Toda una profesional

Cuento que nace del Primer Taller de la Imaginación de la comunidad en Google+: Isla Imaginada.


 

Rebuscar entre los baúles tus gafas nuevas no tiene gracia, y menos cuando, en medio de la rebelión literaria, se acaba de escapar el troll de debajo del puente que hay frente a tu casa.

En estas estaba Gloria cuando la tortuga llamó a su puerta, la misma tortuga que encontró en el río el día en que se despidió de su trabajo huyendo de una vida mediocre y que la reclutó como guardiana de los cuentos y sus habitantes.

Mentiría si dijera que se sintió capacitada desde el primer instante, tuvo sus dudas ¿Quién no iba a tenerlas cuando te habla una tortuga? Pero, a los cinco minutos, sabía que debía aceptar la proposición. Uno no va encontrándose con reptiles parlantes sin que medie el destino.

Siguió, con mucho trabajo, a su mentora hasta una casita medio derruida donde, según dedujo, se habían alojado todos y cada uno de sus antecesores en el cargo.

No hizo muchas preguntas, bueno, más bien ninguna, se limitó a arrastrar su maleta hasta la buhardilla y se sentó en el sofá de la salita a esperar instrucciones.

Su primera misión fue pan comido, Hansel y Gretel habían escapado de su cuento después de leer un artículo sobre la diabetes infantil en una revista y tuvo que convencerles de que ese tipo de enfermedades no afectaban a los niños de la imaginación.

El segundo encargo fue un poco más complicado, siempre lo es cuando la princesa del cuento no está conforme con el marido que le han asignado. En estos casos la solución pasa por celebrar una cena en el castillo y fomentar el cambio de parejas; no es muy ortodoxo que digamos, pero parece que Blancanieves está encantada con el príncipe azul de la Bella Durmiente y esta última ha abierto una clínica para trastornos del sueño y le va de maravilla. Nadie dijo que guardar cuentos supusiera dejarlos como están.

Sin embargo, nada la había preparado para salir en busca de un troll en medio de una noche de tormenta, aunque es de esperar que, de suceder algo así, no va a ser en una bonita tarde de primavera; sencillamente no pega.

Sobornó al trasgo de la alacena con bollitos de leche para que le encontrara las gafas y salió armada con un tomo impermeabilizado de los cuentos de los hermanos Grimm y una linterna.

Lo bueno de perseguir a un troll es que es fácil saber hacia dónde ha ido, nada que ver con los gnomos, que se esconden en cualquier rincón. Gloria se limitó a caminar entre los árboles tronchados.

Enseguida se encontró con Caperucita, que sollozaba.

—¿Qué ha pasado, Caperucita? ¿Otra vez se comió el lobo a tu abuelita?

—No, es que me he perdido porque no encuentro el árbol que me sirve de guía para volver a casa. ¿Podrías llevarme?

—Ahora no puedo, niñita. Vente conmigo a hacer un recado y luego te llevaré gustosa.

Así que la niña aceptó y siguieron bosque adentro.

A los pocos metros, subido a una rama, encontraron a Pulgarcito tiritando.

—¿Qué ha pasado, Pulgarcito? ¿Se comieron los pájaros tus miguitas de pan?

—No, todos los pájaros se han ido. Es que vi un lobo enorme y me asusté tanto que trepé hasta aquí y ahora no puedo bajar. ¿Me ayudáis?

—Claro que sí, pero luego tendrás que venir con nosotras porque no puedo dejarte solo en medio del bosque con un lobo enorme suelto.

Bajaron al niño del árbol y siguieron la búsqueda.

Había dejado de llover hacía un rato cuando tres osos les cerraron el paso.

—Tienes que venir corriendo a nuestra casa, hay alguien en ella.

—¿Otra vez? Ya os he dicho mil veces que Ricitos de Oro solo es una niña perdida, que la deis de comer, la dejéis dormir un poco y luego la devolváis a la linde del bosque.

—No, no es Ricitos de Oro— dijo el osito, asustado—. Es mucho más grande.

—Y huele fatal— añadió Mamá osa.

Gloria se dio cuenta de que, a buen seguro, sería el troll que andaba buscando y se acercó a la casa de los osos para descubrir que el monstruo estaba en el jardín delantero intentando sacar miel de una piedra. Sus acompañantes se asustaron mucho al verlo; en ninguno de sus cuentos había un ser parecido y, si los osos tenían miedo, ¿qué cabía esperar de Caperucita y Pulgarcito?

