el bebé tampoco hubiera sobrevivido a su nacimiento. Al principio algunos vecinos bienintencionados les prestaron cobijo y alimento, por poco que fuera, pero pronto la perspectiva de quitar comida a sus propios hijos en pro de aquellos desdichados les llevó a tomar una decisión cruel: abandonarlos a su suerte. Así fue como Paddy acabó recorriendo las calles en busca de un trabajo que no existía ni para los adultos fornidos, tanto menos para un renacuajo escuálido que no tenía más fuerzas que las que proporciona el instinto de supervivencia. Sin embargo lo más duro de todo aquello no habían sido los días de caminatas en pos de una oportunidad, sino las noches en que arropaba los cuerpos huesudos de sus hermanos bajo la única manta que poseían y que no daba para cobijarlos a todos. El invierno se cebó con todos aquellos que carecían de un triste fuego junto al que calentarse y la pequeña Maureen se durmió una noche de diciembre para no volver a despertar. Si en su, a esas alturas, impenetrable corazón hubo algo que le doliera hasta el llanto, fue tener que cargar con su hermana hasta un cruce de caminos para sepultarla bajo un montón de piedras que dejaran el triste recuerdo de su incapacidad para mantenerlos con vida. Poco más tarde, con la desesperación como perpetua compañera, Paddy comenzó a robar en el mercado aprovechando el descuido de los tenderos en medio de una marabunta que toqueteaba todo lo que exponían; mas nada dura eternamente, y solo era cuestión de tiempo que alguno le echara mano mientras sustraía un par de manzanas que llevar a sus hermanos. Por suerte para él el primero en percatarse fue benévolo y le dejó marchar con una simple reprimenda y las manos vacías. Aquella noche el llanto hambriento de Ian y Muira le irritó tanto que llegó a golpearles en un vano intento de hacerlos callar y, aunque los niños cedieron a la regañina, sus sollozos se le metieron en la cabeza torturándole continuamente, azuzándole cada mañana y volviéndolo más temerario en sus incursiones en busca de comida. Y esto desembocó en su segundo encontronazo con un tendero menos comprensivo que el primero, que llamó a los guardias a gritos mientras sujetaba con una manaza de hierro el escuálido brazo del chiquillo. Al punto, dos hombres uniformados le arrastraron hasta una celda húmeda de la que sólo salió para ser trasladado a la infame cárcel del condado, donde se hacinaban todo tipo de malhechores y pillastres como él.


Los primeros días el recuerdo de sus hermanos le torturó hasta el infinito, creando en su mente los más inverosímiles desenlaces; pronto su imagen se fue desvaneciendo, a medida que la luz del sol mermaba en el exterior tornando las noches más aterradoras y oscuras. Una vieja desdentada se sentó junto a él con un halo de compasión en la mirada; aquella mujer dedicó su tiempo a mantener a los innumerables muchachos con que compartía cautiverio entretenidos, contándoles historias de valientes que encontraban el paso al país de las hadas donde todo es lujo y nunca falta qué comer. Ése era el único alimento que tenían, el de su imaginación; por eso todos ellos lamentaron mucho la muerte de la vieja que les había llevado a otros lugares menos sórdidos y deprimentes que aquel en que se encontraban. Paddy consiguió que los cuentos de su compañera penetraran en su cerebro, y la angustia por la suerte de Ian y Muira se fue disipando al tiempo que la esperanza de que ellos hubieran encontrado la puerta a aquel mundo mágico calaba cada vez más hondo en sus anhelos. Un buen día, no sabría precisar cuánto tiempo después de su encarcelamiento, la prisión se llenó de un alboroto diferente a la rutina que los acompañaba. —Se los llevan, ya no cabemos. El hombre que pronunció estas palabras se acostó en lo más profundo del habitáculo, como si quisiera pasar desapercibido incluso para el aire que entraba por la ventana enrejada. —Se los llevan ¿a dónde? —Ay, hijo, lejos, muy lejos: a Australia. — ¿Por qué? —Porque aquí ya no cabe un alma más; por eso los cargan en barcos y los llevan al otro lado del mundo a trabajar unas tierras inhóspitas bajo el dominio de la reina de Inglaterra. Para el oído infantil de Paddy pasó de largo el gesto irónico del encarcelado al pronunciar el título, y en su mente comenzó a dibujarse aquella isla remota como algo muy parecido a los mundos fértiles y de abundancia que la vieja les relataba. Puede que por eso la sentencia del juez no provocara temor en el pequeño sino una sensación de liberación completa, de nueva oportunidad, de paso adelante.

