LAS RUINAS DE NUESTROS SUEÑOS

Las ruinas de nuestros sueños esparcidos por el suelo, constantes vestigios de las batallas campales que adornaron nuestros cuerpos; las cuerdas rotas de las guitarras, las esquirlas de madera y las clavijas que hirieron nuestras retinas tan hondo que apenas nos reconocimos al mirarnos.

Las botellas amontonadas, el despertador hecho añicos a los pies de la cama.

Los vasos, las tazas, los platos, clavados en las plantas de nuestros pies.

Todo hecho desgarro y pasión, tan cegados por el deseo de tenernos que no pasamos las hojas del calendario.

Una vorágine de partituras y relatos esparcidos por los muebles.

Todo lo que me inspirabas.

Todo lo que te hacía sentir.

Perdimos la noción del mundo más allá de la puerta de entrada; más allá de las ventanas.

Los amaneceres transformados en gemidos, los ocasos en marcas de uñas sobre la piel.

Cualquier pradera nos servía para hacer la guerra.

Olvidaste tu nombre, olvidé mis obligaciones.

Y, al final, nos olvidamos de los dos.

DE NÉMESIS

Vivía en almohadas de plumas; gustaba de acunar niños y devolver la ilusión a los adultos; pero era tan frágil, que cualquier ruido lograba inquietarlo hasta dejarlo inerme sobre las sábanas.

Como cualquier héroe, Sueño tenía archienemigos llamados Despertador y Baño de Realidad.

DE CARAS OCULTAS

 

Tienen mis sueños esta noche un velo de lluvia que se refleja en la cara oculta de la luna; se me desperdigan las ovejas que cuento y hasta los lobos ignoran que mi insomnio es culpa de un salmón.

De espíritus, trasgos y duendes

Había tres cosas que le molestaban más que nada en el mundo, a saber: los espíritus que abrían las puertas y nunca entraban; los trasgos que escondían las cosas aprovechando que no estaba en casa; y los duendes nocturnos que enfriaban las sábanas.

Indomable

Lamentaría morir mañana
sin haberte robado otro beso
y quizá algo más;
taparme con tu cuerpo,
dejarte caminar por mi interior.
Darte lo poco que me queda;
eso que las lombrices de tierra
no pueden entender,
que los peces de ría
prohíben por infectos;
los peces no sienten
sólo fluyen donde el agua los lleva.
Pero yo soy caballo libre
corriendo por la tierra,
toda pasión y sentimiento,
y tú, brida alrededor de mi cintura
que subes a mi espalda
sólo porque yo me dejo.
Y crees dominar mi alma
porque comprendes al mirarme;
aunque yo soy indomable,
indomable como el tiempo.

INTRUSO MORFEO

«No te cueles en mis sueños» le pidió con voz trémula, perdida aún en su sonrisa cautivadora y aquellos ojos color bellota que brillaban traviesos, como reflejos sobre la superficie de un estanque.

Él no decía nada, nunca decía nada, sólo aparecía frente a ella perturbando su descanso, agitando su corazón que se desbocaba con su sola presencia.

«¿No ves que luego me despierto?»

Intentó razonar con él, pero no estaba dispuesto a negociaciones; se acercó despacio, aún sonriendo, el pelo flotando alrededor de su cara en mechones ensortijados, y ella quería despertar y no quería, porque sabía que abrir los ojos no iba a acabar con su tormento, sino acrecentarlo.

Un día lleno de su ausencia y el recuerdo vívido de su mirada no era algo fácil de soportar.

Se sintió atrapada en sus ojos oscuros, en la barba de dos días que daba un aspecto aún más rebelde y atractivo a sus bucles enmarañados. La franqueza de su sonrisa invitaba a confiar; y a algo más.

Le costaba salir del hechizo que emanaba todo él, con su bufanda de cuadros y su perfecto acento de caballero británico.

Se sintió perdida. Hacía tanto que no venía, que casi había olvidado lo que la hacía sentir; lo vulnerable y pequeña que se volvía cuando él estaba cerca, y cómo, por otro lado, lograba llenarla de fuerza, de la sensación de poder con todo excepto escapar de su reflejo, como una maldición.

«Deja de colarte en mis sueños» repitió, ya sin convicción, sin autoridad; suplicando en el fondo que no se fuera, que se materializara a su lado en el momento en que el despertador rompiera el hechizo.

Él, empecinado, ignorando el movimiento de su boca, solo pendiente de la llamada de sus labios, acercándose peligrosamente al momento en que no habría marcha atrás, ese instante en que ella se perdería en su abrazo y tendría prisionera su alma de nuevo.

«Please, don’t…» quizá en su idioma.

Se detuvo ante ella, sus ojos reían, la boca ladeada en una mueca que rompía el encanto de gentleman para convertirle en algo parecido a un adolescente travieso, a sabiendas de que eso terminaría por desarmarla.

«Why?» preguntó con su melosa voz de bardo.

Y ella no encontró respuesta. El sonido se diluyó en la noche e, incapaz de luchar consigo misma, se rindió a unos labios que la invitaban a besarle con timidez, un secreto entre ellos.

Enterró los dedos en los bucles suaves de su cabello. Sin poder escapar más allá de las puertas del sueño, decidió abandonarse en sus brazos.

Total, fuera hacía frío y su calor era lo mejor que podía encontrar en los oscuros abismos del sueño.