De cómo el Salmón conoció a Martes de Cuento

Nací en un río, no diré cual, en una tierra lejana y, cuando fui lo suficientemente fuerte, me alejé con mis hermanos y primas, dejándome arrastrar por la corriente hacia el ancho mar.

Por aquel entonces yo no era consciente ni de mi destino ni de mis peculiaridades, ni de mi linaje. La juventud tiene esas cosas, que uno se entretiene con otros menesteres que poco tienen que ver con encontrarse a uno mismo; me bastaba con la perspectiva de conocer el océano y, para qué negarlo, mantenerme vivo; mucho se habla de los peligros que acechan a los de mi especie al final de su vida, pero el principio tampoco es moco de pavo. El pez grande se come al pequeño y, si te libras de ello, ya aparecerán los pájaros, ya.

Ni siquiera sé cómo conseguí llegar a la desembocadura, pero lo hice, junto con los que quedaban, apenas la mitad, de los que habíamos iniciado el viaje río abajo.

No sé si alguna vez os habéis enfrentado al mar cuando se junta con un río, pero os diré que no es agradable.

Para empezar, el agua está más fría y llena de sal, que te deja las vejigas natatorias hechas polvo durante días; y luego está su inmensidad, que el mar no tiene bordes ni remansos, todo son corrientes traicioneras que te llevan y te traen.

Aunque, una vez más, mi naturaleza obró milagros y en una semana me sentía en esa inmensidad azul casi tan a gusto como en mi recodo de nacimiento.

Salvo comer y nadar no hay mucho más que pueda hacer un salmón durante el tiempo que tarda en crecer lo suficiente como para sentir la llamada del destino y regresar al lugar donde nació para dar oportunidades a una nueva generación y, de paso, sustento a osos, gaviotas y sustrato a los frondosos bosques; así que pronto me aburrí de dejarme mecer de acá para allá y me dediqué a explorar por mi cuenta, acercándome a las playas; eso sí, con mucho cuidado de no caer en redes o picar anzuelos.

Un buen día, cansado después de luchar contra una corriente submarina especialmente traicionera y gélida, llegué a una bahía rodeada por dos cuernos de tierra, un tranquilo lago salado y, me gustó tanto, que decidí no volver con mis congéneres.

Era divertido nadar sin pelear contra las olas y, no sé muy bien por qué, mis depredadores naturales no se acercaban por allí, con lo que mi paz era infinita, pero, pasadas unas semanas, estaba más aburrido que una medusa.

Fue entonces cuando vi a unos niños sentados en las rocas que escuchaban atentamente lo que una mujer les contaba. Picado por la curiosidad, me acerqué sigiloso y me quedé escondido cerca, atento a lo que había embelesado a los infantes.

En cuanto me acostumbré a los giros dialécticos y a ciertas fórmulas que se repetían día sí, día también, descubrí varias cosas; primero, “érase una vez” era una especie de clave para que los niños se quedaran callados, y segundo, “fueron felices y comieron perdices” significaba que podían volver a hablar.

En medio de aquellas dos frases la mujer relataba historias con protagonistas diversos, desde princesas a ratones, que pasaban por un sin fin de aventuras y desdichas hasta que, gracias a su ingenio, salían airosos de los trances.

No sabría decir por qué, pero me entusiasmaba la forma en que aquella mujer alargaba las escenas más emocionantes y la dulzura con que contaba los besos y los sueños; era como si estuviera viendo suceder todo ante mis ojos de pez. Aprendí mucho, muchísimo, sobre la naturaleza humana, sobre el por qué de muchas cosas y sobre seres que yo, simple salmón, no conocía, como duendes y hadas.

Habría jurado que aquellos seres vivían solo en la imaginación de la mujer, pero una mañana, me encontré de frente con uno de ellos, decía llamarse Quelet y parecía angustiado, pues creía que estaba perdiendo la memoria.

Yo, que había decidido no interactuar con los habitantes de aquella isla, más por miedo a servir de cena que por soberbia, no pude mantenerme al margen del dolor del pobre Quelet y le pedí que me contara sus recuerdos por si podía serle útil; así aprendí un montón de cosas más como el color de los árboles, los anhelos de las princesas, el por qué del arcoíris y que todo lo que puebla el planeta tiene una habilidad o una función.

Me pareció interesante aquel personaje y me dio mucha pena que estuviera perdiendo la memoria, quizá por eso intenté acordarme de todo lo que me contaba, por si un día él no recordaba nada de nada.

Mis servicios a ese respecto no serían requeridos finalmente; al poco apareció un duende más joven que se ofreció a ayudar a Quelet con sus recuerdos. Me alegré por él, pero me dio mucha pena que se alejara de mí. Almacenar en cajas todo lo que guardaba su cabeza era un trabajo delicado y necesitaba de todo su tiempo, con lo que volví a verme solo y aburrido, una vez más.

Pasé varias semanas vagando por la cala, de cuerno a cuerno, repitiéndome todo lo que había oído a Quelet, preocupado porque un buen día, también mi memoria pudiera fallar.

Una tarde, mientras el sol doraba las crestas de las olas y yo descansaba junto a una roca del lado más alejado de la playa, escuché el crujir de la arena bajo el peso de unos pasos firmes y seguros; los había oído antes, pero me costó reconocerlos porque siempre habían venido acompañados de otro sonido más ligero e impaciente.

