ALTER EGO

Abrió el armario buscando un “YO” con el que sentirse a gusto.

Empezó probándose rincones escondidos de su propio nombre, apellidos perdidos en el tiempo y losas viejas, pero no le convencían. Entonces sacó letras simples de un cajón.

“Todo está hecho de letras” se dijo, y trató de combinarlas con los apellidos que yacían sobre la cama.

“Complementos, los complementos hacen un atuendo”, así que se probó guiones y puntos, pero ni aún así.

Decidió intentar otras cosas, y se vistió con pueblos, sin resultado.

Llamó a sus padres, y le sugirieron una torre, un castillo y un río.

Se lo probó todo sin lograr una idea concreta, sin que nada la convenciera del todo; aunque pudo guardar en el armario algunas cosas que no le venían bien.

Por probar se probó nombres de abuela, árboles; palabras traídas de más allá del mar, en el norte; otra vez el río, provincias… y vuelta a los apellidos.

Su tía le dijo que su “yo” era perfecto tal como estaba y que no sabía por qué tenía que ponerse otro para salir. Y eso le hizo dudar otro poco.

Colgó en el galán de noche sus mejores opciones y confió en que la almohada le diera su opinión neutral y siempre sabia.

Cuando se levantó por la mañana, se sintió más ella que nunca. Se miró al espejo y se vio tangible, serena, un “ELLA” que le quedaba como un guante.

El reflejo le devolvió el saludo y la sonrisa, y las dos salieron a su rutina, hoy un poco menos rutina porque eran dos.

Escritor busca piso

El escritor buscaba un nuevo hogar sin éxito. Todo lo que le enseñaba el agente inmobiliario eran espacios abiertos y habitaciones comunicadas.

Él necesitaba una casa con puertas, con todas las que pudieran ponerse en una casa, tantas como fuera necesario. Puertas que separaran la cocina del comedor, el comedor del salón, el salón del pasillo, el pasillo de la habitación, la habitación del cuarto de baño, el cuarto de baño del pasillo; hasta alguna que mediara entre el primer tramo de pasillo y el segundo.

Vivía con el miedo constante a que, si se dejaba una puerta abierta, los protagonistas de sus libros se escaparían por ella para nunca regresar.

LECTORA

No conciliaba el sueño sin haber leído antes; igual daba que fueran dos líneas que sabía que tendría que releer a la noche siguiente.
Leía para dormirse, y a veces el libro se cerraba mientras ella seguía la historia a su manera, en un duermevela extraño que le impedía después encontrar aquel segmento soñado entre las palabras del texto real.
En el fondo, aquel ratito antes de dejar que el subconsciente fuera dueño y señor de su vida por unas horas, necesitaba sentir el abrazo de una buena historia; un reflejo indeleble de los días en que le contaban un cuento antes de dormir.

Ardea Purpúrea

El graznido de los patos llenaba un amanecer que no parecía tal; la niebla densa ocultaba cualquier rastro de sol, pero lo inundaba todo de un halo purificador aunque carente de misterio.
Una bandada de garzas irrumpió en la blancura sin dirección aparente, y el zumbido de un mosquito buscando víctimas la hizo notar que, aunque intentara pasar desapercibida, todos sabían que estaba allí.
Ella no se inmutaba, atenta solo a cada sonido y aroma, con su bolígrafo y su libreta, tratando de recoger cada detalle concentrado en un puñado de palabras.
Hacía mucho que no se sentía así, tan en contacto consigo misma; la noche anterior se había visto decepcionada por una luna llena que conseguía ocultar el titilar de los mil millones de estrellas que sabía pobladoras del firmamento. Le hubiera gustado volver a verlas todas, como cuando era niña y acampaba a la orilla del lago, donde la noche no era oscura aunque hubiera luna nueva.
El ruido de un remolque cruzando el camino cercano la devolvió a la civilización por un instante, pero pronto regresó a la naturaleza bajo el techo de paja de su cabaña encalada.
El papel empezaba a estar húmedo y se combaba, así como su pelo se encogía en cada cabello imbuído de voluntad propia.
El alboroto de los patos se fue acallando y ella soltó el bolígrafo, atascada en una parte de esta historia que no se veía capaz de continuar. Así decidió dedicarse a contemplar, sin más aspiración que el reencuentro con sus musas; con suerte, alguna aparecería pronto entre el revuelo de hojas y plumas que el viento empezaba a levantar frente a ella.

