JAULA DE GRILLOS

Para ser un lugar dedicado a la calma mental, resultaba agobiante: el color tostado de las paredes, el wengué de la librería y las cortinas color crema, daban muestras del buen gusto de su decorador, pero también una sensación de rectitud y oscuridad con los cuadros de marcos dorados y las fichas del test de Rochas a la vista. El diván clásico, frente a un enorme escritorio, hacía sentirse insignificante a todo el que se tumbara en él. La extensa colección de libros empequeñecía la mente del más docto de los pacientes.

Para colmo, y como parte de los más novedosos métodos, las sesiones eran grabadas por una videocámara que apuntaba al visitante con su ojo rojo parpadeando.

Anselmo López no soportaba aquella cámara, ni el diván, ni las cortinas, ni los libros; ni, ya puestos, al Dr. Ernesto Márquez-Casanova, un hombre pequeño de aspecto cetrino que se frotaba las manos a cada momento y repetía «Vamos avanzando estupendamente» en un intervalo regular de cinco minutos.

Sin embargo, Anselmo había preferido no cambiar de psicólogo, angustiado por una rutina obsesiva.

— ¿Cómo estamos hoy? ¿Hizo lo que le pedí en la sesión anterior?

—Lo he intentado. Aquí traigo las notas.

Le acercó un fajo de papeles arrugados y llenos de letras que se desparramaban en todas direcciones (de derecha a izquierda y de arriba a abajo en sentido perpendicular, meticulosamente numeradas).

—Vaya, parece que son muchas. ¿Por qué no me cuenta lo que hay en ellas a grosso modo y luego las repasamos una a una?

— ¿Podría apagar la cámara, doctor?

—Sabe que no es posible, Anselmo. Haga como si no estuviera.

Pero no podía, el parpadeo bermellón era como la mirada de un francotirador que conocía todos sus secretos.

—Al principio era solo un hombre, pero ahora son dos. Han alquilado el piso del quinto, justo encima del mío, y me cruzo con el inquilino constantemente. Da igual la hora del día. Está en el rellano, en el portal, en el ascensor. Estoy seguro de que ese cabrón ha hecho un agujero para espiarme.

— ¿Qué le hace pensar eso?

—Hará un par de días se pasó la tarde con el taladro y he notado una corriente que antes no había en el salón. Sale de al lado de la lámpara del techo.

—Y, según usted ¿Qué puede estar buscando?

—Robarme mi éxito. Mi éxito como escritor.

—Su éxito como escritor.

—Sí, doctor. Acabo de terminar la novela. Va a ser un bombazo.

— ¿No le parece un poco retorcido pensar que su nuevo vecino se ha mudado solo con el fin de robarle una novela que, por otro lado, nadie sabía que estaba escribiendo?

— ¿Qué insinúa?

—Puede que el agotamiento, después de tanto esfuerzo para terminarla, le haga ver cosas que no son. Si usted no ha dicho en qué estaba trabajando, es difícil que alguien pudiera adivinarlo. ¿No cree?

—Eso es verdad. No lo he comentado con nadie, solo aquí, en la consul…

Y fijó su mirada en la luz roja de la cámara antes de incorporarse con brusquedad.

— ¿Qué sucede, Anselmo?

— ¡Usted! Todo este tiempo ha sido usted. Embaucador, manipulador… ¡Ladrón! Eso es lo que es. Ha alquilado el quinto. No había carteles, ni anuncios en los periódicos; pero usted lo sabía porque yo se lo dije.

—No diga tonterías. Acaba de decirme que ha visto a su vecino varias veces y sabe que no soy yo.

—No, claro. Eso habría acabado con su plan. Ha contratado a alguien. — Se lanzó contra el trípode de la cámara. — Claro, ahora encaja todo. Sus ánimos para que terminara de escribirla. Me ha preguntado por la novela en cada reunión. Quería detalles. Saber si valía la pena. Y vaya si lo vale. ¡Es una obra maestra!

—Cálmese, señor López, por favor. Está usted diciendo disparates. Yo ya tengo un oficio. Mi interés por sus escritos era meramente profesional.

— ¡Y un cuerno! Sabrá de mí por los tribunales. No voy a descansar hasta que esté hundido. ¿Me oye? ¡Ladrón de ingenios! ¡Truhán sacacuartos! ¡Loquero!

Arrastraba en su furia cuanto tenía delante.

—Por Dios bendito, Anselmo. A mí no me gusta la literatura, yo soy más de música. Toco el violín.

El paciente frenó su destrucción.

— ¿El violín?

—Sí, el violín. Es agradable su tacto bajo la barbilla, cómo vibra todo cuando el arco roza las cuerdas.

—Es un instrumento complicado. Mi padre tocaba el violín. — Se tumbó en el diván.

—Lo sé, Anselmo. Me lo dijo en la primera sesión.

Para ser un lugar dedicado a la calma mental parecía un campo de minas recién estallado, con las cortinas hechas jirones, los marcos dorados pendiendo de las esquinas y los libros esparcidos como cadáveres sobre la alfombra. El diván clásico, frente al enorme escritorio, con Anselmo López tumbado en él.

—Una obra maestra le digo, doctor. Le regalaré una copia firmada.

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