Maese Pérez

Este texto corresponde a un ejercicio del taller de Literautas, el requisito: que fuera una historia de miedo. Y yo, que soy tan retorcidita… pues solté esto.

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A Maese Pérez le latía el corazón en los oídos, amenazando con aturdirle hasta perder el conocimiento. Aguardaba con paciencia a que la bestia peluda dejara despejado el camino, pero aquel demonio naranja de ojos brillantes caminaba sigiloso de un lado a otro, ejerciendo un trabajo de centinela que sus amos no le habían encomendado.
No quería quedarse allí, necesitaba acceder a la parte superior, le urgía conseguir su objetivo aunque le fuera la vida en ello.
Siendo francos, le iba la vida en ello.

Hacía sólo unas horas que la rata infecta que tenía por rey le había enviado a dos de sus matones.
El plazo era firme, improrrogable: tres días.
Hasta habían tenido la desfachatez de sonreír mostrando sus dientes amarillentos, tratando de simular un mínimo de compasión.
Recordó con pesar el calor de su hogar, y la imagen del rincón donde otrora se amontonaran tesoros blancos y relucientes empañó su memoria.
Allí se apilaban ahora piezas carcomidas que no servían para apaciguar las ansias del monarca. Incluso había intentado colarle algunos ejemplares falsos muy logrados; pero no sirvió para nada que no fuera enojar más a su acreedor.
Esto era un acicate para afrontar el presente; situaciones desesperadas requerían medidas desesperadas.

Se aferró con fuerza a la herramienta y suspiró abatido.
El sonido de la madera herida por las uñas de su pesadilla viviente le taladraba los tímpanos, y su respiración comenzó a hacerse más acelerada; si seguía así, sólo era cuestión de tiempo que el monstruo lo oyera y le diera caza como lo que era: un cobarde, un ratón acorralado bajo la escalera.
De haber tenido un dios en que creer habría rezado con ansia, prometiendo penitencia a cambio de salvar el pellejo; mas no estaba en su condición encomendarse a intervenciones divinas, y dudaba mucho que aquellos milagros consiguieran librarle de sus múltiples amenazas.
Aún así, algo, lo que fuera, atrajo la atención de la alimaña naranja lejos de él, dejándole el camino libre.

Maese Pérez corrió como no había corrido en su vida. Aterrado con la idea de que el monstruo volviera en el momento más fatídico, consiguió cruzar el pasillo y subir el primer tramo de escaleras sin que se oyera más respiración que la suya.
Atravesó la primera estancia sin resuello hasta alcanzar la puerta que buscaba.

En el peor momento, los latidos abandonaron sus sienes para posarse en las puntas de los dedos, obligándole a usar las dos manos para sujetar el útil que había escogido para su plan.
Su objetivo dormía, de forma aparentemente plácida, en la cama que había bajo la ventana.
Conocía los riesgos, no era la primera vez que se internaba en aquellos mundos gobernados por gigantes, que usaban los más temibles instrumentos de tortura para deshacerse de indeseables como él; pero tenía que hacerlo o los esbirros del rey acabarían con su vida y luego usarían sus despojos para la cena.

Se acercó con cuidado y trepó hasta la cabecera del catre; ahora reconocía que las tenazas no eran la mejor idea del mundo, pues golpeaban la madera delatando su presencia.
Por fortuna, el gigante no se apercibió del sonido y, si lo hizo, se limitó a gemir de forma extraña para seguir durmiendo con la boca abierta.
Aprovechando una oportunidad que reconoció como única en la vida, Maese Pérez se acercó a la cabeza del dormitante y asió con determinación las tenazas, colocándolas alrededor de la codiciada pieza. Apretó con fuerza y tiró conteniendo el aliento, como si un solo suspiro pudiera despertar al titán. El rey rata se sentiría complacido con el tesoro y él conservaría la cabeza.

