LA OTRA ORILLA DESDE MOHER

Sentarme a tu lado, en el abismo del fin del mundo, donde todas las flores son blancas, donde los ríos son murmullos que confunden el latir de los corazones.

Sentarme contigo a esperar el ocaso y ver cómo el camino del sol sobre el mar nos promete un mundo nuevo, un techo bajo las colinas, un caballo de algas, un castillo bajo las olas, un pasado presente, un rayo de luna entre las raíces de los espinos.

Sentarme a tu lado y que me susurres un nombre antiguo, y que me mires, y que me quemen tus dedos en la espalda y que arda el mundo mientras nos veneramos; que pierdan el norte todas las aves y vaguen sin rumbo sobre nuestras cabezas; que las nubes oculten todos los arcoíris del mundo.

Tumbarme a tu lado sobre un lecho de hierba, que las hormigas nos hagan cosquillas en la piel y las campánulas se enreden en mi pelo, en el tuyo; que las orugas trencen mis mechones con los tuyos.

Tumbarme a tu lado y esquivar la espada que clavaron entre nosotros en forma de océano; hacernos grandes, pequeños, invisibles, gotas de lluvia, corriente de mar.

Elevarme a tu lado en un remolino y confundirnos con las hojas, con las ramas de los sauces, con el bramido de los ciervos, con el reclamo de los cisnes y con el último rayo de sol.

VID Y LAS ESTRELLAS

Esta leyenda es mi colaboración para la revista de la Fiesta de la Vendimia de La Palma del Condado 2019


Cuenta la leyenda que, una vez los dioses terminaron de crear el Universo, se reunieron para celebrarlo, todos excepto una diosa que estaba obsesionada con el lugar de las estrellas en el mundo. Tal era su amor por las constelaciones que le parecía injusto que solo existieran en el cielo y, tras muchos días de pensar, decidió buscarles también su reflejo en la tierra.

Probó en la superficie de los ríos, pero la corriente ondeaba y escondía el pálido fulgor de los astros. Lo intentó luego con los copos de nieve, pero eran tan vanidosos que no quisieron hacerle sitio. Pensó en los ojos de los enamorados, pero apenas había lugar en sus pupilas para algo más que la persona amada. Entonces, cuando comenzaba a darse por vencida, encontró ante ella el brote de un pequeño árbol que retorcía sus ramas como en mil abrazos.

Conmovida por la imagen, bajó la primera constelación y la enredó entre las ramas; satisfecha con el resultado, repitió el proceso hasta que el arbolito quedó sembrado de estrellas.

Después, los hombres poblaron la tierra y quedaron fascinados con los frutos de aquel pequeño árbol. En honor a la diosa, le dieron el nombre de Vid, y decidieron que, a partir de entonces, no habría celebración completa sin el jugo fermentado de aquellas estrellas bajadas al suelo.

DIQUE SECO

Las campanas de la iglesia no sonaron, no hubo comitiva siguiendo un féretro ni plañideras; tampoco salvas, ni coronas de flores; ni oficiante, ni panegírico; apenas tres hombres de riguroso luto y en silencio ante el agujero en el que unas costillas de madera emergían de la tierra. Al otro lado del parque, los operarios afanados en terminar su tarea no respetaron la intimidad del momento; juraban y maldecían mientras la excavadora hería la hierba que estorbaba al proyecto de camino. Un par de motosierras mermaban voraces la existencia de los árboles y un señor vestido de traje se paseaba con un casco amarillo contemplando unos planos que abultaban lo mismo que un periódico británico en el que no se recogería noticia alguna sobre el improvisado entierro.

Se acabó dijo uno de los dolientes contemplando la desolación a su alrededor. Aquí estamos los supervivientes y a nadie le importa.

Somos unos viejos se quejó otro de ellos—. Todo lo que fuimos se acaba de convertir en un recuerdo.

O lo que es peor, en una batallita de anciano senil intervino el tercero.

Derramar una lágrima no habría estado mal, pero lo malo de las muertes anunciadas en Boletín Municipal es que provocan los llantos al principio y, tras la ejecución, ya no quedan ganas.