Generaciones

Este ejercicio consistía en expandir la frase: “Tres mujeres tejen unas mantas que llevarán a la orilla del río.”


Tres mujeres de la misma familia, tres generaciones que parecen no tener nada en común.
La abuela se acerca a su trabajo para comprobar que la trama no se ha perdido en algún punto; al lado su hija, ya entrada en años, se mantiene erguida con las agujas sobre el regazo; la nieta sentada en el suelo, ordenando aún los colores, intentando decidirse por el aspecto que quiere darle a su labor.
Tejen unas mantas preparándose para la boda de la nieta; se irá lejos, al norte, donde el frío es implacable y la humedad se mete en los huesos incluso en verano.
Hasta hace dos días han estado cosiendo los vestidos que llevarán el día señalado; no hablan, sólo tejen y suspiran de cuando en cuando, cada una de ellas con una cosa en la cabeza: la abuela un recuerdo, la madre un anhelo, la nieta una ilusión. Esperando encontrarlos a la orilla del río donde lavarán las mantas cuando estén terminadas.

 

Olor a castañas asadas

Este texto pertenece al taller de Literautas, las premisas eran: un banco de un parque urbano y un periódico atrasado.

 

Después de años, meses, días cruzando aquel parque en modo autómata, con los ojos siempre fijos en la pantalla de su smartphone que la conectaba con el trabajo incluso antes de llegar a él, todo cambió.

El paseo central del Campo Grande servía, cual ruta hacia el hormiguero, a todos aquellos que por allí acortaban el camino a sus quehaceres cotidianos.
Siempre las mismas caras ajenas a las otras caras, incapaces de darse cuenta de que se cruzaron ayer y se cruzarían mañana.
Pero algo la sacó de aquel sopor; como una llamada sutil y a un tiempo firme, el olor a castañas asadas logró penetrar en su cerebro.
Se paró en seco y quedó mirando al ave que se cruzaba en el camino, un pavo de aquellos que esquivaba hábilmente en su rutina como si fueran simples borrones cercanos, y que hoy tenía color y esencia propios; sus ojos redondos se clavaron en ella y un recuerdo lejano la absorbió del todo trasladándola a su infancia, a los días de colegio cuando el humo de las primeras calderas encendidas formaba pinceladas blancas elevándose hacia el cielo azul, visible entre las ramas peladas de los árboles.
Sonrió, la imagen de su abuelo tirando de la mochila que ella había abandonado al entrar en otro parque, en otra ciudad no muy lejana, de vuelta a casa le recordó un tiempo en que su mayor obligación consistía en hacer los deberes del día siguiente y, para su sorpresa, se descubrió ante la castañera que le tendía aquel cucurucho caliente a cambio de unos euros que ella depositó gustosa en la mano enguantada de la anciana.

El banco que se atisbaba en uno de los senderos laterales la llamó entre susurros, al tiempo que su móvil delataba un nuevo mensaje.
Por un segundo se debatió entre seguir su primer impulso o responder a la demanda de su jefa. Optó por ignorar el pitido artificial y sentarse en el banco mientras desenvolvía el papel de periódico viejo y ahumado para, pelando la primera castaña, volver a respirar.
El sabor del fruto la envolvió como un abrazo de los que su abuelo le daba al despedirse, y todo lo que la rodeaba se tornó diferente.
Las últimas hojas pendían, amarillentas y marrones, de las ramas quebradizas y la llamada estridente de los pavos resonaba por todo el jardín.
Tantos años, meses, días cruzando aquel parque en modo autómata, y no se había dado cuenta del paso de las estaciones; de cómo, en primavera, las yemas incipientes asomaban verdosas donde ahora sólo se intuían nudos leñosos y yermos.

