EL MUERTO MÁS FEO A AMBOS LADOS DEL MISSISSIPPI

Lo de lavar la ropa en el río no daba para mucho; salvo que alguna hubiera estado enferma, las noticias se repetían día tras día hasta convertirse en muletillas a las que no prestaban atención, pero eso no era suficiente para que callaran; un rato que tenían para ellas, no iban a desperdiciarlo en silencio. Hay quien gusta de rutinas y las mujeres de este lado del Mississippi no eran una excepción.

Tampoco lo eran las de la otra orilla, aunque no supieran mucho las unas de las otras, y eso que todas lavaban a la misma hora. Aquel río era tan ancho que cabían dos barco de vapor, y poco se habían interesado por si había vida más allá de las aguas turbias o si se parecía en mucho o nada a la suya.

Todo esto cambió la mañana en que, junto con la sábana de su noche de bodas, Mary Kate Harrison sacó un cadáver del río.

Mira que lavar la ropa de cama con el marido todavía dentro— bromeó la más vieja, que estaba curada de espanto porque durante la guerra había visto de todo.

Las demás se acercaron a las sábanas de la recién casada.

¡Qué cosa más fea, por Dios bendito!

Solo es un muerto.

Pero uno muy feo.

Y tuvieron que darle la razón; no es que el hombre tuviera aquel aspecto de nariz afilada, ojos saltones y mandíbula demasiado prominente por su condición de muerto o por haber vagado por la corriente durante el tiempo que fuera, se veía que era feo y punto, probablemente desde que nació.

Pasada la primera impresión, llegó la hora de identificarlo, pero por más que hacían memoria, no echaban a nadie del pueblo en falta, y menos tan poco agraciado.

Esto se les ha perdido a los de la otra orilla— sentenció el reverendo cuando se lo llevaron para darle cristiana sepultura—. Yo no puedo enterrarlo aquí, hay que cruzar el río y devolvérselo a su familia para que lo llore como es debido.

Con todo el respeto, pero llorarle, le habrán llorado desde niño, con lo feo que es— se burló la vieja.

Y las demás rieron la gracia haciendo caso omiso a las miradas de reproche.

La noticia de la fealdad del cadáver se extendió como la pólvora y, aunque se apresuraron en preparar una barca, todo el pueblo estaba congregado cuando iban a partir, más por comprobar si era tan feo como se comentaba que por despedirlo.

El reverendo aprovechó la ocasión para soltar un sermón sobre la brevedad de la vida, la compasión y, de paso, puso a todos a rezar por el alma del feo mientras se alejaban río adentro.

Paul Smith fue el primero en divisar la barca y corrió a avisar al alcalde de su orilla por si había que dar bienvenida oficial, ya que lo que se acercaba no era un barco de pesca, y llevaban a un hombre de Dios con ellos.

Cuando atracaron en el embarcadero, los recibió el pueblo al completo, salvo la banda de música, que todavía estaba recogiendo los instrumentos. Presidía el comité de bienvenida el mandamás con el reverendo de esta orilla a su lado.

¿Cómo va a ser nuestro ese adefesio? ¿Le ha visto usted la cara?— se indignó el primero así le presentaron al difunto.

Pues nuestro tampoco es—respondió el reverendo de la primera orilla, incómodo con la idea de tener que llevárselo de vuelta.

Digo yo, que siendo tan feo—aventuró una mujer— en algún pueblo habrán de conocerlo.

Otra cosa es que le reconozcan como suyo— dijo otra—. Mira que es fea la criatura.

Feo o no— cortó el segundo pastor—, tendrá familia y un nombre.

Pues a mí se me pierde un feo como este y no lo iba a echar de menos.

Por amor de Jesús, hablamos de un cristiano bueno.

No sé yo. Para mí que tan bueno no podía ser si el Señor permitió semejante fealdad. A ver si va a ser un forajido.

Lo mismo da. Hay que enterrarlo y que Dios, nuestro señor, lo juzgue con misericordia por sus pecados.

Por lo menos por lujuria no habrá de juzgarlo. ¿Quién se le iba a arrimar?

Sea pues— dijo el alcalde—, nuestro pastor se va con vosotros en representación de esta orilla y lo enterráis.