El drenado del lago en el que habían trabajado como barqueros durante casi cincuenta años suponía el fin de una era y, aunque el último de ellos se había jubilado hacía ya un lustro, no había pasado una semana sin que se reunieran para mirar a sus turbias aguas recordando a los enamorados que habían paseado en aquellas barquitas de fondo plano movidas con destreza a golpe de remo para evitar los bordes y los cisnes. A los animales los habían reubicado en otro parque, las carpas que boqueaban en la superficie en busca del pan que los niños tiraban los domingos habían muerto y hasta las palomas, que se adaptaban a todo, habían huido a lugares más calmados en cuanto la maquinaria hizo su aparición.

¿Te acuerdas de mi primer naufragio?

Y tanto. Creí que aquel galán se nos moría ahogado en un metro de agua. Oí que al final la chica le dejó por un pescador de Bilbao.

A los ojos de cualquier aguerrido marinero, aquellas historias no tendrían comparación con lo que supone surcar el Mar del Norte durante una tormenta, pero ellos se sentían como si hubieran formado parte de la Royal Navy al servicio de Su Majestad.

¿Y tú? Puedes jactarte de ser el único capitán de remo que ha sufrido un abordaje y un motín en el mismo día.

Calla, calla.

Sus risas lograron eclipsar los motores por un instante.

Eran buenos tiempos.

Los mejores.

Y hoy se van como el agua por el sumidero.

A mí me hubiera gustado que mi nieto viera esto funcionando. Con los pavos, las ardillas, las fuentes.

El progreso, amigo, que se lo come todo; hasta las ilusiones.

Bueno, yo me voy, que me está esperando la parienta para comer. Ya nos veremos.

Sí, yo también, que esta tarde tengo médico. ¿Te vienes?

No, deja. A mí no me espera nadie.

Como quieras. Hasta otro día.

Vio a sus amigos alejarse por el sendero. Un niño cruzó corriendo en dirección a los restos del lago. Trepó por la escalera del embarcadero y se asomó buscando el agua.

Un charco había retenido la lluvia de la última noche y dejó allí un barquito de papel.

¡Es el mejor navío que he visto, muchacho! le gritó el anciano.

Claro que sí, señor. Es un barco pirata.

RETRATO DE FRENTE Y DE PERFIL

Nací en una mala época para modernidades. Mi padre, en cuanto le dijeron que ya había nacido, se plantó en el Registro Civil con la intención de ponerme Álvaro, pero el señor que tenía que apuntarme, al borde de la jubilación y sin descendencia, ignoró la decisión de mis padres y me encasquetó el nombre de su abuelo que, decía, se iba a perder. Y así quedé pa los restos como Cutberto Recio Galán, fíjense en la ironía.

A pesar del lastre (y el recochineo) que mi nombre suponía, más de una compañera de clase me hacía ojitos al acabar la primaria; pero llegó la hora del estirón y me quedé a medio estirar, con un metro sesenta y algún kilo de más que no domo ni con todas las dietas del mundo. Eso sí, como heredé los ojos de mi abuelo paterno, que me dan un aire a Paul Newman, y gasto un pelazo que pronto se entreveró de canas soy, a mis treinta y pocos, lo que se dice resultón. Y no me como una rosca, quizá porque pronto empecé a alejarme de la imagen de Newman en La gata sobre el tejado de zinc para acercarme a Brando en Don Juan de Marco. Debe ser por eso, porque estilo no me falta: me encanta la moda, y sigo las tendencias. Mi armario se nutre de todo lo que haya llevado una celebrity.

Mi afán por acaparar prendas ha llegado a rozar la demencia. Nunca tiro nada, no se vaya a poner de moda dentro de un par de años, y mi madre, que es una madre madre, me ha sugerido en no pocas ocasiones que acuda a un experto en acaparamiento. Me temo que la idea la sacó de uno de esos docu-realities que ve en televisión. Y todo porque me pilló la factura de un trastero donde guardo los frascos de colonia (de firma, claro) y todo lo que ya no puedo meter en casa, a pesar de que hice obra para convertir la salita en vestidor.

Voy a desfiles, he hecho un curso de patronaje y, aunque allí he conocido muchas chicas, sigo sin pareja. Quedamos para tomar café, se ríen mucho, incluso me piden consejo pero, a la que me descuido, se marchan colgadas del brazo del primer cachitas que se encuentran.

Empiezo a pensar que no valgo ni para Recio ni para Galán y que soy un simple Cutberto de tres al cuarto por culpa de la condena que me impuso el funcionario del registro.

