DE CARAS OCULTAS
Tienen mis sueños esta noche un velo de lluvia que se refleja en la cara oculta de la luna; se me desperdigan las ovejas que cuento y hasta los lobos ignoran que mi insomnio es culpa de un salmón.
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Tienen mis sueños esta noche un velo de lluvia que se refleja en la cara oculta de la luna; se me desperdigan las ovejas que cuento y hasta los lobos ignoran que mi insomnio es culpa de un salmón.
Habían pensado en las múltiples consecuencias del cambio climático.
Eruditos, ingenieros, biólogos y físicos se habían devanado los sesos intentando adelantarse al desastre; pero, cuando los polos se derritieron del todo, la única posibilidad que no habían barajado era verse sometidos a la voluntad dictatorial de un salmón que agitaba el látigo de alga trenzada con aleta férrea, demandando cada día más manos para construir el mausoleo con que honrarían su memoria tras el desove.
Viento reía arremolinado entre las hojas, Lluvia brincaba sobre la superficie de los charcos y Neblina jugaba al escondite junto a la ribera.
En aquella mañana de recreo, Sol esperaba su hora, mirando triste tras la ventana.
Nunca le dejaban salir con ellos.
Tras la catástrofe nuclear, los supervivientes se entregaron a la repoblación planetaria.
El joven Ossi ya había elegido pareja, y es que no pudo resistirse al lento batir de pestañas de los ochos ojos de aquella muchacha.
Aquel dragón luchaba todos los días por no escupir fuego y se lamentaba por ello, deseando ser cualquier otra cosa antes que dragón.
Peleaba contra su naturaleza con tanto ahínco que, un buen día, se despertó sin la capacidad de abrasar con su aliento y sin alas, convertido en tiranosaurio.
Ahora todo su empeño se centra en evitar comerse las ovejas de los aldeanos.

Ya no calmaba la sed del viajero, no llenaba tinajas para refrescar a los niños en verano. El cubo se enfrentó a su destino sumergido en las verdosas aguas del pozo abandonado, como un náufrago que espera a ser rescatado.
Cada mañana dejaba volar de modo febril la pluma sobre el papel durante horas.
Un buen día, hartos de su maltrato, la pluma y la pila de papeles echaron a volar por la ventana, dejándole sin historia.
Miró por la ventana, calle abajo, y las fachadas de colores, con sus tejados a dos aguas, se parecían a los lápices de ceras que usaba de pequeña para pintar mundos imaginarios, indecisas sobre qué color usar sobre el fondo azul impoluto del cielo.
Los viejos raíles de hierro, abandonados a su suerte, a ratos oxidados, a ratos invisibles entre los hierbajos, no eran más que los mil senderos que llevaban a todas partes, o a ninguna.