VALOR

Cuando tomó conciencia de su mortalidad, decidió no aferrarse a un dios como hacían otros; se prometió a sí misma que esperaría su hora como los valientes.
Cogió su lanza, su brillante armadura y salió en busca de dragones que matar.

De bonitos y salmones.

Debatían, mientras aguardaban su turno, sobre la belleza de los peces que se exponían entre pedacitos de hielo y manojos de perejil.
-Te digo que el bonito ¿por qué si no le iban a poner ese nombre?
-No, el salmón; fíjate en esa boca y el tono irisado de sus escamas.
-A mi me gustan los ojos grandes del bonito, y la piel, es muy curiosa.
-Pues cuando los salmones están a punto de desovar, les sale una joroba y se ponen de un color rojo intenso y partes verde musgo; los bonitos son de ese gris todo el tiempo.
Cualquiera habría dicho que se trataba de dos niñas discutiendo, pero lo cierto es que ambas habían superado el cuarto de siglo; algunas de las mujeres que las rodeaban contemplaban la escena con cierta ternura: eran cosas de hermanas, cosas que no cambian por muchos años que se cumplan.
-El 28- la llamada de la pescadera acompañó el chirrido de una bocina anunciando el cambio de número.
-¡Nosotras!- exclamó la pequeña.
-Ponnos una merluza y nos la haces filetes- pidió la mayor, ignorando la perplejidad reflejada en las bocas y ojos bien abiertos de los aspirantes al trono de pez más hermoso del mundo.

A mi hermana y sus mil y una recetas para hacer el bonito, bueno, y a la de merluza en salsa verde también.

Ecuación

Ahora mi corazón
partido por un rayo
con ½ necrosado
y el otro ausente de esperanza,
busca en ti, oh, tú,
el apoyo que le falta.
Ecuación milagrosa
que tiende a infinito
¿por qué tuviste que mirarme
creando tres incógnitas
imposibles de resolver?
¿por qué siento lo que siento?
Si la solución a mis problemas
siempre fue raíz cuadrada de pí.

Viejas caras, nuevos conocidos.

A veces se sentaba sola en el banco del parque, esperando a que algún pájaro se acercara curioso hacia las migas de pan que otros habían dejado antes que ella. No le gustaba dar de comer a los gorriones pero se entretenía observando su servicio de limpieza de desperdicios orgánicos; lo que no soportaba eran las palomas, había algo en su arrullo o en la forma en que movían sus cabezas de atrás a delante con aires de barrio chungo lo que la ponía tan nerviosa, por eso solía escoger el banco con menos migas, porque las palomas no solían molestarse en rondar por allí.
Durante unos minutos todo su mundo se concentraba en aquel pequeño espacio, aquel pequeño pulmón que pasaba inadvertido a las miradas de los que simplemente cruzaban por él.

Tiempo atrás había compartido esos momentos con una amiga, con la que gustaba de jugar a adivinar las profesiones e historias de los que pasaban delante de ellas, pero ahora lo hacía sola. Era, o debía ser, de las pocas que quedaban de su grupo de amigas en el lugar; poco a poco el tiempo se había encargado de distanciarlas, de llevarlas a lugares no tan lejanos como para abandonarse, pero las llamadas semanales y las visitas mensuales se fueron convirtiendo en llamadas por los cumpleaños y reuniones durante los días entre festivos de Navidad.
Olga se había casado y, con dos niños pegados con superglue a sus pantalones de pinzas, no encontraba un segundo para prestar atención a sus viejas compañeras. Berta, según le había comentado la última vez que hablaron, estaría ahora mismo de cooperante en algún lugar perdido en lo más profundo del África negra; y Amelia estaba tan centrada en su nuevo novio que no tenía tiempo ni para quedar con su propia hermana, a juzgar por la conversación que había tenido con la susodicha apenas dos días antes, cuando se vieron reflejadas en el escaparate de una zapatería del centro.
Puede que ese hubiera sido el único día en muchos meses en que sintió que nada había cambiado, cuando Susana y ella se sentaron en la terraza de un nuevo café de estilo provenzal que tanto se llevaban ahora para contarse sus cosillas.
Era sorprendente qué distinta es la vida cuando pasas los treinta, te acercas a personas que siempre estuvieron ahí pero a las que nunca hiciste mucho caso, y aquellas a las que creías eternas a tu lado se iban difuminando con los kilómetros y los recuerdos.