RIESGOS LABORALES

Asomaba primero las orejas y luego el resto de su cabecita. Todos contenían el aliento en ese instante. Sacaba el hocico, lo movía olisqueando el aire y saltaba fuera del sombrero con la agilidad de un atleta olímpico. Así un día tras otro durante tres largos años.

—Bro— le dijo aquella tarde al mago—, ya estoy harto de hacer siempre lo mismo.

— ¿Harto de crear ilusión?

—Harto te digo, bro. Cansado, hastiado, aburrido. Y me consta que la paloma de los pañuelos opina lo mismo que yo.

— ¿La paloma?

— La paloma, bro. Necesitamos realizarnos como animales y como artistas. Para ti es fácil porque haces varios trucos, pero nosotros nos aburrimos, y creo que nos empieza a afectar. He hablado con los del sindicato.

— ¿Tenéis un sindicato?

— Por supuesto, bro. Gracias a ellos ya no puedes sacarme de la chistera tirándome de las orejas, como hacían antaño.

—Vaya, no tenía ni idea. Y ¿qué te han dicho en el sindicato, a ver?

— No mucho. Pero están pensando en considerar el hastío como enfermedad profesional.

—Vaya, no pensé que fuera tan grave.

—Pues lo es, bro. A mí no me gustaría dejar el negocio, pero un cambio sí, mira.

—Bueno, sería una pena después de tantos años trabajando juntos. Os he cogido cariño.

El mago pasó varios días pensando en qué podía hacer para no tener que buscar nuevos animales y para que el sindicato no le armara una manifestación en la entrada de cada espectáculo. A la tercera noche en vela por fin se le ocurrió una idea y al día siguiente se reunió con la paloma y el conejo para discutirla.

—He pensado que, como los dos estáis hartos de hacer lo mismo y la gente también se aburre de unos trucos tan predecibles, podríamos probar cambiando vuestros puestos.

— ¿Qué dices, bro? ¡Eso sería fantástico! Yo, un simple conejo de chistera, saliendo de debajo de un pañuelo. ¿Cuándo empezamos?

El cambio fue un éxito. La gente aplaudía admirada cuando la paloma salía volando del sombrero y los niños gritaban extasiados cuando el último pañuelo revelaba un conejito blanco. Hasta les hicieron un reportaje para la revista de magia más prestigiosa por lo innovador del evento.

Tras meses de éxitos, el conejo se sentó una tarde frente al mago.

—Oye, bro, estoy un poco aburrido de salir de debajo de los pañuelos.

— ¿Aburrido?

—Aburrido, bro. Echo de menos sacar las orejas del sombrero y mover el hocico. Y la paloma ya está harta de empezar el vuelo en un espacio tan pequeño. Hemos hablado con el sindicato.

— ¿Otra vez?

— ¡Y las que hagan falta, bro! Ya han declarado el hastío enfermedad profesional para los animales de ilusionismo y además nos han concedido un seguro médico obligatorio que cubre fisioterapeutas y apoyo psicológico.

—Pues parece cosa seria.

—Lo es, bro. Es muy serio. He estado pensando y quiero volver a la chistera.

—Pero… el nuevo número es un éxito.

—Al principio sí, bro, pero ya lo hace todo el mundo. La gente sabe a lo que viene y no se divierte.

—Bueno. Si los dos estáis de acuerdo…

Lo último que supe de esta historia fue gracias a la portada de la revista Ilusionismo y prestidigitación. Aparecía una foto del mago con el conejo y la paloma junto a un titular que decía:

«Vuelven los clásicos. Una revolución.»

JAULA DE GRILLOS

Para ser un lugar dedicado a la calma mental, resultaba agobiante: el color tostado de las paredes, el wengué de la librería y las cortinas color crema, daban muestras del buen gusto de su decorador, pero también una sensación de rectitud y oscuridad con los cuadros de marcos dorados y las fichas del test de Rochas a la vista. El diván clásico, frente a un enorme escritorio, hacía sentirse insignificante a todo el que se tumbara en él. La extensa colección de libros empequeñecía la mente del más docto de los pacientes.

Para colmo, y como parte de los más novedosos métodos, las sesiones eran grabadas por una videocámara que apuntaba al visitante con su ojo rojo parpadeando.