En medio del caos provocado por los gritos del niño y las carreras de unos padres asustados, logró escabullirse fuera de la casa, evitando también al demonio anaranjado.
En otros tiempos habría dejado una golosina bajo la almohada, quizá una moneda a cambio de aquel diente sin profanar por las caries y el sarro; pero lo que Maese Pérez blandía sobre su cabeza no era un diente de leche; ya no quedaban dientes de leche aprovechables en este mundo y, a partir de ahora, no tendría más remedio que arrancar los más nuevos, recién emergidos de las encías rosadas de aquellos devoradores de azúcar. Unos dientes que todavía sirvieran para algo.

Derrota

Resultaba de lo más frustrante; lo había intentado todo: con las manos, dándole golpes, hasta con un cuchillo; y nada, sin resultado.
Miró con odio a su antagonista y se dio por vencida.
-¡Mamá! ¿Me abres el bote de aceitunas?

Caperucita

Al principio se asustó, los colmillos eran terribles y brillaban como sables a la luz del poco sol que entraba por los frondosos árboles, pero aquel animal la miraba con los mismos ojos que el mastín que guardaba su casa cuando quería que le echara las sobras.
Sin miedo alguno, sacó de la cesta parte del contenido y lo dejó en el suelo antes de seguir su camino.
Pronto llegó a la vieja choza en el claro del bosque y entró, pergeñando todavía una historia que le evitara la regañina.
—Abuelita, ¿sabes qué?
La anciana la miró expectante.
—Encontré un lobo en el camino.
—¡Ay, hija! ¿Estás bien?
—Sí, pero le tuve que dar tu pollo para que no me comiera.

De bonitos y salmones.

Debatían, mientras aguardaban su turno, sobre la belleza de los peces que se exponían entre pedacitos de hielo y manojos de perejil.
-Te digo que el bonito ¿por qué si no le iban a poner ese nombre?
-No, el salmón; fíjate en esa boca y el tono irisado de sus escamas.
-A mi me gustan los ojos grandes del bonito, y la piel, es muy curiosa.
-Pues cuando los salmones están a punto de desovar, les sale una joroba y se ponen de un color rojo intenso y partes verde musgo; los bonitos son de ese gris todo el tiempo.
Cualquiera habría dicho que se trataba de dos niñas discutiendo, pero lo cierto es que ambas habían superado el cuarto de siglo; algunas de las mujeres que las rodeaban contemplaban la escena con cierta ternura: eran cosas de hermanas, cosas que no cambian por muchos años que se cumplan.
-El 28- la llamada de la pescadera acompañó el chirrido de una bocina anunciando el cambio de número.
-¡Nosotras!- exclamó la pequeña.
-Ponnos una merluza y nos la haces filetes- pidió la mayor, ignorando la perplejidad reflejada en las bocas y ojos bien abiertos de los aspirantes al trono de pez más hermoso del mundo.

A mi hermana y sus mil y una recetas para hacer el bonito, bueno, y a la de merluza en salsa verde también.

Matar el tiempo

Hasta que el reloj comenzó su monótona danza, todo en la casa parecía eterno; era aquel dichoso “tic, tic, tic” el que convertía las cosas en perecederas, y él lo miraba sentado en su sillón de orejas y botones.
Apuntó hacia el centro de la esfera, justo donde las manillas brotaban enganchadas al mecanismo interno de aquella mala bestia, y disparó.

LA SUERTE DEL IRLANDÉS (2ª PARTE)

