8 de marzo

Nos dijeron: ¡Tomad vuestras alas!
Y nos sacaron de la jaula.
Pero aún somos aves rapaces
atadas con cuerda
a un mástil de plata.

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Cuenta atrás (fotomicro)

Este viernes inauguro la especie literaria que he bautizado como “fotomicrorrelatos”

¿Qué es un fotomicro? Pues se trata de un microrrelato en una imagen, tan simple como eso. Y “Cuenta atrás” tiene el honor de abrir esta nueva forma de presentar los textos.

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La empresa de Desdichado Salmón

Desdichado Salmón terminó su remonte en la poza que le vio nacer; miró a su alrededor y, a pesar de los recuerdos, a pesar de la morriña que había sentido durante dos años en el ancho mar, empezó a creer que aquel destino no era para él.

Desovó, pues no tenía más remedio, y se notó cansado; así que replegó las aletas y se dejó llevar corriente abajo, haciendo caso omiso de los congéneres con que se cruzaba y que le insistían entre burbujeos: “Por ahí no es.“

En una cascada (la primera según miras hacia la costa, la última si vienes del mar) vio el enorme y peludo trasero de un oso pardo que esperaba con las fauces abiertas la llegada de otros peces, desconocedor de la rebeldía de Desdichado Salmón que, de hambre que tenía, se comió al plantígrado de un bocado y siguió río abajo, ahora con la panza llena y con menos ganas aún de morirse.

Deshecho casi todo el camino, al llegar a esa frontera en la que el agua no está tan dulce como para hacer café ni tan salada como para guisar lentejas, Desdichado Salmón montó un chiringuito en el que atender a los salmones que bajaban de alevines y remontaban de adultos.

Y así es como logró sobrevivir a su naturaleza: trabajando dos temporadas al año y dándose la vida padre.

Princebeso y Pequencesa

Princebeso y Pequencesa se conocieron en un baile.

Ella no perdió un zapato, él no perdió la cabeza.

Al salir de la discoteca, compartieron el taxi y fueron felices para siempre.

… las malas a todas partes

—Las niñas buenas van al cielo, hija.

La reprendió con dulzura la monja cuando la pilló escabulléndose por la puerta trasera del patio escolar.

—Puede, pero es que yo solo quiero ir a por chuches al kiosko de la esquina.

Escrutinio

Una vez cada cuatro años, engullía sin descanso las ofrendas que le hacían. Tal era el empacho que, al final del día, se veía obligada a vomitar todo lo ingerido, mientras un equipo de forenses analizaba el contenido de su estómago.