Anselmo López no soportaba aquella cámara, ni el diván, ni las cortinas, ni los libros; ni, ya puestos, al Dr. Ernesto Márquez-Casanova, un hombre pequeño de aspecto cetrino que se frotaba las manos a cada momento y repetía «Vamos avanzando estupendamente» en un intervalo regular de cinco minutos.

Sin embargo, Anselmo había preferido no cambiar de psicólogo, angustiado por una rutina obsesiva.

— ¿Cómo estamos hoy? ¿Hizo lo que le pedí en la sesión anterior?

—Lo he intentado. Aquí traigo las notas.

Le acercó un fajo de papeles arrugados y llenos de letras que se desparramaban en todas direcciones (de derecha a izquierda y de arriba a abajo en sentido perpendicular, meticulosamente numeradas).

—Vaya, parece que son muchas. ¿Por qué no me cuenta lo que hay en ellas a grosso modo y luego las repasamos una a una?

— ¿Podría apagar la cámara, doctor?

—Sabe que no es posible, Anselmo. Haga como si no estuviera.

Pero no podía, el parpadeo bermellón era como la mirada de un francotirador que conocía todos sus secretos.

—Al principio era solo un hombre, pero ahora son dos. Han alquilado el piso del quinto, justo encima del mío, y me cruzo con el inquilino constantemente. Da igual la hora del día. Está en el rellano, en el portal, en el ascensor. Estoy seguro de que ese cabrón ha hecho un agujero para espiarme.

— ¿Qué le hace pensar eso?

—Hará un par de días se pasó la tarde con el taladro y he notado una corriente que antes no había en el salón. Sale de al lado de la lámpara del techo.

—Y, según usted ¿Qué puede estar buscando?

—Robarme mi éxito. Mi éxito como escritor.

—Su éxito como escritor.

—Sí, doctor. Acabo de terminar la novela. Va a ser un bombazo.

— ¿No le parece un poco retorcido pensar que su nuevo vecino se ha mudado solo con el fin de robarle una novela que, por otro lado, nadie sabía que estaba escribiendo?

— ¿Qué insinúa?

—Puede que el agotamiento, después de tanto esfuerzo para terminarla, le haga ver cosas que no son. Si usted no ha dicho en qué estaba trabajando, es difícil que alguien pudiera adivinarlo. ¿No cree?

—Eso es verdad. No lo he comentado con nadie, solo aquí, en la consul…

Y fijó su mirada en la luz roja de la cámara antes de incorporarse con brusquedad.

— ¿Qué sucede, Anselmo?

— ¡Usted! Todo este tiempo ha sido usted. Embaucador, manipulador… ¡Ladrón! Eso es lo que es. Ha alquilado el quinto. No había carteles, ni anuncios en los periódicos; pero usted lo sabía porque yo se lo dije.

—No diga tonterías. Acaba de decirme que ha visto a su vecino varias veces y sabe que no soy yo.

—No, claro. Eso habría acabado con su plan. Ha contratado a alguien. — Se lanzó contra el trípode de la cámara. — Claro, ahora encaja todo. Sus ánimos para que terminara de escribirla. Me ha preguntado por la novela en cada reunión. Quería detalles. Saber si valía la pena. Y vaya si lo vale. ¡Es una obra maestra!

—Cálmese, señor López, por favor. Está usted diciendo disparates. Yo ya tengo un oficio. Mi interés por sus escritos era meramente profesional.

— ¡Y un cuerno! Sabrá de mí por los tribunales. No voy a descansar hasta que esté hundido. ¿Me oye? ¡Ladrón de ingenios! ¡Truhán sacacuartos! ¡Loquero!

Arrastraba en su furia cuanto tenía delante.

—Por Dios bendito, Anselmo. A mí no me gusta la literatura, yo soy más de música. Toco el violín.

El paciente frenó su destrucción.

— ¿El violín?

—Sí, el violín. Es agradable su tacto bajo la barbilla, cómo vibra todo cuando el arco roza las cuerdas.

—Es un instrumento complicado. Mi padre tocaba el violín. — Se tumbó en el diván.

—Lo sé, Anselmo. Me lo dijo en la primera sesión.

Para ser un lugar dedicado a la calma mental parecía un campo de minas recién estallado, con las cortinas hechas jirones, los marcos dorados pendiendo de las esquinas y los libros esparcidos como cadáveres sobre la alfombra. El diván clásico, frente al enorme escritorio, con Anselmo López tumbado en él.