¿Cómo? ¿Qué quiere que me lo lleve de vuelta? De eso ni hablar.

Hombre, aquí no pinta nada. Vosotros lo habéis encontrado, vosotros lo acogéis.

Pero es que no es nuestro.

Ni nuestro tampoco.

Digo yo— se adelantó una joven frotando las manos sobre el mandil con gesto nervioso—, que dará igual dónde se le dé sepultura. La cuestión es hacerlo pronto. Con estos calores, además de feo, empieza a oler y cada vez va a ser más difícil soportar su presencia.

Ambos reverendos asintieron y el de esta orilla, que en realidad era la otra al principio del relato, tomó su biblia y su alzacuellos y, como hiciera su homónimo, puso a todos a rezar por el alma del difunto mientras la barca emprendía el camino de vuelta a través del Mississippi.

Pero sucedió que, llegando al medio mismo del gran río, justo en el punto en que todavía se oía el rumor de las plegarias de una orilla y empezaban a llegar los ecos de los rezos de la otra, la barca zozobró y un enorme siluro asomó la cabeza por la quilla.

Este muerto es mío— dijo.

Y atrapó un pie del cadáver con su millar de diminutos dientes y lo arrastró con él hacia las profundidades, dejando perplejos a los habitantes de ambos lados del Mississippi.

LOS DÍAS QUE DEBIÓ SALTARSE EL CALENDARIO

Hay días que es mejor no levantarse y hay días que, literalmente, debería saltarse el calendario porque la sucesión de infortunios comienza, de manera inexorable, en cuanto la campana anuncia la medianoche. Eso debió pensar Balbino Toledo aquel veintiuno de abril varias veces.

Para empezar, la noche no se vio aderezada con sueños plácidos, ni siquiera por sueños, ni siquiera por pesadillas. En un complot malévolo, el vecino de al lado se dedicó a pegar voces (y eso que vivía solo) hasta las dos de la madrugada, momento en que le tomaron el relevo los perros del barrio en un frenesí de ladridos y aullidos que comenzó con el yorkshire de cuatro casas más abajo y, en cuestión de media hora, ya tenía de coro a los veinticinco perros censados entre su calle y la de enfrente, a saber: dos mastines, un podenco, tres perros de agua, un bóxer, toda una camada de westies con sus progenitores, la rehala de bretones que llevaba sin cazar dos temporadas y un cachorro de chihuahua que, a pesar de ser el más canijo de todos, daba por culo como los otros veinticuatro juntos.

Esta serenata se extendió, con sus escasos momentos de respiro, hasta las cuatro de la mañana, cuando Balbino Toledo ya miraba los cuchillos de la cocina con otros ojos.

Con la misma espontaneidad que empezó, la rebelión canina cesó definitivamente sus conversaciones a eso de las cuatro y cuarto y, por fin se hizo el silencio. Para entonces, el señor Toledo estaba tan desvelado que requirió de una hora escuchando la radio hasta que Morfeo le acogió en sus brazos.

La rutina no entiende de noches en vela y el despertador, como era su costumbre, rompió en alarma a las seis y veinte.

Decir que Balbino era un autómata es mucho suponer, pues estos artefactos llevan, al menos, alguna programación en su disco duro o se mueven por mecanismos activados cuando les das cuerda. Él acertó a llegar al cuarto de baño y lavarse la cara; las potentes luces led del espejo hicieron más evidente el cerco renegrido que enmarcaba sus ojos bajo en párpado inferior.

Echó la comida de los gatos a los peces y la de los peces a los gatos. Desayunó. Gracias a los maullidos de Botones y Canela, se dio cuenta de su error y repartió la comida, esta vez correctamente, no sin antes encomendarse a todos los demonios por tener que vaciar y rellenar la pecera, que parecía una sopa con tropezones en la que costaba distinguir la carne del pescado.

Apuró un café solo y salió de casa.

La dosis de cafeína obró el milagro y, cuando cogió el coche, ya estaba despierto del todo y se consolaba con que, al menos, era viernes.

Esquivó tres coches aparcados en doble fila; aguardó, cual vaquero del Viejo Oeste, a que terminara de pasar la manada de adolescentes que invadían la calzada de camino a alguna excursión y dobló la última esquina antes de llegar a su destino.

