Indomable

Lamentaría morir mañana
sin haberte robado otro beso
y quizá algo más;
taparme con tu cuerpo,
dejarte caminar por mi interior.
Darte lo poco que me queda;
eso que las lombrices de tierra
no pueden entender,
que los peces de ría
prohíben por infectos;
los peces no sienten
sólo fluyen donde el agua los lleva.
Pero yo soy caballo libre
corriendo por la tierra,
toda pasión y sentimiento,
y tú, brida alrededor de mi cintura
que subes a mi espalda
sólo porque yo me dejo.
Y crees dominar mi alma
porque comprendes al mirarme;
aunque yo soy indomable,
indomable como el tiempo.

The Pirate’s Bride

Este relato se recoge en el recopilatorio del curso de Literautas 2014-2015.

El título, así, en inglés, se debe a una canción de Sting, recomendable al 100%


Esperaba que los paisanos se mostraran reticentes a tener contacto con él, así que no digamos a mantener una conversación; ya se lo habían advertido en la ciudad, pero de ahí a que le ignoraran cuando entró en la única taberna del pueblo mediaba un abismo.

Se sentó al fondo de la barra y pidió una jarra de cerveza que el tabernero le sirvió con calma y una sonrisa enigmática en los labios.

—Si preguntas, viajero, por esa mujer que vaga por la playa, no dirán una palabra. Está maldita y aquí nadie la menciona. Es lo que pasa cuando se toman malas decisiones y se sigue al corazón; yo se lo tengo dicho a mis hijas, que me hagan caso y no se fíen de los amores que llegan en primavera como el olor de las margaritas, porque más pronto que tarde se han de marchitar.

— ¿Entonces está allí por recoger margaritas?— preguntó el forastero sin terminar de comprender el acento cerrado de la zona.

—No, hombre— rió de buena gana—, por recogerlas no, más bien por deshojarlas— el extranjero siguió sin comprender—. Verá usted, ¿ha estado alguna vez enamorado? Pero enamorado de verdad, de esas veces en que falta el aliento y el sol no brilla tanto como la luna que nos arrulla mientras soñamos con aquella a la que amamos — el hombre negó con la cabeza—. Entonces quizá no entienda por qué la María vaga por la playa; ella sí conoció esa clase de amor y, como la buena hoguera que tanto calienta, le prendió hasta el alma. Aquel fuego tenía nombre y apellido: Martín Escribano; un zagal bien parecido, hijo de un cabrero, que dejó a su padre colgado en el monte para enrolarse como pirata.

El forastero se acomodó en el taburete, dispuesto a escuchar una historia apasionante.

—No me malinterprete, no seré yo quien juzgue al muchacho. Aquí muchos buscaron riquezas, o al menos pan para llevarse a la boca, en barcos de esa calaña. Mi propio abuelo probó suerte en esos menesteres y no salió muy mal parado. Esta taberna— señaló a su alrededor— es fruto de aquellas aventuras y, ya ve, tres generaciones regentándola. Mi padre era harina de otro costal; según mi abuela, la madre de mi madre, un cagado. Pero supo mantener el negocio a flote, aunque flotar, lo que se dice flotar, mi padre flotaba poco, ni a las rocas se asomaba, le fuera a salpicar la espuma de una ola.

Esperó a que el chiste calara en la audiencia y, al ver que el extranjero seguía esperando a que continuara, suspiró y relató durante un buen rato la vida, obra y milagros de sus ascendientes hasta la cuarta generación sin que el hombre que tenía sentado enfrente hiciera un solo gesto de impaciencia o comprensión, impertérrito ante las desventuras familiares.

—Le decía, amigo, que yo no le conocí, yo era niño cuando todo esto pasó, pero mi madre me contó que la María y ella eran amigas de la infancia. Una muchacha hermosa como pocas en el pueblo. Hubiera podido casarse con cualquiera, hasta con mi padre. Pero en un baile de mayo sus ojos se encontraron con los del tal Martín y nada se pudo hacer— el oyente sonrió imaginando la escena—. Incluso se prometieron, fíjese. Justo antes de la boda, él se embarcó. Ella calló sus temores y le esperó paciente durante cinco largos años. Muchas cosas cambiaron por entonces, empezando por la llegada de unos enviados del rey que se unieron a la espera sin que la pobre María se percatara siquiera de su presencia. Ella juraba que daría el oro de tres navíos ingleses por volverle a ver; de su boca no salía una palabra y su mirada no se posaba en otra cosa que no fuera el mar, ya lloviera o hubiese temporal.

—Cinco años son mucho tiempo— se atrevió a interrumpir, dispuesto a hacer notar lo atento que estaba ahora al relato—. No creo que mi mujer fuera capaz de esperarme tanto.