—Corre, abuelo, se ha ido por aquí— la niña urgía a un hombre de unos sesenta años, que arrastraba la mochila infantil con una palabra de precaución en la boca y un brillo de felicidad en la mirada.
Ante el reflejo de su propia historia, decidió que bien valía aprovechar aquel tramo de su trayecto diario para sentarse a contemplar una vida que su trabajo le arrebataba sin escrúpulos.

Miró el reloj mientras pelaba la última castaña, llegaría un poco más tarde de lo acostumbrado a la reunión.
Con las risas de la niña todavía a su alrededor, leyó el titular que había dado cobijo a su paquete de recuerdos; la frase que introducía la entrevista al ganador de algún premio la semana anterior: “Nunca deberíamos dejar de ser niños”.
“Tomo nota” pensó, antes de arrugar la hoja para tirarla a la papelera. Y se alejó canturreando algo que hacía años se había escondido en lo más profundo de su memoria.

Imagen

 

A mi abuelo Mario, que vuelve a mí cada otoño con el olor de las chimeneas de leña y las castañas asadas.

El extraño de las gafas

Notó cómo una voz la llamaba, pero sólo en su cabeza, y cuando se giró hacia el lugar de donde parecían venir aquellos pensamientos, encontró a un hombre delgado y moreno que escondía, como ella, los ojos tras una gafas de sol; a pesar de ello, fue capaz de leer el dolor de su corazón, exacto al que apuñalaba el suyo propio y percibió una voz rasgada como la suya que, sin embargo, albergaba las más hermosas notas pendientes de unos dedos que lograran arrancarlas del arpa de su garganta.

Apenas se miraron comenzaron a caminar en la misma dirección, uno al lado del otro, paralelos, como sus vidas, sin mediar palabra.

Ella lo notaba, la atracción de un ser que sentía, necesitaba y sufría lo mismo que ella.

Al principio todo resultaba extraño y ambos se sentían un poco incómodos, pero a los cien metros aquello formaba ya parte de un juego que sólo ellos conocían y acabó siendo hasta divertido; si ella paraba en un escaparate, él hacía lo mismo; si sonreía a un niño, él la imitaba; incluso compraron una taza de té en el mismo puesto.

Al poco ella comenzó a pensar que quizá el hado le había puesto allí para apoyarla, para hacerla olvidar; él tuvo la misma sensación, se parecían tanto.

Otros cincuenta metros más y ella decidió quitarse las gafas, necesitaba saber lo que decían sus ojos y no tardó mucho en averiguarlo pues él, como antes, reprodujo el gesto y se deshizo de las suyas descubriendo unos ojos con la profundidad del dolor invadiéndoles, y ella sabía cómo se sentía, porque pasaba por lo mismo.

Le miró fijamente y se sorprendió al ver que aquel dolor que ella sentía propio iba desapareciendo para dar paso a una calma, incluso una alegría.

-Gracias- musitó mirándole

-Gracias a ti- respondió él con una sonrisa.

Y continuaron el camino juntos, ahora ya charlando.

 

 

El Record Guinness

Este texto fue mi segunda participación en el taller de “Literautas” y la premisa era: personaje inmóvil.

*****

Encendió la televisión. Una joven excesivamente flaca y anodina, ataviada con un conjunto color salmón que no le favorecía nada, apareció sosteniendo un micrófono de la televisión pública.

—En directo, desde la rueda de prensa del record Guinness al sujeto más inmóvil del mundo. Les habla Lara Lancho.
En unos momentos harán su entrada los tres finalistas. El jurado ha reconocido que lo está teniendo difícil para tomar una decisión unánime. Esta medianoche tendrán que hacer público su veredicto. Mientras tanto, fuera del Hotel Ritz, se respira nerviosismo, y hay una legión de fans ofreciendo su apoyo a diferentes candidatos, lo que ha provocado altercados entre partidarios de dos de los concurrentes, saldados con cinco detenidos y un herido leve.