—¿Qué te pasa, troll? ¿Por qué te has escapado?

—Porque estoy harto.

—¿De qué?

—De que todo el mundo pase por el puente y no me dé ni los buenos días.

—Bueno, eso tiene arreglo, deberías saludarles tú primero.

—Pero esa niña se puso a llorar al verme.

—Bueno, eso es porque se había perdido, y su mamá la está esperando en casa.

—Pero ese muchachito se ha subido a un árbol de miedo que le he dado.

—No, no. Pulgarcito había visto un lobo enorme y por eso se asustó.

—Pero los osos salieron corriendo.

—Bueno, eso es porque están hartos de una niña que siempre se come su cena y les deshace la cama. Se pensaron que estaba aquí otra vez y corrieron a avisarme.

—Pero nadie quiere vivir cerca de mí, ni ser mi amigo.

—Eso no es verdad. Yo vivo enfrente y he venido porque soy tu amiga.

El troll miró a Gloria, incrédulo al principio, aunque luego aceptó la mano de la guardiana de cuentos que inició el camino de vuelta dejando a los osos tranquilos para que cenaran y se fueran a la cama.

—¿Sabes? Me tenías preocupada— le dijo—. Pensé que me quedaba sin vecino.

De camino a casa, llevaron a Caperucita y a Pulgarcito con sus padres. No hizo falta dar muchas explicaciones sobre por qué habían tardado; en cuanto vieron al troll se alegraron tanto de que no se hubieran comido a sus hijos que ni les castigaron ni nada.

Cuando llegaron al puente, se despidieron con la promesa de desayunar juntos. Ni que decir tiene que los desayunos de un troll distan mucho de ser apetitosos bollos y magdalenas, pero Gloria no quería faltar a su cita para que su vecino no escapara otra vez.

A la mañana siguiente, el troll habia empezado a dar los buenos días a todo el que pasaba y, después, les había invitado a té con pastas. Nadie le dijo que no, ya sabemos lo mucho que gustan estos manjares a los personajes de los cuentos, así que en un pispás estaban allí Caperucita y Pulgarcito con sus padres, la abuelita, el lobo feroz, los tres ositos, Ricitos de oro, Blancanieves, el Principe azul y la Bella Durmiente, que decidió abrir más tarde con tal de pasar un rato con sus amigos. Y Gloria disfrutó como nunca del trabajo bien hecho hasta su próxima aventura.

17 de octubre Día de las escritoras

Ellas y nosotras, las de entonces y las de ahora, somos maquilladoras de letras, tejedoras de palabras y contadoras de historias, pero la Historia, tristemente, no nos ha tratado igual que a nuestros compañeros masculinos. Esto no va a convertirse en un alegato feminista (o sí), no suelo estar a favor de utilizar un solo día para hacer visible a un colectivo o un problema, pero se trata de eso: VISIBILIDAD.

En un mundo gobernado por hombres, con una Historia divulgada por hombres, el ninguneo del papel femenino ha llegado incluso a las artes, esas hijas supuestamente libres y sin prejuicios del intelecto. ¿Sabíais que muchas escritoras tuvieron que adoptar pseudónimos masculinos para ver publicados sus trabajos? O, lo que es peor, ¿dejar que sus maridos o hermanos fueran la cara visible y, por supuesto, se atribuyeran la autoría de sus relatos?

En realidad no hemos avanzado gran cosa. A día de hoy, muchas escritoras son empujadas a utilizar iniciales para esconder su género (no lo digo yo, es una recomendación muy extendida entre los consejos para autores noveles), pensad en J.K. Rowling. La excepción, y no es gran consuelo, son las novelas románticas, ahí sí es preferible firmar como mujer, como si ese fuera el único estilo en el que podemos desenvolvernos con facilidad; o, por supuesto, si la autora ya tiene un nombre y prestigio como profesional en otro campo (mantendré al margen los productos de marketing y chabacanerías varias, estoy hablando de Literatura).

Por eso, el día de hoy, no es una reivindicación por nuestro derecho a escribir (lo hacemos continuamente, desde que el mundo es mundo, o la escritura es escritura) sino por la visibilidad, para dejar de ser ignoradas en los libros de texto (extensible a científicas, matemáticas, pintoras, inventoras…)

Y, para contribuir a la visibilidad de mis predecesoras, comparto varios enlaces en los que podréis descubrir más sobre ellas, sobre su obra, sobre su mera existencia porque están ahí. Obviamente no están todas, pero por algo hay que empezar.