—Ni la mía. Pero le decía: el día que el barco de su amado regresó, los soldados apresaron a la tripulación y enseguida les condenaron a ser colgados del cuello hasta morir. Ella nunca vio ejecutada la sentencia.

— ¿El Martín escapó?— cortó el forastero con la esperanza prendida en la interrogación.

—Qué va; en el momento en que su adorado Martín pendía de la soga, la María estaba en la playa mirando al horizonte, como cada día de aquellos cinco años, y dispuesta a esperar otros cien si era necesario, marchitando definitivamente su juventud como si no fuera su prometido el que se escondía bajo el saco que les ponen a los condenados a la horca.

Estaba conmovido, pues la mujer que él había visto fácilmente había superado los setenta años.

—Dicen los que les conocieron que la María perdió la cabeza del todo en el mismo momento en que los tambores comenzaron a sonar.

TESTAMENTO

Yo te regalo, oh, amor imposible,
un trocito de mi mundo
encerrado en círculo de piedra,
y a ti, amor innecesario,
mi presencia y comprensión.
A ti, amor lejano,
te doy mis sueños;
y finalmente a ti,
sí, a ti, amor eterno
te regalo mi vida en cofre de oro.

Osado

Tú, que te atreviste a mirarme a los ojos

aquella noche desde la sombra.

¿Cómo ahora reclamas lealtad?

Tú, que viniste a trastornar mi vida

volviendo a mis sueños cada noche.

¿Y ahora me pides que crea?

Tú, que llegaste en carne en hueso

a través de aquella fotografía.

¿Vienes y ruegas que espere?

Tú, que hechizaste mi alma

con dos notas de una canción.

¿Exiges que ahora tenga fe?

Y yo, que sólo te pedí que volvieras,

¿por qué me creí sin derecho?

Rendirse a la tormenta


Hubiera sido la tormenta de nuestras vidas si hubiéramos logrado llegar a tiempo a la estación de tren.
Los semáforos en rojo que frenaban mi camino, los charcos llenos de peces de colores que acaparaban tu atención por las aceras; no fueron sino señales de un futuro aún por escribir.
Se prometía un final de película, de esos en que la chica entra en el bar y se encuentra con él; empapada hasta los huesos, con su paraguas amarillo (quizá verde) dibujando corazones invisibles en el suelo de madera. El diluvio universal contra los cristales distorsionando el mundo exterior, todo convertido en una maraña de luces difusas que se escurren hacia el abismo; el olor a café recién molido y periódico atrasado.
Y ¿por qué no? La ilusión de bandeja de desayuno en la cama, con zumo de naranja y cruasanes con mermelada. Tu pañuelo de solapa y mi libro de Benedetti abandonados en un rincón, viviendo su propio romance a nuestras espaldas.
Al fin una historia de domingo por la tarde, para acurrucarnos en el sofá.

Pero el tic-tac no cesa, ni siquiera cuando llueve.
Yo corría, olvidando pasos de cebra, enterrando mis katiuskas en mares insondables. Tú esquivabas ancianas tocadas con bolsas de supermercado, apoyadas en bastones incapaces de abrir las aguas.
Si yo no hubiera prestado atención a la luz de las farolas reflejada en las estelas que dejaban los coches al pasar, el libro de poemas jamás habría resbalado de mis manos para hundirse, cual Titanic, en el peor de los fracasos. Si hubieras tenido el valor de inmolar el paraguas de aire inglés, tu pañuelo no habría volado en la esquina con un cambio de viento, emulando a un paracaidista en su gran salto final.
Pero ¿cómo reponerse ante un islote de papel mojado? ¿Cómo recuperar la dignidad sin mortaja donde guardarla?
Si no nos hubiéramos rendido, habría sido la tormenta de nuestras vidas.
Y el caso es que nos rendimos; nos rendimos a dos manzanas de la estación de tren.

Moura

Moura me miras y yo no quiero serlo
por no extraviar en mi costa a otros sordos marineros.
Moura me miras y te sueño con anhelo,
que arribes a mis pies entre las ondas de mi pelo.
Moura me miras y moura me siento,
espejismo de tu mente que pudo robarte un beso.
Moura me miras y moura ahora me veo,
esperando en el acantilado del fin del mundo,
buscando en el horizonte tu barco.
Finalmente soy moura de ingratos deseos.

Ecuación

Ahora mi corazón
partido por un rayo
con ½ necrosado
y el otro ausente de esperanza,
busca en ti, oh, tú,
el apoyo que le falta.
Ecuación milagrosa
que tiende a infinito
¿por qué tuviste que mirarme
creando tres incógnitas
imposibles de resolver?
¿por qué siento lo que siento?
Si la solución a mis problemas
siempre fue raíz cuadrada de pí.