Entonces los faros iluminaron a un gato blanco y negro, dedicado a su aseo diario en medio de la carretera. Balbino miró con perplejidad al gato, el gato miró a Balbino sin interés y siguió con sus lametones en la cara interior de la pata trasera izquierda, hasta que el coche emitió un pitido atrayendo su atención. Lo observó molesto y se apartó con calma.

Si el señor Toledo creía que, con este momento, ya tenía cubierto el cupo de contratiempos, pronto la vida le daría una nueva vuelta de tuerca.

Eso que dicen de que la vida es puñetera se queda corto a veces. A veces, esa vida rompe las rutinas de forma persistente y reconcentrada, un recordatorio de que no hay que confiarse en demasía, porque cuando las cosas se tuercen no hay regla que las enderece.

Unos lo achacan al pie con el que se levantan, otros a la fecha, los más obsesivos a una sucesión de rituales diarios que hay que cumplir a rajatabla y, a eso de las doce del 21 de abril, Balbino Toledo empezaba a pensar que le habían echado mal de ojo, o más concretamente, de dedo. Del dedo corazón para ser exactos, que es el que ahora le latía como si tuviera cien corazones dentro después de pillárselo con el cajón del escritorio a la altura de la primera falange contando desde la punta.

Por si los latidos que, a su juicio, se estaban oyendo en todas las plantas del edificio, fueran poco, su dedo, antes delgado y ágil, se estaba tornando en lo más parecido al As de bastos, color verdoso incluido.

Hemos de decir de Balbino que, aunque su trabajo de oficinista podría inclinarle poco a la burrería y el aguante estoico, era más terco que una mula y no había pisado el médico desde la mili, cuando contrajo unas fiebres tifoideas, y de aquello haría ya más de veinte años.

Después de media hora, y tras la insistencia de sus compañeros para que fuera a Urgencias antes de que se le cayera el dedo, cedió y se acercó al Centro de Salud sosteniendo la mano en alto y jurando en arameo cada vez que la más mínima vibración recorría el espacio entre la planta de los pies y el porrón amoratado que le colgaba de la mano derecha.

El maleficio se rompió por fin cuando traspasó la puerta de la consulta; le atendieron rápido, le hicieron radiografías, le dijeron que no había nada roto, le entablillaron el dedo y le recetaron unos calmantes para dormir caballos. Pasó por la oficina para dejar el parte y volvió a casa.

Se cambió de ropa, se tomó las pastillas y se quedó dormido hasta casi perder el conocimiento mientras, fuera, los veinticinco perros ladraban, la vecina de enfrente cantaba a grito pelado por la Piquer y todos los coches del pueblo pitaban en el atasco monumental que había formado un gato atusándose impávido en medio de la carretera.

PIES DE HOBBIT

De cuando en cuando nace una persona como yo: con pies de hobbit. Un problema la mar de serio pues, mientras esas extremidades de envergadura resultan muy útiles si eres pato u oso polar, para un ser humano proporcionan por igual ventajas e inconvenientes.

Sirva de ejemplo que unos pies anchos se traducen en una base más amplia con la que, por fuerte que sople el viento, resulta difícil tumbarme; en estas situaciones, sin embargo, es de lo más molesto el llamado “efecto tentetieso” por el que el cuerpo se balanceaba sin despegarse del suelo.

En cambio, esta, llamémosla ventaja evolutiva, complica y mucho cumplir con algo tan nimio y tan humano como calzarse, pues si el zapato no aprieta de un lado, aprieta del otro y por eso, digo yo, Tolkien hizo que todos los hobbits fueran descalzos. Claro que ellos no iban a pisar cristales rotos ni se les iban a pegar chicles, cosa que, añadiremos, a todos nos sucede alguna que otra vez.

Mis pies de hobbit son al tiempo una bendición y una broma del destino; si voy, por ejemplo, a un concierto o a cualquier evento que congregue a una multitud, tengan por seguro que saldré de allí con las uñas moradas de los pisotones, si no con un huesecillo roto. Y aquí llega otra cuestión importante: los huesecillos; entiéndase que con unos pies de hobbit solo caben dos opciones: o los huesecillos no son tan “illos” o en esos pies hay más de los habituales.