—Una obra maestra le digo, doctor. Le regalaré una copia firmada.

DE DO DO DO, DE DA DA DA

Me siento a escribir viendo un documental sobre Alaska y sus osos. Alguien comparte conmigo en Facebook, cosas de la vida, que esta mañana pescaron al Campanu y mi mente divaga.

¡Desdichado salmón!

El cursor parpadea en la página de texto del portátil, en blanco, como mi mente; como el ámbar de un semáforo que nunca va a pasar a rojo.

Apago el televisor. Imposible concentrarse con esos pobres peces siendo devorados. Pongo música.

Mi gusto por las letras es casi tan viejo como el que siento por los documentales.

Me enamoré de la naturaleza recogiendo piñotes con mis abuelos, montando a caballo con mi padre, por el ecologismo de mi tía, las manualidades con reciclaje de mi madre, el visionado de Capitán Planeta con mi hermana.

La primera canción hace más por la nostalgia.

No sé si es Sting, el Campanu, o los osos, pero recuerdo los viajes a Asturias con Police como banda sonora.

“De do do do”

Las cinco de la madrugada entrando dormida en el coche.

Los “¿falta mucho?”.

Celorio, su playa.

Llanes y el espigón sin cubos de Ibarrola.

Buscar caracoles.

No hablar francés.

Ser niña langosta.

Y el olor a lluvia que mi hermana y yo bautizamos para siempre como “huele a Asturias”.

“De da da da”

Mis dedos corren por el teclado.

Corren veloces, sin dar tiempo a parpadear a esa maldita raya vertical.

“Is all I want to say to you”

Y cuentan Asturias.

Los pinares.

Los zorros huidizos.

Los libros en verano.

El olor a castañas asadas en la caldera.

El hámster que se me murió.

“De do do do”

El respirar del caballo bajo mis piernas.

Librerías repletas en casa de los abuelos.

Y una vez que vi una raya en manos de un buzo con escafandra.

O lo mismo no.

“De da da da”

Montar en bici con mi hermana.

Mi primera vez con “El señor de los Anillos” o “Cien años de soledad”.

Los patines de hierro heredados.

Cómo escocía la piel quemada por el sol.

Hacerme grande y no olvidarme de bailar.

“They’re meaningless and all that’s true”

APARTE, LOS PUNTOS

Llevo una semana sin escribir una palabra y todo por un accidente doméstico tonto, como suelen ser todos los accidentes domésticos. ¿Que se veía venir? Pues sí. Mi madre me lo ha dicho hasta el hartazgo durante los últimos meses: «Hija mía, que estás en Babia Todo el día pensando en letras. Al final vamos a tener un disgusto.» Y, al final, lo hemos tenido.

El viernes pasado estaba cortando melón, mientras daba forma mental a un texto, cuando se me resbaló el cuchillo y me pegué un tajazo en la mano. En cuestión de segundos empezó a chorrear y dejé el trapo perdido de palabras.

Fuimos a Urgencias.

—Hay que poner puntos— me dijo el médico que me atendió.

— ¿Me dolerá?— pregunté.

—Un poco. Pero te va a quedar una cicatriz la mar de poética— añadió con sorna.

No le niego su destreza en la medicina, ni en la costura, pero de literatura no tiene ni idea.

Con lo bien que habría venido un punto y coma en medio, pues nada, veinticinco puntos seguidos me ha dado y dos semanas vendada.

El miércoles que viene voy a que me los quiten y ahora tengo miedo de que, sin ellos, no se entienda el relato.

DE LO QUE QUISE SER

Veterinaria, Coleta la Poeta, maestra, y El Principito; y domadora de caballos, y una mezcla de Attenborough y Cousteau.

Bella Durmiente jamás, a pesar de mi nombre.

Periodista, cantante, historiadora del arte; reina mora, princesa de Irlanda, mariposa. Criadora de avestruces, cuidadora de ñus; descubridora de estrellas. Costurera, arquitecta, profesora de Literatura y aventurera en mi salón. Sheriff en el Oeste, nativo americano, yak.

Nada de damisela en apuros.

Vendedora de regalos, tejedora, física teórica. Madrastra de Blancanieves, y uno de los tres ositos. Cultivadora de lechugas, y maragata, y acantilado. Sueño hecho realidad, pesadilla antes de Navidad, olmo viejo. Biólogo marino, tiburón martillo u oso polar. Calcetín huérfano, gorro en invierno, beso bajo el muérdago, hoz de oro. Bibliotecaria, Guttenberg, Tolkien.

