La luna de los gatos

Este relato fue mi propuesta para la escena del taller de Literautas con la premisa «la radio»


«Buenas noches, queridos oyentes, y bienvenidos a La luna de los Gatos. Hoy, hablaremos con Leopoldo Rivera, experto en control emocional. Comenzamos.»

Celestina, viuda de Garmendia desde hace seis meses, bate unos huevos en el plato de loza descascarillado. No es aficionada a la radio, pero desde que su Bartolo, que en paz descanse, la dejó para reunirse con su creador, no concibe una noche sin el ruido del viejo transistor; aunque la mitad de las veces solo emita un zumbido irritante.

Se ha prometido que, en cuanto cobre la pensión, irá a comprar un aparato más moderno, de esos con cedé, para poner el disco de “Los Panchos” que su nieto le regaló por su cumpleaños. Puede que incluso se apunte a las clases de ordenadores donde los jubilados, como le ha venido recomendando su hija cada domingo desde que enviudó.

Ahora que está sola, el siglo XXI en el que vive le parece un lugar extraño; con todo el mundo enganchado a aparatos que, a su vez, se enganchan a la red eléctrica para obtener energía, y al Wi-Fi para conseguir contenidos.

Irónicamente, todo eso hace que ella se sienta desconectada.

 *****

 «Entonces, dice usted, Sr Rivera, que es importante no mentirnos sobre nuestro estado de ánimo ¿no es así?»

«En efecto, muchas veces es más fácil para otros adivinar cómo estamos que para nosotros mismos, y eso dificulta mucho el diagnóstico y tratamiento de los trastornos emocionales.»

Ramón Jiménez, nacido en permanente estado de soltería, se quita la chaqueta de su elegante traje italiano y la deja con sumo cuidado sobre el galán de noche. Ha tenido un día de perros que le ha obligado a quedarse trabajando hasta tarde; ni siquiera ha podido pasar por el gimnasio, como es su costumbre, y ahora se siente culpable. Ha encendido el equipo Hi-Fi nada más llegar a casa y, demasiado desganado para buscar un disco con el que amenizar su frustración, ha optado por sintonizar la radio, recalando en la conversación entre una locutora de voz juvenil y un tipo de los que te cobran un pastón por llamarte desequilibrado a la cara.

No cree en los libros de autoayuda, ni en todas esas “memeces” de la inteligencia emocional, pero, en días como este, se pregunta qué ha hecho mal para no encontrar a ese “alguien” con el que compartir rutina.

Se mira al espejo antes de meterse en la ducha; le gusta lo que ve: un cuerpo trabajado sin llegar a increíble Hulk y ni rastro de las arrugas que, le consta, sus excompañeros de escuela lucen sin remedio. Entonces ¿qué pasa? ¿Por qué no logra interesar a nadie?

 *****

 «Todos cambiamos dependiendo del lugar. Un tiburón en el trabajo, puede ser tan asustadizo como una ardilla en cuanto sale de la oficina. Somos un “yo” diferente para cada situación, y debemos aceptar cada uno de esos “yo” para ser felices.»

«Si me lo permite, Sr. Rivera. Eso parece más fácil de decir que de hacer. La introspección suele ser un proceso doloroso.»

«Puede, pero no me refería a lo que podríamos denominar: autopsicoanálisis. A veces, hacer algo por los demás nos ayuda a reencontrarnos, a recordar quiénes somos en realidad.»

Celestina apaga el transistor al mismo tiempo que el horno, donde ha hecho un bizcocho de bienvenida para la joven que se mudó recientemente al piso de arriba. Los tiempos habrán cambiado, pero es lo que ha hecho toda la vida y no es momento de perder las buenas costumbres. Mañana se lo subirá, seguro que agradece el detalle.

Ramón quita el vaho del espejo del baño y termina de aplicarse la crema antiarrugas de a 60 euros los 20 mililítros; se sonríe, eso le ayuda a dormir; aunque sea solo, una noche más.

 *****

 «Amigos oyentes, así acabamos el programa de hoy. Nos volvemos a encontrar mañana, si ustedes quieren, aquí: en la 94.5 FM. Buenas noches.»

Olga Martínez se despide del técnico de sonido y rechaza, por enésima vez, su invitación a una copa. Mira el móvil antes de salir de la emisora, un whatsapp de su madre: «Ven mañana a comer, hay lentejas.» Apaga la pantalla de forma mecánica y espera el autobús. Está cansada, solo quiere llegar a casa y echarse a dormir. Sabe que su cuota de audiencia será baja, apenas un puñado de insomnes y deprimidos.

«Puede que no parezca gran cosa, pero ayudarás a mucha gente que no tiene nada más que tu voz al otro lado del aire vacío de su salón» le dijo su mejor amiga el primer día.

Lo dudaba entonces y lo sigue dudando ahora.

Lo que Olga ignora es que, mañana, Ramón ayudará a Celestina a subir a compra, tomarán juntos el primer café de muchos, y ella recibirá un bizcocho que hará de broche perfecto a las lentejas de su madre.

