Cuaderno de Bitácora

Nao Santa María, en algún momento previo al día 12 de octubre del año de Nuestro Señor 1492.

-Almirante Colón, creo que nos hemos desviado del rumbo.

-Pues dile al Pinzón mayor que busque en el Google Earth dónde cae América y la ruta más corta.

-¿Sin peaje, mi Almirante?

– Alonso, Alonso, ¡qué hartito me tienes!

Sopa de letras

Caminaba sobre los adoquines mojados, cuidando de no resbalar, improvisando pasos de baile que pegaran disimuladamente con la música que sonaba en sus auriculares.

Ignoraba el golpeteo de la lluvia sobre la tela del paraguas, como también ignoraba las palabras que se iban formando con las salpicaduras que dejaban atrás sus pies: un sendero de letras que no recogería en el camino de vuelta.

La empresa de Desdichado Salmón

Desdichado Salmón terminó su remonte en la poza que le vio nacer; miró a su alrededor y, a pesar de los recuerdos, a pesar de la morriña que había sentido durante dos años en el ancho mar, empezó a creer que aquel destino no era para él.

Desovó, pues no tenía más remedio, y se notó cansado; así que replegó las aletas y se dejó llevar corriente abajo, haciendo caso omiso de los congéneres con que se cruzaba y que le insistían entre burbujeos: “Por ahí no es.“

En una cascada (la primera según miras hacia la costa, la última si vienes del mar) vio el enorme y peludo trasero de un oso pardo que esperaba con las fauces abiertas la llegada de otros peces, desconocedor de la rebeldía de Desdichado Salmón que, de hambre que tenía, se comió al plantígrado de un bocado y siguió río abajo, ahora con la panza llena y con menos ganas aún de morirse.

Deshecho casi todo el camino, al llegar a esa frontera en la que el agua no está tan dulce como para hacer café ni tan salada como para guisar lentejas, Desdichado Salmón montó un chiringuito en el que atender a los salmones que bajaban de alevines y remontaban de adultos.

Y así es como logró sobrevivir a su naturaleza: trabajando dos temporadas al año y dándose la vida padre.

NO ES TAN FIERO EL LEÓN…

Había sido uno de sus mejores posados; con gesto terrible, todos los dientes a la vista y su melena al viento.

La cámara le quería.

Se bajó de la peana y regresó a su jaula; solo quería degustar con tranquilidad el filete de carne roja que le esperaba en una esquina.

Ser modelo para la Metro Goldwin Mayer era un trabajo agotador, pero tenía sus recompensas.

Los siete lobitos

La cabra asomó la patita por debajo de la puerta, como le habían pedido los siete lobitos. Cuando Mamá Loba volvió a casa, la cabra se había comido todas las latas de conservas, las cajas de cereales y hasta las sábanas tendidas.