Caracoles

A Paco le gustaban los caracoles casi tanto como los chatos de vino los domingos a mediodía; de hecho, cualquiera que le conociera un poco, sabía que en el bar había una banqueta de honor para él cuando llegaba la temporada de este molusco.

Puede que por eso algunos empezaran a oír las trompetas del Apocalipsis el día en que Paco rechazó la cazuelita y pidió, en cambio, una ensalada sin aliñar.

Ni se le exigieron explicaciones, ni él las dio.

Paco soñó una noche que era caracol, con tal nitidez y realismo, que no pudo menos que tenerse por congénere de aquellos a los que hasta entonces había devorado con fruición.

Deseos

Arrancó con cuidado tirando del tallo, cualquier golpecillo de viento terminaría con la magia. Protegió su tesoro en la concavidad de su mano y tomó aire mientras en su mente se formulaba un deseo.

Sopló con fuerza para ver cómo treinta promesas volaban, buscando dónde posar sus sueños.

Sopa de letras

Caminaba sobre los adoquines mojados, cuidando de no resbalar, improvisando pasos de baile que pegaran disimuladamente con la música que sonaba en sus auriculares.

Ignoraba el golpeteo de la lluvia sobre la tela del paraguas, como también ignoraba las palabras que se iban formando con las salpicaduras que dejaban atrás sus pies: un sendero de letras que no recogería en el camino de vuelta.

NO ES TAN FIERO EL LEÓN…

Había sido uno de sus mejores posados; con gesto terrible, todos los dientes a la vista y su melena al viento.

La cámara le quería.

Se bajó de la peana y regresó a su jaula; solo quería degustar con tranquilidad el filete de carne roja que le esperaba en una esquina.

Ser modelo para la Metro Goldwin Mayer era un trabajo agotador, pero tenía sus recompensas.

Elementos

Cuando se enfadaba, todo su cuerpo parecía hecho de fuego. Era una sensación potente y extraña, tan intensa, que a veces creía que no podría controlarlo; como si, de repente, las yemas de sus dedos fueran a incendiarse, y sus ojos verdes pudieran tornarse oscuros, convertidos en rescoldos de carbón recién retirado de una hoguera.

Pasó mucho tiempo tratando de encontrar el agua con que sofocar aquello, pero terminó por descubrir que, si bien el aire sólo lograba incrementar su ira, hundir los pies en la tierra era el remedio para su mal; como si echar raíces fuera la única cura milagrosa.