Tiempo de descuento

Cuando se le presentó, no supo cómo reaccionar. Se supone que uno está toda la vida preparándose para ese momento, pero la verdad es que nunca se está preparado del todo.
Muerte dejó a un lado su guadaña y sacó del portafolios una carpeta, la hojeó y la cerró de un golpe que sobresaltó aún más al visitado.
—Sr. Gumersindo Pertusato ¿verdad?
Apenas acertó a asentir, sin salir de su perplejidad, mientras Muerte volvía a guardar la carpeta y sacaba, esta vez, un libro de contabilidad. Lo miró durante un instante y volvió a guardarlo para sacar después otro tomo, idéntico en apariencia.
Un transeúnte tropezó con la guadaña, increpó a Muerte por dónde dejaba las cosas, en especial cosas tan peligrosas, y siguió su camino maldiciendo entre dientes, sin percatarse siquiera de a quién acababa de leerle la cartilla.
—Será mejor que la apoye en esta silla — le ofreció Gumersindo, con un hilo de voz.
—No hace falta, la guardaré — y metió el artilugio en el maletín —. Mucho mejor, no se vaya a matar alguien— Muerte no pareció apreciar la ironía de la frase —. Bueno, aquí dice que ya ha cumplido sus 21.178 días, 4 horas, 25 minutos y 16 segundos.
— ¿Tan poco?— protestó —. Pero si la media está en 85 años.
—No se enfade, no podemos darle a todo el mundo el mismo tiempo. Usted no es de los peor parados, si quiere verlo de otra forma.
—Supongo.
—Claro, que todo es revisable. Déjeme ver si se puede hacer algo con su caso.
Posó un dedo huesudo en la parte alta de la primera página y empezó a deslizarlo con calma hacia abajo. Mientras tanto, el Sr. Pertusato no salía de su asombro.
— ¿Cómo? ¿Revisable?
— Sí. Es la nueva política de la empresa. Ya sabe, hubo algunas denuncias en Consumidores y Usuarios por no tener en cuenta las bonificaciones.
— ¿Boni-ficaciones?
— Sí. Enseguida se lo explico— levantó la vista del papel y sacó una calculadora de aquel maletín que empezaba a parecer el bolso de Mary Poppins —. Pero tómese el café, hombre, que se le va a quedar helado.
Gumersindo obedeció y empezó a preguntarse si no sería una broma de esas con cámara oculta que luego ponen en la tele cuando no tienen nada mejor a mano.
—Esto es cosa de Fulgencio ¿a que sí? Menudo cabronazo está hecho.
—Fulgencio, ¿qué Fulgencio?
—Mi cuñao, que le gusta mucho tocar los cojones.
—Ah, aquí está — siguió Muerte como si no hubiera oído nada —. La relación aquella con Benita Domínguez, que no le aportó nada, ni siquiera una lección de cómo hacer que las cosas funcionen. ¿Cuánto estuvieron juntos? ¿Tres años y algo?— Gumersindo asintió— De eso solo podemos bonificar el 1,8%, lo siento. Así que: 19 días, 17 horas, 2 minutos y 24 segundos; perdón: 31 minutos y 12 segundos, que un año fue bisiesto — continuó buscando en el libro —. ¿Y el verano del 74?
— ¿El verano del 74?— eso ya no podía ser cosa del Fulgencio.
—Sí, hombre, que se rompió usted la pierna. Tibia y peroné. Menudo estropicio.
—Ah, ya. Me pasé las vacaciones en el porche viendo a los demás jugar a indios y vaqueros y yo allí, con la pata en alto. Ni me firmaron en la escayola.
—Pues eso digo. Tres meses perdidos, bonificación del 20%: 18 días.
— ¿Cómo me va a bonificar el 20 de un verano y solo el 1,8 de lo de la Benita? Lo de la Benita fue mucho peor, no me vaya a comparar.
—Lo siento, son tablas estandarizadas ¿lo ve?
Le acercó un folleto, parecido a los de las pólizas de seguros, a todo color: las casillas en ocre y naranja pálido, letra “Times New Roman”, de 12 puntos y cursiva. Gumersindo lo estudió con atención, metido de lleno ya en la situación kafkiana en que se encontraba, y dispuesto a encontrar cualquier resquicio con el que librarse de su inminente destino o, al menos, demorarlo un poco más.
—Veo que tienen también un apartado llamado: “Películas, libros y conferencias”. Estoy seguro de que por aquí me puedo deducir algo. La Benita me hizo tragarme un montón de tonterías sobre el universo y su formación.
—Lo lamento, solo podemos bonificar la relación en su totalidad, no podemos computar dos veces el mismo lapso de tiempo. Está ahí, en la letra pequeña.
— ¿Y cuando hice cola con mi hija para ver a los Backstreet Boys en concierto? Fueron tres días en la puerta del Madrid Arena.
—Ah, pues eso sí, claro. Además es el 100% por “Sacrificio desinteresado”. 3 días, 5 horas, 23 minutos y 18 segundos. Más, el rato del concierto que estuvo usted esperando en el coche: 2 horas y 47 minutos.
—Coño, pues si es por actos desinteresados, ponga también los cumpleaños de mi suegra y la comida de un domingo al mes.
—Lamento decirle que los festejos familiares no son deducibles. Si no esto sería un cachondeo. Todo el mundo bonificándose por bodas de empresa, bautizos de primos… Ya sería abusar.
—Hombre, visto así — concedió.
—En fin, creo que eso es todo, Sr. Pertusato. En total: 1 mes, 11 días, 1 hora, 41 minutos y 30 segundos. Todo a su favor.
— ¿Y el fin de semana en Turrillo del Cigüeñal, que llovió a cántaros y no pudimos salir de la casa rural?
—No sé, eso tendría que consultarlo con mis superiores. Los descuentos por “Vacaciones que resultaron un fiasco” todavía no los han metido, pero me consta que se está estudiando. A lo mejor tiene suerte y, cuando cumpla el descuento, ya está aprobado y se lo puede deducir.
— A ver si es verdad- se resignó.
— Antes de acabar, le tengo que pedir que valore la atención recibida en este pequeño cuestionario. Solo le llevará unos minutos rellenarlo. No se preocupe, le damos el 200%, por las molestias.
Cogió el bolígrafo que la mano hecha de huesos le tendía y empezó a leer la encuesta, tomándose su tiempo en estudiar cada respuesta, hasta que Muerte empezó a mirarle con irritación. Era un truco viejo, y muchos años en el oficio.
Finalmente el futuro difunto le devolvió el informe.
— Bueno. Encantado de haber tratado con usted. Ha sido de lo más colaborador y comprensivo, no sabe cómo se ponen algunos.
—Ya me imagino que se las habrá visto de todos los colores — le estrechó la mano con la misma firmeza que un comercial de aspiradoras.
—A más ver.
Y allí quedó Gumersindo Pertusato, contemplando cómo el manto de Muerte se perdía calle arriba y sorbiendo el último buchito ya frío de café con leche.