Hermione Granger, y no miento, ya fui.

Agente secreto, pastora y carnero. Taquígrafa, traductora y responsable de planta en un hotel. Funcionaria, patinete, salmón en un mundo sin redes. Eremita, pensadora, dueña de galería de arte. Guía turístico, maquinista de tren y cochera de diligencia.

Negra, pelirroja, esbelta. (No todo a la vez).

Amiga de mis amigos, paje real y patinadora sobre hielo. Pluma de abanico, cosquilla en la nariz. Cielo de tormenta y sol de septiembre. Roca malherida, yedra trepadora, poetisa. Personaje sin cuento. Y, al final, simple escritora.

SEGUNDA OPINIÓN

— ¡Coño! Paco, qué cara mustio me traes. ¿Tás malo?

—Eso parece. — Toma asiento y, pide su café.

— ¡No me jodas! ¿Y es grave?

—Hombre, morirme, no me muero.

—Pues entonces, ¿a qué viene esa cara tan larga? No me digas ¿Te han quitao el anisete?

—No. — Deja la boina sobre la mesa, se atusa los dos pelos que flotan donde un día hubo un abundante flequillo.

— ¿El chorizo? Esos matasanos quieren que vivamos cien años, pero te quitan la alegría de vivir.

—Tampoco. Mi Emilia, que se empeñó en que fuera al loquero. — Lo dice sin vergüenza, todo el bar lo oye. Poco le importa.

— ¿A nuestra edad? Eso no pué traer ná bueno.

—Que me veía raro, enovejado.

—Mujeres. Si hago caso a la mía, ya tenía un pie en el hoyo. Pero si tú eres el alma de la fiesta. Jaté que ayer no viniste y se notaba esto más triste, que lo comentamos y todo. ¿Verdad, Faustino?

El camarero atiende a medias, se limita a un movimiento vago de cabeza.

—Eso le he dicho yo, pero se puso pesada y fui con tal de que se callara.

— ¿Y qué te han dicho?

Saca un papel del bolsillo y lee.

—Cardu… menopatía.

— ¿Qué coño es eso?

—Rebañiforme, además.

—Pues suena jodido. Mi cuñao tuvo una cardiopatía de esas y, en una cena de Nochebuena, la palmó.

—Cardio, no. Cardu… carde… Bueno, lo que sea. Dice que soy de mucho conformar.

—Anda el otro. Pues como todos.

—Como todos, por lo visto, no. Que tengo que hacer más cosas que me gusten, dice.

— ¿No te gusta jugar a la brisca? Porque me busco otra pareja, ya ves tú. Con la salú no se juega.

—Sí que me gusta. Para una cosa interesante que hago al día.

—Y ¿qué te notas? Porque algo te notarás, yo qué se: dolor de tripas, insonio…

— ¿Yo? Nada.

—Pues por nada no se va al loquero.

—A mí me mandó la Emilia a traición, pregúntale a ella. Si todavía no sé de qué va la rebañitis esa.

— ¡Niño! Busca en el móvil ¿Cómo dices que se llama?

Le tiende el informe médico para que copie.

—Aquí está. Cardumenopatía: Dícese del estado de abulia provocada por la falta de objetivos. Se manifiesta durante periodos de prolongada inactividad, a través de la imitación involuntaria de hábitos y rutinas de otros individuos con los que se comparte espacio. Su nombre deriva de cardumen (banco de peces). Es un trastorno de reciente descubrimiento y todavía bajo estudio. Se estima que afecta…

—Bueno, no te enrolles. Vete a lo importante. ¿Es contagioso?

—Aquí no dice nada. — El camarero vuelve a la barra. No suele hacer caso a los abuelos, pero Paco le da pena, aunque no entienda bien si lo suyo es grave o no.

—Joder, Manolo. Yo te cuento mis penas y tú solo piensas en si te pego los mocos.

—De acuerdo. ¿Cómo se cura?

—El médico dice que salga a andar, a dar paseos. Y que lea.

—Pero si te lees el MARCA todas las mañanas.

—Eso no vale, tienen que ser libros. Y que vea documentales.

— ¡Coño! Pues casi era mejor lo del chorizo.