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Hesse

Invirtió su tiempo en crear pinceladas de vidas muy diferentes a la suya.
Le llamaron hipócrita porque escribía desde su despacho burgués las historias de muchachos hambrientos y desarrapados.
No se molestaba por ello; muy pocos sabían que, durante su infancia, había sido Tom Sawyer y Oliver Twist tantas noches que sus recuerdos se trocaron por sus sueños y llegó a olvidar el sabor de las manzanas de caramelo.

Generaciones

Este ejercicio consistía en expandir la frase: “Tres mujeres tejen unas mantas que llevarán a la orilla del río.”


Tres mujeres de la misma familia, tres generaciones que parecen no tener nada en común.
La abuela se acerca a su trabajo para comprobar que la trama no se ha perdido en algún punto; al lado su hija, ya entrada en años, se mantiene erguida con las agujas sobre el regazo; la nieta sentada en el suelo, ordenando aún los colores, intentando decidirse por el aspecto que quiere darle a su labor.
Tejen unas mantas preparándose para la boda de la nieta; se irá lejos, al norte, donde el frío es implacable y la humedad se mete en los huesos incluso en verano.
Hasta hace dos días han estado cosiendo los vestidos que llevarán el día señalado; no hablan, sólo tejen y suspiran de cuando en cuando, cada una de ellas con una cosa en la cabeza: la abuela un recuerdo, la madre un anhelo, la nieta una ilusión. Esperando encontrarlos a la orilla del río donde lavarán las mantas cuando estén terminadas.

 

PRESENTACIÓN

Y ahí estaba yo, después de meses indagando por el ciberespacio, dispuesta a lanzarme al río como uno de aquellos desdichados salmones de los documentales que devoro con la mirada, buscando imágenes que almacenar en mi mente transformadas en palabras; los dedos se me agarrotaban sobre las teclas, imprimiendo realismo a ese miedo cerval que nos invade justo antes de desnudarnos por primera vez ante un desconocido.

Los pasos eran tan simples, tan parecidos a otras ocasiones en que la pantalla parpadeaba en el cursor indicando el campo a rellenar; y sin embargo ahora me parecía ver la imagen subliminal de una carita sonriendo con malicia en cada intervalo, como si al introducir el nombre en aquel rectángulo estuviera firmando un contrato con un diablo en el que no creo.

¿Sabes la sensación antes de saltar a una piscina de cabeza torpemente, tratando de repasar la posición de cada músculo par que el cuello no se doble fatalmente al chocar con el agua?

Era tan estúpido, sólo se trataba de palabras, nada más que palabras. “Las armas más poderosas del mundo” había leído en algún sitio puesto en boca de un escritor famoso que ya no podía reivindicar ni contradecir la autoría.

A modo de entrenamiento, en el trozo de folio rescatado de la pila para reciclar, escribí una y otra vez lo mismo, tal parecía que la profesora de primaria me hubiera obligado a hacerlo como castigo pero ¿qué sentido punitivo podía tener “la desdicha de ser salmón”? Sonreí ante mi propia absurdez aún sin soltar el bolígrafo.

Sentía pánico, ansiedad, sudores fríos, como si en el momento de trasladar aquella frase sin espacios al recuadro, todo el romanticismo de la literatura fuera a morir. Llegué a sentir, lo juro, el gesto airado por la traición de los clásicos que sembraron mi vida lectora.

A Gustavo Adolfo Bécquer desde la pequeña ventana de su celda en el hospital de tuberculosos; a García Lorca ante una yegua blanca de luna, y a Gloria Fuertes ayudando a Coleta la Poeta a construir una silla para el mono número trece.

Hasta el Principito de mi vaso de medio litro de té me miraba con decepción.

Cerré los ojos, lancé un suspiro casi eterno al viento antes de darme por vencida.

“Ya lo haré otro día”

Y ese día, es hoy.