Miracoli

Este relato pertenece a la escena del taller de Literautas que tenía que comenzar con la frase: «Hoy, en esta isla, ha ocurrido un milagro.»


Hoy, en esta isla, ha ocurrido un milagro.

Para empezar, los caracoles no se habían comido las lechugas del huerto y la tía Nicoletta estaba tan contenta que, por primera vez desde que tengo uso de razón, me ha calentado la leche del desayuno y me ha untado la tostada con mantequilla.

Pero esto no saldrá en los periódicos, como tampoco contarán que las cabras han dejado en paz la ropa que la prima Sofía había tendido al salir el sol; eso no les importa a los señores de la “cittá”.

Al abuelo Paolo le han pagado a tiempo la pensión y la abuela ha conseguido hacerse con ella antes de que el viejo huyera al bar con los amigotes para gastar la mitad jugando a las cartas.

Hasta a papá le han pagado el doble por el pescado que trajo ayer en su barca.

Se podría decir que todo esto son milagros, y en mi casa eso es lo que parece; pero lo gordo, lo gordo de verdad, es que anoche el volcán entró en erupción y su lava se ha llevado la escuela, solo la escuela; dejando el resto del pueblo intacto.

Así que hoy: ¡No hay cole!

El enemigo, un exloro y Frank Sinatra

Texto para el taller de Literautas. Intenté un pequeño tributo a Gila y los Monty Python, quedó absurdo, pero ¿no se trataba de eso?

-Hola, ¿podría hablar con Paolo Milano?

[…]

–Sí, espero.

[…]

–Hola, Paolo. Soy Miranda, la del duplex del centro.

[…]

–Desde luego. Vaya cambio, chico, no me lo imaginaba así, tienes razón.

[…]

–Sí, ya imagino que te has esforzado al máximo. Que has consultado las tendencias. La cuestión es que no entiendo muy bien el estilo.

[…]

–¿Estilo industrial, dices? Pero es que me resulta un poco frío. Bueno, frío no, es que es entrar en casa y me dan ganas de ponerme a fundir metal.

[…]

–Ya, si está muy bien que sea lo último en salones, pero es que yo soy abogada y no me pega mucho.

[…]

–¿Y la jaula esa que hay en el dormitorio, con un pájaro disecado?

[…]

–Un toque de vida, de color. Ya. Pero está muerto.

[…]

–No, no, yo mascotas no quiero, que no tengo tiempo de cuidarlas.

[…]

–Sí, a lo mejor. ¿Y el borsalino que me has dejado de recuerdo en el perchero?

[…]

–Un toque de distinción, a lo Frank Sinatra, ya.

[…]

–No soy yo muy de Frank Sinatra. Ni de sombreros.

[…]

–Pues no. No creo que un sombrero y un ex-loro me quiten las ganas de invitar a todos mis amigos a comernos un bocadillo subidos en la viga que me has dejado a la vista en la cocina.

[…]

–Sí, me he fijado en la bobina gigante que hace de mesita de café, era una broma.

[…]

–¿Y las fotos de mis viajes que te pedí que pusieras?

[…]

–¿El marco digital?

[…]

–Vaya, no, no, si está muy bien, pero claro, con ese tamaño, yo creí que era otra cosa.

[…]

–Pues otra cosa, yo qué sé, está todo tan moderno que ya no sabe una qué esperar.

[…]

–No, pero no me llores. Es sólo en lo que me acostumbro, que así, en frío.

[…]

–Pues no, en la habitación de invitados todavía no he entrado, pero miedo me está dando.

[…]

–Ya veo.

[…]

–No, no me convence demasiado. No sé si alguien va a querer venir si le cuento eso.

[…]

–Hombre, una cosa es que no quiera que se apalanquen y otra muy distinta que no vuelvan.

[…]

–Pues no, no estoy contenta con tu trabajo. Me siento extraña, alienígena, esto último en sentido literal.

[…]

–Pues tendremos que buscar la forma de ponernos de acuerdo.

[…]

–Si yo lo entiendo, pero es que no quiero que mi casa parezca el laboratorio del jovencito Frankenstein. Quiero que parezca mi casa.