Biblioteca Nacional de España

Librópatas: Las españolas nominadas al Nobel de Literatura

Ortografía y Literatura: 80 libros de mujeres escritoras

Y, ya puestos, os insto a que leáis a todas esas compañeras de letras que comparten su trabajo en las redes, a través de blogs, en Twitter, en Facebook o en Instagram donde, por fortuna, parece que lo del género ya va perdiendo importancia, quizá porque lo último que vemos es el autor.
Y, por supuesto, se admiten recomendaciones.

TIRANO

Habían pensado en las múltiples consecuencias del cambio climático.

Eruditos, ingenieros, biólogos y físicos se habían devanado los sesos intentando adelantarse al desastre; pero, cuando los polos se derritieron del todo, la única posibilidad que no habían barajado era verse sometidos a la voluntad dictatorial de un salmón que agitaba el látigo de alga trenzada con aleta férrea, demandando cada día más manos para construir el mausoleo con que honrarían su memoria tras el desove.

 

 

Un golpe de suerte

 

Si había un lugar en el mundo para sentirse ridículo con un neopreno, gafas de buzo y el esnórquel, aparte de tu propia boda, era ese; rodeado de hombres con pantalones a cuadros y polos impolutos, se sentía como un astronauta en una convención de extraterrestres.

—Vamos, tío— le urgió su amigo—. Y ten cuidado con los caimanes. — Rio..

En los últimos meses había pasado por una infinidad de trabajos y sus correspondientes novatadas, pero aquella era, quizá, la más ridícula de todas. Caimanes a él, que se había pasado la infancia corriendo por el green entre los hoyos 15 y 18, justo al lado del lago, contemplando la mutación de los renacuajos a ranas cada verano.

Levantó el pulgar, aceptando la broma, y se sumergió con la red colgada a la espalda.

En su natación hacia el centro de la laguna artificial se cruzó con un par de carpas y pensó en la crueldad de meter peces en un estanque cuyo único propósito era servir de perdedero para las pelotas de los golfistas menos expertos. ¿Cuántas de ellas no habrían muerto golpeadas por una de aquellas bolas picadas de viruela? Pobres bichos.

Llegó a la zona más profunda y, entre algas y limo, vislumbró una montaña blanca. Dejó salir el cabo del tubo a la superficie, cogió aire y se sumergió impulsado por las aletas. Había por lo menos cincuenta pelotas allí, una fortuna para su primer día de trabajo si las recuperaba todas, y casi sin esforzarse. Recogió tantas como pudo y subió a respirar de nuevo.

En la segunda inmersión, perdió el filón de vista, las aguas se habían enturbiado a buen seguro por culpa de sus aletas, que habían removido el lecho fangoso. Cuando la visibilidad mejoró, el montón de pelotas se había desperdigado y descubrió una amarillo brillante que se ocultaba entre algunas hojas y lo que parecían rocas pequeñas. Acercó la mano justo al tiempo que la pelota parpadeaba y, con el agua limpia a su alrededor, vio que a la esfera le seguía una fila de dientes cónicos dispuestos en una sonrisa malévola.

No tuvo tiempo de apartarse, o se demoró demasiado verificando que, tras la pelota amarilla y la cordillera blanca, se escondía un caimán de algo más de metro y medio. Para cuando creyó haberse alejado lo suficiente, el agua se enturbió de nuevo y un tirón seco le impidió llegar a la superficie.

No quería mirar hacia abajo, no podía asegurarse de si su pie izquierdo era presa de las potentes mandíbulas del saurio y su cerebro trabajaba deprisa, repasando todos y cada uno de los documentales, realities y noticias que, a lo largo de su vida, habían tenido como protagonista a aquel depredador eficaz. Por desgracia, su mente solo recordaba el giro de la muerte, las historias con final fatalista sobre ataques de cocodrilos de mar en Australia y a los pobres ñus atrapados mientras bebían en su migración anual por las llanuras del Serengeti.

No había nada que hacer. Si había un lugar en el mundo para sentirse ridículo con un neopreno, gafas de buzo y el esnórquel, además de un campo de golf, era tu propio funeral. Comenzó a rendirse, a darse por muerto. De pronto, algo irrumpió en el agua a toda velocidad, algo pequeño y redondo, algo blanco. ¿La luz al final del túnel? No, la pelota de un nefasto golfista que acertó de lleno en el único punto débil de su captor.

