ACUSACIÓN

No me culpes a mi

de los mil soles pequeñitos

que cada mañana, al levantarte

te rodean;

mejor cúlpame de los mil besos

que, dirigidos a tu boca,

encierran.

NO ES TAN FIERO EL LEÓN…

Había sido uno de sus mejores posados; con gesto terrible, todos los dientes a la vista y su melena al viento.

La cámara le quería.

Se bajó de la peana y regresó a su jaula; solo quería degustar con tranquilidad el filete de carne roja que le esperaba en una esquina.

Ser modelo para la Metro Goldwin Mayer era un trabajo agotador, pero tenía sus recompensas.

ALTER EGO

Abrió el armario buscando un “YO” con el que sentirse a gusto.

Empezó probándose rincones escondidos de su propio nombre, apellidos perdidos en el tiempo y losas viejas, pero no le convencían. Entonces sacó letras simples de un cajón.

“Todo está hecho de letras” se dijo, y trató de combinarlas con los apellidos que yacían sobre la cama.

“Complementos, los complementos hacen un atuendo”, así que se probó guiones y puntos, pero ni aún así.

Decidió intentar otras cosas, y se vistió con pueblos, sin resultado.

Llamó a sus padres, y le sugirieron una torre, un castillo y un río.

Se lo probó todo sin lograr una idea concreta, sin que nada la convenciera del todo; aunque pudo guardar en el armario algunas cosas que no le venían bien.

Por probar se probó nombres de abuela, árboles; palabras traídas de más allá del mar, en el norte; otra vez el río, provincias… y vuelta a los apellidos.

Su tía le dijo que su “yo” era perfecto tal como estaba y que no sabía por qué tenía que ponerse otro para salir. Y eso le hizo dudar otro poco.

Colgó en el galán de noche sus mejores opciones y confió en que la almohada le diera su opinión neutral y siempre sabia.

Cuando se levantó por la mañana, se sintió más ella que nunca. Se miró al espejo y se vio tangible, serena, un “ELLA” que le quedaba como un guante.

El reflejo le devolvió el saludo y la sonrisa, y las dos salieron a su rutina, hoy un poco menos rutina porque eran dos.

Los siete lobitos

La cabra asomó la patita por debajo de la puerta, como le habían pedido los siete lobitos. Cuando Mamá Loba volvió a casa, la cabra se había comido todas las latas de conservas, las cajas de cereales y hasta las sábanas tendidas.

INTRUSO MORFEO

«No te cueles en mis sueños» le pidió con voz trémula, perdida aún en su sonrisa cautivadora y aquellos ojos color bellota que brillaban traviesos, como reflejos sobre la superficie de un estanque.

Él no decía nada, nunca decía nada, sólo aparecía frente a ella perturbando su descanso, agitando su corazón que se desbocaba con su sola presencia.

«¿No ves que luego me despierto?»

Intentó razonar con él, pero no estaba dispuesto a negociaciones; se acercó despacio, aún sonriendo, el pelo flotando alrededor de su cara en mechones ensortijados, y ella quería despertar y no quería, porque sabía que abrir los ojos no iba a acabar con su tormento, sino acrecentarlo.

Un día lleno de su ausencia y el recuerdo vívido de su mirada no era algo fácil de soportar.

Se sintió atrapada en sus ojos oscuros, en la barba de dos días que daba un aspecto aún más rebelde y atractivo a sus bucles enmarañados. La franqueza de su sonrisa invitaba a confiar; y a algo más.

Le costaba salir del hechizo que emanaba todo él, con su bufanda de cuadros y su perfecto acento de caballero británico.

Se sintió perdida. Hacía tanto que no venía, que casi había olvidado lo que la hacía sentir; lo vulnerable y pequeña que se volvía cuando él estaba cerca, y cómo, por otro lado, lograba llenarla de fuerza, de la sensación de poder con todo excepto escapar de su reflejo, como una maldición.

«Deja de colarte en mis sueños» repitió, ya sin convicción, sin autoridad; suplicando en el fondo que no se fuera, que se materializara a su lado en el momento en que el despertador rompiera el hechizo.

Él, empecinado, ignorando el movimiento de su boca, solo pendiente de la llamada de sus labios, acercándose peligrosamente al momento en que no habría marcha atrás, ese instante en que ella se perdería en su abrazo y tendría prisionera su alma de nuevo.

«Please, don’t…» quizá en su idioma.

Se detuvo ante ella, sus ojos reían, la boca ladeada en una mueca que rompía el encanto de gentleman para convertirle en algo parecido a un adolescente travieso, a sabiendas de que eso terminaría por desarmarla.

«Why?» preguntó con su melosa voz de bardo.

Y ella no encontró respuesta. El sonido se diluyó en la noche e, incapaz de luchar consigo misma, se rindió a unos labios que la invitaban a besarle con timidez, un secreto entre ellos.

Enterró los dedos en los bucles suaves de su cabello. Sin poder escapar más allá de las puertas del sueño, decidió abandonarse en sus brazos.

Total, fuera hacía frío y su calor era lo mejor que podía encontrar en los oscuros abismos del sueño.

Escritor busca piso

El escritor buscaba un nuevo hogar sin éxito. Todo lo que le enseñaba el agente inmobiliario eran espacios abiertos y habitaciones comunicadas.

Él necesitaba una casa con puertas, con todas las que pudieran ponerse en una casa, tantas como fuera necesario. Puertas que separaran la cocina del comedor, el comedor del salón, el salón del pasillo, el pasillo de la habitación, la habitación del cuarto de baño, el cuarto de baño del pasillo; hasta alguna que mediara entre el primer tramo de pasillo y el segundo.

Vivía con el miedo constante a que, si se dejaba una puerta abierta, los protagonistas de sus libros se escaparían por ella para nunca regresar.

Calenda

Se me agostan las palabras

Entre junios y mayeos,

Traigo septiembre loco

Y un abril de ojos sin dueño.

Se me ha fugado diciembre

Acosado por enero.

Los noviembres se me esconden

Y el octubre tengo seco.

Leí que marzo se deshizo

En flores rojas por febrero,

Y este julio de ilusiones

Se me antoja campo yermo.