INTRUSO MORFEO

«No te cueles en mis sueños» le pidió con voz trémula, perdida aún en su sonrisa cautivadora y aquellos ojos color bellota que brillaban traviesos, como reflejos sobre la superficie de un estanque.

Él no decía nada, nunca decía nada, sólo aparecía frente a ella perturbando su descanso, agitando su corazón que se desbocaba con su sola presencia.

«¿No ves que luego me despierto?»

Intentó razonar con él, pero no estaba dispuesto a negociaciones; se acercó despacio, aún sonriendo, el pelo flotando alrededor de su cara en mechones ensortijados, y ella quería despertar y no quería, porque sabía que abrir los ojos no iba a acabar con su tormento, sino acrecentarlo.

Un día lleno de su ausencia y el recuerdo vívido de su mirada no era algo fácil de soportar.

Se sintió atrapada en sus ojos oscuros, en la barba de dos días que daba un aspecto aún más rebelde y atractivo a sus bucles enmarañados. La franqueza de su sonrisa invitaba a confiar; y a algo más.

Le costaba salir del hechizo que emanaba todo él, con su bufanda de cuadros y su perfecto acento de caballero británico.

Se sintió perdida. Hacía tanto que no venía, que casi había olvidado lo que la hacía sentir; lo vulnerable y pequeña que se volvía cuando él estaba cerca, y cómo, por otro lado, lograba llenarla de fuerza, de la sensación de poder con todo excepto escapar de su reflejo, como una maldición.

«Deja de colarte en mis sueños» repitió, ya sin convicción, sin autoridad; suplicando en el fondo que no se fuera, que se materializara a su lado en el momento en que el despertador rompiera el hechizo.

Él, empecinado, ignorando el movimiento de su boca, solo pendiente de la llamada de sus labios, acercándose peligrosamente al momento en que no habría marcha atrás, ese instante en que ella se perdería en su abrazo y tendría prisionera su alma de nuevo.

«Please, don’t…» quizá en su idioma.

Se detuvo ante ella, sus ojos reían, la boca ladeada en una mueca que rompía el encanto de gentleman para convertirle en algo parecido a un adolescente travieso, a sabiendas de que eso terminaría por desarmarla.

«Why?» preguntó con su melosa voz de bardo.

Y ella no encontró respuesta. El sonido se diluyó en la noche e, incapaz de luchar consigo misma, se rindió a unos labios que la invitaban a besarle con timidez, un secreto entre ellos.

Enterró los dedos en los bucles suaves de su cabello. Sin poder escapar más allá de las puertas del sueño, decidió abandonarse en sus brazos.

Total, fuera hacía frío y su calor era lo mejor que podía encontrar en los oscuros abismos del sueño.

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