En el campo de hurling, un grupo de adolescentes desafiaba a los elementos y golpeaba la bola con sus palos de factura prehistórica modernizada con cinta aislante; se detuvo un momento a mirarlos, el suficiente para que un pequeño claro se abriera en el cielo y la lluvia cesara.
Buscó la mesa bajo el avellano, al menos los bancos estarían secos en la zona más cercana al tronco. Apagó el móvil en cuanto encontró el sitio y se tumbó boca arriba, contemplando un par de ardillas que corrían por las ramas e ignorando las gotas que caían de las hojas pinteando el tejido de sus jeans con un color más oscuro.
«Mierda todo» suspiró, dejando que el viento le revolviera el pelo de nuevo, abandonándose al cosmos que parecía tener una infinidad de odio acumulado hacia ella sin motivo.
Los gritos de los jugadores se fueron apagando con la caída del sol.
«Debería irme a casa, no es buen sitio un parque tan grande para una chica sola»
Pero sus piernas no respondían, cansadas de tirar hacia delante por inercia aunque sólo encontraran piedras con las que tropezar a cada paso.
Cuando por fin consiguió que su cerebro se impusiera a sus músculos, la claridad de un trozo de papel sobre la hierba llamó su atención, se agachó a recogerlo y se sorprendió al ver que estaba seco.
Lo abrió con cuidado, como si fuera un manuscrito antiguo que se pudiera convertir en polvo con el simple roce de sus dedos, y descubrió que era un boleto de apuestas para la carrera de caballos de esa noche.
Como irlandesa, aquel deporte debería formar parte de su vida, tanto como las pintas de Guinness o las noches de pub y reels, pero nunca había ido al hipódromo. Miró el reloj y se dio cuenta de que le daba tiempo de llegar al circuito antes de la carrera.
Encendió el teléfono y sopesó por unos segundos la posibilidad de hacer cómplices de su “aventura” a Deirdre y Aoifa, pero se decantó por vivirlo a solas.
«Demasiadas explicaciones que dar.»
Bajó la avenida hasta la parada de bus que distaba unos metros del pub donde, un par de horas antes, la habían rechazado por enésima vez aquella semana.
El vehículo de dos plantas hizo un ruido agónico al abrir sus puertas y a Maureen se le desmoronó la esperanza con aquel sonido.
Su estado de ánimo no mejoró al llegar a su destino, las puertas que daban acceso al lugar mostraban el paso del tiempo en todo su esplendor, con la pintura roída a tramos y las manchas de óxido asomando por aquellos resquicios, testigos de la famosa humedad de la isla.
Eludió la grada más concurrida y observó el ambiente con ojo clínico, regresando a su papel de socióloga.
«Bueno, si de esto no saco pasta, al menos podré empezar una tesis basándome en ello, ahora que tengo tiempo.»
Su subconsciente le ofreció una palmadita en la espalda, felicitándola por aquel cambio de actitud hacia algo más positivo que el miedo al futuro próximo.
Empleó los cinco euros que tenía escondidos en el fondo de su cartera para costearse una pinta.
«Si vamos a hacerlo, vamos a hacerlo bien, al estilo tradicional.»
Un grupo de amigos, más o menos de su edad sostenía una discusión sobre sus apuestas y un hombre extraño manejaba la tiza con destreza sobre un tablero de pizarra en el que los números cambiaban vertiginosamente. Se acercó a él y le mostró el papel.
—20 por Orange Dadfodil. Buena suerte— pero su gesto indicaba que su apuesta era kamikaze.
Tomó asiento de nuevo, ahora concentrada en los boxes de salida. ¿Podía haber algo más ridículo que aquellas rejas pintadas de verde tratando de contener a unos caballos visiblemente nerviosos?
Recordó a su abuelo, experto en la materia, que le contaba que la inquietud de aquellos cuadrúpedos no derivaba de su sangre sino de la poca doma: “Solo corren, no hacen virguerías”.
Buscó el casillero de su apuesta y se sorprendió de lo tranquilo que parecía el animal, apenas se movía en aquel cubículo de dos por uno y pensó en la cara del apuntador de apuestas al conocer la suya, pero ¿qué más daba? A fin de cuentas estaba allí con un inesperado regalo encontrado bajo un banco al otro lado de la ciudad, no era su dinero el que estaba en juego, aunque el ambiente que la rodeaba pudiera arrastrarla a pensar lo contrario.
La emoción de los apostadores se contagiaba con facilidad, como una corriente eléctrica que te alcanzaba en un radio de varios metros.