Pero entre las bendiciones de esta anomalía pedestre, si tal término es aceptable para el tema que nos ocupa, está la de poder dormir de pie.

Claro que todo esto carece de importancia y lo que venía a decir es que mis pies de hobbit, con todo lo ya descrito, son la mayor cortapisa para cumplir mi sueño de ser funambulista.

EN ADOPCIÓN

El sonido del timbre apenas se hizo notar entre el estruendo de la tormenta. Mónica se calzó las zapatillas y acudió a la puerta. ¿Quién podía ser a esas horas? ¿Quién en medio de la lluvia helada?

La mirilla no reveló a nadie al otro lado; abrió, algo le decía que tenía que abrir, y entonces lo vio, una sombra corría calle abajo sin mirar atrás y, sobre el felpudo, una caja de cartón que se oscurecía allí donde caía una gota.

El viento silbó fuerte y ella levantó con temor la manta que cubría lo alto de la entrega.

«Ay, pobres.» Exclamó, recogió la caja y la metió en casa. Su marido, desvelado, la esperaba en las escaleras.

—¿Qué es eso que traes?

—Los han abandonado en la puerta. ¿Qué querías que hiciera? Enciende la estufa, anda, que nos hará falta calor.

Colocó la caja sobre la mesa y quitó de nuevo la manta.

¿Quién podía hacer algo así? Se les veía tan indefensos. La humedad empezaba a hacerles mella.

Se trasladaron al salón donde ya se notaba el calor de la chimenea. Extendieron una alfombra delante del fuego y sacaron a los huérfanos uno por uno, con sumo cuidado.

El matrimonio se sentó en el suelo junto a ellos y empezó a acariciarlos.

—¿Qué vamos a hacer?

—De momento los cuidaremos y luego ya se verá. No podíamos dejarlos ahí fuera. Llueve a mares y está helando.

Su marido asintió. Recolocó al primero más cerca del fuego para que le diera el calor.

—Dime la verdad, estás pensando en quedártelos— le dijo ella entre asustada y conmovida.

—Bueno, son tan pequeños y se ve que han sufrido tanto.

Y así se pasó la noche, con el matrimonio sentado frente al fuego y una caja llena de libros abandonados.

LA OTRA ORILLA DESDE MOHER

Sentarme a tu lado, en el abismo del fin del mundo, donde todas las flores son blancas, donde los ríos son murmullos que confunden el latir de los corazones.

Sentarme contigo a esperar el ocaso y ver cómo el camino del sol sobre el mar nos promete un mundo nuevo, un techo bajo las colinas, un caballo de algas, un castillo bajo las olas, un pasado presente, un rayo de luna entre las raíces de los espinos.

Sentarme a tu lado y que me susurres un nombre antiguo, y que me mires, y que me quemen tus dedos en la espalda y que arda el mundo mientras nos veneramos; que pierdan el norte todas las aves y vaguen sin rumbo sobre nuestras cabezas; que las nubes oculten todos los arcoíris del mundo.

Tumbarme a tu lado sobre un lecho de hierba, que las hormigas nos hagan cosquillas en la piel y las campánulas se enreden en mi pelo, en el tuyo; que las orugas trencen mis mechones con los tuyos.

Tumbarme a tu lado y esquivar la espada que clavaron entre nosotros en forma de océano; hacernos grandes, pequeños, invisibles, gotas de lluvia, corriente de mar.

Elevarme a tu lado en un remolino y confundirnos con las hojas, con las ramas de los sauces, con el bramido de los ciervos, con el reclamo de los cisnes y con el último rayo de sol.

VID Y LAS ESTRELLAS

Esta leyenda es mi colaboración para la revista de la Fiesta de la Vendimia de La Palma del Condado 2019


Cuenta la leyenda que, una vez los dioses terminaron de crear el Universo, se reunieron para celebrarlo, todos excepto una diosa que estaba obsesionada con el lugar de las estrellas en el mundo. Tal era su amor por las constelaciones que le parecía injusto que solo existieran en el cielo y, tras muchos días de pensar, decidió buscarles también su reflejo en la tierra.