[…]

–Me da lo mismo si está demodé o te resulta rancio. No quiero más acero inoxidable que el de los electrodomésticos. ¡Joder! Que entro en el baño y ya no sé si voy a ducharme o son los encuentros en la tercera fase y me van a meter una sonda por el…

[…]

–Pues ¿tú me dirás? Te pago un dineral para que me dejes el piso para entrar a vivir y me encuentro con esto. ¡Y no me llores, coño, que es a mí a quien le has dejado la casa como una siderurgia!

[…]

–Bien, pues las paredes en amarillo Sáhara y los muebles retro, pero ojito con eso de retro, que tampoco quiero que parezca esto la guarida del Superagente 86.

[…]

–Ya, si era solo una broma, Paolo. No me llores.

Torre la Higuera

Cuentan que la torre se deslizó una noche por la duna, que ya era incapaz de sostener su mole; cayó al mar enterrando su cabeza en la arena y dejando su base al descubierto.
Nadie sabe si lo hizo acompañada de un gran estruendo o si, por el contrario, el silencio se hizo eco en ella hasta su destino, pues entonces aquella playa distaba mucho de su aspecto actual.
La torre había sido su único habitante de origen humano en mucho tiempo, y los jabalíes, ciervos y linces, habían encontrado cobijo bajo su sombra; tal como ahora hacían los niños en busca de cangrejos.
Mucho tiempo atrás se había levantado para vigilar a los piratas que amenazaban la costa y ahora, verano tras verano, era asaltada por piratas más temibles y menos aguerridos que saltaban desde su punto más alto al agua y dejaban la playa llena de bolsas, latas y botellas sin miramientos.
Si Torre la Higuera hubiera tenido ojos, habría llorado, pero no podía o sus primeras lágrimas habrían asomado cuando los ladrillos empezaron a invadir su paraíso espantando a los ciervos y los jabalíes.
Tras siglos siendo la única evidencia humana más allá de los pescadores, se vio rodeada de apartamentos que proyectaban su sombra sobre la arena donde antes el sol acariciaba la espuma de las olas por detrás de ella al atardecer, y sólo le quedó el consuelo de que, en algún momento, llegaría el invierno y aquellas invasiones desalmadas cesarían, dejándola a solas con las gaviotas y los cangrejos, tal como fue al principio.

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Ardea Purpúrea

El graznido de los patos llenaba un amanecer que no parecía tal; la niebla densa ocultaba cualquier rastro de sol, pero lo inundaba todo de un halo purificador aunque carente de misterio.
Una bandada de garzas irrumpió en la blancura sin dirección aparente, y el zumbido de un mosquito buscando víctimas la hizo notar que, aunque intentara pasar desapercibida, todos sabían que estaba allí.
Ella no se inmutaba, atenta solo a cada sonido y aroma, con su bolígrafo y su libreta, tratando de recoger cada detalle concentrado en un puñado de palabras.
Hacía mucho que no se sentía así, tan en contacto consigo misma; la noche anterior se había visto decepcionada por una luna llena que conseguía ocultar el titilar de los mil millones de estrellas que sabía pobladoras del firmamento. Le hubiera gustado volver a verlas todas, como cuando era niña y acampaba a la orilla del lago, donde la noche no era oscura aunque hubiera luna nueva.
El ruido de un remolque cruzando el camino cercano la devolvió a la civilización por un instante, pero pronto regresó a la naturaleza bajo el techo de paja de su cabaña encalada.
El papel empezaba a estar húmedo y se combaba, así como su pelo se encogía en cada cabello imbuído de voluntad propia.
El alboroto de los patos se fue acallando y ella soltó el bolígrafo, atascada en una parte de esta historia que no se veía capaz de continuar. Así decidió dedicarse a contemplar, sin más aspiración que el reencuentro con sus musas; con suerte, alguna aparecería pronto entre el revuelo de hojas y plumas que el viento empezaba a levantar frente a ella.

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Australia

Aceptó la condena sin lágrimas en los ojos, sin resignación, sin emociones; después de tres meses en la cárcel de Wicklow cualquier cosa que pudiera sacarle de allí era una oportunidad, aunque su destino le enviara al otro lado del mundo, a Australia. En ese momento su mente se concentraba en las noches oscuras y frías de la prisión, cuando el sonido del mar embravecido inundaba cada recodo estallando contra las rocas y sus oídos; ahora sabía que ese ruido le acompañaría durante el trayecto hasta la enorme isla a la que muchos eran enviados pero de la que ninguno regresaba. Si en aquel pasillo flanqueado de celdas donde acababan de dictar su sentencia hubiera estado alguno de sus hermanos, a lo mejor su rostro habría mostrado un mínimo de humanidad pero, rodeado como estaba de pobres ladrones como él y guardias que contemplaban impertérritos el suceso, costaba mucho trabajo dejarse invadir por la nostalgia de los días felices, si es que conoció alguno, en libertad.