Sacó las agujas de su cestillo de mimbre y tiró del hilo de lana verde. El remolino de pájaros hacía rato que se había dispersado con la última migaja de gusanito en el pico y todo era calma.
Uno del derecho, otro del revés, uno del derecho, otro del revés.
Estaba segura de que a Susana le encantaría la bufanda, con suerte la acabaría antes del jueves para poder dárselo en su segunda cita.

Puntos de vista

Se sostenía como suspendido por un hilo invisible colgando de una nube en lo alto del cielo de azul incierto.
Allí parado, con la mirada fija en la cuneta, llamaba la atención de los adultos y niños que pasaban en los coches, de dos caballistas que atravesaban el camino paralelo y hasta de un rebaño de ovejas que pastaban tranquilas y esquiladas en el campo segado al otro lado de la calzada.
Todos advirtieron su presencia excepto quien no debía saberlo: el pequeño ratoncito colorado que asomaba su hocico al aire tratando de encontrar un peligro a ras de suelo, inconsciente de que su mayor riesgo nunca vendría de allí. Ni siquiera distinguió la leve sombra que se cernía sobre él.
Cayendo en picado con precisión militar, el aguilucho sacó las garras para atrapar a su presa; y los adultos, los niños y los jinetes se sonrieron, magnetizados por un espectáculo que habían presenciado mil veces pero que nunca perdía un ápice de su encanto.
Los únicos inmutables ante el hecho eran los caballos y las ovejas; a fin de cuentas era sólo la naturaleza siguiendo su curso, y eso no tenía nada de extraordinario.

Hesse

Invirtió su tiempo en crear pinceladas de vidas muy diferentes a la suya.
Le llamaron hipócrita porque escribía desde su despacho burgués las historias de muchachos hambrientos y desarrapados.
No se molestaba por ello; muy pocos sabían que, durante su infancia, había sido Tom Sawyer y Oliver Twist tantas noches que sus recuerdos se trocaron por sus sueños y llegó a olvidar el sabor de las manzanas de caramelo.

Matar el tiempo

Hasta que el reloj comenzó su monótona danza, todo en la casa parecía eterno; era aquel dichoso “tic, tic, tic” el que convertía las cosas en perecederas, y él lo miraba sentado en su sillón de orejas y botones.
Apuntó hacia el centro de la esfera, justo donde las manillas brotaban enganchadas al mecanismo interno de aquella mala bestia, y disparó.

La principita

Se ató la pulsera de cuero marrón alrededor de la muñeca y se vistió de princesa; no una princesa al uso, el tipo de princesa en que ella creía: una con pantalones bombacho y gafas grandes en vez de vestido de gasa y corona de oro.
De pequeña había descubierto que, para encontrar un príncipe de verdad, de los que saben cuidar las rosas y los baobabs, primero había que perder el miedo a volar.

Australia

Aceptó la condena sin lágrimas en los ojos, sin resignación, sin emociones; después de tres meses en la cárcel de Wicklow cualquier cosa que pudiera sacarle de allí era una oportunidad, aunque su destino le enviara al otro lado del mundo, a Australia. En ese momento su mente se concentraba en las noches oscuras y frías de la prisión, cuando el sonido del mar embravecido inundaba cada recodo estallando contra las rocas y sus oídos; ahora sabía que ese ruido le acompañaría durante el trayecto hasta la enorme isla a la que muchos eran enviados pero de la que ninguno regresaba. Si en aquel pasillo flanqueado de celdas donde acababan de dictar su sentencia hubiera estado alguno de sus hermanos, a lo mejor su rostro habría mostrado un mínimo de humanidad pero, rodeado como estaba de pobres ladrones como él y guardias que contemplaban impertérritos el suceso, costaba mucho trabajo dejarse invadir por la nostalgia de los días felices, si es que conoció alguno, en libertad.


