Tierra y aire

Todo se concentraba en su andar cansado; de ese cansado de noches sin sueño y días sin esperanza; tal era el cansancio de su caminar, que los dedos de sus pies parecían enterrarse en el suelo.

Así fue como tomaron forma de raíces buscando tierra de la que extraer humedad.

Hasta que un día, quién sabe si por acción de un rayo de luna, de su espalda brotaron alas, y pudo por fin volar.

Descolgado

Pendía de su cable como el signo que abre una interrogación, hasta que un alma caritativa lo cogió con dulzura y, al ver que nadie respondía al otro lado, colgó.

Escritor busca piso

El escritor buscaba un nuevo hogar sin éxito. Todo lo que le enseñaba el agente inmobiliario eran espacios abiertos y habitaciones comunicadas.

Él necesitaba una casa con puertas, con todas las que pudieran ponerse en una casa, tantas como fuera necesario. Puertas que separaran la cocina del comedor, el comedor del salón, el salón del pasillo, el pasillo de la habitación, la habitación del cuarto de baño, el cuarto de baño del pasillo; hasta alguna que mediara entre el primer tramo de pasillo y el segundo.

Vivía con el miedo constante a que, si se dejaba una puerta abierta, los protagonistas de sus libros se escaparían por ella para nunca regresar.

Elementos

Cuando se enfadaba, todo su cuerpo parecía hecho de fuego. Era una sensación potente y extraña, tan intensa, que a veces creía que no podría controlarlo; como si, de repente, las yemas de sus dedos fueran a incendiarse, y sus ojos verdes pudieran tornarse oscuros, convertidos en rescoldos de carbón recién retirado de una hoguera.

Pasó mucho tiempo tratando de encontrar el agua con que sofocar aquello, pero terminó por descubrir que, si bien el aire sólo lograba incrementar su ira, hundir los pies en la tierra era el remedio para su mal; como si echar raíces fuera la única cura milagrosa.

LA MALDICIÓN

Texto presentado para el Taller de Literautas.

La única premisa era que su título fuera “La maldición”, además se añadía el reto de escribirlo sin una sola “t” y yo tiré de experimento y, por qué no decirlo, un poco de mala idea.


Acongojado, más bien vencido,

se hallaba el gallo en un rincón.

El día había pasado

cumpliendo con su función

y ahora ya no podía

ni decir “cocoricó”.

Incluso el pico le dolía,

ya no hablemos del espolón.

Y su cola, ayer colorida,

había perdido el fulgor.

Por cansado que se viera,

no habría descanso, no.

Cerró los ojos y ,en sueños,

claro el recuerdo acudió

del aviso que le diera

el gallo al que sucedió:

«Ve con cuidado, mi amigo,

que aquí hay una maldición;

pues, para un solo gallo,

demasiadas gallinas son.»

Osado

Tú, que te atreviste a mirarme a los ojos

aquella noche desde la sombra.

¿Cómo ahora reclamas lealtad?

Tú, que viniste a trastornar mi vida

volviendo a mis sueños cada noche.

¿Y ahora me pides que crea?

Tú, que llegaste en carne en hueso

a través de aquella fotografía.

¿Vienes y ruegas que espere?

Tú, que hechizaste mi alma

con dos notas de una canción.

¿Exiges que ahora tenga fe?

Y yo, que sólo te pedí que volvieras,

¿por qué me creí sin derecho?

La luna de los gatos

Este relato fue mi propuesta para la escena del taller de Literautas con la premisa “la radio”


«Buenas noches, queridos oyentes, y bienvenidos a La luna de los Gatos. Hoy, hablaremos con Leopoldo Rivera, experto en control emocional. Comenzamos.»

Celestina, viuda de Garmendia desde hace seis meses, bate unos huevos en el plato de loza descascarillado. No es aficionada a la radio, pero desde que su Bartolo, que en paz descanse, la dejó para reunirse con su creador, no concibe una noche sin el ruido del viejo transistor; aunque la mitad de las veces solo emita un zumbido irritante.

Se ha prometido que, en cuanto cobre la pensión, irá a comprar un aparato más moderno, de esos con cedé, para poner el disco de “Los Panchos” que su nieto le regaló por su cumpleaños. Puede que incluso se apunte a las clases de ordenadores donde los jubilados, como le ha venido recomendando su hija cada domingo desde que enviudó.