Un revuelo se formó en la sala y las dos hojas de la puerta lateral se abrieron para dejar paso a una carretilla.
—Pues ya están aquí, como pueden ver desde sus casas, acaba de acceder al salón de actos el primer nominado: la armadura de niño de Carlos V. Tras ella, el baúl de la Piquer y, finalmente, el retrato del Conde Duque de Olivares.

Un hombre con cara de pocos amigos hizo las indicaciones sobre cómo se desarrollaría la rueda de prensa, instando a los periodistas a levantar la mano para establecer los turnos.

—Buenas noches, Jaime López, de “Quietud e Intrascendencia”. Mi pregunta es para el baúl de la Piquer ¿No considera usted injusto que le hayan nominado, teniendo en cuenta su fama de haber viajado por todo el globo?

El aludido carraspeó antes de responder. Conocedor de la polémica suscitada tras su nominación, y sabedor de que algunos de sus partidarios habían sido detenidos por provocar a los seguidores del Conde Duque de Olivares.
–Cierto, muy cierto, he viajado a todos los países del mundo, pero en ningún momento, insisto, en ningún momento, he tenido ocasión de visitarlos. Sólo he sido transportado de un lugar a otro, sin oportunidad de moverme libremente por ellos. Por eso mi candidatura es totalmente legítima.
Se oyeron murmullos de aprobación.

—Yo quería preguntarle al Conde Duque de Olivares. Soy Miriam Martos, de “Click, ya está la foto”. ¿A su parecer, qué es lo más duro de estar inmóvil?
—Imagínese, mantener el caballo en esta postura durante siglos; es que ya ni se acuerda de para qué le servían las patas delanteras. Por no hablar del pinzamiento cervical que arrastro desde hace ciento cincuenta y dos años, debido a la pose. Que yo se lo dije a Velázquez, que cómo me iba a pintar así, pero es que no se podía razonar con él, cuando se le metía algo en la cabeza…

—Bertín Bartolomé, en directo para el programa de Anne. Armadura de Carlos V ¿qué trascendencia histórica deriva de su quietud?
—Llevo toda mi existencia esperando esta pregunta. Teniendo en cuenta que, como podrán imaginar, Carlos V creció rápido y yo me le quedé pequeña enseguidita, podríamos decir que mi trascendencia en cualquier hecho que no fuera coger polvo en un rincón, ha sido más bien poca. Aunque, está claro que fui testigo privilegiada de situaciones históricamente relevantes, como aquella en la que Felipín, el hijo de Carlos, no quiso comerse las lentejas, y el ama le dio una toba que lo dejó tonto de por vida.

—Vayan acabando, señores— advirtió el que manejaba el cotarro.
—Herminio Martínez, de “Bricolaje y Cosmos”, es una pregunta para todos los candidatos. De no llevarse el record hoy, ¿piensan repetir candidatura el año que viene?
—No.
—Ni de coña.
—Qué pregunta más impertinente.

—Esto es todo de momento desde el Hotel Ritz. A medianoche haremos conexión en directo para conocer al vencedor. Se despide Lara Lancho, para la televisión pública.

Apagó el televisor, colocó el mando sobre la mesita que tenía enfrente y siguió tumbado en el sofá, como llevaba haciendo cada tarde de los últimos tres meses. Pensó en bajar a algo, por ejemplo comprar una revista o una bolsa de pipas, al quiosco que estaba justo en la esquina.
Miró a través de la ventana, las nubes cruzaban a toda velocidad, empujadas por un viento terrible, hacía un tiempo de perros. No, desde luego, mejor quedarse en casa.

 

*****

 

Grimsvötn

 

Tres días después todavía retumbaban los ecos de las explosiones cercanas, el aire ahogaba denso de cenizas y sulfuro, y el olor era insoportable, como a huevos podridos.

De la montaña de su infancia emergía una columna gris y espesa que formaba figuras caprichosas y todavía destellaban algunos ríos anaranjados en su incesante camino ladera abajo.