Tiempo de descuento

Cuando se le presentó, no supo cómo reaccionar. Se supone que uno está toda la vida preparándose para ese momento, pero la verdad es que nunca se está preparado del todo.
Muerte dejó a un lado su guadaña y sacó del portafolios una carpeta, la hojeó y la cerró de un golpe que sobresaltó aún más al visitado.
—Sr. Gumersindo Pertusato ¿verdad?
Apenas acertó a asentir, sin salir de su perplejidad, mientras Muerte volvía a guardar la carpeta y sacaba, esta vez, un libro de contabilidad. Lo miró durante un instante y volvió a guardarlo para sacar después otro tomo, idéntico en apariencia.
Un transeúnte tropezó con la guadaña, increpó a Muerte por dónde dejaba las cosas, en especial cosas tan peligrosas, y siguió su camino maldiciendo entre dientes, sin percatarse siquiera de a quién acababa de leerle la cartilla.
—Será mejor que la apoye en esta silla — le ofreció Gumersindo, con un hilo de voz.
—No hace falta, la guardaré — y metió el artilugio en el maletín —. Mucho mejor, no se vaya a matar alguien— Muerte no pareció apreciar la ironía de la frase —. Bueno, aquí dice que ya ha cumplido sus 21.178 días, 4 horas, 25 minutos y 16 segundos.
— ¿Tan poco?— protestó —. Pero si la media está en 85 años.
—No se enfade, no podemos darle a todo el mundo el mismo tiempo. Usted no es de los peor parados, si quiere verlo de otra forma.
—Supongo.
—Claro, que todo es revisable. Déjeme ver si se puede hacer algo con su caso.
Posó un dedo huesudo en la parte alta de la primera página y empezó a deslizarlo con calma hacia abajo. Mientras tanto, el Sr. Pertusato no salía de su asombro.
— ¿Cómo? ¿Revisable?
— Sí. Es la nueva política de la empresa. Ya sabe, hubo algunas denuncias en Consumidores y Usuarios por no tener en cuenta las bonificaciones.
— ¿Boni-ficaciones?
— Sí. Enseguida se lo explico— levantó la vista del papel y sacó una calculadora de aquel maletín que empezaba a parecer el bolso de Mary Poppins —. Pero tómese el café, hombre, que se le va a quedar helado.
Gumersindo obedeció y empezó a preguntarse si no sería una broma de esas con cámara oculta que luego ponen en la tele cuando no tienen nada mejor a mano.
—Esto es cosa de Fulgencio ¿a que sí? Menudo cabronazo está hecho.
—Fulgencio, ¿qué Fulgencio?
—Mi cuñao, que le gusta mucho tocar los cojones.
—Ah, aquí está — siguió Muerte como si no hubiera oído nada —. La relación aquella con Benita Domínguez, que no le aportó nada, ni siquiera una lección de cómo hacer que las cosas funcionen. ¿Cuánto estuvieron juntos? ¿Tres años y algo?— Gumersindo asintió— De eso solo podemos bonificar el 1,8%, lo siento. Así que: 19 días, 17 horas, 2 minutos y 24 segundos; perdón: 31 minutos y 12 segundos, que un año fue bisiesto — continuó buscando en el libro —. ¿Y el verano del 74?
— ¿El verano del 74?— eso ya no podía ser cosa del Fulgencio.
—Sí, hombre, que se rompió usted la pierna. Tibia y peroné. Menudo estropicio.
—Ah, ya. Me pasé las vacaciones en el porche viendo a los demás jugar a indios y vaqueros y yo allí, con la pata en alto. Ni me firmaron en la escayola.
—Pues eso digo. Tres meses perdidos, bonificación del 20%: 18 días.
— ¿Cómo me va a bonificar el 20 de un verano y solo el 1,8 de lo de la Benita? Lo de la Benita fue mucho peor, no me vaya a comparar.
—Lo siento, son tablas estandarizadas ¿lo ve?
Le acercó un folleto, parecido a los de las pólizas de seguros, a todo color: las casillas en ocre y naranja pálido, letra “Times New Roman”, de 12 puntos y cursiva. Gumersindo lo estudió con atención, metido de lleno ya en la situación kafkiana en que se encontraba, y dispuesto a encontrar cualquier resquicio con el que librarse de su inminente destino o, al menos, demorarlo un poco más.
—Veo que tienen también un apartado llamado: “Películas, libros y conferencias”. Estoy seguro de que por aquí me puedo deducir algo. La Benita me hizo tragarme un montón de tonterías sobre el universo y su formación.
—Lo lamento, solo podemos bonificar la relación en su totalidad, no podemos computar dos veces el mismo lapso de tiempo. Está ahí, en la letra pequeña.
— ¿Y cuando hice cola con mi hija para ver a los Backstreet Boys en concierto? Fueron tres días en la puerta del Madrid Arena.
—Ah, pues eso sí, claro. Además es el 100% por “Sacrificio desinteresado”. 3 días, 5 horas, 23 minutos y 18 segundos. Más, el rato del concierto que estuvo usted esperando en el coche: 2 horas y 47 minutos.
—Coño, pues si es por actos desinteresados, ponga también los cumpleaños de mi suegra y la comida de un domingo al mes.
—Lamento decirle que los festejos familiares no son deducibles. Si no esto sería un cachondeo. Todo el mundo bonificándose por bodas de empresa, bautizos de primos… Ya sería abusar.
—Hombre, visto así — concedió.
—En fin, creo que eso es todo, Sr. Pertusato. En total: 1 mes, 11 días, 1 hora, 41 minutos y 30 segundos. Todo a su favor.
— ¿Y el fin de semana en Turrillo del Cigüeñal, que llovió a cántaros y no pudimos salir de la casa rural?
—No sé, eso tendría que consultarlo con mis superiores. Los descuentos por “Vacaciones que resultaron un fiasco” todavía no los han metido, pero me consta que se está estudiando. A lo mejor tiene suerte y, cuando cumpla el descuento, ya está aprobado y se lo puede deducir.
— A ver si es verdad- se resignó.
— Antes de acabar, le tengo que pedir que valore la atención recibida en este pequeño cuestionario. Solo le llevará unos minutos rellenarlo. No se preocupe, le damos el 200%, por las molestias.
Cogió el bolígrafo que la mano hecha de huesos le tendía y empezó a leer la encuesta, tomándose su tiempo en estudiar cada respuesta, hasta que Muerte empezó a mirarle con irritación. Era un truco viejo, y muchos años en el oficio.
Finalmente el futuro difunto le devolvió el informe.
— Bueno. Encantado de haber tratado con usted. Ha sido de lo más colaborador y comprensivo, no sabe cómo se ponen algunos.
—Ya me imagino que se las habrá visto de todos los colores — le estrechó la mano con la misma firmeza que un comercial de aspiradoras.
—A más ver.
Y allí quedó Gumersindo Pertusato, contemplando cómo el manto de Muerte se perdía calle arriba y sorbiendo el último buchito ya frío de café con leche.

