La principita

Se ató la pulsera de cuero marrón alrededor de la muñeca y se vistió de princesa; no una princesa al uso, el tipo de princesa en que ella creía: una con pantalones bombacho y gafas grandes en vez de vestido de gasa y corona de oro.
De pequeña había descubierto que, para encontrar un príncipe de verdad, de los que saben cuidar las rosas y los baobabs, primero había que perder el miedo a volar.

Generaciones

Este ejercicio consistía en expandir la frase: “Tres mujeres tejen unas mantas que llevarán a la orilla del río.”


Tres mujeres de la misma familia, tres generaciones que parecen no tener nada en común.
La abuela se acerca a su trabajo para comprobar que la trama no se ha perdido en algún punto; al lado su hija, ya entrada en años, se mantiene erguida con las agujas sobre el regazo; la nieta sentada en el suelo, ordenando aún los colores, intentando decidirse por el aspecto que quiere darle a su labor.
Tejen unas mantas preparándose para la boda de la nieta; se irá lejos, al norte, donde el frío es implacable y la humedad se mete en los huesos incluso en verano.
Hasta hace dos días han estado cosiendo los vestidos que llevarán el día señalado; no hablan, sólo tejen y suspiran de cuando en cuando, cada una de ellas con una cosa en la cabeza: la abuela un recuerdo, la madre un anhelo, la nieta una ilusión. Esperando encontrarlos a la orilla del río donde lavarán las mantas cuando estén terminadas.

 

Sabañones

—Abuelo, ¿por qué te falta un trocito en esta oreja?— preguntó la niña, tocando con sus pequeños dedos aquella ausencia parecida a un mordisco.
—Los sabañones, hija.
En la mente de la nieta, aquella nueva palabra tomó la forma de un ratoncito rojizo y minúsculo, que aprovechaba cualquier descuido para mordisquear las orejas de la gente.

Amar

 

Imagen

 

Cuentan que Mar se enamoró de Tierra y que la espuma de las olas eran torpes besos furtivos.
Tal era la pasión de aquel amor, tan fuerte e intensa, que Mar terminó por desmoronar los acantilados para poder ver a Tierra desnuda por fin.