Probó en la superficie de los ríos, pero la corriente ondeaba y escondía el pálido fulgor de los astros. Lo intentó luego con los copos de nieve, pero eran tan vanidosos que no quisieron hacerle sitio. Pensó en los ojos de los enamorados, pero apenas había lugar en sus pupilas para algo más que la persona amada. Entonces, cuando comenzaba a darse por vencida, encontró ante ella el brote de un pequeño árbol que retorcía sus ramas como en mil abrazos.

Conmovida por la imagen, bajó la primera constelación y la enredó entre las ramas; satisfecha con el resultado, repitió el proceso hasta que el arbolito quedó sembrado de estrellas.

Después, los hombres poblaron la tierra y quedaron fascinados con los frutos de aquel pequeño árbol. En honor a la diosa, le dieron el nombre de Vid, y decidieron que, a partir de entonces, no habría celebración completa sin el jugo fermentado de aquellas estrellas bajadas al suelo.

DIQUE SECO

Las campanas de la iglesia no sonaron, no hubo comitiva siguiendo un féretro ni plañideras; tampoco salvas, ni coronas de flores; ni oficiante, ni panegírico; apenas tres hombres de riguroso luto y en silencio ante el agujero en el que unas costillas de madera emergían de la tierra. Al otro lado del parque, los operarios afanados en terminar su tarea no respetaron la intimidad del momento; juraban y maldecían mientras la excavadora hería la hierba que estorbaba al proyecto de camino. Un par de motosierras mermaban voraces la existencia de los árboles y un señor vestido de traje se paseaba con un casco amarillo contemplando unos planos que abultaban lo mismo que un periódico británico en el que no se recogería noticia alguna sobre el improvisado entierro.

Se acabó dijo uno de los dolientes contemplando la desolación a su alrededor. Aquí estamos los supervivientes y a nadie le importa.

Somos unos viejos se quejó otro de ellos—. Todo lo que fuimos se acaba de convertir en un recuerdo.

O lo que es peor, en una batallita de anciano senil intervino el tercero.

Derramar una lágrima no habría estado mal, pero lo malo de las muertes anunciadas en Boletín Municipal es que provocan los llantos al principio y, tras la ejecución, ya no quedan ganas.

El drenado del lago en el que habían trabajado como barqueros durante casi cincuenta años suponía el fin de una era y, aunque el último de ellos se había jubilado hacía ya un lustro, no había pasado una semana sin que se reunieran para mirar a sus turbias aguas recordando a los enamorados que habían paseado en aquellas barquitas de fondo plano movidas con destreza a golpe de remo para evitar los bordes y los cisnes. A los animales los habían reubicado en otro parque, las carpas que boqueaban en la superficie en busca del pan que los niños tiraban los domingos habían muerto y hasta las palomas, que se adaptaban a todo, habían huido a lugares más calmados en cuanto la maquinaria hizo su aparición.

¿Te acuerdas de mi primer naufragio?

Y tanto. Creí que aquel galán se nos moría ahogado en un metro de agua. Oí que al final la chica le dejó por un pescador de Bilbao.

A los ojos de cualquier aguerrido marinero, aquellas historias no tendrían comparación con lo que supone surcar el Mar del Norte durante una tormenta, pero ellos se sentían como si hubieran formado parte de la Royal Navy al servicio de Su Majestad.

¿Y tú? Puedes jactarte de ser el único capitán de remo que ha sufrido un abordaje y un motín en el mismo día.

Calla, calla.

Sus risas lograron eclipsar los motores por un instante.

Eran buenos tiempos.

Los mejores.

Y hoy se van como el agua por el sumidero.

A mí me hubiera gustado que mi nieto viera esto funcionando. Con los pavos, las ardillas, las fuentes.

El progreso, amigo, que se lo come todo; hasta las ilusiones.

Bueno, yo me voy, que me está esperando la parienta para comer. Ya nos veremos.

Sí, yo también, que esta tarde tengo médico. ¿Te vienes?

No, deja. A mí no me espera nadie.

Como quieras. Hasta otro día.

Vio a sus amigos alejarse por el sendero. Un niño cruzó corriendo en dirección a los restos del lago. Trepó por la escalera del embarcadero y se asomó buscando el agua.

Un charco había retenido la lluvia de la última noche y dejó allí un barquito de papel.

¡Es el mejor navío que he visto, muchacho! le gritó el anciano.

Claro que sí, señor. Es un barco pirata.