*****

Pistoletazo de salida y las puertas se abrieron, algunos de sus convecinos sacaron los prismáticos y había quien la miraba extrañado porque era la única que no portaba unos.
—Error de principiante— dijo al anciano que le tendió los suyos con amabilidad.
—Yo ni siquiera he apostado— confesó el hombre con media sonrisa de complicidad—, pero me divierte ver la cara de los que pierden— ahora su mueca se tornó cómicamente malévola.
—Es una terapia como cualquier otra— respondió ella sin convicción.
Tara Ranger iba en cabeza, le sacaba dos cuerpos a su perseguidor. Maureen repasó la línea de caballos buscando el color verde que vestía “su” jockey y le decepcionó descubrir que ocupaba el penúltimo lugar, devolvió los prismáticos a su propietario y estiró el papel de la apuesta con ternura, como si acariciara el lomo del animal para infundirle ánimos.
—Uff, mala elección— comentó el viejo—, pero no disfrutaré con tu derrota.
—No importa, no pierdo nada.
El ruido de las gradas desapareció en un grito conjunto y algún juramento. Tara Ranger había tropezado, arrastrando al segundo en carrera.
Los que habían apostado por él tiraron sus papeletas al suelo con furia, perdiendo todo el interés por lo que sucedía en el óvalo, todo lo contrario que les ocurría a Maureen y su acompañante, quienes disfrutaban con una remontada épica de Dadfodil.
Uno a uno fue adelantando a sus antecesores hasta lograr colocarse en segunda posición y, justo en el momento en que el hombre de la pizarra dirigía una mirada brillante e inesperada a la chica, el caballo atravesó la línea de meta una cabeza por delante del último rival a rebasar.
—¡Has ganado, hija, has ganado!— celebró su partener con emoción visible— Te llevas una pasta gansa, 50 a 1. Ocho mil euros del ala.

Cuando Maureen O’Reilly asimiló lo sucedido estaba fuera del hipódromo con el viejo, la escarapela de la victoria prendida en la correa de su bolso y un cheque nominativo en la cartera.
—Vamos, Paddy, que le invito a una pinta.
Y pararon en el pub más cercano a celebrarlo.
Ahora sí que podía relajarse y ser optimista.
Nunca había creído en cuentos de hadas, pero siempre hay que confiar en la suerte del irlandés.

LA SUERTE DEL IRLANDÉS (1ª PARTE)

 

 

Ni en un millón de años, Maureen O’Reilly se hubiera imaginado en aquella situación pero, como nobleza obliga, su destartalada coleta se mecía ahora al son de un viento impredecible que la estaba sacando de quicio mientras aguardaba en la puerta de aquel pub de barrio a que pronunciaran su nombre.

Ya había tratado de recolocarse el peinado varias veces y, al final, había sucumbido a la idea de dejarlo estar hasta el momento de entrar.

La entrevista de trabajo le había llegado de la forma más extraña, un mensaje de su primo, al que hacía años que no veía, con el link de una página de ofertas; desconocía cómo Brian se había enterado de que ella buscaba empleo y se abstuvo de llamar a su madre para comentarle la noticia porque estaba segura al 99% de que ella tenía que ver en el ajo.

«Respira hondo y cálmate.»

La ansiedad se apoderaba de ella cada vez que el ritual comenzaba.

Es mentira eso que dicen de que la experiencia ayuda a mitigar la angustia, llevaba ya tres meses de acá para allá acudiendo a todo tipo de entrevistas, para todo tipo de trabajos y, con cada nueva oferta, lo único que conseguía visualizar en su mente era una puerta cerrándose tras ella para no volver a abrirse jamás.

 

Su nivel de frustración era tal que ya ni siquiera comentaba su agenda con Aoifa y Deirdre, sus amigas del alma, repitiéndose que cualquier mención de la oportunidad gafaba el resultado, y así se había pasado las dos últimas semanas inventando excusas tontas pero creíbles que justificaran su ausencia para las “pintas” de rigor en el Sandyford House.

Su primera opción había sido evidente: «Tengo dentista»; no era una excusa plausible por mucho tiempo si no quería que sus amigas sospecharan de un grave problema de encías.

Luego llegaron las consultas con el ginecólogo, el dermatólogo y hasta con el endocrino.

Quizá esta última había sido la peor idea de todas porque Aoifa, sin maldad, dejó caer que no le parecía mal que se decidiera a perder peso y Maureen añadió uno más a su lista de agobios matutinos, mirándose al espejo nada más salir de la ducha, y observando cómo alguna lorza incipiente amenazaba con estropear su autoestima, ya de por sí a la altura del betún.