Era la primera vez en dos semanas que se había despejado lo suficiente para distinguir la mole y, de no haber sido por el humo y el hedor, la estampa no distaba mucho de las fotografías que se apilaban en los expositores giratorios de las tiendas para turistas, al menos de aquellas en blanco y negro.

Björn se sentía atraído por el volcán, por aquella fuerza dormida que, sin motivo aparente, había estallado desde las mismas entrañas de la tierra.

La sombra del gigante formaba parte de sus más viejos recuerdos, era difícil ignorarlo cuando era la única superficie vertical en la llanura donde vivían. Ni el paso de las estaciones lograba eclipsar la imponente presencia de aquella roca, testigo virginal de cómo la isla había emergido del agua.

En inverno, el blanco sembraba el infinito creando una imagen de falsa calma, sólo rota por las partículas de hielo arrastradas a velocidad vertiginosa por las ventiscas.

Los caballos autóctonos habían desarrollado un pelaje denso y cuerpos robustos que desafiaban a los vientos gélidos del Ártico. Eran el orgullo de granjeros y de todo el país, hasta el punto que ningún semental entero podía salir de la isla. Ahora los cadáveres de algunos de ellos permanecían sepultados bajo una capa de cenizas grises mientras sus congéneres intentaban lograr una brizna de pasto entre los sedimentos yermos de la erupción.

Obligado por el panorama desolador que se presentaba ante él, Björn guardó su última posesión en la maleta, un trocito de roca que le dio su abuelo siendo niño, mientras le contaba la última vez que la montaña escupió muerte de aquella forma.

“Es un ciclo impredecible y peligroso” le dijo tomando un puñado de la tierra en que cultivaban sus rábanos, “pero tiempo después nos permite criar todo esto” y su brazo había abarcado toda la llanura.

Björn sabía que el tiempo al que se refería su abuelo era mucho, demasiado para esperar en su granja y volver a empezar.

Con pesar cargó la maleta y la piedra en el coche y se despidió de su hogar, de su llanura, de la montaña de su infancia para intentar una nueva vida en otro lugar, lejos de ella.

Aunque no recuerde haber estado allí.

De todas las cosas extrañas que pudiera imaginar, ninguna se aproximaba a lo que, en aquel preciso momento, estaba pasando. Por casualidades de un destino en el que ella tenía una fe ciega, se encontró con un hombre al que creía conocer de tiempo atrás, aunque nunca se hubieran cruzado.
Interiormente trataba de comprender qué la había llamado tanto la atención; resultaba obvio que era muy atractivo, pero apenas se había fijado en eso sino más bien en sus ojos verdes, aún más brillantes e intensos bajo unas cejas pobladas y negras; unos ojos que habían taladrado los suyos y también su alma.
Un alma que había esperado paciente su momento, ese instante en el que ella ya no era ella sino su pasado más remoto y él ya no era él sino un recuerdo traído a la fuerza de una memoria que tenía siglos.
Precisamente lo que ambos encontraron en la mirada del otro, la eternidad reflejada en sus globos oculares que, por segundos, se humedecían más y más; y esos dueños presentes, esos cuerpos prestados a una pasión muy antigua, casi tanto como el suelo que pisaban, osaban retener el más viejo modo de comunicación.
No hubo palabras, él la cogió de la mano y la llevó al lugar más retirado que pudo encontrar para pedir perdón por haber tardado tanto en dirigir sus pasos hacia ese cruce que, irremediablemente, unía sus dos caminos y, no sin miedo, la besó, la estrechó entre sus brazos con deseo tratando de retener cada gesto, cada suspiro, cada mirada, y ella no se negó, pues tenía ese sentimiento anclado en lo más profundo de sus ser, una fuerza que la impulsaba a confiar en aquel hombre que hacía volver a su cabeza imágenes muy escondidas, casi increíbles, y no pudo evitar esbozar una sonrisa.
—¿Ríes, amor mío?
—No, sólo recuerdo, aunque no recuerde haber estado allí.