Me asomé con cautela y me encontré de frente con la mujer que contaba cuentos, mirándome con una sonrisa amable en la boca.

— ¿Así que eres tú?— me dijo— Has venido muy lejos de tu hogar, demasiado incluso para un salmón tan especial.

El miedo inicial se fue diluyendo y la intriga por lo que aquella mujer podía saber de mi me convirtió en un pez menos cauteloso que de costumbre.

—Me recuerdas a un antepasado tuyo, sí— y volvió a sonreír disipando todas mis dudas sobre sus intenciones.

Quizá os sorprenda, pero mi capacidad para entender el lenguaje de los humanos no me otorga la facilidad para hablarlo; la lengua de un salmón no es tan manejable y, además, carecemos de cuerdas vocales, con lo que responderle educadamente o suplicar a aquella mujer que me contara lo que sabía resultaba prácticamente imposible y muy frustrante.

—Yo me llamo Martes de Cuento y esto, querido salmón, es Isla Imaginada— abarcó con el recorrido de su brazo toda la ensenada—. Únicamente los seres más especiales son capaces de llegar a ella; solo aquellos ávidos de conocimientos e historias, cargados de imaginación y puros en su cariño son dignos de pisar su suelo. Bueno, en tu caso, nadar en sus aguas.

Me sentí impotente al no poder preguntar por qué solo había visto por allí niños y duendes, por qué el único adulto era ella.

Debió leerlo en el brillo de mis ojos, y me respondió de inmediato.

—No todos los niños que has visto son niños en realidad. Muchos de ellos son adultos que se han negado a olvidar al niño que fueron y disfrutan de los cuentos y las leyendas casi más ahora que de pequeños. Los duendes, como es normal, viven aquí porque es el mejor sitio para hacerlo en muchos kilómetros. Pero te advierto que también hay unicornios, hadas, ratones, mariposas, fantasmas, hechiceros y, ahora, un salmón.

Me sentí más grande en ese momento por el modo en que me nombró, cargada de ternura y respeto.

—Y mi forma de darte la bienvenida, como he hecho con cada amigo que llega a Isla Imaginada, será contándote la historia de un antepasado tuyo; una ventura que llegó a mis oídos desde Éire, la Isla Esmeralda, y que cuenta las desdichas de un salmón muy sabio, el Bradán Feasa, y un muchacho destinado a convertirse en leyenda: Fionn.

Ni que decir tiene que, cuando la mujer terminó de contarme la historia, en mi pequeña mente de pez se despertaron los recuerdos que habían estado dormidos toda mi vida; destellos de todo lo que mi tatarabuelo había sabido y que, gracias a la magia de la naturaleza, y a la conveniente intervención de Quelet y Martes de Cuento, volvían a mí como si siempre hubieran estado ahí, esperando la llave que abriera la caja en que se guardaban.

Después de aquel encuentro decidí seguir mi camino, no el de un salmón cualquiera, ahora sabía que yo no lo era, sino el de un pez que podía aprovechar su capacidad para llegar a cualquier rincón del planeta con un golpe de cola y escuchar todas las leyendas y cuentos a lo largo y ancho de los cinco continentes.

Como habréis adivinado, aquella no fue la última vez que recalé en Isla Imaginada, es un lugar demasiado hermoso para visitarlo una sola vez en la vida. Por eso, y porque hasta un salmón particular necesita unas vacaciones, de vez en cuando me quedo unos días por esta preciosa isla, saludo a los amigos, que cada vez son más, y Martes de Cuento recopila todo lo que he oído lejos de sus fronteras para guardarlo a buen recaudo, en unas cajas parecidas a las de Quelet, por si un día yo también pierdo la memoria.

6 pensamientos en “De cómo el Salmón conoció a Martes de Cuento

  1. Solo por tener amigas que escriben así y que sienten así, vale la pena tener un blog.
    Hay quien no comprende las relaciones virtuales (dicen que no son sinceras, ni naturales, ni reales…) en cambio, yo, cada día las aprecio más porque me dan la posibilidad de ponerme en contacto con personas tan especiales como tú.
    En cuanto pueda (el tiempo últimamente me come) y con tu permiso, me llevaré esta historia a un lugar de honor de Isla Imaginada y le daré un espacio en mi blog. ¡Gracias, de verdad! 🙂 ¡Varios kilómetros de abrazos, querida Salmón!

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    • Estoy de acuerdo contigo, las relaciones virtuales pueden ser tan especiales como las físicas, porque amplían el horizonte. Yo también estoy encantada de poder contar a mi alrededor con gente apasionada por la literatura como tú, además de buenas personas. El permiso no tienes que pedirlo, como dije en el post de inauguración para “El pozo de los avellanos”, esa sección la hago colaborando con tu labor. De hecho, su nombre creo que especial para las dos, al menos esa era mi idea, en honor a nuestra primera colaboración estrecha. Besazos de vuelta, Martes de Cuento.

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      • 🙂 ¡Se me acumula la faena! 😀 😀 😀 😀
        Tengo que dar un par de vueltas a ver cómo hago esa nueva sección. Me gustaría cambiar algunas cosas del blog e incluir un espacio para colaboraciones un poco mejor del que hay ahora. Despacio, pero lo haré. ¡Un besazo!

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  2. Pingback: #EduExpandida: El Ratón Nómada | A Los 4 Vientos

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