Paddy no tenía apellidos ni padres; hasta donde su memoria alcanzaba sólo habían existido él y sus hermanos menores. Su padre murió de hambre cuando el que hubiera sido el más pequeño de todos todavía habitaba el vientre de su madre; ésta les hizo entender que su pérdida era el sacrificio por que ellos tuvieran algo que comer, aunque solo fueran mendrugos de pan duros y mohosos que devoraban con impaciencia. Luego ella sucumbió a un mal parto y Paddy se vio sin nada, salvo tres hermanos llorones que necesitaban de sus cuidados y el consuelo de que el bebé tampoco hubiera sobrevivido a su nacimiento. Al principio algunos vecinos bienintencionados les prestaron cobijo y alimento, por poco que fuera, pero pronto la perspectiva de quitar comida a sus propios hijos en pro de aquellos desdichados les llevó a tomar una decisión cruel: abandonarlos a su suerte. Así fue como Paddy acabó recorriendo las calles en busca de un trabajo que no existía ni para los adultos fornidos, tanto menos para un renacuajo escuálido que no tenía más fuerzas que las que proporciona el instinto de supervivencia. Sin embargo lo más duro de todo aquello no habían sido los días de caminatas en pos de una oportunidad, sino las noches en que arropaba los cuerpos huesudos de sus hermanos bajo la única manta que poseían y que no daba para cobijarlos a todos. El invierno se cebó con todos aquellos que carecían de un triste fuego junto al que calentarse y la pequeña Maureen se durmió una noche de diciembre para no volver a despertar. Si en su, a esas alturas, impenetrable corazón hubo algo que le doliera hasta el llanto, fue tener que cargar con su hermana hasta un cruce de caminos para sepultarla bajo un montón de piedras que dejaran el triste recuerdo de su incapacidad para mantenerlos con vida. Poco más tarde, con la desesperación como perpetua compañera, Paddy comenzó a robar en el mercado aprovechando el descuido de los tenderos en medio de una marabunta que toqueteaba todo lo que exponían; mas nada dura eternamente, y solo era cuestión de tiempo que alguno le echara mano mientras sustraía un par de manzanas que llevar a sus hermanos. Por suerte para él el primero en percatarse fue benévolo y le dejó marchar con una simple reprimenda y las manos vacías. Aquella noche el llanto hambriento de Ian y Muira le irritó tanto que llegó a golpearles en un vano intento de hacerlos callar y, aunque los niños cedieron a la regañina, sus sollozos se le metieron en la cabeza torturándole continuamente, azuzándole cada mañana y volviéndolo más temerario en sus incursiones en busca de comida. Y esto desembocó en su segundo encontronazo con un tendero menos comprensivo que el primero, que llamó a los guardias a gritos mientras sujetaba con una manaza de hierro el escuálido brazo del chiquillo. Al punto, dos hombres uniformados le arrastraron hasta una celda húmeda de la que sólo salió para ser trasladado a la infame cárcel del condado, donde se hacinaban todo tipo de malhechores y pillastres como él.


Los primeros días el recuerdo de sus hermanos le torturó hasta el infinito, creando en su mente los más inverosímiles desenlaces; pronto su imagen se fue desvaneciendo, a medida que la luz del sol mermaba en el exterior tornando las noches más aterradoras y oscuras. Una vieja desdentada se sentó junto a él con un halo de compasión en la mirada; aquella mujer dedicó su tiempo a mantener a los innumerables muchachos con que compartía cautiverio entretenidos, contándoles historias de valientes que encontraban el paso al país de las hadas donde todo es lujo y nunca falta qué comer. Ése era el único alimento que tenían, el de su imaginación; por eso todos ellos lamentaron mucho la muerte de la vieja que les había llevado a otros lugares menos sórdidos y deprimentes que aquel en que se encontraban. Paddy consiguió que los cuentos de su compañera penetraran en su cerebro, y la angustia por la suerte de Ian y Muira se fue disipando al tiempo que la esperanza de que ellos hubieran encontrado la puerta a aquel mundo mágico calaba cada vez más hondo en sus anhelos. Un buen día, no sabría precisar cuánto tiempo después de su encarcelamiento, la prisión se llenó de un alboroto diferente a la rutina que los acompañaba. —Se los llevan, ya no cabemos. El hombre que pronunció estas palabras se acostó en lo más profundo del habitáculo, como si quisiera pasar desapercibido incluso para el aire que entraba por la ventana enrejada. —Se los llevan ¿a dónde? —Ay, hijo, lejos, muy lejos: a Australia. — ¿Por qué? —Porque aquí ya no cabe un alma más; por eso los cargan en barcos y los llevan al otro lado del mundo a trabajar unas tierras inhóspitas bajo el dominio de la reina de Inglaterra. Para el oído infantil de Paddy pasó de largo el gesto irónico del encarcelado al pronunciar el título, y en su mente comenzó a dibujarse aquella isla remota como algo muy parecido a los mundos fértiles y de abundancia que la vieja les relataba. Puede que por eso la sentencia del juez no provocara temor en el pequeño sino una sensación de liberación completa, de nueva oportunidad, de paso adelante.

Rito de transición

Este texto forma parte del taller de Literautas, la condición era que se tratara de una lucha o un combate.

 


 

 