 

Estaba tan cansada que su cerebro respondía de forma mecánica a las mismas preguntas un día tras otro, con interlocutores diferentes. Una rutina tan anodina que llegó a convencerse de que habría conseguido el mismo resultado abstrayéndose en un mundo distinto durante las entrevistas.

 

La cara amable de una joven poco mayor que ella la invitó a pasar y Maureen se recolocó el pelo lo mejor que pudo antes de seguirla

—Hace un día de perros.

—Desde luego— admitió la otra—, no dan ganas de salir en absoluto.

La acompañó a través del local forrado en madera, gemelo de cada uno de los pubs que poblaban cualquier ciudad de Irlanda, y se encontró en una especie de dejá vu infinito.

Tomaron asiento en la mesa más lejana a la puerta, algo carente de sentido teniendo en cuenta que el bar estaba cerrado.

A la pobre luz de la lámpara de techo en cristal verde curtida por el humo de aquellos años en que fumar dentro no estaba prohibido y por una extraña pátina grasa de origen desconocido, el lugar resultaba de lo más deprimente.

«Este debe ser el aspecto de todos los pubs cuando están vacíos» pensó Maureen mientras la otra mujer ojeaba su currículum. Era una sensación extraña, por primera vez sus ojos intuían de otra forma los locales que formaban parte de la rutina de cualquier irlandés que se preciara de serlo.

«Ya está bien de tanto pesimismo»

Sacudió la cabeza de forma imaginaria intentando arrojar lo más lejos que pudo los pensamientos negativos; si era capaz de visualizar un pub como algo triste y lóbrego es que había tocado fondo.

 

—Bueno, Maureen, veo que no tienes experiencia en hostelería— aquello sí que era un mal comienzo, y el titilar de la bombilla que las iluminaba pobremente puso, con su zumbido, la banda sonora a la sentencia—. ¿Por qué buscas trabajo de camarera?

«Es una trampa, ni se te ocurra decir que porque de lo tuyo no hay nada»

—Es una manera de adquirir experiencia laboral.

—Sin embargo no tiene nada que ver con tus estudios de sociología.

«Venga, esta sí te la sabes»

—En realidad sí, tiene mucho que ver. Un pub en este país es la base de la sociedad.

«Sonrisa tímida, que se note que estás bromeando pero que es cierto»

—Por supuesto— respondió a la sonrisa—, pero queremos una camarera, no un analista de nuestros clientes.

—Sí, obviamente, y me centraría en servir pintas, claro. La libreta solo para las comandas.

Silencio, nada más irritante después de una respuesta insegura.

—No voy a mentirte, no creo que des el perfil ahora mismo. Tenerte quince días a prueba sería hacerte perder el tiempo y desperdiciar oportunidades mejores que esta.

«Ya estamos, el discurso de consolación.»

Había oído tantas veces aquella excusa últimamente que en su cerebro se dibujaba la escena de comedia romántica con el típico: “No eres tú, soy yo”.

No era justo que te negaran el puesto de trabajo con una burda frase de ruptura.

 

Se saludaron cordialmente y se despidieron en la puerta; el tiempo no había mejorado nada, si era posible era incluso peor: una leve llovizna empapaba sin ser vista y Maureen se echó la capucha del impermeable para evitarla.

¿Qué hacer ahora? ¿Hacia dónde ir?

La avenida que la llevaría a la rotonda frente al Wesley College se dibujaba frente a ella; la escuela de su infancia, donde todo su futuro empezó a escribirse el día que decidió estudiar Humanidades. Qué absurdo resultaba ahora, y qué poco útil.

No parecía una ruta apetecible, así que giró sobre los talones y se encaminó hacia Marlay Park, con suerte dejaría de llover en cuanto cruzara la entrada.

Sabañones

—Abuelo, ¿por qué te falta un trocito en esta oreja?— preguntó la niña, tocando con sus pequeños dedos aquella ausencia parecida a un mordisco.
—Los sabañones, hija.
En la mente de la nieta, aquella nueva palabra tomó la forma de un ratoncito rojizo y minúsculo, que aprovechaba cualquier descuido para mordisquear las orejas de la gente.