Ahora que está sola, el siglo XXI en el que vive le parece un lugar extraño; con todo el mundo enganchado a aparatos que, a su vez, se enganchan a la red eléctrica para obtener energía, y al Wi-Fi para conseguir contenidos.

Irónicamente, todo eso hace que ella se sienta desconectada.

 *****

 «Entonces, dice usted, Sr Rivera, que es importante no mentirnos sobre nuestro estado de ánimo ¿no es así?»

«En efecto, muchas veces es más fácil para otros adivinar cómo estamos que para nosotros mismos, y eso dificulta mucho el diagnóstico y tratamiento de los trastornos emocionales.»

Ramón Jiménez, nacido en permanente estado de soltería, se quita la chaqueta de su elegante traje italiano y la deja con sumo cuidado sobre el galán de noche. Ha tenido un día de perros que le ha obligado a quedarse trabajando hasta tarde; ni siquiera ha podido pasar por el gimnasio, como es su costumbre, y ahora se siente culpable. Ha encendido el equipo Hi-Fi nada más llegar a casa y, demasiado desganado para buscar un disco con el que amenizar su frustración, ha optado por sintonizar la radio, recalando en la conversación entre una locutora de voz juvenil y un tipo de los que te cobran un pastón por llamarte desequilibrado a la cara.

No cree en los libros de autoayuda, ni en todas esas “memeces” de la inteligencia emocional, pero, en días como este, se pregunta qué ha hecho mal para no encontrar a ese “alguien” con el que compartir rutina.

Se mira al espejo antes de meterse en la ducha; le gusta lo que ve: un cuerpo trabajado sin llegar a increíble Hulk y ni rastro de las arrugas que, le consta, sus excompañeros de escuela lucen sin remedio. Entonces ¿qué pasa? ¿Por qué no logra interesar a nadie?

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 «Todos cambiamos dependiendo del lugar. Un tiburón en el trabajo, puede ser tan asustadizo como una ardilla en cuanto sale de la oficina. Somos un “yo” diferente para cada situación, y debemos aceptar cada uno de esos “yo” para ser felices.»

«Si me lo permite, Sr. Rivera. Eso parece más fácil de decir que de hacer. La introspección suele ser un proceso doloroso.»

«Puede, pero no me refería a lo que podríamos denominar: autopsicoanálisis. A veces, hacer algo por los demás nos ayuda a reencontrarnos, a recordar quiénes somos en realidad.»

Celestina apaga el transistor al mismo tiempo que el horno, donde ha hecho un bizcocho de bienvenida para la joven que se mudó recientemente al piso de arriba. Los tiempos habrán cambiado, pero es lo que ha hecho toda la vida y no es momento de perder las buenas costumbres. Mañana se lo subirá, seguro que agradece el detalle.

Ramón quita el vaho del espejo del baño y termina de aplicarse la crema antiarrugas de a 60 euros los 20 mililítros; se sonríe, eso le ayuda a dormir; aunque sea solo, una noche más.

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 «Amigos oyentes, así acabamos el programa de hoy. Nos volvemos a encontrar mañana, si ustedes quieren, aquí: en la 94.5 FM. Buenas noches.»

Olga Martínez se despide del técnico de sonido y rechaza, por enésima vez, su invitación a una copa. Mira el móvil antes de salir de la emisora, un whatsapp de su madre: «Ven mañana a comer, hay lentejas.» Apaga la pantalla de forma mecánica y espera el autobús. Está cansada, solo quiere llegar a casa y echarse a dormir. Sabe que su cuota de audiencia será baja, apenas un puñado de insomnes y deprimidos.

«Puede que no parezca gran cosa, pero ayudarás a mucha gente que no tiene nada más que tu voz al otro lado del aire vacío de su salón» le dijo su mejor amiga el primer día.

Lo dudaba entonces y lo sigue dudando ahora.

Lo que Olga ignora es que, mañana, Ramón ayudará a Celestina a subir a compra, tomarán juntos el primer café de muchos, y ella recibirá un bizcocho que hará de broche perfecto a las lentejas de su madre.

Escrutinio

Una vez cada cuatro años, engullía sin descanso las ofrendas que le hacían. Tal era el empacho que, al final del día, se veía obligada a vomitar todo lo ingerido, mientras un equipo de forenses analizaba el contenido de su estómago.