Se apresuró a practicar el tajo en el cuello del animal aunque el venado ya estaba muerto. Sonrió para sus adentros, orgulloso de su destreza con el arco; su flecha había acertado de pleno en el corazón de su presa que se derrumbó en un suspiro y ahora le miraba con los ojos vacuos y aquella mueca burlona de la lengua colgando sobre sus dientes inferiores.
Debía darse prisa y eviscerarlo con cuidado, no quería que la sangre se mezclara con las heces verduzcas y hediondas por la hierba a medio digerir.
La vida del animal le recorrió según se embadurnaba con la sangre y mantuvo las manos dentro de su vientre, tratando de calentarlas. La débil lluvia que se colaba entre las hojas de los árboles le había entumecido los dedos y aún más la inactividad esperando el momento exacto en que soltar su dardo.
Un movimiento a su espalda le hizo ponerse en guardia; había sido un soplo sutil, casi imperceptible. Después de una semana en el bosque se había familiarizado con sus sonidos y aquel no presagiaba nada bueno.
Buscó con la mirada el origen de aquella sensación que le invadía, un desasosiego como una alarma de peligro que le subía desde el estómago; pero no encontró nada salvo una ardilla traviesa cruzando de un árbol a otro.
Volvió a centrarse en su presa dispuesto a terminar con el trabajo; regresaría triunfal a la aldea para demostrar que ya era un hombre, uno poderoso; y bailaría con la cornamenta del ciervo adornando su cabeza como hiciera Cerumnos, el gran dios.
Levantó la vista un instante prevenido por una sombra que se acercaba desde el otro lado del cuerpo abatido. Los ojos amarillos de su rival brillaron con fiereza, los colmillos asomaban bajo su labio tan largos como su propio dedo índice. Era un macho viejo pero no por ello menos peligroso.
Leyó la desesperación en su mirada, el apetito en la lengua que pasaba sobre su nariz oscura y la determinación de quien no tiene nada que perder.
Durante unos segundos se miraron fijamente midiendo al enemigo, valorando las opciones, ideando una estrategia.
Conall deslizó la mano hasta la daga que permanecía clavada en la tierra, su arco estaba demasiado lejos y lamentó aquel descuido.
El lobo mantenía los ojos fijos en los suyos mientras acortaba la distancia entre ellos con sigilo, como un fantasma. El joven decidió permanecer agachado con su presa como parapeto procurando no ofrecer a la alimaña puntos débiles como el estómago o las rodillas. Y una sensación peor comenzó a invadirle, consciente de que una manada entera podía estar esperando entre los árboles silenciando sus movimientos sobre la tierra mojada, e intentó controlar lo que le rodeaba.
Fue entonces cuando el lobo aprovechó para saltar sobre él, tratando de clavar sus dientes en el cuello del joven guerrero que se revolvía intentado protegerse y sacarse a la fiera de encima.
Las uñas romas del animal le arañaban la espalda mientras trepaba por ella buscando un punto de apoyo con el que afianzar su mordida mortal, sin conseguirlo.
Conall se tiró al suelo bruscamente aprisionando a su atacante contra el ciervo, logrando unos segundos vitales para recomponerse antes de clavar su cuchillo; pero el viejo can se movía rápido ocultándose bajo él, evitando cualquier resquicio por el que la hoja brillante pudiera alcanzarle sin suponer un peligro para el hombre.
Se incorporó súbitamente para volver a dejar caer su peso sobre el cuerpo del lobo que emitió un gemido sin soltar su presa.
El aliento putrefacto de sus fauces invadía el aire que Conall respiraba; en secreto rogó a todos los dioses por su vida y debieron escucharle pues, tan pronto como había empezado, terminó.
El viejo lobo no pudo mantener la lucha por mucho tiempo, y la presión del cuerpo humano sobre él acabó siendo suficiente para que le soltara.
Con la respiración entrecortada, Conall hundió su daga en el costado del animal y el brillo dorado se apagó con un aullido lastimero. Desde entonces sus almas serían indisolubles; su tótem se había manifestado y su piel, que ahora separaba del cuerpo inerte, le serviría de abrigo en los fríos días del invierno que se acercaba.
Volvió a sonreír, no sólo llevaría la carne de un enorme ciervo a la aldea, también la piel del lobo; así demostraría que no sólo era un hombre, demostraría que, por encima de todo, era un guerrero al que todos deberían temer.

LA SUERTE DEL IRLANDÉS (2ª PARTE)