Paddy no tenía apellidos ni padres; hasta donde su memoria alcanzaba sólo habían existido él y sus hermanos menores. Su padre murió de hambre cuando el que hubiera sido el más pequeño de todos todavía habitaba el vientre de su madre; ésta les hizo entender que su pérdida era el sacrificio por que ellos tuvieran algo que comer, aunque solo fueran mendrugos de pan duros y mohosos que devoraban con impaciencia. Luego ella sucumbió a un mal parto y Paddy se vio sin nada, salvo tres hermanos llorones que necesitaban de sus cuidados y el consuelo de que el bebé tampoco hubiera sobrevivido a su nacimiento. Al principio algunos vecinos bienintencionados les prestaron cobijo y alimento, por poco que fuera, pero pronto la perspectiva de quitar comida a sus propios hijos en pro de aquellos desdichados les llevó a tomar una decisión cruel: abandonarlos a su suerte. Así fue como Paddy acabó recorriendo las calles en busca de un trabajo que no existía ni para los adultos fornidos, tanto menos para un renacuajo escuálido que no tenía más fuerzas que las que proporciona el instinto de supervivencia. Sin embargo lo más duro de todo aquello no habían sido los días de caminatas en pos de una oportunidad, sino las noches en que arropaba los cuerpos huesudos de sus hermanos bajo la única manta que poseían y que no daba para cobijarlos a todos. El invierno se cebó con todos aquellos que carecían de un triste fuego junto al que calentarse y la pequeña Maureen se durmió una noche de diciembre para no volver a despertar. Si en su, a esas alturas, impenetrable corazón hubo algo que le doliera hasta el llanto, fue tener que cargar con su hermana hasta un cruce de caminos para sepultarla bajo un montón de piedras que dejaran el triste recuerdo de su incapacidad para mantenerlos con vida. Poco más tarde, con la desesperación como perpetua compañera, Paddy comenzó a robar en el mercado aprovechando el descuido de los tenderos en medio de una marabunta que toqueteaba todo lo que exponían; mas nada dura eternamente, y solo era cuestión de tiempo que alguno le echara mano mientras sustraía un par de manzanas que llevar a sus hermanos. Por suerte para él el primero en percatarse fue benévolo y le dejó marchar con una simple reprimenda y las manos vacías. Aquella noche el llanto hambriento de Ian y Muira le irritó tanto que llegó a golpearles en un vano intento de hacerlos callar y, aunque los niños cedieron a la regañina, sus sollozos se le metieron en la cabeza torturándole continuamente, azuzándole cada mañana y volviéndolo más temerario en sus incursiones en busca de comida. Y esto desembocó en su segundo encontronazo con un tendero menos comprensivo que el primero, que llamó a los guardias a gritos mientras sujetaba con una manaza de hierro el escuálido brazo del chiquillo. Al punto, dos hombres uniformados le arrastraron hasta una celda húmeda de la que sólo salió para ser trasladado a la infame cárcel del condado, donde se hacinaban todo tipo de malhechores y pillastres como él.


Los primeros días el recuerdo de sus hermanos le torturó hasta el infinito, creando en su mente los más inverosímiles desenlaces; pronto su imagen se fue desvaneciendo, a medida que la luz del sol mermaba en el exterior tornando las noches más aterradoras y oscuras. Una vieja desdentada se sentó junto a él con un halo de compasión en la mirada; aquella mujer dedicó su tiempo a mantener a los innumerables muchachos con que compartía cautiverio entretenidos, contándoles historias de valientes que encontraban el paso al país de las hadas donde todo es lujo y nunca falta qué comer. Ése era el único alimento que tenían, el de su imaginación; por eso todos ellos lamentaron mucho la muerte de la vieja que les había llevado a otros lugares menos sórdidos y deprimentes que aquel en que se encontraban. Paddy consiguió que los cuentos de su compañera penetraran en su cerebro, y la angustia por la suerte de Ian y Muira se fue disipando al tiempo que la esperanza de que ellos hubieran encontrado la puerta a aquel mundo mágico calaba cada vez más hondo en sus anhelos. Un buen día, no sabría precisar cuánto tiempo después de su encarcelamiento, la prisión se llenó de un alboroto diferente a la rutina que los acompañaba. —Se los llevan, ya no cabemos. El hombre que pronunció estas palabras se acostó en lo más profundo del habitáculo, como si quisiera pasar desapercibido incluso para el aire que entraba por la ventana enrejada. —Se los llevan ¿a dónde? —Ay, hijo, lejos, muy lejos: a Australia. — ¿Por qué? —Porque aquí ya no cabe un alma más; por eso los cargan en barcos y los llevan al otro lado del mundo a trabajar unas tierras inhóspitas bajo el dominio de la reina de Inglaterra. Para el oído infantil de Paddy pasó de largo el gesto irónico del encarcelado al pronunciar el título, y en su mente comenzó a dibujarse aquella isla remota como algo muy parecido a los mundos fértiles y de abundancia que la vieja les relataba. Puede que por eso la sentencia del juez no provocara temor en el pequeño sino una sensación de liberación completa, de nueva oportunidad, de paso adelante.