Descolgado
Pendía de su cable como el signo que abre una interrogación, hasta que un alma caritativa lo cogió con dulzura y, al ver que nadie respondía al otro lado, colgó.
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Pendía de su cable como el signo que abre una interrogación, hasta que un alma caritativa lo cogió con dulzura y, al ver que nadie respondía al otro lado, colgó.
Sacó pan para las sopas de ajo y puso el caldero en el hogar.
La tacharon de loca porque era agosto, pero ella había visto al grajo a ras de suelo aquella mañana.
Lástima que no fuera grajo, sino tordo comiendo moscas.
Eso sí, las sopas, estaban buenísimas.
Del sol aprendió el rolar de los vientos, el cambio de las estaciones en los árboles; de la luna, decía, no aprendió nada salvo el brillo perenne de unos ojos enamorados.
—Mamá, hoy en el cole hemos dado Laponia y yo de mayor quiero ser sami.
— ¿Y eso, hija?
—Porque las niñas sami hablan cuatro idiomas.
—Eso está muy bien, aunque no hace falta ser sami para hablar tantos idiomas.
—Lo sé. Pero es que, además, saben cazar renos.
A las 3 de la madrugada escuchó el sonido inconfundible de trompetas y cascos de caballos que se acercaban al galope calle arriba. Se asomó a la ventana y vio venir cuatro jinetes, a cual más horrendo y terrorífico.
—¡¿Os parecen horas?!— gritó, harto ya de que, por unas cosas u otras, nadie le dejara dormir a gusto.
Peste, Guerra, Hambre y Victoria volvieron grupas y huyeron por donde habían venido.
La cabra gourmet hizo una excursión al monte en busca de condimentos que echar a su guiso de latas y tela.
Recogió lavanda, romero y salvia, pero tardó horas en conseguir un poco de orégano.
Le escocían los ojos, hartos ya de la luz mortecina de los fluorescentes y el ambiente cargado de una estancia que parecía hecha dentro de una pirámide, en la que apenas dos veces al año, por un agujerito, entraba el sol.
Dio el último sorbo a su taza de té y estiró los brazos.
A través de la ventana veía el danzar de nubes oscuras a favor de un viento desesperado por barrer el mundo.
Apagó la pantalla del ordenador, cogió su chaqueta del respaldo de la silla y salió a la calle, a que le diera el otoño.
A Paco le gustaban los caracoles casi tanto como los chatos de vino los domingos a mediodía; de hecho, cualquiera que le conociera un poco, sabía que en el bar había una banqueta de honor para él cuando llegaba la temporada de este molusco.
Puede que por eso algunos empezaran a oír las trompetas del Apocalipsis el día en que Paco rechazó la cazuelita y pidió, en cambio, una ensalada sin aliñar.
Ni se le exigieron explicaciones, ni él las dio.
Paco soñó una noche que era caracol, con tal nitidez y realismo, que no pudo menos que tenerse por congénere de aquellos a los que hasta entonces había devorado con fruición.
Arrancó con cuidado tirando del tallo, cualquier golpecillo de viento terminaría con la magia. Protegió su tesoro en la concavidad de su mano y tomó aire mientras en su mente se formulaba un deseo.
Sopló con fuerza para ver cómo treinta promesas volaban, buscando dónde posar sus sueños.
Nao Santa María, en algún momento previo al día 12 de octubre del año de Nuestro Señor 1492.
-Almirante Colón, creo que nos hemos desviado del rumbo.
-Pues dile al Pinzón mayor que busque en el Google Earth dónde cae América y la ruta más corta.
-¿Sin peaje, mi Almirante?
– Alonso, Alonso, ¡qué hartito me tienes!