En el campo de hurling, un grupo de adolescentes desafiaba a los elementos y golpeaba la bola con sus palos de factura prehistórica modernizada con cinta aislante; se detuvo un momento a mirarlos, el suficiente para que un pequeño claro se abriera en el cielo y la lluvia cesara.
Buscó la mesa bajo el avellano, al menos los bancos estarían secos en la zona más cercana al tronco. Apagó el móvil en cuanto encontró el sitio y se tumbó boca arriba, contemplando un par de ardillas que corrían por las ramas e ignorando las gotas que caían de las hojas pinteando el tejido de sus jeans con un color más oscuro.
«Mierda todo» suspiró, dejando que el viento le revolviera el pelo de nuevo, abandonándose al cosmos que parecía tener una infinidad de odio acumulado hacia ella sin motivo.
Los gritos de los jugadores se fueron apagando con la caída del sol.
«Debería irme a casa, no es buen sitio un parque tan grande para una chica sola»
Pero sus piernas no respondían, cansadas de tirar hacia delante por inercia aunque sólo encontraran piedras con las que tropezar a cada paso.
Cuando por fin consiguió que su cerebro se impusiera a sus músculos, la claridad de un trozo de papel sobre la hierba llamó su atención, se agachó a recogerlo y se sorprendió al ver que estaba seco.
Lo abrió con cuidado, como si fuera un manuscrito antiguo que se pudiera convertir en polvo con el simple roce de sus dedos, y descubrió que era un boleto de apuestas para la carrera de caballos de esa noche.
Como irlandesa, aquel deporte debería formar parte de su vida, tanto como las pintas de Guinness o las noches de pub y reels, pero nunca había ido al hipódromo. Miró el reloj y se dio cuenta de que le daba tiempo de llegar al circuito antes de la carrera.
Encendió el teléfono y sopesó por unos segundos la posibilidad de hacer cómplices de su “aventura” a Deirdre y Aoifa, pero se decantó por vivirlo a solas.
«Demasiadas explicaciones que dar.»
Bajó la avenida hasta la parada de bus que distaba unos metros del pub donde, un par de horas antes, la habían rechazado por enésima vez aquella semana.
El vehículo de dos plantas hizo un ruido agónico al abrir sus puertas y a Maureen se le desmoronó la esperanza con aquel sonido.
Su estado de ánimo no mejoró al llegar a su destino, las puertas que daban acceso al lugar mostraban el paso del tiempo en todo su esplendor, con la pintura roída a tramos y las manchas de óxido asomando por aquellos resquicios, testigos de la famosa humedad de la isla.
Eludió la grada más concurrida y observó el ambiente con ojo clínico, regresando a su papel de socióloga.
«Bueno, si de esto no saco pasta, al menos podré empezar una tesis basándome en ello, ahora que tengo tiempo.»
Su subconsciente le ofreció una palmadita en la espalda, felicitándola por aquel cambio de actitud hacia algo más positivo que el miedo al futuro próximo.
Empleó los cinco euros que tenía escondidos en el fondo de su cartera para costearse una pinta.
«Si vamos a hacerlo, vamos a hacerlo bien, al estilo tradicional.»
Un grupo de amigos, más o menos de su edad sostenía una discusión sobre sus apuestas y un hombre extraño manejaba la tiza con destreza sobre un tablero de pizarra en el que los números cambiaban vertiginosamente. Se acercó a él y le mostró el papel.
—20 por Orange Dadfodil. Buena suerte— pero su gesto indicaba que su apuesta era kamikaze.
Tomó asiento de nuevo, ahora concentrada en los boxes de salida. ¿Podía haber algo más ridículo que aquellas rejas pintadas de verde tratando de contener a unos caballos visiblemente nerviosos?
Recordó a su abuelo, experto en la materia, que le contaba que la inquietud de aquellos cuadrúpedos no derivaba de su sangre sino de la poca doma: “Solo corren, no hacen virguerías”.
Buscó el casillero de su apuesta y se sorprendió de lo tranquilo que parecía el animal, apenas se movía en aquel cubículo de dos por uno y pensó en la cara del apuntador de apuestas al conocer la suya, pero ¿qué más daba? A fin de cuentas estaba allí con un inesperado regalo encontrado bajo un banco al otro lado de la ciudad, no era su dinero el que estaba en juego, aunque el ambiente que la rodeaba pudiera arrastrarla a pensar lo contrario.
La emoción de los apostadores se contagiaba con facilidad, como una corriente eléctrica que te alcanzaba en un radio de varios metros.

*****

Pistoletazo de salida y las puertas se abrieron, algunos de sus convecinos sacaron los prismáticos y había quien la miraba extrañado porque era la única que no portaba unos.
—Error de principiante— dijo al anciano que le tendió los suyos con amabilidad.
—Yo ni siquiera he apostado— confesó el hombre con media sonrisa de complicidad—, pero me divierte ver la cara de los que pierden— ahora su mueca se tornó cómicamente malévola.
—Es una terapia como cualquier otra— respondió ella sin convicción.
Tara Ranger iba en cabeza, le sacaba dos cuerpos a su perseguidor. Maureen repasó la línea de caballos buscando el color verde que vestía “su” jockey y le decepcionó descubrir que ocupaba el penúltimo lugar, devolvió los prismáticos a su propietario y estiró el papel de la apuesta con ternura, como si acariciara el lomo del animal para infundirle ánimos.
—Uff, mala elección— comentó el viejo—, pero no disfrutaré con tu derrota.
—No importa, no pierdo nada.
El ruido de las gradas desapareció en un grito conjunto y algún juramento. Tara Ranger había tropezado, arrastrando al segundo en carrera.
Los que habían apostado por él tiraron sus papeletas al suelo con furia, perdiendo todo el interés por lo que sucedía en el óvalo, todo lo contrario que les ocurría a Maureen y su acompañante, quienes disfrutaban con una remontada épica de Dadfodil.
Uno a uno fue adelantando a sus antecesores hasta lograr colocarse en segunda posición y, justo en el momento en que el hombre de la pizarra dirigía una mirada brillante e inesperada a la chica, el caballo atravesó la línea de meta una cabeza por delante del último rival a rebasar.
—¡Has ganado, hija, has ganado!— celebró su partener con emoción visible— Te llevas una pasta gansa, 50 a 1. Ocho mil euros del ala.

Cuando Maureen O’Reilly asimiló lo sucedido estaba fuera del hipódromo con el viejo, la escarapela de la victoria prendida en la correa de su bolso y un cheque nominativo en la cartera.
—Vamos, Paddy, que le invito a una pinta.
Y pararon en el pub más cercano a celebrarlo.
Ahora sí que podía relajarse y ser optimista.
Nunca había creído en cuentos de hadas, pero siempre hay que confiar en la suerte del irlandés.

LA SUERTE DEL IRLANDÉS (1ª PARTE)

 

 

Ni en un millón de años, Maureen O’Reilly se hubiera imaginado en aquella situación pero, como nobleza obliga, su destartalada coleta se mecía ahora al son de un viento impredecible que la estaba sacando de quicio mientras aguardaba en la puerta de aquel pub de barrio a que pronunciaran su nombre.

Ya había tratado de recolocarse el peinado varias veces y, al final, había sucumbido a la idea de dejarlo estar hasta el momento de entrar.