Notó la liberación de su tobillo y nadó hacia arriba en una carrera desesperada y, a su modo de ver, eterna.

—Venga, tío ¿solo veinte bolas?— le dijo su amigo mostrando su red llena.

Un chapoteo desvió su atención hacia la superficie del lago desde donde el caimán les miraba con sus ojos amarillos y brillantes.

—Sí, tío, solo veinte bolas. Y la que acaba de caer, la recoges tú.

RECREO

Viento reía arremolinado entre las hojas, Lluvia brincaba sobre la superficie de los charcos y Neblina jugaba al escondite junto a la ribera.

En aquella mañana de recreo, Sol esperaba su hora, mirando triste tras la ventana.

Nunca le dejaban salir con ellos.

Contra natura

Aquel dragón luchaba todos los días por no escupir fuego y se lamentaba por ello, deseando ser cualquier otra cosa antes que dragón.

Peleaba contra su naturaleza con tanto ahínco que, un buen día, se despertó sin la capacidad de abrasar con su aliento y sin alas, convertido en tiranosaurio.

Ahora todo su empeño se centra en evitar comerse las ovejas de los aldeanos.

 

 

Arriero

Estoy harto del traqueteo de las ruedas de este carro desvencijado y el tintineo incesante de todos los archiperres que se acumulan en su interior. Cansado de verle el culo a esta mula vieja que, ahora que lo pienso, tiene que estar más aburrida que yo, ignorando lo que existe más allá del estrecho trozo de mundo perceptible entre las dos anteojeras.

Ya hemos pasado por esto antes; kilómetros de polvo y escasa sombra buscando un pueblo o aldea donde nuestros productos puedan interesar. Pero últimamente he perdido la ilusión, igual que la mula ha perdido su lustre y, para ser sincero, también unos cuantos kilos.

Ahora que me fijo, los varales del carro le vienen grandes, se le ha escurrido la grupa, y adivino sin trabajo los huesos que le permiten poner una pata delante de la otra.

Pobre vieja.

Hasta la niebla de la mañana parece habernos abandonado; ya no esconde los cruces tras su velo blanco y vengo echándola de menos, con todo lo que me he quejado de ella. Lo mismo se enfadó y ya no quiere saber nada de nosotros. O ha emigrado a climas más fríos, donde será mejor recibida que aquí.

Opté por no decidir el destino porque, cuando no hay camino, es imposible perderse y, seamos francos, ahora que me hago mayor, me estoy volviendo un romántico y necesito que la vida me sorprenda con algún pueblucho de vez en cuando, de esos que los mapas han olvidado y sus moradores casi que también.

Me aparto para dejar pasar un coche, esos cacharros escupehumos se están haciendo con mi territorio, envolviendo todo con su sonido de petardos y sus prohombres al volante. Nos miran mal, como si fuera culpa nuestra que los caminos sean tan estrechos; los hay que me tiran una moneda, como si me hiciera falta su caridad.

Hace meses que he dejado de indignarme, ahora recojo el dinero y lo meto en un tarro que tintinea con todo lo demás.

A veces, en un recodo, encuentro niños que corren emocionados junto a mí, anunciándome a sus vecinos a gritos mientras intentan adivinar qué maravillas escondo bajo la lona enmohecida. De joven me molestaban con sus continuas preguntas, a estas alturas me divierten sus riñas y agradezco que me ahorren tener que pregonar mis mercancías antes de tiempo.

No quiero imaginar la que formarán cuando, en vez de este viejo arriero, llegan los saltimbanquis.

He tomado la costumbre de coger mi gaita cuando aparecen y voy tocando hasta que llegamos al pueblo; esto no sólo atrae a los niños revoltosos, sino también a sus madres y abuelos, que parecen no recordar el sonido de la música.

He pasado por aldeas en las que no me han comprado nada, pero me han pagado, y muy bien, por tocar tres días para ellos. Me han dado de comer y han dejado descansar a la Juanita, que rejuvenece hasta parecer una potra.

Y otra vez al camino buscando no sé qué, igual a mí mismo, igual un tesoro que me permita de una vez jubilar a la pobre mula y de paso jubilarme yo, quién sabe si disfrutando de un colchón mullido y un plato de lentejas, que uno es de fácil conformar