Torre la Higuera

Cuentan que la torre se deslizó una noche por la duna, que ya era incapaz de sostener su mole; cayó al mar enterrando su cabeza en la arena y dejando su base al descubierto.
Nadie sabe si lo hizo acompañada de un gran estruendo o si, por el contrario, el silencio se hizo eco en ella hasta su destino, pues entonces aquella playa distaba mucho de su aspecto actual.
La torre había sido su único habitante de origen humano en mucho tiempo, y los jabalíes, ciervos y linces, habían encontrado cobijo bajo su sombra; tal como ahora hacían los niños en busca de cangrejos.
Mucho tiempo atrás se había levantado para vigilar a los piratas que amenazaban la costa y ahora, verano tras verano, era asaltada por piratas más temibles y menos aguerridos que saltaban desde su punto más alto al agua y dejaban la playa llena de bolsas, latas y botellas sin miramientos.
Si Torre la Higuera hubiera tenido ojos, habría llorado, pero no podía o sus primeras lágrimas habrían asomado cuando los ladrillos empezaron a invadir su paraíso espantando a los ciervos y los jabalíes.
Tras siglos siendo la única evidencia humana más allá de los pescadores, se vio rodeada de apartamentos que proyectaban su sombra sobre la arena donde antes el sol acariciaba la espuma de las olas por detrás de ella al atardecer, y sólo le quedó el consuelo de que, en algún momento, llegaría el invierno y aquellas invasiones desalmadas cesarían, dejándola a solas con las gaviotas y los cangrejos, tal como fue al principio.

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Grimsvötn

 

Tres días después todavía retumbaban los ecos de las explosiones cercanas, el aire ahogaba denso de cenizas y sulfuro, y el olor era insoportable, como a huevos podridos.

De la montaña de su infancia emergía una columna gris y espesa que formaba figuras caprichosas y todavía destellaban algunos ríos anaranjados en su incesante camino ladera abajo.

Era la primera vez en dos semanas que se había despejado lo suficiente para distinguir la mole y, de no haber sido por el humo y el hedor, la estampa no distaba mucho de las fotografías que se apilaban en los expositores giratorios de las tiendas para turistas, al menos de aquellas en blanco y negro.

Björn se sentía atraído por el volcán, por aquella fuerza dormida que, sin motivo aparente, había estallado desde las mismas entrañas de la tierra.

La sombra del gigante formaba parte de sus más viejos recuerdos, era difícil ignorarlo cuando era la única superficie vertical en la llanura donde vivían. Ni el paso de las estaciones lograba eclipsar la imponente presencia de aquella roca, testigo virginal de cómo la isla había emergido del agua.

En inverno, el blanco sembraba el infinito creando una imagen de falsa calma, sólo rota por las partículas de hielo arrastradas a velocidad vertiginosa por las ventiscas.

Los caballos autóctonos habían desarrollado un pelaje denso y cuerpos robustos que desafiaban a los vientos gélidos del Ártico. Eran el orgullo de granjeros y de todo el país, hasta el punto que ningún semental entero podía salir de la isla. Ahora los cadáveres de algunos de ellos permanecían sepultados bajo una capa de cenizas grises mientras sus congéneres intentaban lograr una brizna de pasto entre los sedimentos yermos de la erupción.

Obligado por el panorama desolador que se presentaba ante él, Björn guardó su última posesión en la maleta, un trocito de roca que le dio su abuelo siendo niño, mientras le contaba la última vez que la montaña escupió muerte de aquella forma.

“Es un ciclo impredecible y peligroso” le dijo tomando un puñado de la tierra en que cultivaban sus rábanos, “pero tiempo después nos permite criar todo esto” y su brazo había abarcado toda la llanura.

Björn sabía que el tiempo al que se refería su abuelo era mucho, demasiado para esperar en su granja y volver a empezar.

Con pesar cargó la maleta y la piedra en el coche y se despidió de su hogar, de su llanura, de la montaña de su infancia para intentar una nueva vida en otro lugar, lejos de ella.