La entrevista de trabajo le había llegado de la forma más extraña, un mensaje de su primo, al que hacía años que no veía, con el link de una página de ofertas; desconocía cómo Brian se había enterado de que ella buscaba empleo y se abstuvo de llamar a su madre para comentarle la noticia porque estaba segura al 99% de que ella tenía que ver en el ajo.

«Respira hondo y cálmate.»

La ansiedad se apoderaba de ella cada vez que el ritual comenzaba.

Es mentira eso que dicen de que la experiencia ayuda a mitigar la angustia, llevaba ya tres meses de acá para allá acudiendo a todo tipo de entrevistas, para todo tipo de trabajos y, con cada nueva oferta, lo único que conseguía visualizar en su mente era una puerta cerrándose tras ella para no volver a abrirse jamás.

 

Su nivel de frustración era tal que ya ni siquiera comentaba su agenda con Aoifa y Deirdre, sus amigas del alma, repitiéndose que cualquier mención de la oportunidad gafaba el resultado, y así se había pasado las dos últimas semanas inventando excusas tontas pero creíbles que justificaran su ausencia para las “pintas” de rigor en el Sandyford House.

Su primera opción había sido evidente: «Tengo dentista»; no era una excusa plausible por mucho tiempo si no quería que sus amigas sospecharan de un grave problema de encías.

Luego llegaron las consultas con el ginecólogo, el dermatólogo y hasta con el endocrino.

Quizá esta última había sido la peor idea de todas porque Aoifa, sin maldad, dejó caer que no le parecía mal que se decidiera a perder peso y Maureen añadió uno más a su lista de agobios matutinos, mirándose al espejo nada más salir de la ducha, y observando cómo alguna lorza incipiente amenazaba con estropear su autoestima, ya de por sí a la altura del betún.

 

Estaba tan cansada que su cerebro respondía de forma mecánica a las mismas preguntas un día tras otro, con interlocutores diferentes. Una rutina tan anodina que llegó a convencerse de que habría conseguido el mismo resultado abstrayéndose en un mundo distinto durante las entrevistas.

 

La cara amable de una joven poco mayor que ella la invitó a pasar y Maureen se recolocó el pelo lo mejor que pudo antes de seguirla

—Hace un día de perros.

—Desde luego— admitió la otra—, no dan ganas de salir en absoluto.

La acompañó a través del local forrado en madera, gemelo de cada uno de los pubs que poblaban cualquier ciudad de Irlanda, y se encontró en una especie de dejá vu infinito.

Tomaron asiento en la mesa más lejana a la puerta, algo carente de sentido teniendo en cuenta que el bar estaba cerrado.

A la pobre luz de la lámpara de techo en cristal verde curtida por el humo de aquellos años en que fumar dentro no estaba prohibido y por una extraña pátina grasa de origen desconocido, el lugar resultaba de lo más deprimente.

«Este debe ser el aspecto de todos los pubs cuando están vacíos» pensó Maureen mientras la otra mujer ojeaba su currículum. Era una sensación extraña, por primera vez sus ojos intuían de otra forma los locales que formaban parte de la rutina de cualquier irlandés que se preciara de serlo.

«Ya está bien de tanto pesimismo»

Sacudió la cabeza de forma imaginaria intentando arrojar lo más lejos que pudo los pensamientos negativos; si era capaz de visualizar un pub como algo triste y lóbrego es que había tocado fondo.

 

—Bueno, Maureen, veo que no tienes experiencia en hostelería— aquello sí que era un mal comienzo, y el titilar de la bombilla que las iluminaba pobremente puso, con su zumbido, la banda sonora a la sentencia—. ¿Por qué buscas trabajo de camarera?

«Es una trampa, ni se te ocurra decir que porque de lo tuyo no hay nada»

—Es una manera de adquirir experiencia laboral.

—Sin embargo no tiene nada que ver con tus estudios de sociología.

«Venga, esta sí te la sabes»

—En realidad sí, tiene mucho que ver. Un pub en este país es la base de la sociedad.

«Sonrisa tímida, que se note que estás bromeando pero que es cierto»

—Por supuesto— respondió a la sonrisa—, pero queremos una camarera, no un analista de nuestros clientes.

—Sí, obviamente, y me centraría en servir pintas, claro. La libreta solo para las comandas.

Silencio, nada más irritante después de una respuesta insegura.

—No voy a mentirte, no creo que des el perfil ahora mismo. Tenerte quince días a prueba sería hacerte perder el tiempo y desperdiciar oportunidades mejores que esta.

«Ya estamos, el discurso de consolación.»

Había oído tantas veces aquella excusa últimamente que en su cerebro se dibujaba la escena de comedia romántica con el típico: “No eres tú, soy yo”.

No era justo que te negaran el puesto de trabajo con una burda frase de ruptura.

 

Se saludaron cordialmente y se despidieron en la puerta; el tiempo no había mejorado nada, si era posible era incluso peor: una leve llovizna empapaba sin ser vista y Maureen se echó la capucha del impermeable para evitarla.

¿Qué hacer ahora? ¿Hacia dónde ir?

La avenida que la llevaría a la rotonda frente al Wesley College se dibujaba frente a ella; la escuela de su infancia, donde todo su futuro empezó a escribirse el día que decidió estudiar Humanidades. Qué absurdo resultaba ahora, y qué poco útil.

No parecía una ruta apetecible, así que giró sobre los talones y se encaminó hacia Marlay Park, con suerte dejaría de llover en cuanto cruzara la entrada.